


Explosivos incautados en un coche que Hezbolá reivindica con orgullo como suyos, una embajadora del Líbano atacada por «contacto con el enemigo» cuando su propio Gobierno le había pedido que iniciara conversaciones con Israel… Son algunas de las razones que llevaron a Estados Unidos a intervenir directamente a finales de semana para expresar su descontento y presionar al Líbano para que reaccionara.
Tras las declaraciones del jueves del diputado de Hezbolá Hassan Fadlallah, que no solo reconoció abiertamente la responsabilidad de su partido y la propiedad de esos explosivos —incautados más de diez días antes en un coche que viajaba de la Becá a Beirut—, sino que exigió su devolución, varias voces se alzaron para denunciar lo absurdo de la situación.
Y es que ese transporte de explosivos pertenecientes a Hezbolá viola de forma flagrante la prohibición de sus actividades militares decretada por el Gobierno de Nawaf Salam.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, no se anduvo con rodeos durante una llamada al presidente libanés, Joseph Aoun, al afirmar que de ningún modo se permitiría que Hezbolá recuperara sus explosivos, según unas declaraciones filtradas a los medios por un responsable del Departamento de Estado.
Marco Rubio también abogó por derogar la ley de boicot a Israel, en una clara alusión al descontento estadounidense por la denuncia presentada ante la Fiscalía Militar contra la embajadora del Líbano en Washington, Nada Hamadé, por un abogado afín a Hezbolá.
La denuncia se basa en una supuesta llamada de la embajadora al embajador de Israel en Washington.
Joseph Aoun habría respondido al secretario de Estado estadounidense que las fuerzas de seguridad cumplen con su deber y que se haría todo lo posible para combatir el contrabando.
Sin embargo, la actuación del Estado libanés sigue estando muy por debajo de lo que exige la gravedad de los hechos.
El Gobierno aún no ha decidido si remite el caso al Tribunal de Justicia, como reclama el ministro de Justicia, Adel Nassar.
Una vez más, se imponen las divisiones en el Consejo de Ministros, que cuenta con representantes del tándem chií.
Un mensaje al Gobierno de Salam
Por su parte, el embajador de Estados Unidos, Michel Issa, se pronunció sobre la cuestión el viernes. Aseguró a la cadena MTV que su país seguiría «hasta el final» el caso de los explosivos de Hezbolá y añadió: «Eso es lo que hemos pedido al Gobierno libanés».
¿Qué significan estas declaraciones estadounidenses, «filtradas» o difundidas por televisión? Una vez más, un mensaje claro al Gobierno libanés, que, a todas luces, sigue dando largas a la hora de hacer frente a Hezbolá.
Una clara señal de impaciencia, en un momento en que las autoridades libanesas dan la impresión de querer ganar tiempo. Y una prueba de que la Administración estadounidense sigue pendiente del Líbano y no está dispuesta a permitir que la situación retroceda a los tiempos de la hegemonía iraní sobre el país.
Por su parte, Hezbolá adopta la estrategia que siempre le ha dado resultado: contraatacar.
El tono agresivo de las declaraciones de sus dirigentes, sus exigencias ajenas a toda lógica y, sobre todo, la brutalidad de sus partidarios sobre el terreno ponen de manifiesto su nerviosismo.
Así lo demuestra la nueva agresión sufrida por el periodista Rami Naïm, opositor a Hezbolá, en la zona de Sidón, a manos de jóvenes partidarios del grupo que, según él, le tendieron una emboscada. Varios periodistas organizaron el viernes una rueda de prensa de apoyo a Naïm.
El Gobierno de Salam, por su parte, se encuentra cada vez más en el ojo del huracán, ante la exigencia de resultados no solo de Estados Unidos o de la comunidad internacional, sino también de buena parte del propio pueblo libanés, preocupado por un posible regreso de los asesinatos políticos.
Una visita catarí que da un nuevo impulso
En este contexto de tensión, una visita catarí el viernes vino a cambiar el ambiente con anuncios de apoyo a la recuperación del sector eléctrico y a la reconstrucción.
Catar, que tantas veces ha acompañado al Líbano en sus horas más oscuras, dio un golpe de efecto con las declaraciones de su primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed bin Abdulrahmán al Thani.
El dirigente catarí también abordó cuestiones políticas y aseguró que apoya al Líbano en la recuperación de su unidad, su soberanía y su estabilidad, al tiempo que pidió la retirada israelí y la aplicación de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU.
Estas declaraciones recibieron el respaldo unánime de los dirigentes libaneses y suscitaron, en particular, una reacción significativa de Nabih Berri, presidente del Parlamento. Quien supuestamente es un aliado de Hezbolá recordó la importancia de apoyar al ejército libanés, «garante y protector» del país.
Ese mismo ejército al que el Gobierno lleva más de un año encomendando el desarme de Hezbolá.
Más que nunca, el Líbano sigue dividido entre la lógica de la guerra y la del desarrollo, entre la hegemonía de una milicia y el fortalecimiento del Estado, entre las exigencias de la comunidad internacional y los esfuerzos del eje iraní por mantener el control.
Todo ello mientras el sur del Líbano sigue soportando en solitario el peso de las agresiones israelíes. Este período gris se eterniza y mantiene al Líbano en la antesala de su propia historia.























