
La excavadora no discute de política. Cuando entra en una aldea, no pregunta quién estaba a favor de la guerra y quién estaba en contra. No distingue entre la casa de un partidario y la de un opositor. Derriba los muros, arranca los árboles, altera la fisonomía del terreno y luego deja a la gente frente a la pregunta más simple y más cruel: ¿Reconstruimos para esperar la próxima guerra? Esa es la pregunta de la que debería partir cualquier debate serio sobre el futuro del Líbano. Durante muchos años debatimos la neutralidad como si fuera una idea académica, o la reivindicación de un sector libanés frente a otro. Algunos la vieron como una salida del conflicto árabe-israelí; otros, como un intento de separar al Líbano de su entorno, mientras que en ocasiones fue tratada como si fuera un proyecto confesional imposible de aplicar.







