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Análisis

De Ucrania a Irán: ¿Las armas nucleares como único seguro?
Por
Samir Abdelmalak
Publicado
jun 19, 2026 - 13:36

El arma nuclear ya no es un simple instrumento militar. Se ha convertido en el símbolo de una interrogante más profunda, la de la seguridad de los Estados en un mundo donde la eficacia de las garantías internacionales no deja de erosionarse. La guerra en Ucrania, la tensión persistente en torno a Irán y la supervivencia de Corea del Norte pese a su aislamiento traen de vuelta la misma pregunta: ¿cómo pueden protegerse los Estados en un orden internacional cada vez más inestable? Ucrania, o la lección de renunciar a la disuasión Ucrania representa el caso más debatido. Tras renunciar a su arsenal nuclear a cambio de garantías de seguridad internacionales, se encontró frente a la invasión rusa. Desde entonces, la pregunta resurge con aún más fuerza: ¿bastan las garantías políticas por sí solas para proteger a los Estados frente a las grandes amenazas? Corea del Norte, la fuerza de la disuasión más allá del aislamiento Corea del Norte, en cambio, ofrece un modelo opuesto. Pese a las sanciones y al aislamiento económico que pesan sobre ella, la posesión del arma nuclear ha hecho prohibitivo el costo de cualquier ataque en su contra. La disuasión nuclear se ha convertido así en garantía de supervivencia tanto para el régimen como para el Estado, sea cual sea el precio económico y político. Irán en busca de un paraguas disuasorio Irán, por su parte, se sitúa entre los dos modelos. No ha declarado poseer el arma nuclear, pero busca reforzar su posición disuasoria en un entorno regional turbulento. Desde su perspectiva, el programa nuclear forma parte de una estrategia destinada a impedir cualquier intento de imponer un cambio por la fuerza o de amenazar su seguridad nacional. Una disuasión que ya no se limita a lo nuclear Los desarrollos recientes muestran, sin embargo, que la disuasión ya no se reduce al arma atómica. Irán cuenta con una carta estratégica gracias a su capacidad de influir en el flujo de la energía mundial a través del estrecho de Ormuz. Corea del Norte, por su parte, ha logrado convertir sus capacidades militares en beneficios económicos y tecnológicos provenientes de Rusia. Ucrania, a su vez, ha conseguido desarrollar tecnologías avanzadas en drones y guerra electrónica, tecnologías que ya empiezan a despertar el interés de otros países. Oriente Medio en una encrucijada En Oriente Medio, esta realidad plantea preguntas difíciles sobre el futuro de la seguridad regional. ¿Puede la región seguir apoyándose en alianzas internacionales cambiantes, o se encamina más bien hacia el fortalecimiento de sus propias capacidades de disuasión, en formas tanto nucleares como no nucleares? Líbano: cuando el ser humano se convierte en fuente de disuasión En el centro de este debate sobre los instrumentos del poder y la disuasión, el Líbano se distingue como un caso aparte. Su verdadera riqueza nunca residió en la posesión del arma nuclear, ni en el control de corredores estratégicos, ni en el desarrollo de arsenales militares sofisticados, sino en la posesión de otra forma de poder: la del ser humano. Los valores de la convivencia, la capacidad de solidaridad en la adversidad, así como la energía creativa que los libaneses han llevado por el mundo en la economía, la cultura, la medicina, la educación y las artes, han constituido siempre un capital estratégico que confiere al Líbano una presencia muy superior a su tamaño geográfico y demográfico. Este poder blando, aunque parezca menos estruendoso que los misiles y las flotas, sigue siendo uno de los elementos más esenciales para la supervivencia del Líbano y para su papel en una región que necesita, más que nunca, modelos de convivencia y apertura, en lugar de división y conflicto. La pregunta abierta Tal vez la pregunta esencial no sea si el arma nuclear constituye la única póliza de seguro de los Estados, sino si el mundo está entrando en una era en la que se multiplican las formas de disuasión, mientras la confianza en la capacidad del derecho internacional por sí solo para garantizar la seguridad y la estabilidad retrocede poco a poco.

Fuera de Beirut… ¿pero hacia dónde?
Por
Rabih Dandachli
Publicado
jun 18, 2026 - 18:11

En un país que atraviesa un colapso económico sin precedentes, una crisis financiera persistente y una infraestructura en deterioro progresivo, la resurrección del aeropuerto de Kleyaat, en el norte del Líbano, parece un proyecto que lleva consigo tantas ambiciones como interrogantes. Pero más allá del entusiasmo político y mediático que ha acompañado esta iniciativa, se impone una pregunta más fundamental: ¿representa realmente Kleyaat la opción más viable para el Líbano, o acaso el verdadero debate sobre un segundo aeropuerto en el país todavía no ha comenzado? No se trata aquí de oponerse al proyecto como tal. Contar con un segundo aeropuerto en el Líbano ya no es un lujo, sino una necesidad nacional, de seguridad y económica. La experiencia de los últimos años ha demostrado con claridad hasta qué punto la dependencia de un solo aeropuerto expone al país, ya sea en tiempos de guerra, durante crisis de seguridad o frente a las crecientes presiones operativas que pesan sobre el aeropuerto de Beirut. El principio genera casi un consenso. El desacuerdo comienza con otra pregunta: ¿por qué Kleyaat? ¿Y por qué ahora? Desde el punto de vista geográfico, el aeropuerto de Kleyaat presenta ventajas innegables. Cuenta con una pista existente, está ubicado en una región que necesita desesperadamente proyectos de desarrollo y que permanece relativamente cerca del litoral y de las principales vías de comunicación. Pero la geografía por sí sola no basta para definir las prioridades nacionales. Cuando un proyecto de tal magnitud se plantea en un Estado con recursos limitados, resulta legítimo cuestionar la realidad de los estudios de viabilidad económica y estratégica: ¿realmente se comparó Kleyaat con las demás opciones discutidas durante años, comenzando por el aeropuerto de Rayak, en la región de la Bekaa? Los partidarios de Rayak sostienen que este lugar ofrecería al Líbano una salida aérea en el interior del territorio, alejada del litoral y de las fronteras septentrionales, y más naturalmente orientada hacia el interior árabe. Además, la Bekaa constituye un punto geográfico de conexión entre el norte y el sur, así como entre el este y el oeste, lo que otorgaría a cualquier aeropuerto instalado en esta región una dimensión nacional capaz de superar las consideraciones regionales. En el otro lado, los defensores de la opción de Kleyaat argumentan que el Líbano no solo necesita una infraestructura aeroportuaria adicional, sino un proyecto de desarrollo capaz de devolverle vida a una región debilitada por décadas de marginación. El debate pasa entonces de una cuestión económica a una cuestión política: ¿el aeropuerto está pensado para servir al transporte aéreo o para restablecer un equilibrio de desarrollo entre las regiones? El problema es que el Estado libanés todavía no ha presentado una visión clara que responda a esta pregunta. Los aeropuertos no son simples pistas de aterrizaje, sino componentes de una estrategia nacional de transporte, economía e inversión. Los países que tienen éxito en construir nuevos aeropuertos lo hacen dentro de una red integrada que incluye puertos, autopistas, zonas industriales, plataformas logísticas y planes de desarrollo regional. En el Líbano, el debate a veces da la impresión de girar en torno al aeropuerto, ignorando todo lo que lo rodea. Y la cuestión del calendario del proyecto también plantea interrogantes legítimos. El Líbano no enfrenta hoy una simple crisis de transporte ni una saturación del aeropuerto de Beirut, sino que atraviesa una crisis financiera y estructural de una profundidad excepcional. La deuda pública es elevada, las inversiones extranjeras siguen siendo limitadas y las grandes reformas económicas permanecen estancadas. En este contexto, la pregunta ya no se refiere únicamente a la necesidad de un segundo aeropuerto, sino al lugar que ocupa este proyecto entre las prioridades más urgentes, frente a los problemas de la electricidad, el agua, el transporte público y la reconstrucción. Esto no significa que el proyecto sea innecesario. Por el contrario, podría convertirse en una de las obras estratégicas más importantes que el Líbano necesitará en la próxima década. Pero su éxito no dependerá únicamente de la decisión de reactivar las operaciones, sino de su capacidad para integrarse en una visión económica integral. Ahí reside el núcleo del problema. El Líbano tiene detrás una larga historia de proyectos concebidos más como símbolos políticos que como herramientas económicas. La competencia entre regiones, comunidades y fuerzas políticas ha prevalecido con frecuencia sobre el debate técnico y económico. Por ello, es necesario plantear hoy la pregunta con franqueza: ¿la elección de Kleyaat se impuso porque es la mejor opción para el país o porque es la más compatible con los equilibrios políticos existentes? Efectivamente, Kleyaat podría ser el proyecto adecuado. Y Rayak, u otro lugar, podría resultar más pertinente a largo plazo. Pero el verdadero problema no está en el nombre del sitio, sino en la ausencia de un debate nacional serio sobre los propios criterios de elección. Los países no construyen sus aeropuertos basándose únicamente en la geopolítica interna, ni en el desarrollo equilibrado de las regiones, mucho menos de consideraciones de seguridad aisladas. Lo hacen a partir de una visión coherente que define dónde pretende llegar el Líbano económicamente dentro de veinte o treinta años. Por eso, el debate en torno de Kleyaat no debería limitarse al número de vuelos, al volumen de inversiones o a los empleos esperados. En esencia, es un debate sobre la manera en que el Líbano toma sus decisiones. ¿Los grandes proyectos seguirán construyéndose bajo la lógica de los equilibrios y el reparto comunitario, o el país finalmente ha comenzado a confiar en la planificación estratégica?

Cuando el Hezb recluta niños y se justifica...
Por
Mona Fayad
Publicado
jun 17, 2026 - 13:08

Cuando se interroga a Hezbolá, o a quienes giran en su órbita, sobre su práctica de reclutar niños — categoría que la UNICEF define con precisión, en la Convención sobre los Derechos del Niño, como todo ser humano menor de dieciocho años —, la respuesta oscila invariablemente entre varios registros: afirman que los niños lo desean ellos mismos, que son suficientemente maduros, o que se trata de algo perfectamente normal y coherente con la práctica de todas las revoluciones de la historia. Se desgrana entonces un rosario de referencias que nos lleva varios siglos atrás. Caemos así en una serie interminable de falacias. Para empezar, la definición de los grupos de edad no es un dato fijo: varía según las épocas. Vale la pena consultar el trabajo enciclopédico de Ariès sobre la infancia en particular, y la Escuela de los Annales en general. La infancia como concepto no existía en la Edad Media; el niño era tratado como un adulto pequeño. No había una frontera clara entre el mundo de los niños y el de los adultos, ni en la crianza, ni en la vestimenta, ni en los juegos. La integración temprana en el mundo adulto era la norma, y fue en ese marco que su alistamiento en las guerras se consideraba “aceptable”. Pero las normas y los conceptos se transforman con el tiempo, lo que significa que lo que alguna vez se tuvo por “natural” puede volverse moral y jurídicamente inadmisible en otra época. Sabemos bien que el trabajo infantil era algo habitual en la era de la Revolución Industrial, y que persiste hoy en los países más empobrecidos. Sin embargo, ello no ha impedido el reconocimiento internacional de los derechos de la infancia y de su necesidad de protección y cuidado en todos los planos — educativo, sanitario y psicológico —, a fin de acompañar a los niños en su crecimiento y desarrollo saludable. La historia misma demuestra, pues, que las sociedades abandonan prácticas que en su momento consideraban “normales”. Es dentro de esta lógica que la UNICEF emitió su determinación jurídica, a través de la Convención sobre los Derechos del Niño: todo ser humano menor de dieciocho años es un niño. No se trata de una opinión cultural sujeta a interpretación, sino de una norma internacional y una regla jurídica que impone obligaciones legales vinculantes y sustenta las políticas de los estados y las organizaciones. En cuanto al argumento de las revoluciones, no es menos falaz. Las revoluciones ciertamente utilizaron niños, pero el trabajo infantil también era aceptable entonces, la ausencia de educación era algo ordinario, la esclavitud estaba legalizada, la privación de los derechos de las mujeres era no solo generalizada sino corriente, y la violencia sistemática era igualmente la norma. ¿Acaso todo ello lo hace aceptable hoy? Por supuesto que no. Hay otra falacia en la que se hunden: medir el presente con los criterios del pasado — práctica que extienden, por lo demás, a todos los ámbitos —, mientras se sirven simultáneamente de los productos más avanzados de la tecnología moderna, desde drones hasta medios digitales y teléfonos inteligentes, de los que sabemos que facilitaron la operación de los bípers cuyas consecuencias son hoy bien conocidas. No se puede vivir con la tecnología del siglo XXI y justificar las propias prácticas sociales con los criterios de la Edad Media. Lo que están haciendo en realidad es una redefinición de la infancia: vacían la palabra de su sentido contemporáneo y la reemplazan con una definición elástica — “consciente”, “listo”, “maduro” —, al servicio de políticas dictadas por su empleador, Irán. Desmantelan la definición de infancia para reconstruirla según sus necesidades. Convierten al niño de “sujeto de protección” en “instrumento de conflicto”, en contradicción y violación directas de la psicología del desarrollo, el derecho internacional y el conjunto de la ética contemporánea. Invocar prácticas históricas para justificar el reclutamiento de niños hoy equivale a ignorar deliberadamente la evolución de los valores y estándares humanos — del mismo modo que no se puede justificar la esclavitud, el trabajo infantil o la opresión de las mujeres alegando que fueron prácticas generalizadas en el pasado. La existencia de algo en el pasado no le confiere legitimidad en el presente; de lo contrario, tendríamos que aceptar la esclavitud y la desposesión de las mujeres de sus derechos. El problema no reside en la historia misma, sino en el intento de instrumentalizarla para justificar lo que ya no es tolerable hoy. Todo lo que hacen no responde a ninguna “fidelidad a los orígenes”, sino a una selectividad utilitaria y a la proyección de reglas sobre una realidad regida por reglas completamente distintas — dicho de otro modo, mezclan marcos normativos diferentes de una manera que parece arbitraria pero que en realidad es sistemáticamente calculada. No se puede vivir con la tecnología del siglo XXI y justificar la propia conducta con los criterios de la Edad Media. Y si un concepto ha evolucionado, no se puede regresar a etapas anteriores para legitimar las prácticas de hoy. Lo que ocurre en realidad es la desposesión del niño de su condición jurídica de menor, su transformación en “pequeño combatiente”, con el pretexto de que es suficientemente “consciente” de lo que hace — y es precisamente este mecanismo el que lo priva de la protección legal a la que tiene derecho. Estos mismos actores invocan el derecho internacional cuando les conviene, y lo ignoran cuando no les sirve. Apelan a él cuando hablan de los derechos de los pueblos, de la agresión, de la soberanía… No se trata de una postura de principio, sino de un uso instrumental de las normas, que podríamos nombrar con claridad: selectividad normativa, o doble estándar referencial utilitario, ejercido mediante la manipulación de los conceptos. La pregunta no es qué ocurría en el pasado, sino qué criterios adoptamos hoy, y si los aplicamos de manera coherente o los usamos selectivamente según el interés del momento — invocados cuando sirven a la posición, descartados cuando no la sirven, con los conceptos fundamentales redefinidos según lo que se necesite.

Guerras sin fin en Medio Oriente
Por
Yakzan Takki
Publicado
jun 15, 2026 - 17:30

Medio Oriente se hunde en guerras y turbulencias destinadas a agravarse, más nefastas que en cualquier otra época. Esa es una razón suficiente para inventar soluciones que permitan al mundo salir de su punto muerto, ya sea por la vía diplomática, actuando con un sentido de discernimiento liberado de los reflejos instintivos, demostrando los límites del poder militar o mediante una combinación de estos factores, en particular restringiendo el desafío a las leyes y la imprudencia en el derecho de la guerra, frente a lo que ahora cae bajo el dominio de lo que podría llamarse la “ley de la autoridad de la máquina de matar”. Las guerras, los asesinatos y los ataques pueden alcanzar objetivos militares, pero con frecuencia sirven más como una puesta en escena mediática, generando efectos políticos opuestos a los esperados. Los sistemas ideológicos y nacionalistas de la región rara vez se derrumban únicamente bajo la presión externa; más bien, tienden a reconstruir su cohesión invocando el relato de la amenaza, del asedio y del rechazo a todo lo nuevo. Los asesinatos a gran escala no pertenecen únicamente al ámbito tecnológico: son operaciones políticas inseparables de la relación con los seres humanos, los pueblos y la historia, y no necesariamente liberan a la región de sus creencias. Los precedentes históricos muestran, en efecto, que la caída de los regímenes totalitarios difícilmente ocurre como consecuencia de ataques externos directos. La desarticulación del entorno que los alimenta es un proceso mucho más profundo y, generalmente, subestimado. Lo que comienza como un hecho aislado de una precisión casi quirúrgica se transforma en una escalada, en una desestabilización y en alianzas identitarias más poderosas que antes. Los ataques pueden producir un éxito táctico, pero constituyen un problema estratégico cuando alimentan un nacionalismo y una violencia sangrienta aún más intensos. Así, matar a un líder como el líder supremo Ali Jamenei marcaría un punto de inflexión para Medio Oriente y también para el islamismo mundial, después de cuatro décadas de poder absoluto y de una teocracia hipermilitarizada respaldada por los Guardianes de la Revolución, abriendo el camino a la violencia social, al caos y a una presión creciente en un país como Irán, que precisamente se ha dotado de herramientas para absorber los golpes, vigilar su entorno y gestionar los riesgos. Estados Unidos e Israel asumieron el riesgo de la operación denominada “decapitación” contra este hombre de 86 años. Más allá del acto en sí mismo, la historia pone de manifiesto el peligro de un enfoque semejante cuando no apuesta por la movilización de la sociedad civil ni por el cambio social en regímenes cerrados. Los bombardeos pueden matar o neutralizar a dirigentes enemigos y condensar guerras en cuestión de días, incluso varias guerras simultáneas, pero se basan en la hipótesis de que “cortar la cabeza” provoca el colapso de la estructura, cuando la caída del régimen de Francisco Franco ocurrió con su muerte, mientras que la de Joseph Stalin o Mao Zedong no puso fin inmediatamente a los sistemas que habían construido. Ese es el engaño de la máquina de guerra contemporánea: mata individuos, comprime los conflictos en lugar de apaciguarlos, debilita los regímenes sin derribarlos definitivamente en sociedades con una fuerte impronta doctrinaria y una naturaleza interna más insurreccional, como lo demuestran Medio Oriente y África. El conflicto con el exterior se desvirtúa mediante la fusión de la identidad con el martirio, como ocurre con Hamás, Hezbolá, los hutíes y los dirigentes iraníes, y la escalada adquiere una dimensión política cada vez mayor. El círculo de la venganza y las represalias se amplía, sostenido por una arquitectura institucional e ideológica compleja donde religión, política y sociedad se entrelazan. La eliminación externa se convierte entonces en un factor de movilización interna, capaz de fortalecer el marco político en lugar de impulsar una reorientación profunda para poner fin al régimen. El conflicto se transforma en un ciclo de violencia casi permanente, acompañado de un aumento de las capacidades de resistencia, adaptación y repetición, mientras desaparece la apuesta por transformaciones internas que requieren condiciones políticas, sociales y económicas de enorme complejidad. Las negociaciones diplomáticas se prolongan entonces y pierden utilidad, mientras que la guerra extendida se vuelve inevitable; más aún cuando los iraníes creyeron poder ganar tiempo multiplicando sus argumentos para resistir, a costa de la vida y el bienestar de su propio pueblo. Por su parte, Donald Trump sobreestima su capacidad para transmitir mensajes, él cuyas ambiciones se despliegan desde los salones de celebración, desde el Arco del Triunfo hasta el Kennedy Center, hasta llegar a los asuntos políticos más serios: la inflación, las reformas bloqueadas ante los tribunales, la insatisfacción de la opinión pública a pocos meses de las elecciones legislativas e incluso los equilibrios de poder internacionales, desde su guerra contra Irán hasta su diplomacia hacia Rusia y China. Nada ocurre como él desea para obligar a obedecer a lo que queda del régimen del líder supremo, mientras Israel continúa sin descanso explotando la oportunidad que esperaba en su guerra expansionista sin fin. Estados Unidos se encuentra en una situación similar a la de 2003. Una vez más, un presidente republicano conduce una guerra de cambio de régimen; una vez más, el objetivo es una dictadura dentro de una ecuación estadounidense de control. Pero esa ecuación también es la que mata personas en barcos pesqueros frente a las costas del Caribe, sin pruebas ni procedimiento legal, la que encarcela y aísla al presidente venezolano, la que amenaza a Cuba y México, la que elimina al líder supremo iraní pese a las importantes reservas que pueden formularse sobre su historial en la represión de levantamientos populares. Y el mundo no ha olvidado cómo George W. Bush calificó la invasión de Irak como “Operación Libertad Iraquí”, ni cómo concebía, dentro de sus grandes proyectos, la exportación de la democracia hacia Afganistán. Existe allí una ironía singular: Donald Trump, elegido por un electorado convencido por el lema “Estados Unidos primero” dentro de una lógica de estricto aislacionismo durante sus dos campañas victoriosas de 2016 y 2024, multiplica las intervenciones exteriores y vuelve a recurrir a la guerra, basada en suposiciones sobre un programa nuclear iraní que estaba a punto de volverse peligroso. Pero el éxito táctico se transforma en una suerte de “James Bond” más tecnológico, dentro de una dimensión de injerencia en Venezuela. La transformación de fase que pueden provocar las grandes potencias militares al eliminar con precisión a líderes extranjeros no pertenece al ámbito tecnológico, sino al político. Bien puede no resolver las cuestiones pendientes ni simplemente borrar el poder, sino redistribuirlo, convirtiéndose en un problema, como lo demuestran los intentos de asesinato contra Muamar Gadafi en 1986, Saddam Hussein en los años noventa o Dzhojar Dudáyev, líder del movimiento separatista checheno. Entonces surgen opciones de escalada que cruzan un umbral para desembocar en algo distinto. El asesinato de Hassan Nasrallah no aniquiló por completo la resistencia, al igual que ocurrió con Dudáyev o con los dirigentes históricos de Fatah y Hamás: por el contrario, estas eliminaciones encendieron los movimientos con formas más violentas y destructivas. Las cosas evolucionan hacia direcciones menos limitadas por la diplomacia, más inclinadas a la escalada y la violencia, con una intensidad emocional que se exacerba, todo ello lejos de permitir un control absoluto y, más aún, comprometiéndolo. Afganistán vivía bajo la teocracia de los talibanes, y Estados Unidos decidió someterlo y llevarlo hacia la era moderna, imaginando un futuro en el que las niñas podrían ir a la escuela, crecer, acceder a empleos, postularse a cargos públicos y vestirse según su elección, con derechos iguales. ¿Y qué ocurrió? La conclusión se impone por sí misma: la guerra no logra convertir un país en democrático; solo un país y sus ciudadanos pueden lograrlo desde dentro. Es probable que el poder sea lo que más importa a Trump, quien establecerá acuerdos con cualquiera que lo detente, ya sean clérigos religiosos, socialistas en Venezuela, comunistas en La Habana o gobernantes autoritarios en Irán. Y parece estar empeñado en buscar aliados sin verdadero peso, como Delcy Rodríguez en Venezuela. Irán no es Irak en 2003 y parece capaz de una respuesta asimétrica frente a los dolorosos ataques estadounidenses e israelíes, así como de esas ofensivas contra los Estados del Golfo árabe, injustificadas desde cualquier equilibrio razonable. Todo esto también podría conducir a rendimientos decrecientes contradictorios, y esta guerra puede resultar mucho más oscura y mucho más prolongada: una guerra de desgaste para los países de la región, mientras el mundo comienza a adaptarse y a convivir con sus repercusiones económicas, en lugar de concentrar la atención política que Occidente quería dirigir hacia Asia. La equiparación de los riesgos representa normalmente la mitad de los cálculos, sin una evaluación suficiente de la magnitud de los daños y sus consecuencias. No cabe duda de que la política de provocación persa ha causado enormes estragos en la vida de los iraníes y de los pueblos de la región durante medio siglo, provocando un retroceso y un evidente desinterés por las necesidades de las poblaciones en la construcción del futuro. Los errores estratégicos residen en el mal al que nadie responde ya: el de atacar una región del Golfo que intentaba construir su propia modernidad. Además, el mayor desafío sigue siendo evitar lo peor en medio de numerosas guerras que el mundo no sabe cómo cerrar.

El Hezb o la hegemonía a través de la censura y la sanción
Por
Mona Fayad
Publicado
jun 11, 2026 - 11:36

Entre 1984 de George Orwell y El extranjero de Albert Camus existe un hilo común en la descripción de los mecanismos de control, o más bien del marco general de dominación, que guarda una singular relación con lo que ha ocurrido en Líbano durante los últimos años, desde que el poder se consolidó en manos de Hezbolá y bajo su dirección. Existe una extraña convergencia entre los universos de Orwell y Camus, aunque a primera vista parezcan completamente distintos: el mundo de la opresión externa en Orwell y el mundo del absurdo y el desapego existencial en Camus. En Orwell, el individuo está sometido a una vigilancia externa absoluta. El Gran Hermano no solo supervisa los comportamientos, sino que intenta apropiarse de la propia conciencia. El objetivo no se limita a la obediencia, sino que busca borrar cualquier posibilidad de disidencia interior. La libertad está amenazada desde el exterior y el individuo, Winston, intenta recuperar su propia esencia mediante la rebelión. En Camus, la situación es casi la inversa. Ninguna autoridad totalitaria visible vigila al protagonista, Meursault. El problema no es una supervisión externa, sino un vacío interior. Meursault no se rebela porque simplemente no ve nada que merezca oposición. Sin embargo, la sociedad no tolera esa neutralidad: lo juzga no solo por su crimen, sino también por su falta de conformidad emocional, por no haber llorado en el funeral de su madre. En 1984 , la sociedad impone una vigilancia total y el individuo intenta escapar de ella para recuperar su humanidad. En El extranjero , el individuo no se somete espontáneamente a las normas establecidas y la sociedad ejerce sobre él una vigilancia retrospectiva para devolverlo al “comportamiento adecuado”. En otras palabras, Orwell describe una sociedad que previene la disidencia antes de que ocurra, mientras que Camus describe una sociedad que la castiga una vez que se ha manifestado. La opresión en Orwell es política e institucional; en Camus es moral y social. En el universo de Orwell, el individuo no puede apartarse de la norma porque la vigilancia es preventiva y total. Y si aun así se desvía, como ocurre con Winston, será completamente reformateado y obligado a amar al propio poder. Esta “restitución” resulta aún más aterradora porque no consiste en un regreso a un comportamiento ordinario, sino en una recreación del ser humano desde su interior. En ambas obras, la sociedad no tolera el alejamiento del “modelo” y ejerce una vigilancia cuyo objetivo final es devolver al individuo a la norma, ya sea mediante la persuasión coercitiva, en Camus, o mediante una reprogramación completa, en Orwell. En Camus, la norma es moral y social, y lo que se exige es sentir correctamente. En Orwell, la norma es política e ideológica, y lo que se exige es pensar correctamente. Ambos universos plantean algo profundamente inquietante: el problema no radica únicamente en la conducta, sino en el hecho de que la sociedad aspira a unificar la propia interioridad humana, ya sean los sentimientos o los pensamientos. Meursault es condenado porque no siente como debería; Winston es destruido porque no piensa como debería. Si ahora reemplazamos la palabra “sociedad” por “Hezbolá”, ¿no descubrimos acaso que este partido ha llevado a cabo una forma de opresión semejante a la descrita por Orwell en 1984 , mientras trata a sus partidarios y defensores del mismo modo en que la “sociedad” trata a Meursault en la novela de Camus? Aplicada a Hezbolá, esta lectura revela que el partido ha llevado a cabo una recomposición de la conciencia colectiva, mediante la persuasión, la identidad y el relato, en un registro cercano al “Orwell simbólico”, recurriendo al mismo tiempo al castigo directo frente al rechazo, algo más próximo al “Camus concreto”. Incluso añadió a su sistema de vigilancia una dimensión religiosa, mediante acusaciones de apostasía y de ruptura con la fe. Su supervisión de los comportamientos sociomorales se asemeja también a la que aparece en Camus: llega incluso a prohibir la expresión de ciertas formas de duelo, puesto que “el mártir ha ascendido a los cielos con alegría”. Lo que resulta más temible que la muerte es ser reformateado hasta el punto de dejar de percibirse como alguien distinto del poder o de la comunidad. Es precisamente ahí donde Orwell y Camus convergen en el método que Hezbolá ha practicado: el primero al expresar la fractura de la interioridad, el segundo al expresar el castigo de quienes se niegan a encajar en “el marco establecido” mediante la cultura del sahsouh (N. del T.: castigo impuesto a quien se atreve a expresar una opinión contraria a las fuerzas dominantes). Se entiende entonces que la dominación de Hezbolá sobre una gran parte de la comunidad chiita y sobre resortes fundamentales del Estado libanés no ha sido el resultado de un único factor simple, ni puede explicarse únicamente por la fuerza militar o por la legitimidad popular. Lo ocurrido es el producto de una acumulación histórica compleja que combina violencia, control identitario y una profunda reconfiguración interna de la sociedad. Para comprender este proceso es necesario analizar tres mecanismos estrechamente articulados entre sí. I. La coerción: fundación del poder e imposición de los hechos consumados Durante la década de 1980, en el contexto de la guerra civil libanesa, la confrontación no era únicamente política: era una lucha por la existencia y la hegemonía dentro de la propia comunidad. Este período estuvo marcado por la eliminación o marginación de corrientes intelectuales y militantes, entre ellas las representadas por Hassan Hamdane, Hussein Mroué y otros, incluidos miembros de la resistencia con afiliaciones comunistas, izquierdistas o liberales. También hubo enfrentamientos entre Hezbolá y otras fuerzas chiitas, especialmente el movimiento Amal, en lo que se conoció como la “guerra entre hermanos”. Hezbolá recurrió a la violencia, los secuestros y la disuasión directa tanto contra el entorno libanés como contra actores extranjeros: atentados contra embajadas, toma de rehenes, entre otros. Asimismo, impuso determinados comportamientos mediante la fuerza o la amenaza en distintas comunidades. Esto significa que Hezbolá no surgió en un entorno de “adhesión libre”, sino en uno parcialmente reconfigurado por la coerción. Nos encontramos aquí ante lo que podría denominarse la fase fundacional orwelliana, aquella en la que primero se imponen las fronteras y después se construye la legitimidad. II. El control social o la transformación de la coerción en “comportamiento natural” Tras la consolidación de la hegemonía, se produjo la transformación más decisiva: ya no se trataba únicamente de controlar, sino de reconfigurar la sociedad desde dentro. Este proceso se llevó a cabo mediante la imposición de normas de conducta religiosas, sociales y culturales; mediante intentos de imponer el uso del velo a través de amenazas de desfiguración con ácido y posteriormente mediante incentivos económicos, entregando sumas de dinero a cambio de llevarlo. Luego se construyó una rígida dicotomía entre “resistente” y “traidor”, entre “conforme” y “desviado”, mientras una intensa presión social recaía sobre los disidentes, desde ataques a su reputación hasta el aislamiento y las acusaciones de traición. En esta etapa, la opresión ya no era siempre directa: se había vuelto difusa e integrada en el propio tejido social. La sociedad había comenzado a vigilar a sus propios miembros. Aquí reaparece la lógica camusiana: el individuo no es castigado únicamente por lo que hace, sino por negarse a ajustarse al modelo colectivo. III. La construcción del marco que produce convicción e identidad La etapa más decisiva para el éxito de este modelo fue la construcción de un relato poderoso capaz de dar sentido a todo lo anterior. Este relato se apoyó en la idea de la resistencia y la dignidad, en la protección de la comunidad frente a amenazas externas, en la exaltación del sacrificio, el sufrimiento y el martirio, así como en la fusión de lo religioso con lo político y lo identitario. Paralelamente, se desarrollaron redes de servicios sociales, instituciones educativas, sanitarias y culturales, junto con una arquitectura de solidaridad interna visible en la multiplicación de celebraciones religiosas y la creación de rituales y costumbres importados en gran medida de Irán. Fue entonces cuando se produjo la transformación decisiva: el paso de una sociedad sometida a una sociedad convencida, al menos en parte. Es en la obra de Erich Fromm donde encontramos una explicación para este comportamiento: el ser humano no solo huye de la opresión, sino que a veces elige la conformidad porque le proporciona una sensación de seguridad y pertenencia a la comunidad. IV. El recurso a la coerción y la represión política A pesar del éxito del control social y de la construcción de un cuerpo de creencias compartidas, la coerción política siguió presente en los momentos de crisis. Se manifestó a través de acontecimientos internos decisivos como los de 2008, mediante un clima de asesinatos y disuasión política que se extiende desde el asesinato de Rafic Hariri hasta el de Lokman Slim, y mediante la consolidación de líneas rojas infranqueables: los Acuerdos de Doha, el tercio de bloqueo y las camisas negras. Estos episodios cumplen una función fundamental: recordar permanentemente que la fuerza sigue presente. De este modo se mantiene un equilibrio entre la convicción por un lado y el miedo por el otro. V. ¿Cómo se constituyó el “consentimiento aparente”? Lo que parece ser un “consentimiento” dentro de este entorno no puede simplificarse: es el resultado de una compleja combinación de factores. Convicción genuina en una parte de la población, adaptación en otra, miedo o silencio en otros sectores, junto con la ausencia de alternativas creíbles que completen el panorama. El “consentimiento” es, en realidad, una estructura compuesta y no una posición uniforme. Al final de este largo recorrido, nos encontramos en una situación en la que el partido ya no domina únicamente mediante la fuerza, sino también a través de la identidad y del marco mediante el cual el individuo se comprende a sí mismo, interpreta su sufrimiento y justifica sus decisiones, percibiéndolas como lógicas, legítimas y dotadas de sentido. La propia sociedad participa entonces, al menos parcialmente, en la reproducción de esta hegemonía. El control deja de ser exclusivamente externo para convertirse también en interno. ¿Qué ocurre hoy? Sin embargo, las transformaciones recientes, bajo la presión de los acontecimientos regionales y de la violencia externa, han generado una brecha entre el relato y la realidad, así como cuestionamientos internos que permanecen en gran medida silenciosos y procesos de reevaluación que rara vez se expresan públicamente. Al mismo tiempo, la amenaza exterior sigue reforzando la cohesión interna y la presión social impide una explosión abierta de esas tensiones. Por ello, hoy atravesamos una etapa de sacudida silenciosa, sin que se vislumbre todavía una transformación clara ni definitiva en el horizonte.

Crímenes sirios y la norma «Yamashita»
Por
Youssef Mouawad
Publicado
jun 6, 2026 - 13:23

¿Qué no haría un imputado o un acusado para salvar su pellejo! Procesado ante un tribunal de justicia por crímenes contra la humanidad o crímenes de guerra, ¿qué no diría un oficial sirio de los antiguos servicios de seguridad si tuviera que responder por sus fechorías? Las uñas arrancadas a los niños de Deraa El primero en comparecer ante los «Juicios de Damasco» fue Atef Najib. Seguimos su actuación en las redes sociales: este acusado respondía a los cuestionamientos de la Corte Penal con un tono frío y distante, como si no estuviera implicado en la suerte de los adolescentes a los que había entregado a los peores tormentos. Es verdad que había reconocido los hechos por lo que eran: una quincena de escolares que habían garabateado en los muros de su escuela consignas anti-Assad, fueron detenidos más de un mes para sufrir graves maltratos, incluyendo golpizas y arranque de uñas. Dicho esto, Atef Najib negó rotundamente su implicación directa y personal en el trato inhumano infligido a estos jóvenes. Para zafarse, argumentó la responsabilidad de otros organismos encargados de la represión. En suma, la tortura que habían sufrido estos escolares no provenía de su propia iniciativa sino más bien de una «cadena de mando» más amplia. Como si quisiera decir: ¿qué podía hacer yo si así funcionaba jerárquica y colectivamente el sistema de seguridad sirio? La transferencia de responsabilidad, mecanismo recurrente de defensa Evadir la responsabilidad ante una «instancia superior o difusa» o ante el sistema vigente es una maniobra clásica para eximirse o diluir la propia culpa. Pero, siendo honestos, los tribunales de justicia internacionales están preparados contra este procedimiento recurrente de defensa que rechaza la culpa hacia la jerarquía. No obstante, al invocar, con razón o sin ella, las instrucciones recibidas, Atef Najib ha llamado a las altas esferas del Estado detentadores del poder de decisión a asumir su responsabilidad. En definitiva, la pregunta se plantearé con aún más urgencia cuando comparezca ante la justicia el general Khardal Ayoub, implicado como está en el ataque químico de la Ghouta oriental en 2013. La doctrina Yamashita En derecho penal internacional, la responsabilidad del mando (cadena de mando) es también conocida como la doctrina Yamashita, en honor del general japonés que fue procesado y ejecutado por crímenes cometidos por sus tropas durante la Segunda Guerra Mundial. Porque un jefe militar tiene la obligación de vigilar a sus hombres y contenerlos. Y este es un concepto que no es reciente: fue establecido por las Convenciones de La Haya de 1899 y 1907 y constantemente actualizado y confirmado desde entonces. Para exculparse, el depuesto presidente sirio Bachar el-Asad no podría alegar su ignorancia de un ataque con armas químicas lanzado por subalternos, sean generales o simples soldados, ni el hecho de que no hubiera impartido instrucciones específicas al respecto. En aplicación de la doctrina antes mencionada, como comandante supremo, es responsable penalmente desde el momento «en que supo —o estaba en condiciones de saber— que habían cometido crímenes y no tomó las medidas necesarias para impedirlo o para castigarlos». Edgar Morin y el arrepentimiento Edgar Morin, sociólogo y militante antinazi, acaba de dejarnos. Judío sefardí, no había preconizado la venganza contra los «arquitectos de la solución final». Su actitud impregnada de humanismo se revela en un texto dedicado a la memoria del Holocausto donde dice: «Soy de los que esperan el arrepentimiento del malvado. Soy de los que nunca encerraron al hombre que cometió un crimen dentro del concepto de criminal que lo cubre por entero». Pero otorgar el perdón no significa consentir el olvido u la ocultación. Entonces, previamente, debe hacerse justicia. Y no sería equitativo que en Siria solo Atef Najib y Khardal Dayoub tuvieran que pagar en lugar de los fugitivos que se esconden en Moscú. Una justicia transicional es ciertamente la condición de una reconciliación nacional. Pero no se haría justicia alguna mientras Bachar, Maher y los miembros del alto mando sirio no comparezcan ante los tribunales de derecho. ¡Y mientras no tomen conocimiento, de pie en el banquillo de los acusados, de la sentencia que los condena!

Líbano: cuando la geografía deja de ser una ventaja
Por
Mona Fayad
Publicado
jun 5, 2026 - 23:01

Se escuchan cada vez con más frecuencia comentarios de quienes lamentan su suerte: ¿por qué nacimos en este rincón del mundo? Porque la posición geográfica del Líbano lo ha colocado hoy en una situación por demás ingrata. La geografía no es, sin embargo, un destino ciego; constituye un marco rígido que delimita lo posible y estrecha el margen de error. En geopolítica, como nos recuerda Robert D. Kaplan en La venganza de la geografía , la geografía no desaparece tras los eslóganes, sino que vuelve a imponerse cada vez que los Estados la desdeñan, y con especial rigor sobre los pequeños Estados situados en las líneas de fractura. El Líbano es uno de ellos: se encuentra atrapado entre dos vecinos poderosos, uno que forma una enorme guarnición militar con uno de los mayores ejércitos del mundo, respaldado por los Estados Unidos y al que contribuimos a que reocupara el Líbano; y el otro, que ya ejerció sobre él una prolongada dominación y una tutela pesada bajo el régimen autoritario de los Assad. En este sentido, el Líbano constituye un ejemplo elocuente de país en el que la posición geográfica desempeña un papel decisivo. Su situación entre Israel al sur y Siria al este y al norte, sobre una fachada mediterránea abierta, lo convirtió históricamente en un espacio de tránsito e intercambio, no en un escenario de enfrentamiento. Michel Chiha comprendió pronto esta singularidad: la estrechez del litoral, la elevación de la montaña y la ausencia de profundidad estratégica continental empujan al libanés hacia el mar — es decir, hacia el comercio, la apertura y la mediación — antes que hacia las guerras y los conflictos. Nuestra historia fenicia así lo atestigua. En este sentido, la geografía libanesa nunca fue concebida para un papel militar, sino para uno económico y civilizacional. El giro peligroso se produjo cuando el Líbano se desvió de esta vocación y se dejó arrastrar progresivamente hacia conflictos regionales que superaban su capacidad, transformándose así de un espacio de equilibrio en un teatro de confrontación. En este contexto, hablar de una «maldición de la geografía» resulta engañoso. El problema no radica en la posición en sí misma, sino en el modo en que se la utiliza. La geografía que habría podido ser fuente de prosperidad — como lo fue en cierto período moderno — se convirtió en fuente de peligro cuando se la empleó como plataforma para los conflictos ajenos y cuando el Estado perdió el monopolio de la decisión de guerra y de paz. Es aquí donde la situación libanesa converge con una transformación histórica que Alexis de Tocqueville señaló en La democracia en América . En la era de los imperios, las entidades pequeñas eran fácilmente absorbidas; pero con la emergencia de los conceptos de soberanía y de los derechos de los pueblos, y luego con la aparición de un orden internacional encarnado en las Naciones Unidas, pasó a ser posible, en principio, proteger a los pequeños Estados mediante normas jurídicas y resoluciones internacionales. Esta transformación, por importante que sea, no anuló la lógica de la fuerza; simplemente la reconfiguró. El derecho internacional confiere legitimidad, pero no garantiza protección de manera automática. Los pequeños Estados se preservan no únicamente por los textos, sino cuando su estabilidad forma parte de los intereses de las potencias mayores. De ahí que la crisis libanesa se revele en toda su complejidad: el Líbano goza de pleno reconocimiento internacional de su soberanía, pero carece de las condiciones internas y externas que harían esa soberanía defendible. Las injerencias exteriores, directas e indirectas, no habrían prosperado sin la fragilidad interna que las hizo posibles — las sensibilidades confesionales, la división de la decisión soberana, la vinculación de ciertas fuerzas locales a ejes regionales — todo ello en el marco de un conflicto abierto entre Irán e Israel que se gestiona parcialmente en suelo libanés. En esta configuración, la geografía se convierte en una vulnerabilidad fatal. Un pequeño Estado, abierto geográficamente, no puede permitirse la dualidad de la decisión, ni ser al mismo tiempo parte de un conflicto y entidad que reclama protección frente a él. La solución no reside en negar la geografía, sino en gestionarla con lucidez. Y esto pasa por una redefinición de la vocación del Líbano: de teatro de conflictos a espacio de equilibrio, de instrumento de ejes exteriores a una sociedad en busca del interés común. La neutralidad, en esta perspectiva, no es un eslogan moral sino una elección estratégica condicionada. La experiencia de países como Suiza y Austria ha demostrado que la neutralidad sólo se sostiene sobre tres elementos inseparables: un consenso interno sólido, una capacidad defensiva nacional unificada y garantías internacionales explícitas. Sin estos elementos, la neutralidad se transforma en un vacío que las potencias exteriores no dejan de aprovechar. El Líbano se encuentra hoy en una encrucijada: o bien permanece prisionero de su posición como línea de frente, o bien se reposiciona como entidad cuya estabilidad resulta indispensable para todos. Esto exige recuperar la decisión soberana, unificar el referente de seguridad, y anclar la estabilidad del país a intereses económicos, regionales e internacionales que harían costosa cualquier desestabilización para el conjunto de los actores implicados. La fachada marítima del Líbano podría haber significado comercio, servicios e influencia financiera — como lo fue en los años sesenta y a comienzos de los setenta. En cambio, se ha convertido hoy en un país sitiado, amenazante y amenazado, expuesto a los golpes de todos. El Líbano no puede cambiar su geografía, pero sí puede cambiar su posición dentro de esa geografía. Y es sólo ahí donde la geografía deja de ser un destino impuesto para convertirse en una elección gestionada en función del interés nacional. Queda una pregunta fundamental: ¿puede el Líbano obtener una «garantía internacional» que proteja su neutralidad sin que ésta se convierta en una tutela? ¿Y qué entendemos por «garantía internacional»? No un nuevo mandato, ni una administración extranjera ni una pérdida de soberanía, sino una neutralización reconocida internacionalmente y un compromiso colectivo de no utilizar el Líbano como escenario de conflictos — lo que equivale a hacer de la neutralidad libanesa un interés común al que todos se adhieran. La evolución del entorno internacional da verosimilitud a este modelo: las grandes potencias ya no quieren focos de explosión permanentes en Oriente Próximo; los Estados árabes se orientan hacia el desarrollo, privilegiando la distensión y reduciendo el desorden; Europa, por su parte, necesita la estabilidad de Oriente Próximo. Todo esto abre para el Líbano una ventana de oportunidad que le corresponde aprovechar. Ha llegado el momento de que el Líbano salga del ciclo de los conflictos, de que la decisión de guerra y de paz corresponda exclusivamente al Estado, de que no sirva de instrumento a ningún eje, y de que haga de su estabilidad un interés para todos y no una carga para nadie. Porque nuestra economía, nuestras escuelas, el futuro de nuestros hijos no son moneda de cambio. Nos negamos a ser instrumentalizados — venga de donde venga esa instrumentalización.

"No More Mr Nice Guy", o ¿cómo sobrevivir entre los depredadores?
Por
Pascal Ausseur *
Publicado
jun 1, 2026 - 22:51

Todos lo vemos: el mundo es cada vez más brutal, como si estuviera sin ley ni orden. Aunque las guerras en Ucrania, Israel y Gaza, Siria, Sudán o Irán no sean fundamentalmente más violentas que las del siglo XX, lo que impacta al observador es la total desinhibición de los protagonistas en el uso de la fuerza. Ninguno de los actores implicados busca molestarse en justificativos morales o jurídicos más allá de la pura forma. Esta ausencia de apariencias ilustra la lógica depredadora que ahora prevalece en todas partes. Parece que la única pregunta que importa es: ¿cómo sacar ventaja o no perder demasiado con estas nuevas reglas del juego? Como lo reivindica Donald Trump con su talento para captar el sentir del momento: «Se acabó ser el chico simpático». Para los países europeos, educados en las buenas maneras y el respeto a la norma, el shock es duro. ¿Cómo adaptarse a esta brutalización? ¿Rechazarla corriendo el riesgo de convertirse en presa y desaparecer geopolíticamente, o unirse a los depredadores corriendo el riesgo de perder el alma y desaparecer culturalmente? El caza polivalente Rafale y el portaaviones Charles-de-Gaulle confieren a Francia una verdadera autonomía tecnológica y militar. (AFP) Para Europa, este nuevo mundo toma la forma de un despertar difícil que la toma por sorpresa. Desde 1945, tras tres guerras franco-alemanas en tres generaciones, dos de ellas guerras mundiales y el Holocausto, los europeos, espantados por esta autodestrucción, habían decidido renunciar, en principio, a la violencia de Estado entre ellos. Completaban así una evolución intelectual y política iniciada tres siglos antes, tras las terribles guerras de religión que también habían devastado el continente durante décadas. La Europa moderna se reconstruyó así a mediados del siglo XX alrededor de un tríptico que luego se calificó como poshistórico: la marginalización del hecho religioso, la deslegitimación del hecho nacional y el reemplazo de las relaciones de fuerza por la norma, el derecho y el mercado. La Unión Europea, como construcción política, fue el fruto de esta evolución. El objetivo se logró. Los europeos, agotados, aquejados por su culpabilidad y su sentimiento de fracaso, lograron erradicar la guerra civil de su continente y fueron evacuando progresivamente el principio del recurso a la violencia. La caída de la URSS Este «pacifismo de principio» no era sin embargo evidente en las décadas de posguerra cuando la amenaza soviética se consolidaba sobre Europa occidental. El dilema se resolvió gracias a la protección asegurada por Estados Unidos que, además de su potencia económica, industrial y militar, no estaba afectado por la repulsión hacia la guerra que se había extendido sobre el Viejo Continente. Al contrario, la mayoría de la población estadounidense, alejada de los conflictos europeos, conservó durante todo el siglo el sentimiento de ser una nación dinámica, moralmente intacta y convencida de pertenecer al bando del bien, lo que la autorizaba a considerar el uso de la fuerza sin complejos. Esta seguridad y esta desinhibición fueron uno de los motores que les permitieron convertirse en «la» superpotencia occidental desde 1945 y, a partir de los años noventa, la hiperpotencia mundial sin rival verdadero. La caída de la URSS consolidó a cada uno de los dos socios transatlánticos en su enfoque respectivo. Los europeos, viendo desaparecer su última amenaza, se convencieron de haber entrado definitivamente en una nueva era donde la violencia de Estado sería residual para volverse finalmente innecesaria. Los estadounidenses percibieron en ello, por su parte, la justeza de su modelo imperial y el interés de extenderlo. La globalización fue así la oportunidad para Washington de promover su hegemonía fundada en el comercio, las reglas y el modelo estadounidenses. Este período posterior a la Guerra Fría estuvo, sin embargo, marcado por una ambigüedad deletérea. El término «occidental» abarcaba en efecto dos visiones antagónicas: la promoción, por una parte, del modelo universalista y pacifista europeo, y la realidad, por otra, de un sistema internacional controlado por un Estado que se alejaba de Europa y había conservado el gusto por la fuerza. Los europeos, incómodos, prefirieron dejar hacer pues era el precio de su tranquilidad. La soledad francesa durante la guerra de Irak de 2003 fue su ilustración. Fuera de Europa, la resistencia al imperio no se hizo esperar. Primero porque esta indiferenciación de las sociedades crea un equilibrio inestable y sigue siendo fuente de violencia mimética, como tan bien lo identificó René Girard. Luego porque las herramientas del poder económico y militar se han difundido por todas partes permitiendo a los «pequeños» hacer frente a los «grandes». Finalmente, porque la hegemonía estadounidense no supo resistir la tentación de imponer por la fuerza su norma y la defensa de sus intereses. La globalización que debía ser integradora y pacificadora así terminó en una fracturación mundializada y engendró potencias revisionistas, pequeñas y grandes, un poco por todas partes. Retorno de las identidades, de los modelos alternativos y de los intereses nacionales. Retorno también del empleo de la fuerza militar tanto porque el referente europeo se erosiona como porque las capacidades militares están ahora diseminadas. Si esta ola de contestación y conflictividad es un desafío para los Estados Unidos, están preparados pues es una lógica que nunca han perdido. Los europeos están menos cómodos. Habían renunciado a los enfrentamientos de fuerzas, se desarmaron intelectual, material y moralmente mientras que son el blanco de los Estados Unidos y de sus competidores del Este y del Sur para quienes representan el blanco ideal: adinerados, indiferentes, ociosos, viejos, débiles, cobardes y moralizantes. Estar en la mesa y no en el menú Nosotros europeos nos despertamos pues en un mundo que no es el nuestro. Confrontados al antagonismo y a la vulnerabilidad comenzamos a darnos cuenta de que nuestros vecinos desean nuestras desgracias y podrían lograrlas. ¿Qué hacer? la tentación de volverse a dormir, de protestar o de buscar un protector existe, pero topará rápidamente con los inconvenientes que afligen a los vencidos y los sometidos. En el mundo que viene, marcado por la escasez y la depredación, la derrota y la sujeción traerán su carga de sufrimientos. Es por eso que se siente por todas partes un endurecimiento de las posturas. Devolver golpe por golpe, tomar la ascendencia psicológica, golpear primero, amenazar con represalias devastadoras… Muchos se dedican o se preparan a su manera. Europa no puede escapar de la actualización de su software de gestión de las relaciones internacionales, va en ello su supervivencia. Debe rearmarse, conceptual, material y sobre todo psicológicamente para ser más fuerte y más creíble, para estar en la mesa y no en el menú. Europa debe volver a ser una potencia, lo que pasa por un reforzamiento considerable de los Estados que la componen, pues no se creará la fuerza europea sumando la debilidad de cada uno. Francia tiene mucho por hacer en este tema. El poder blando Pero una vez recuperada esta potencia, ¿deberá Europa convertirse en depredadora para pesar entre los depredadores? No le interesa. Europa ha gozado durante mucho tiempo de una ventaja estratégica ligada a la fuerza de atracción de su modelo cultural más apacible que en otros lugares. Esta singularidad no es un azar. Es fruto de la Historia y de sus sufrimientos. Porque ha vivido en su carne los horrores de la guerra, ha elaborado un software específico hecho de escucha, respeto y compromiso. Este software hizo maravillas para pacificar el continente. Fracasó en otros lugares porque no se respaldaba en una potencia suficiente. Mientras que Estados Unidos se precipita en la espiral infernal de la carrera armamentista, «sin piedad y sin compasión», retomando los términos de su secretario de Estado de Guerra, a imagen de los líderes rusos, israelíes, turcos, azerbaiyanos, iraníes, de Hamás o Hezbolá, entre tantos otros, existe otro camino para Europa y para Francia. Estados Unidos ha anunciado una reducción drástica de su presencia militar en Alemania, que alberga la mayor base aérea estadounidense en Europa, la de Ramstein. (AFP) Si deciden volver al juego de las potencias y darse los medios para ello, podrían entonces hacer escuchar la voz creíble de un «Viejo continente», retomando la fórmula de Dominique de Villepin que tuvo éxito durante la guerra de Irak. Francia y Europa no están obligadas a elegir entre el irenismo y el belicismo. Podrían articular el poder de la fuerza, económico, militar y moral, con el poder del modelo, el famoso soft power, teorizado bajo la administración Clinton por Joseph Nye del que se apartan Estados Unidos. Debemos entonces emprender un doble movimiento, en apariencia contradictorio. Se trata primero de reconstruir un verdadero poder, un hard power, para pesar y ser temido. Los esfuerzos presupuestarios y sociales que esto representa imponen, puesto que estamos en democracia, la adhesión de las poblaciones y por lo tanto una refundación de la cohesión de las comunidades políticas, tanto nacionales como europeas. Esta cohesión, que podía parecer innecesaria en un mundo postnacional y sin fronteras gestionado por el simple mercado, se vuelve esencial en la era del retorno de la geopolítica. Debemos así recuperar lo que constituye nuestras identidades, nacionales y europeas, identificar nuestros intereses, reconocer los de otros y restablecer una capacidad de infundir miedo para defender valores y causas justas. Porque, y este es el segundo movimiento, este poder recuperado no debe hacernos recaer en la hybris suicida que caracterizaba a Europa hace un siglo y que reaparece por todas partes. Debe acompañar la promoción del rechazo de la fuerza ciega, del chantaje y la depredación, y erigir como objetivo la búsqueda de paz y compromisos justos y duraderos. El poder dará credibilidad a esta estrategia que debe aliar realismo y pacifismo. Porque Europa será fuerte y por lo tanto respetada, su población tranquilizada no será tentada a una carrera hacia adelante en la agresión y sus interlocutores no interpretarán su búsqueda de apaciguamiento como una marca de pusilanimidad. Serena y escuchada, Europa estará en condiciones de iniciar y apoyar la elaboración de un nuevo multilateralismo para el siglo XXI, en resonancia con el llamamiento que lanzó el primer ministro canadiense Mark Carney en su discurso de Davos en enero pasado. En medio de estos depredadores que buscan vasallos, hay lugar para potencias fuertes y benevolentes que promuevan un orden más justo. Europa y Francia pueden contribuir a ello. Estarían entonces a la altura de su legado. *Pascal Ausseur es Vicealmirante de Escuadra (2s), director general de la "Fundación para el Dominio de los Desafíos Estratégicos" (FMES)

Entre la disciplina, la resistencia silenciosa y el inicio de una rebelión

La publicación de dos llamados impulsados por activistas de Tiro y Nabatiyeh, dirigidos al Estado libanés para que proteja estas dos ciudades históricas frente a la amenaza israelí de borrarlas del mapa, despliegue allí al ejército y a las fuerzas de seguridad, y las convierta en ciudades abiertas y desmilitarizadas, constituyó el primer acto de resistencia pública y organizada en el entorno chiita. Un entorno en el que, en los últimos tiempos, se han multiplicado las voces que llaman a superar el miedo y a elevar el tono de la protesta contra quienes han confiscado su historia, su presente y su futuro para vengar a Khamenei. Sin embargo, estos activistas fueron objeto de una campaña de amenazas, difamación y ataques a su honor que llevó a algunos de ellos a retractarse. Había comenzado a escribir este artículo antes de la aparición de estos dos llamados, con el propósito de comprender los mecanismos de control del Hezbolá y su capacidad para ejercer su dominación, así como para entender la resistencia silenciosa presente en este entorno y los mecanismos de influencia que ejerce sobre él. Si nos limitáramos a comprender el poder en los entornos partidarios únicamente a través de las herramientas de la represión directa, pasaríamos por alto aquello que constituye su dimensión más efectiva. Como señala Michel Foucault, el poder moderno no se basa solamente en la prohibición y el castigo, sino en la producción de individuos que se vigilan a sí mismos y reconfiguran su comportamiento de acuerdo con las normas que les son impuestas. Sin embargo, esto no significa que la dominación se realice plenamente o que logre estabilizarse. Es precisamente ahí donde entra en juego la contribución de James Scott, quien revela su otra cara: incluso en los entornos más disciplinados, la resistencia no desaparece; adopta formas subterráneas, cotidianas y no declaradas. Esta superposición se manifiesta con especial claridad en el control que Hezbolá ejerce sobre todo el espacio social y cultural de su entorno. Por un lado, existe un sistema disciplinario integrado que no funciona únicamente a través de los aparatos o del discurso oficial, sino mediante la interiorización de las normas del Hezbolá en el propio entorno social, que luego las reproduce. Por otro lado, también pueden observarse pequeñas prácticas cotidianas que revelan una distancia silenciosa entre los individuos y esas normas, una distancia que se ha profundizado desde la guerra actual que el grupo provocó. Según Foucault, la vigilancia no es eficaz porque sea omnipresente, sino porque es interiorizada. Al observarse a sí mismo, el individuo aprende a elegir sus palabras, controlar su tono y reconsiderar aquello que podría ser comprendido o malinterpretado. Con el tiempo, esta autocensura se convierte en un componente de su formación social, sin necesidad de ninguna intervención externa. Se transforma en algo parecido a una “segunda naturaleza”, donde la conformidad parece una elección personal más que el resultado de una presión exterior. Es precisamente aquí donde aparece la paradoja señalada por Scott. Cuando las personas se ven obligadas a mostrarse conformes en público, eso no significa en absoluto que se adhieran internamente. Entonces surge lo que él denomina el “discurso oculto”: un conjunto de actitudes y sentimientos que no encuentran espacio en la esfera pública, pero que circulan en círculos reducidos o se expresan mediante formas indirectas. En este contexto, la política deja de limitarse a los discursos o a las manifestaciones y se traslada a los detalles de la vida cotidiana. El silencio, por ejemplo, no siempre es señal de consentimiento; puede ser una estrategia de abstención. El lenguaje insinuante no es una incapacidad para expresarse, sino una forma de evitar el costo de la palabra directa. Incluso la decisión de no participar puede interpretarse como un acto político y no como una ausencia de acción. Lo que aporta la combinación de las perspectivas de Foucault y Scott es una comprensión de la relación entre estos dos niveles. El sistema que logra producir individuos disciplinados es precisamente el que crea las condiciones para una “resistencia mediante la astucia”. Cuanto mayor es el costo de expresarse, más intensa se vuelve la necesidad de recurrir a formas indirectas de rechazo. Cuanto más profunda es la vigilancia, más significado adquiere el silencio. En el entorno que analizamos, bajo la presión de la guerra y de la continua escalada israelí, el comportamiento del llamado “entorno de apoyo” revela una transformación profunda en la imagen que se proyecta en el espacio público, algo que va mucho más allá del simple deterioro económico o del agotamiento social. Estamos ante una mutación en la propia relación entre la gente y el discurso político que pretende representarla. Es ahí donde se hace visible la interacción entre interiorización y resistencia. Una persona puede ajustarse al discurso público, adoptar su vocabulario y exhibir su pertenencia, mientras conserva internamente una distancia crítica. Esa distancia no se muestra abiertamente, pero aparece en momentos concretos: en una broma pasajera, en un comentario ambiguo, en la ausencia de entusiasmo o en la falta de respuesta a un llamado a la movilización. Y es precisamente ahí donde reside la forma más temible de resistencia: no la que se exhibe, sino la que pasa desapercibida. Sin embargo, esta resistencia, pese a su discreción, no implica necesariamente una ruptura radical ni una separación total respecto del poder dominante. La mayoría de las veces permanece dentro de los límites del sistema, adaptándose a él al mismo tiempo que se le opone. Eso es lo que la convierte simultáneamente en un signo de debilidad y de fuerza: debilidad porque no se traduce en una acción colectiva visible; fuerza porque revela los límites de la dominación. Foucault también recuerda que el poder no se ve afectado únicamente por la oposición directa, sino también por la erosión interna. Cuando la conformidad se vuelve puramente formal, cuando la obediencia se reduce a una representación, el poder pierde parte de su eficacia. Puede lograr regular el comportamiento visible, pero fracasa en producir una adhesión auténtica. En este marco, fenómenos como la falta de respuesta a los llamados a la movilización o la expansión de la indiferencia pueden entenderse no como una ausencia de política, sino como una transformación de sus formas. La gente no sale a las calles, pero tampoco se compromete. No protesta, pero tampoco responde. En última instancia, esta dinámica no puede reducirse a una simple oposición entre dominación y resistencia. Lo que observamos es una interacción constante entre ambas, donde el poder genera sus propias formas de rechazo y donde la resistencia se adapta a las condiciones impuestas por el poder en lugar de enfrentarlo directamente. En esta zona gris, donde el silencio no equivale a consentimiento y la abstención no significa neutralidad, es donde se configura la verdadera política, lejos del discurso oficial. Así puede entenderse cómo un entorno que, en apariencia, parece disciplinado y cohesionado puede albergar múltiples capas de duda, distanciamiento y resistencia silenciosa, imperceptibles a primera vista, pero cuya huella se profundiza con el paso del tiempo. Desde esta perspectiva debe interpretarse la falta de respuesta a los llamados de Naïm Qassem para salir a las calles, no como una muestra de neutralidad, sino como una forma de rechazo silencioso. La gente no proclama su oposición, pero tampoco otorga legitimidad real mediante su participación. Se trata de un estado intermedio entre la obediencia y la rebelión, un estado de suspensión, espera y quizás de reevaluación. En ese sentido, puede afirmarse que lo que observamos hoy es un desplazamiento gradual del “entorno de apoyo” hacia el “entorno agotado”. El entorno de apoyo responde, se moviliza y participa. El entorno agotado, en cambio, resiste, guarda silencio, pero ya no se involucra. Este desplazamiento, aunque siga siendo parcial o incompleto, tiene un profundo significado político: el desgaste de la capacidad de movilización. En cuanto a los dos llamados recientes que solicitaron la intervención del Estado y la retirada de las armas de Tiro y Nabatiyeh, marcan con claridad y valentía el inicio de una ruptura de la barrera del miedo dentro del propio entorno del Hezbolá.

Cine, política y guerra
Por
Yakzan Takki
Publicado
may 31, 2026 - 22:22

La sombra de la guerra y de la política, en Medio Oriente, en Ucrania y bajo la presión de una geopolítica amenazante, pesó con toda su fuerza sobre la ceremonia de clausura de la 79.ª edición del Festival. El discurso político más comentado fue el de Andrey Zvyagintsev, cuya película Minotaur , un retrato de la invasión rusa de Ucrania a través de la desintegración de una familia, obtuvo el Gran Premio. El cineasta ruso, exiliado en Francia, se dirigió directamente al presidente Vladimir Putin: “Detengan esta mascarada. El mundo entero espera el fin de la masacre, donde millones de hombres se enfrentan a ambos lados de la línea del frente, soñando únicamente con poner fin a una guerra que ya no cuenta con el respaldo de ninguno de los dos bandos beligerantes”. Sus palabras resonaron como un eco lejano del discurso pronunciado en ese mismo escenario por el presidente Volodímir Zelenski el 17 de mayo de 2022. De la metaficción al abismo suele haber apenas un paso, y el Festival de Cannes 2026 lo dio al seleccionar, entre las veintidós películas en competencia, seis obras dedicadas a la guerra. Que el cine, ese arte sincronizado con el pulso del mundo, ejerza semejante influencia política no tiene nada de nuevo. Pero la complejidad del relato que ofreció Cannes este año radica en dos tensiones: por un lado, la diversidad de perspectivas que abordan la guerra con fidelidad histórica y una notable capacidad artística para captar el horror y la violencia; por otro, el riesgo de que todo ello no sea más que una visión parcial, sin que ambas aproximaciones formen necesariamente un conjunto coherente frente a una misma realidad. La distancia era considerable, tanto en términos estéticos como filosóficos, entre Notre salut , de Emmanuel Marre, que explora el espíritu de la colaboración a través de la trayectoria de un modesto funcionario bajo el régimen de Philippe Pétain, y Moulin , de László Nemes, que exalta el testimonio del resistente Jean Moulin, torturado hasta la muerte por Klaus Barbie. Fatherland , por su parte, elige una tercera vía al señalar la catástrofe moral y civilizatoria de la Segunda Guerra Mundial a través del regreso de Thomas Mann a Alemania en 1949. Esa misma fractura se reflejó en la presencia de la actriz Julianne Moore en el Festival, donde durante la primera semana de esta 79.ª edición recibió el premio Women in Motion , una distinción que a lo largo de los años también ha reconocido a Jane Fonda, Viola Davis y Michelle Yeoh. La musa de Todd Haynes expresó posiciones políticas claras, relatando que desde la infancia encuentra refugio en las bibliotecas y que en ellas descubre una comprensión más humana del mundo y de quienes lo moldean, independientemente de que sus destinos sean trágicos o no. En la burbuja a veces superficial de Los Ángeles, Moore intenta, junto con sus equipos de comunicación, dotar de profundidad a temas que suelen parecer abstractos, en un contexto donde todo depende de una visión clara, aunque esta pueda resultar asfixiante. Esa misma lógica le valió la consagración máxima con el Óscar a la Mejor Actriz por Still Alice. “Es el peso de la historia y de esa fábrica de sueños a la que me alegra contribuir, mediante un compromiso contra el recurso a las armas y contra el caos social en el que vivimos, un caos que me entristece y me asusta en un contexto geopolítico profundamente desequilibrado”, declaró. Moore es conocida por su cercanía con el Partido Demócrata, aunque en los últimos años ha tomado distancia del ciclo político reciente, apareciendo con menos frecuencia junto a Joe Biden y Kamala Harris. También optó por reducir su exposición mediática y mantener cierta distancia estratégica respecto de las películas saturadas de explosiones y bombas, considerando la situación mundial actual, que define como “increíblemente artificial”. Cabe señalar una incongruencia en la concesión del Premio al Mejor Guion a Notre salut , una obra poderosa y auténtica sobre la colaboración, especialmente porque el propio Emmanuel Marre reconoció que muchas escenas fueron improvisadas. El Premio del Jurado fue para Das geträumte Abenteuer , de Valeska Grisebach, una película que generó opiniones muy divididas. El punto culminante llegó con el Premio a la Mejor Dirección, otorgado conjuntamente a dos realizadores por La Bola Negra , una obra que recorre un siglo de historia de España entre el franquismo y la homosexualidad. Por otra parte, el mundo del cine comienza a distanciarse de los sectores más radicalizados tras las declaraciones de Maxime Saada. Exhibidores, productores y distribuidores franceses manifestaron su preocupación ante una creciente radicalización del discurso cinematográfico a medida que se aproxima la elección presidencial. Una petición titulada “No se vuelvan hacia Bolloré” circuló durante la apertura del Festival y reunió más de seiscientas firmas de profesionales del sector. Los firmantes protestaban contra lo que consideraban la creciente influencia del empresario bretón Vincent Bolloré sobre el séptimo arte y sus ambiciones monopólicas, especialmente en materia de financiamiento cinematográfico. Con excepción de Adèle Haenel, que no filma desde hace seis años, así como de Juliette Binoche, Anna Mouglalis y Swann Arlaud, la mayoría de los firmantes sigue siendo poco conocida en el sector profesional. Algunos interpretan esta movilización más como un frente político que corporativo, dado que nadie había observado una uniformización de las películas ni una apropiación fascista del imaginario colectivo a través de Canal+, incluso dentro de organizaciones de izquierda que Bolloré había desmantelado previamente. Sin embargo, muchos productores advierten: “Quizás algún día debamos preocuparnos por la influencia de Vincent Bolloré sobre el cine, por la erosión del poder intelectual y artístico, y por el fin del progresismo cultural”. Más allá de si los relatos cinematográficos guardan o no alguna relación con la ideología de extrema derecha, las salas UGC no fueron adquiridas por Vincent Bolloré por razones ideológicas, sino por Maxime Saada, director ejecutivo de Canal+, por motivos industriales. “Es una carnicería y va a empeorar”, afirma un distribuidor. Para quienes defienden la independencia, la creación y la democracia, este Festival podría ser el último antes de una eventual llegada de la extrema derecha al poder. Desde el punto de vista cinematográfico, pronto podría exigirse a cada persona que escoja un bando: entre derecha e izquierda, entre solidarizarse con las tragedias humanas de Medio Oriente y negarse a hacerlo. Pero, de manera aún más fundamental, mientras los cineastas franceses se enfrentan a la figura de Bolloré, los gigantes de internet, YouTube, Facebook, Amazon, Disney, Netflix y Meta tejen una red que les permite consolidar su dominio sobre las imágenes. Esto tendrá consecuencias tanto para la economía del cine como para la diversidad estética, a medida que la inteligencia artificial se incorpora a la industria, que los capitales de las grandes tecnológicas financian películas y series, y que Amazon, a través de Prime Video, continúa expandiendo su poder económico. Estos mismos gigantes dominan simultáneamente el mercado publicitario. El Creator Economy Summit , creado recientemente por el Festival y celebrado por primera vez este año, fue escenario del surgimiento de una nueva generación de creadores digitales que construyen audiencias masivas en plataformas como Instagram, YouTube y TikTok, desarrollando, financiando y distribuyendo historias con una velocidad que los orienta cada vez más hacia los formatos largos y la producción cinematográfica. Este primer encuentro entre dos mundos profundamente distintos, cineastas e influencers , permitió abordar desafíos clave relacionados con la distribución, la producción, la escritura, la gestión del talento y la circulación de contenidos. Ninguna empresa de las GAFAM ni de la Big Tech puede ignorar la economía de los creadores, cuyos ingresos deberían superar los 250 mil millones de dólares este año. El cine está bajo presión y el sector tradicional se encuentra fracturado. El mundo cultural corre el riesgo de perder la batalla por el relato cinematográfico, una narrativa que durante décadas se alimentó, en parte, de recursos públicos. Se trata de una transformación cultural impactante, producto de una evolución que ha seguido caminos muy distintos, mientras los multimillonarios proliferan en los canales de información y una forma de totalitarismo ideológico se instala en el cine, confirmando así el fracaso de la llamada “democratización” de la cultura cinematográfica. En cuanto a los guiones de ficción, la conformidad social parece imponerse en todas partes.