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Análisis

Cine, política y guerra

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Por Yakzan Takki
Publicado may 31, 2026 - 22:22

La sombra de la guerra y de la política, en Medio Oriente, en Ucrania y bajo la presión de una geopolítica amenazante, pesó con toda su fuerza sobre la ceremonia de clausura de la 79.ª edición del Festival. El discurso político más comentado fue el de Andrey Zvyagintsev, cuya película Minotaur, un retrato de la invasión rusa de Ucrania a través de la desintegración de una familia, obtuvo el Gran Premio. El cineasta ruso, exiliado en Francia, se dirigió directamente al presidente Vladimir Putin: “Detengan esta mascarada. El mundo entero espera el fin de la masacre, donde millones de hombres se enfrentan a ambos lados de la línea del frente, soñando únicamente con poner fin a una guerra que ya no cuenta con el respaldo de ninguno de los dos bandos beligerantes”. Sus palabras resonaron como un eco lejano del discurso pronunciado en ese mismo escenario por el presidente Volodímir Zelenski el 17 de mayo de 2022.

De la metaficción al abismo suele haber apenas un paso, y el Festival de Cannes 2026 lo dio al seleccionar, entre las veintidós películas en competencia, seis obras dedicadas a la guerra. Que el cine, ese arte sincronizado con el pulso del mundo, ejerza semejante influencia política no tiene nada de nuevo. Pero la complejidad del relato que ofreció Cannes este año radica en dos tensiones: por un lado, la diversidad de perspectivas que abordan la guerra con fidelidad histórica y una notable capacidad artística para captar el horror y la violencia; por otro, el riesgo de que todo ello no sea más que una visión parcial, sin que ambas aproximaciones formen necesariamente un conjunto coherente frente a una misma realidad.

La distancia era considerable, tanto en términos estéticos como filosóficos, entre Notre salut, de Emmanuel Marre, que explora el espíritu de la colaboración a través de la trayectoria de un modesto funcionario bajo el régimen de Philippe Pétain, y Moulin, de László Nemes, que exalta el testimonio del resistente Jean Moulin, torturado hasta la muerte por Klaus Barbie. Fatherland, por su parte, elige una tercera vía al señalar la catástrofe moral y civilizatoria de la Segunda Guerra Mundial a través del regreso de Thomas Mann a Alemania en 1949.

Esa misma fractura se reflejó en la presencia de la actriz Julianne Moore en el Festival, donde durante la primera semana de esta 79.ª edición recibió el premio Women in Motion, una distinción que a lo largo de los años también ha reconocido a Jane Fonda, Viola Davis y Michelle Yeoh. La musa de Todd Haynes expresó posiciones políticas claras, relatando que desde la infancia encuentra refugio en las bibliotecas y que en ellas descubre una comprensión más humana del mundo y de quienes lo moldean, independientemente de que sus destinos sean trágicos o no. En la burbuja a veces superficial de Los Ángeles, Moore intenta, junto con sus equipos de comunicación, dotar de profundidad a temas que suelen parecer abstractos, en un contexto donde todo depende de una visión clara, aunque esta pueda resultar asfixiante.

Esa misma lógica le valió la consagración máxima con el Óscar a la Mejor Actriz por Still Alice. “Es el peso de la historia y de esa fábrica de sueños a la que me alegra contribuir, mediante un compromiso contra el recurso a las armas y contra el caos social en el que vivimos, un caos que me entristece y me asusta en un contexto geopolítico profundamente desequilibrado”, declaró. Moore es conocida por su cercanía con el Partido Demócrata, aunque en los últimos años ha tomado distancia del ciclo político reciente, apareciendo con menos frecuencia junto a Joe Biden y Kamala Harris. También optó por reducir su exposición mediática y mantener cierta distancia estratégica respecto de las películas saturadas de explosiones y bombas, considerando la situación mundial actual, que define como “increíblemente artificial”.

Cabe señalar una incongruencia en la concesión del Premio al Mejor Guion a Notre salut, una obra poderosa y auténtica sobre la colaboración, especialmente porque el propio Emmanuel Marre reconoció que muchas escenas fueron improvisadas. El Premio del Jurado fue para Das geträumte Abenteuer, de Valeska Grisebach, una película que generó opiniones muy divididas. El punto culminante llegó con el Premio a la Mejor Dirección, otorgado conjuntamente a dos realizadores por La Bola Negra, una obra que recorre un siglo de historia de España entre el franquismo y la homosexualidad.

Por otra parte, el mundo del cine comienza a distanciarse de los sectores más radicalizados tras las declaraciones de Maxime Saada. Exhibidores, productores y distribuidores franceses manifestaron su preocupación ante una creciente radicalización del discurso cinematográfico a medida que se aproxima la elección presidencial. Una petición titulada “No se vuelvan hacia Bolloré” circuló durante la apertura del Festival y reunió más de seiscientas firmas de profesionales del sector. Los firmantes protestaban contra lo que consideraban la creciente influencia del empresario bretón Vincent Bolloré sobre el séptimo arte y sus ambiciones monopólicas, especialmente en materia de financiamiento cinematográfico.

Con excepción de Adèle Haenel, que no filma desde hace seis años, así como de Juliette Binoche, Anna Mouglalis y Swann Arlaud, la mayoría de los firmantes sigue siendo poco conocida en el sector profesional. Algunos interpretan esta movilización más como un frente político que corporativo, dado que nadie había observado una uniformización de las películas ni una apropiación fascista del imaginario colectivo a través de Canal+, incluso dentro de organizaciones de izquierda que Bolloré había desmantelado previamente. Sin embargo, muchos productores advierten: “Quizás algún día debamos preocuparnos por la influencia de Vincent Bolloré sobre el cine, por la erosión del poder intelectual y artístico, y por el fin del progresismo cultural”.

Más allá de si los relatos cinematográficos guardan o no alguna relación con la ideología de extrema derecha, las salas UGC no fueron adquiridas por Vincent Bolloré por razones ideológicas, sino por Maxime Saada, director ejecutivo de Canal+, por motivos industriales. “Es una carnicería y va a empeorar”, afirma un distribuidor. Para quienes defienden la independencia, la creación y la democracia, este Festival podría ser el último antes de una eventual llegada de la extrema derecha al poder.

Desde el punto de vista cinematográfico, pronto podría exigirse a cada persona que escoja un bando: entre derecha e izquierda, entre solidarizarse con las tragedias humanas de Medio Oriente y negarse a hacerlo. Pero, de manera aún más fundamental, mientras los cineastas franceses se enfrentan a la figura de Bolloré, los gigantes de internet, YouTube, Facebook, Amazon, Disney, Netflix y Meta tejen una red que les permite consolidar su dominio sobre las imágenes. Esto tendrá consecuencias tanto para la economía del cine como para la diversidad estética, a medida que la inteligencia artificial se incorpora a la industria, que los capitales de las grandes tecnológicas financian películas y series, y que Amazon, a través de Prime Video, continúa expandiendo su poder económico. Estos mismos gigantes dominan simultáneamente el mercado publicitario.

El Creator Economy Summit, creado recientemente por el Festival y celebrado por primera vez este año, fue escenario del surgimiento de una nueva generación de creadores digitales que construyen audiencias masivas en plataformas como Instagram, YouTube y TikTok, desarrollando, financiando y distribuyendo historias con una velocidad que los orienta cada vez más hacia los formatos largos y la producción cinematográfica.

Este primer encuentro entre dos mundos profundamente distintos, cineastas e influencers, permitió abordar desafíos clave relacionados con la distribución, la producción, la escritura, la gestión del talento y la circulación de contenidos. Ninguna empresa de las GAFAM ni de la Big Tech puede ignorar la economía de los creadores, cuyos ingresos deberían superar los 250 mil millones de dólares este año.

El cine está bajo presión y el sector tradicional se encuentra fracturado. El mundo cultural corre el riesgo de perder la batalla por el relato cinematográfico, una narrativa que durante décadas se alimentó, en parte, de recursos públicos. Se trata de una transformación cultural impactante, producto de una evolución que ha seguido caminos muy distintos, mientras los multimillonarios proliferan en los canales de información y una forma de totalitarismo ideológico se instala en el cine, confirmando así el fracaso de la llamada “democratización” de la cultura cinematográfica. En cuanto a los guiones de ficción, la conformidad social parece imponerse en todas partes.

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