
La visita a Líbano de Asaad al-Shaibani, solo puede recibirse con satisfacción. Por primera vez, un ministro de Relaciones Exteriores de Siria visitó un Estado soberano e independiente, y no un simple escenario o un territorio sometido a tutela. Al menos por la manera en que transcurrió, la visita reflejó la voluntad del presidente Ahmed al-Sharaa, quien tiene la última palabra en Damasco, de construir una relación distinta entre Líbano y Siria, libre de las cargas del pasado, sobre todo de aquellas que marcaron a ambos países desde que Hafez al-Assad tomó el poder en Siria en noviembre de 1970. ¿Se trata de un cambio permanente en la política siria o únicamente de una etapa transitoria mientras el nuevo liderazgo consolida su autoridad mediante la construcción de un Estado fuerte y cohesionado, tal como lo hizo Hafez al-Assad incluso antes del golpe de Estado que encabezó en el otoño de 1970 bajo el lema del “Movimiento Correctivo”? La sencillez con la que se condujo Asaad al-Shaibani me hizo recordar de inmediato el comportamiento de los funcionarios sirios que solían visitar Líbano durante los gobiernos de Hafez al-Assad y, más tarde, de su hijo Bashar. El contraste difícilmente habría podido ser mayor. Bashar jamás ocultó su desconocimiento del Líbano. Durante una reunión con un ministro árabe de Relaciones Exteriores que le transmitía un mensaje del jefe de Estado de su país, llegó a describir a Líbano como “un país frágil”, sin advertir la fragilidad de la propia Siria, un país que ya llevaba en su interior las semillas de una explosión. Esa explosión llegó en 2011. La guerra interna se prolongó hasta finales de 2024, cuando el presidente del régimen sirio huyó a Moscú. Así cayó el telón sobre un régimen que sobrevivió durante más de medio siglo gracias al control alauita del ejército y de los aparatos de seguridad y, por esa vía, de prácticamente todos los resortes de la economía del país. Lo que volvió con más fuerza a mi memoria durante la visita de Asaad al-Shaibani a Líbano fueron las rondas de negociaciones celebradas en el verano de 1973 entre el ministro sirio de Relaciones Exteriores, Abdel Halim Khaddam, y su homólogo libanés, Fouad Naffah. Su objetivo era reabrir la frontera entre Líbano y Siria, que Hafez al Assad había ordenado cerrar en protesta por el intento del Ejército libanés de poner fin a la presencia armada palestina en el país, una presencia que Siria había alentado porque, a la larga, respondía a su propósito de llevar a Líbano hacia la explosión. Todavía puedo ver a Khaddam llegando al Hotel Park de Chtaura para reunirse con el ministro libanés. Aquel día, el jefe de la diplomacia siria insistió en ingresar al territorio libanés al frente de un convoy protegido por efectivos de la policía militar siria. Los soldados, con sus armas en la mano, le rendían honores al entrar al hotel, en una escenificación cuidadosamente preparada cuyo propósito era pisotear la soberanía libanesa. Hoy todo ha cambiado. Asaad al-Shaibani observó con meticuloso cuidado todas las normas de la cortesía diplomática. Tarde o temprano se sabrá si esa actitud responde a una política duradera del nuevo régimen sirio hacia Líbano, un país al que Hafez al-Assad solía referirse bajo los lemas de “un solo pueblo en dos países” y de la “unidad de los dos frentes”. También resulta evidente que cada uno de los pasos dados por el ministro sirio de Relaciones Exteriores fue cuidadosamente calculado, incluida su visita a Trípoli, mediante la cual Ahmed al-Sharaa buscó demostrar el alcance de su popularidad en las ciudades suníes del Líbano. Al enviar a Asaad al-Shaibani a Beirut, Ahmed al-Sharaa sabía que estaba bajo observación árabe e internacional y que debía mostrar la máxima consideración hacia los libaneses y sus sensibilidades respecto de Siria. Después de todo, no es ningún secreto que el antiguo régimen sirio, aliado de Hezbolá, desempeñó un papel en la persecución de todas las comunidades libanesas, especialmente de los suníes y los cristianos. En cuanto a los drusos, el régimen había dejado de concederles mayor importancia desde el asesinato de Kamal Jumblatt en 1977, un mensaje cuyo verdadero alcance Walid Jumblatt comprendió perfectamente. No hace falta enumerar a las figuras suníes cuya eliminación contó con la participación del régimen de los Assad, desde el gran muftí Hassan Khaled hasta Rafik Hariri. Tampoco es necesario recordar los asesinatos de dos presidentes de la República, Bashir Gemayel y René Moawad, ni las múltiples acciones emprendidas por Siria para impedir que Líbano firmara el Acuerdo del 17 de Mayo con Israel en 1983. Sin duda, la visita del ministro sirio de Relaciones Exteriores a Líbano puede valorarse positivamente. Marcó una clara ruptura con el pasado y puso de manifiesto un cambio profundo en Siria. Sin embargo, hay una realidad que no puede pasarse por alto: el mundo solo se convencerá de que el cambio en Siria es auténtico cuando ese cambio se manifieste dentro del propio país. El acercamiento hacia los cristianos del Líbano pierde gran parte de su sentido si no va acompañado de una verdadera apertura hacia los cristianos de Siria. Lo mismo ocurre con los drusos sirios, que siguen padeciendo las consecuencias de los recientes enfrentamientos con grupos armados locales que intentaron someterlos con el respaldo del nuevo régimen. Más importante aún, el gobierno de Ahmed al-Sharaa trabaja actualmente para transformar la propia naturaleza de la sociedad siria, a fin de adecuarla a los valores promovidos por Hay’at Tahrir al-Sham y las facciones que se aliaron con ese movimiento durante los años en que controlaron Idlib. Esa transformación avanza discretamente, sin estridencias. Entre otras medidas, se han aprobado leyes que prohíben la importación de instrumentos musicales, así como de bebidas alcohólicas. La nueva política siria hacia Líbano merece ser recibida con satisfacción. Aun así, resulta prematuro hablar de un cambio verdadero en Siria mientras el nuevo régimen no emprenda la construcción de una sociedad cohesionada, alejada de toda forma de intolerancia y dogmatismo. En última instancia, la verdadera prueba de Ahmed al-Sharaa y Asaad al-Shaibani se librará dentro de Siria, no en Líbano. Lo natural sería que Siria, ahora liberada del régimen alauita de la familia Assad, se convierta en un Estado reconciliado consigo mismo y con todos los componentes del pueblo sirio: suníes, cristianos, drusos, alauitas e ismaelíes. Cuando eso ocurra, siempre que ese proceso incluya también a los kurdos, los libaneses creerán que el cambio profundo en Siria es una realidad y que, por fin, podrán establecerse relaciones normales entre ambos países.








