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El Nuevo Mundo

El regreso argelino a malas apuestas
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Khairallah Khairallah
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may 11, 2026 - 11:16

La condena de la misión estadounidense ante las Naciones Unidas al ataque perpetrado por el Frente Polisario contra la ciudad de Smara, en el Sahara marroquí, no es un hecho menor. La misión estadounidense consideró que este tipo de actos amenaza la estabilidad regional y socava los avances logrados en el camino hacia la paz. No es menos significativo que haya insistido en que ha llegado el momento de poner fin a este conflicto que se prolonga desde hace casi cincuenta años, recordando que la resolución 2797 del Consejo de Seguridad considera la propuesta de autonomía presentada por Marruecos como el marco que traza el camino hacia la paz en el Sahara. Es evidente que el asunto no tiene que ver con el Polisario en sí mismo, sino con una política argelina incapaz de aceptar la realidad representada por la resolución 2797, adoptada el 31 de octubre de 2025 y que la misión estadounidense se encargó de recordar. En resumen, estamos asistiendo a un regreso de Argelia a malas apuestas cuya inutilidad ya ha sido ampliamente demostrada en el pasado. Primero conviene precisar el significado de la resolución 2797 y su alcance, especialmente en lo relativo a su insistencia en la propuesta marroquí de autonomía como el único marco práctico para una solución, por un lado, y a la consolidación de la marroquinidad del Sahara, por el otro. Eso es precisamente lo que el régimen argelino no ha podido digerir. Pero lo que menos ha podido aceptar es que Argelia sea parte integral del conflicto, un conflicto fabricado por completo por Argel desde el mismo momento de su inicio, en 1975. Ese conflicto estalló con un solo objetivo: librar una guerra de desgaste contra Marruecos en represalia por el éxito de la Marcha Verde, nada más. La agresión contra Smara no pasó desapercibida. La posición estadounidense dejó en evidencia que las acciones de Argelia están bajo vigilancia y que ya no le es posible esconderse indefinidamente detrás del Polisario. El juego argelino ha quedado expuesto y se resume en lo siguiente: explotar lo que ocurre en Malí para justificar una postura que Argelia ha defendido durante años en nombre del derecho de los pueblos a la autodeterminación. Un eslogan aparentemente legítimo, pero desviado hacia fines cuestionables ante la imposibilidad de enfrentar la realidad: los habitantes de las provincias saharianas de Marruecos han expresado sin ambigüedades su posición desde el regreso de esos territorios a la patria en 1975 y no han dejado pasar ninguna oportunidad para reafirmar su pertenencia a Marruecos. Esa marroquinidad del Sahara ha ido obteniendo gradualmente un consenso árabe, un cuasi-consenso africano y un amplio respaldo europeo. Varios puntos de inflexión contribuyeron a ello, especialmente el reconocimiento, hace unos seis años durante el primer mandato de Donald Trump, de la soberanía marroquí sobre el Sahara por parte de Estados Unidos. ¿Por qué Argelia no retiró a su embajador en Washington, mientras que reaccionó con furia contra Francia cuando el presidente Emmanuel Macron, en su histórica carta al rey Mohammed VI, reconoció la marroquinidad del Sahara en el verano de 2024? No es casualidad que nuevas apuestas argelinas destinadas a cuestionar esa marroquinidad hayan surgido precisamente después de los acontecimientos en Malí y del inicio, por parte de fuerzas separatistas y extremistas, de una guerra contra el gobierno central de Bamako. Al reactivar al Polisario, Argelia busca reforzar la idea de que existe otro movimiento separatista en la región del Sahel que aspira a hacerse un lugar en el mapa político regional. No comprende que los acontecimientos ya han superado ese tipo de cálculos y que el propio gobierno maliense reconoció el pasado 10 de abril la marroquinidad del Sahara y la importancia de la propuesta marroquí de autonomía. En el fondo, el respaldo a los movimientos separatistas en Malí busca, entre otros objetivos, castigar a Bamako por el cambio de su postura respecto al tema del Sahara, un giro que ocurrió después de que Malí desempeñara en el pasado un papel central, a nivel africano, en el apoyo a Argelia, al Polisario y a la entidad fantoche conocida como República Saharaui, proclamada hace medio siglo. Esa proclamación no tenía otro propósito que justificar el mantenimiento de saharauis en la región de Tinduf, confinados en campamentos miserables, cuando podrían vivir en su país como ciudadanos marroquíes libres, gozando plenamente de sus derechos y de su dignidad. Invertir en el apoyo a movimientos separatistas en el Sahel es invertir en el estímulo al extremismo y al terrorismo en una región que necesita otro tipo de inversión: la que practica Marruecos, que trabaja para mejorar la vida cotidiana de cada ciudadano en ámbitos como la salud, la agricultura y la educación, al mismo tiempo que promueve un islam tolerante, especialmente mediante la formación de imanes provenientes de varios países africanos y la enseñanza de fundamentos religiosos auténticos. Nadie ignora que la Fundación Mohammed VI de Ulemas Africanos, en Rabat, reúne a decenas de estudiosos religiosos de más de treinta países africanos, y que su creación representa una etapa decisiva en la lucha contra el extremismo y el terrorismo. Tarde o temprano, los ataques llevados a cabo por el Polisario terminarán volviéndose contra Argelia. Marruecos sabe defenderse, sencillamente porque la inversión marroquí es una inversión en las personas y en el desarrollo, no en el estímulo ni en la propagación del extremismo. Quien aspira a la estabilidad en la región del Sahel no trabaja para hacer explotar desde dentro a un país como Malí, sino para cerrar el paso al extremismo en todas sus formas. Cabe subrayar una vez más que Argelia, que enfrenta graves problemas internos, no puede apoyar de manera coherente a separatistas cuando actúan fuera de sus fronteras y reprimirlos cuando se manifiestan dentro del país.

El precio ineludible de los errores libaneses
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Khairallah Khairallah
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may 7, 2026 - 15:39

Un hilo grueso conecta todos los errores libaneses cuyo precio inevitablemente será pagado en 2026. Son errores que, al final, condujeron al regreso de la ocupación israelí. Lo que vivimos hoy es la consecuencia natural de una acumulación que comenzó incluso antes del Acuerdo de El Cairo, en noviembre de 1969, ese pacto funesto firmado entre Líbano y la Organización para la Liberación de Palestina. El acuerdo consagró el derrumbe del Estado libanés al llevarlo a abdicar de su soberanía sobre una parte de su territorio. Quien abandona una parte de su tierra abandona, en los hechos, la soberanía sobre toda ella. Ningún político libanés se expresó entonces sobre la catástrofe que representaba el Acuerdo de El Cairo, salvo el Amid Raymond Eddé, quien percibió el peligro y entendió el alcance de sus consecuencias. Antes de la firma de ese acuerdo, Líbano había tratado con ligereza los acontecimientos que sacudían a la región, particularmente la destrucción por parte de Israel de la flota de Middle East Airlines en el aeropuerto de Beirut, en los últimos días de 1968, como represalia por el uso del aeropuerto de la capital libanesa por grupos palestinos que despegaban desde allí para secuestrar aviones con destino a Israel, incluido un aparato que cubría la ruta entre Atenas y Tel Aviv. Líbano no comprendió el significado de la destrucción de los aviones de MEA. En lugar de entender la lección, avanzó hacia la firma del Acuerdo de El Cairo, con todo lo que eso implicaba en términos de apertura de las fronteras libanesas a grupos palestinos para llevar a cabo ataques contra Israel. En su deriva hacia el error, Líbano fue todavía más lejos. El Parlamento eligió a Sleiman Frangié, el abuelo, como presidente de la República en 1970. Era un hombre patriota, pero con una cultura política muy limitada, especialmente en el plano regional. ¿Cómo podría Sleiman Frangié haber comprendido el significado de acontecimientos de extrema gravedad que se desarrollaban en la región: la muerte de Gamal Abdel Nasser y la llegada de Anwar el Sadat, el ascenso de Hafez el Assad al poder en Siria, la expulsión de los fedayines palestinos de Jordania y su traslado a Líbano a través del territorio sirio? Todos esos acontecimientos históricos ocurrieron en 1970 en ausencia de un poder libanés conectado con lo que estaba en juego en la región. Sleiman Frangié pasó de intentar eliminar la presencia armada palestina en Líbano, en mayo de 1973, a presentarse ante Naciones Unidas en 1974 para hablar en nombre de los árabes sobre la cuestión palestina. No existía ninguna conciencia libanesa sobre el alcance de las consecuencias de la guerra de octubre de 1973, ni sobre el divorcio que resultó de ella entre Egipto y Siria. Anwar el Sadat se encaminaba hacia un arreglo con Israel, mientras que Hafez el Assad buscaba tomar el control de Líbano y de la decisión palestina, asentada en Beirut, donde Yasser Arafat había fijado residencia. Assad padre consideraba una decisión palestina independiente como una “herejía” y veía al Líbano como un simple territorio de sustitución para compensar la pérdida del Golán por parte de Siria. Para el fallecido presidente sirio, el control de Líbano representaba un asunto infinitamente más importante que recuperar el Golán. Líbano entró en la guerra civil en 1975 sin que los cristianos comprendieran que estaban cayendo en la trampa tendida por Hafez el Assad. Este obtuvo en 1976 una luz verde estadounidense e israelí para apoderarse de Líbano, especialmente de “las bases de los combatientes palestinos afiliados a la OLP”, según la formulación utilizada por responsables estadounidenses de la época, entre ellos Henry Kissinger, secretario de Estado, quien consideraba que la intervención militar en Líbano podía evitar una confrontación regional que la presencia armada palestina en una zona capaz de amenazar el norte de Israel podía provocar. Líbano no tiene otra opción que revisar este período de su historia si pretende preservarse. Hoy es más necesario que nunca aprender de las oportunidades perdidas y, antes que eso, de los errores que llevaron a subestimar lo que Israel es capaz, un Israel que no puede retirarse del sur de Líbano sin obtener algo a cambio. Lo que hoy se le exige a Líbano es no solo pagar el precio de las dos últimas guerras, la guerra de apoyo a Gaza y la guerra de apoyo a Irán, en las que Hezbolá se involucró por instrucciones iraníes, sino también asumir el pasivo de todas las acumulaciones anteriores. La era de los errores acumulados supera ya los cincuenta y siete años, es decir, la edad del funesto Acuerdo de El Cairo y de los acontecimientos que lo precedieron y prepararon, tanto en suelo libanés como en la región circundante. La noción que ahora se impone como eje central es la capacidad de asimilar las transformaciones regionales e internacionales, esa capacidad que Hafez el Assad dominó durante sus largos años de poder. La dominó hasta el punto de transformar la entrada militar en Líbano en un servicio prestado a estadounidenses e israelíes, quienes nuevamente le permitieron apoderarse del país en 1990. En ese momento, el ejército sirio penetró en el Palacio de Baabda y en el Ministerio de Defensa en Yarzeh gracias a la estupidez de Michel Aoun, reflejo de la estupidez y el oportunismo de una parte nada despreciable de los cristianos. En octubre de 1990, Michel Aoun creía que Saddam Hussein, atrapado en las arenas de Kuwait, acudiría en su ayuda y lo mantendría en el Palacio de Baabda. En Líbano, nadie le pidió cuentas a Michel Aoun por ese crimen. Muy por el contrario, Hezbolá consideró que merecía una recompensa, y esa recompensa fue llevarlo en 2016 a la presidencia de la República libanesa. Muchas cosas dependerán, para Líbano, de la manera en que se conduzcan las negociaciones con Israel. Esas negociaciones son ya una realidad. Israel quiere un precio. ¿Cómo podrá Líbano pagarlo y, al mismo tiempo, obtener a cambio la devolución de sus territorios ocupados y el regreso de los desplazados a sus aldeas y pueblos, aunque estén en ruinas? No se pueden acumular errores durante tantos años sin pagar la deuda correspondiente. Los errores tienen un precio del que nadie puede escapar. Pero más importante que el precio es la lección que debe extraerse de ellos. ¿Aprendió Líbano, en 2026, de los errores del pasado para comprender que su supervivencia depende hoy más del milagro que de cualquier otra cosa?

La fijación iraní en Nabih Berri
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Khairallah Khairallah
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may 1, 2026 - 11:30

Resulta llamativo ese empeño iraní en proclamar que la «República Islámica» negocia en nombre del Líbano y en atribuirse el mérito del alto el fuego en ese país. Lo atestigua la declaración del ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, quien, en una llamada telefónica al presidente Nabih Berri, le comunicó que «el cese de las agresiones israelíes contra el Líbano está cubierto por nuestro acuerdo con los americanos». No es casualidad que Araghchi eligiera llamar precisamente a Berri, como si quisiera dar a entender que el presidente del Parlamento se ha convertido en el último refugio del Irán en el Líbano. Esta postura iraní revela una quiebra sin parangón, tanto más cuanto que no existe en realidad ningún alto el fuego genuino. Lo único que ocurre es que Israel prostá su guerra contra el Líbano, una guerra que el Hezbollah originalmente provocó. En esta fase, Israel concentra sus operaciones en los territorios situados al sur del Litani, desb ordándose ocasionalmente hacia la Bekaa oeste para ejecutar golpes puntuales. En suma, no hay alto el fuego sino la continuación de una guerra que el Estado hebreo libra atendiendo a ciertas exigencias estadounidenses. El Estado hebreo preserva por el momento Beirut, conformemente a los deseos del presidente Donald Trump, quien alberga cálculos particulares respecto del Líbano y desea tratarlo como un país que dice «amar». Esta actitud parece responder a motivaciones personales más que a consideraciones relativas al Irán, y obedece ante todo al deseo de ver prosperar cualquier negociación entre el Líbano e Israel. Cabe señalar a este respecto que Trump insistió personalmente en acoger la última ronda de conversaciones preliminares entre el Líbano e Israel en la Casa Blanca, y no en el Departamento de Estado. La posición iraní sobre el Líbano da la medida de las ilusiones en que la «República Islámica» permanece encerrada. La más arraigada de ellas es la convicción de que el Líbano sigue sometido a su voluntad. Teherán se niega a reconocer que el Líbano ha tomado otro rumbo. Lo que reúsa admitir es que la decisión política libanesa ya no está bajo su tutela, en particular desde su salida de Siria. La «República Islámica» hace caso omiso de que el Líbano necesita desembarazarse de las armas del Hezbollah y, más aún, alcanzar arreglos de seguridad con Israel para hacer posible el retorno serio de los desplazados del Sur a sus aldeas, o a lo que queda de ellas. Ignora igualmente que el Líbano no puede vivir bajo la amenaza de una bomba de relojera que tiene por nombre más de un millón de desplazados del Sur que lo han perdido todo. Lo más esencial del panorama libanes escapa a la visión iraní: de un lado, los sufrimientos de la gente del Sur; del otro, la voluntad israelí de alterar la naturaleza misma del suelo sureño. La manera en que Israel destruyó un túnel de dos kilómetros construido por el Hezbollah en Qantara es el testimonio vivo de ello — no se trató de demoler una obra subterránea, sino de reconfigurar físicamente el territorio. Incapaz de mantener todo el Líbano bajo su control y tras la derrota militar sufrida por el Hezbollah, el Irán concentra ahora su atención en Nabih Berri, quien se esfuerza en estos días por diferenciarse de las posiciones del presidente de la República Joseph Aoun y del presidente del Consejo de Ministros Nawaf Salam. Berri satisface los deseos iraníes so pretexto de preservar la unidad comunitaria, en lugar de adoptar la posición nacional libanesa que imponen conjuntamente las circunstancias internas, regionales e internacionales. Se parapeta tras fórmulas como su apoyo a las negociaciones indirectas con Israel, sin preguntarse cómo tales negociaciones podrían lograr la recuperación del territorio mediante un repliegue israelí de aproximadamente el cinco por ciento de las tierras libanesas aún ocupadas. ¿Tendrá éxito la maniobra iraní, que utiliza al presidente del Parlamento para vincular el Líbano con las negociaciones estadounidense-iraníes convertidas a su vez en conversaciones indirectas? La respuesta es que semejante maniobra está condenada al fracaso, habida cuenta de la realidad sobre el terreno, donde Israel destruye diariamente lo que queda de aldeas de mayoría chií con el propósito de establecer una zona de amortiguamiento en el sur del Líbano. En definitiva, quien siga la lógica iraní, sea Nabih Berri o cualquier otro actor, no hace sino servir a la lógica de la ocupación y a su consolidación, nada más. No es ningún secreto que el Hezbollah se alimenta de la ocupación: su conducta lo confirma, puesto que hizo todo lo posible por propiciar su regreso. Fue él quien desencadenó deliberadamente la «guerra de apoyo a Gaza» el 8 de octubre de 2023, cuyos resultados son bien conocidos, entre ellos el asesinato de Hassan Nasrallah y de prácticamente todos los cuadros dirigentes del partido, sin necesidad de volver sobre la operación de los localizadores ni sobre lo que reveló del conocimiento que Israel tenía de la estructura interna del Hezbollah y de los lugares de residencia de sus dirigentes. Ni el Hezbollah ni el Irán, que lo respalda, han extraído lección alguna de las consecuencias de la «guerra de apoyo a Gaza». La «guerra de apoyo al Irán», desencadenada el 2 de marzo de 2026, no ha hecho sino agravar la situación: Israel amplió su ocupación. La pregunta que persiste es cómo un hombre como Nabih Berri, dotado de toda su experiencia política, puede seguir una política iraní que ha llegado a un calejón sin salida total en lugar de respaldar la posición nacional encarnada por Joseph Aoun y Nawaf Salam. Es difícil comprender la actitud del presidente del Parlamento en un momento en que el Líbano necesita más que nunca afirmar su ruptura con el Irán, en lugar de seguir pagando el precio de los desvíos de la «República Islámica» desde el primer día de su fundación en 1979. ¿Acaso el presidente del Parlamento libanes no ha tomado nota de que el Irán acaba de lanzar la mayor parte de sus misiles y drones… en dirección a los países del Golfo árabe, y no en dirección a Israel?

Una imagen libanesa que condensa la desvergüenza iraní
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Khairallah Khairallah
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abr 24, 2026 - 04:29

Con el telón de fondo de más de un millón de desplazados y los escombros de más de cincuenta y cinco pueblos y localidades libanesas del Sur, la «República Islámica» celebró en Beirut —capital del Líbano— la ceremonia del cuadragésimo día de luto por el «Guía» iraní Alí Jamenei, asesinado por América e Israel el pasado 28 de febrero. El espectáculo de esta conmemoración revela una desvergüenza sin parangón, tanto más cuanto que el embajador iraní Mohammad Reza Shibani —declarado persona non grata por el gobierno libanés— ocupaba la primera fila, sin haber presentado jamás sus cartas credenciales. Su persistente presencia en Beirut no es sino una muestra más del desprecio con que Irán trata al Líbano y a los libaneses, un desprecio que es, en su esencia, de naturaleza persa, sustentado en un sentimiento de superioridad respecto de todo lo árabe en la región. La imagen de quienes ocupaban la primera fila —entre ellos el ministro de Salud, uno de los representantes de Hezbolá en el gobierno— resume por sí sola la desvergüenza iraní en el Líbano. Ilustra de manera concreta la apuesta que la «República Islámica» no deja de formular: mantener el Líbano bajo su control y convertirlo en una de sus cartas de negociación. Esta apuesta por la carta libanesa se remonta al aciago día del verano de 1982 en que las vanguardias de los Guardianes de la Revolución entraron en la ciudad de Baalbek. No fue casualidad que esos Guardianes —que habían cruzado territorio sirio con el pretexto de participar en el enfrentamiento con Israel— eligieran instalarse en un cuartel del ejército libanés conocido como el cuartel del Jeque Abdallah. Asestar un golpe al ejército libanés constituía uno de los primeros objetivos de la «República Islámica», representada entonces por sus Guardianes. La imagen de la conmemoración del cuadragésimo día de Jamenei resulta así más que elocuente. Revela, ante todo, el rechazo de la «República Islámica» a admitir que el Líbano ha disociado ya su trayectoria de la iraní. Teherán no logra reconocer que el Líbano aspira a existir fuera del control iraní directo. Esta ceguera procede de una incapacidad para adaptarse a las realidades regionales e internacionales que terminaron por trasladar la guerra al interior mismo de Irán, tras largos años de éxito sin precedentes en el uso de sus instrumentos —el Hezbolá libanés a la cabeza— para chantajear al mundo y a los árabes. Lo que comenzó con la entrada de los Guardianes en Baalbek y su instalación en un cuartel del ejército libanés, desafiando todas las leyes y costumbres internacionales, se prolongó en una campaña iraní contra la Universidad Americana de Beirut. En el verano de 1982, los iraníes secuestraron al presidente de la universidad, David Dodge, desde Beirut, por medio de sus auxiliares libaneses, y lo trasladaron a Teherán. Las autoridades iraníes liberaron finalmente a Dodge gracias a las gestiones de Rifaat al-Assad, quien buscaba entonces acercarse a los estadounidenses y presentarse, llegado el momento, como posible sucesor de su hermano Hafez. Irán logró expulsar a los Estados Unidos del Líbano. Se impuso de hecho a la presencia americana en el país, sobre todo tras el atentado contra la embajada estadounidense en Beirut en abril de 1983 y el del cuartel general de los Marines cerca del aeropuerto de Beirut en octubre de ese mismo año, ataque que infligió al ejército americano las pérdidas más cuantiosas desde la guerra de Vietnam. Doscientos cuarenta y cinco soldados estadounidenses perdieron la vida. La campaña iraní contra la presencia americana en el Líbano nunca se interrumpió. No es necesario recordar aquí los secuestros de ciudadanos americanos en Beirut, ni el asesinato de Malcolm Kerr, presidente de la Universidad Americana, en 1984, hasta llegar al día en que Rafik Hariri fue asesinado el 14 de febrero de 2005, acontecimiento que abrió la puerta a la imposición de una tutela iraní total sobre el país, a raíz de la retirada militar y de seguridad siria. Existe una incapacidad iraní fundamental para aceptar que el Líbano ha cambiado y que la región ha cambiado con él. La ceremonia del cuadragésimo día del «Guía» confirma esta incapacidad, que se ha transformado en pura desvergüenza. Lo que queda de la dirección iraní no puede imaginar la «República Islámica» sin un Líbano en posición de Estado vasallo. Hay un rechazo de una realidad que, sin embargo, se impone: el Líbano puede recuperar su condición de Estado independiente y soberano y liberarse al mismo tiempo de la férula iraní que lo condujo a la catástrofe presente —una catástrofe que golpeó primero a los chiítas, antes que a nadie, y se abatió sobre la tierra del Sur, sus aldeas, sus pueblos y sus gentes. La «República Islámica» no podrá huir indefinidamente de la realidad internacional y regional. Es evidente que la desvergüenza a la que ha recurrido en el Líbano no es sino una faceta de esta huida iraní en sus múltiples dimensiones, entre las que figura la respuesta a Estados Unidos e Israel mediante agresiones contra los Estados del Golfo Arábigo. Ningún país del mundo puede prolongar indefinidamente su huida de la realidad. La realidad es que la «República Islámica» ha perdido todas las guerras que libró al margen de la guerra de Gaza —ya fuera en el Líbano, en Siria o en la propia Gaza, que Israel ha borrado de la existencia al tiempo que aniquilaba la dirección de Hezbolá. La pérdida de Siria sigue siendo la más grave para Irán, al ser el puente hacia el Líbano. La «Media Luna Chiíta», que iba de Teherán a Beirut y se extendía hacia el Líbano meridional, ya no existe. En pocas palabras: la desvergüenza no puede cubrir la impotencia. Solo puede cubrir esa impotencia el reconocimiento de que el Líbano ya no es un protectorado iraní, como lo fue Siria en los tiempos de Hafez al-Assad y Bashar al-Assad, cuando la «Media Luna Chiíta» vivía y prosperaba.

Cuando Joseph Aoun saca a Líbano del juego iraní
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Khairallah Khairallah
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abr 19, 2026 - 03:27

En el audaz discurso que el presidente de la República, Joseph Aoun, dirigió a los libaneses el 17 de abril de 2026, el punto más importante se refiere a la conclusión de “acuerdos permanentes” con Israel a partir de un alto el fuego. El jefe de Estado afirmó deliberadamente la salida total del Líbano del juego iraní al omitir cualquier papel de la “República Islámica” en la obtención de ese cese al fuego. En cambio, destacó el papel del “amigo”, el presidente Donald Trump, y del bloque árabe, “encabezado por el Reino de Arabia Saudita”. Eso no dejó de provocar la ira de Irán y de Hezbolá contra un presidente de la República que trabaja por poner fin a la ocupación y permitir el regreso de los desplazados a sus aldeas. El alto el fuego en el Líbano se logró una vez que los presidentes Joseph Aoun y Nawaf Salam comprendieron que una salida a medias del juego iraní no serviría de nada. Hacía falta una salida total, o el Líbano seguiría siendo una víctima más del proyecto expansionista iraní y del callejón sin salida en el que se ha metido. El problema de Irán con el Líbano es de una complejidad extrema. Se debe, en primer lugar, a la incapacidad iraní para comprender la composición del Líbano y su compleja fórmula política y, por otro lado, al rechazo de la mayoría de los libaneses a ver a su país caer bajo tutela iraní directa apenas se libró de la tutela siria. Pero el nudo gordiano para Irán reside en haber descubierto que su inversión en Hezbolá, de más de cuarenta años, no tenía fundamento. Los miles de millones invertidos por la “República Islámica” se desvanecieron en humo, tanto en el Líbano como en Siria. Hay que comprender la situación de Irán y el problema que el Líbano le ha causado. Ese problema radica en la incapacidad de la “República Islámica” para adaptarse a las transformaciones que ha vivido la región. La mejor ilustración de ese cambio es que la guerra en curso se desarrolla ahora dentro del propio Irán. No está lejos el día en que esa guerra revele el fracaso del régimen fundado por el ayatolá Khomeini en 1979, cuyo lema original era “la exportación de la revolución”. Cuarenta y siete años después del nacimiento de la “República Islámica”, el eslogan enarbolado por Teherán se volvió contra quienes lo levantaban. El Líbano, en su mayoría, rechaza que ese retroceso iraní también lo arrastre en su caída. El régimen iraní no pudo seguir defendiéndose exportando sus crisis más allá de sus fronteras. Un juego tan grotesco como peligroso tenía que terminar algún día. Ese juego se apoyaba en la ingenuidad de las sucesivas administraciones estadounidenses desde la era de Jimmy Carter y en la complicidad israelí. Israel desempeñó todos los papeles que Irán le asignaba para servir a sus propios intereses, basados en la fragmentación de la región. Las reglas del juego regional han cambiado. Ese juego se sostenía principalmente en la complacencia estadounidense hacia Teherán y en la complicidad israelí. Pero la región cambió, Israel incluido, desde el 7 de octubre de 2023. La “República Islámica” ni siquiera entendió lo que significaba dejar de ser la parte que decide la identidad del presidente de la República en el Líbano. No se puede olvidar que Hezbolá impuso a Michel Aoun en la presidencia de la República el 31 de octubre de 2016. Tampoco se puede ignorar que Joseph Aoun llegó al palacio de Baabda a comienzos de 2025 pese a la voluntad de Irán y de Hezbolá. Sigue siendo cierto que la realidad es una cosa y la ilusión otra. Michel Aoun, junto con su yerno Gebran Bassil, no era más que un instrumento en manos de Hezbolá, a su vez instrumento de Irán. Las nuevas dinámicas regionales, en particular el gran vuelco ocurrido en Siria, permiten al actual presidente de la República libanesa liberarse de la tutela iraní y ser un verdadero presidente para el Líbano, pese a la falta de claridad en la visión de Baabda en ciertos momentos... Lo cierto es que Irán no sabe perder, a diferencia de Alemania y Japón en su momento. La “República Islámica” no parece saber perder hoy, del mismo modo que no supo ganar cuando se creía dueña de cuatro capitales árabes, incluida Beirut. Lo que importa para un país como el Líbano es saber perder y liberarse definitivamente del dominio iraní. Las opciones son pocas para un país que deberá pagar el precio de una “guerra que le fue impuesta”, según las palabras de Nawaf Salam. Con el discurso de Joseph Aoun, el Líbano mostró que realmente pretende ir más allá de un simple alto el fuego con Israel, al precio de concesiones inevitables. Cuanto más rápido se apresure el Líbano a aceptar las condiciones que puedan desembocar en un cese al fuego permanente, mejor será para el Sur y sus habitantes. Así como Irán negocia con Estados Unidos, el Líbano debe negociar con Israel sin complejo alguno. Cuando la “República Islámica” no protege ni a los habitantes ni a los pueblos y ciudades del sur del Líbano, Beirut no tiene otra opción que hacer prevalecer su propio interés sobre cualquier otro, empezando por el de Irán. Debe asumir que frente a un monstruo llamado Benjamin Netanyahu, el país no dispone de ninguna carta para jugar salvo el diálogo directo con “Bibi”. Un diálogo así podría resultar útil en cierta etapa, con la ambición de ir más allá del alto el fuego y explorar si existe una vía para poner fin a la ocupación, al precio de una contrapartida inevitable. Ese es el precio de la subordinación total de Hezbolá a la “República Islámica”...

El Líbano rompe la unidad de trayectorias con Irán
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Khairallah Khairallah
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abr 11, 2026 - 18:21

El anuncio de la apertura de negociaciones líbano-israelíes, con presencia estadounidense, en Washington, no representa más que un primer paso en un largo camino que habrá de preparar la separación definitiva entre las trayectorias iraní y libanesa. Debería asimismo abrir la vía, al menos en teoría, a un tratado de paz entre el Líbano e Israel a semejanza del tratado egipcio-israelí de 1979 y del acuerdo de paz jordano-israelí de 1984. Lo que está en juego ahora es la capacidad del Líbano para recuperar su independencia de decisión y disociarla de la tutela iraní, tal como supo en su momento romper la unidad de trayectoria con Siria durante los mandatos sucesivos de Hafez al-Assad y de Bashar al-Assad. Ambos habían esgrimido el lema de la «unidad de camino y destino» con el Líbano, empleándolo como palanca de negociación con Washington y como instrumento para perpetuar ese estado de ni-guerra-ni-paz que define desde hace tanto tiempo el Oriente Próximo. ¿Será 2026 el año en que se entierre el Acuerdo de El Cairo? Este acuerdo, firmado en 1969, está en la raíz misma de la tragedia libanesa. Todo indica que han sido necesarios cincuenta y siete años de guerras entre libaneses y de guerras libradas por otros en suelo libanés para que el país logre desprenderse, por fin, de ese acuerdo y de sus secuelas. Lo que permanece establecido, al menos por ahora, es que el Líbano se halla firmemente decidido, bajo el impulso del presidente de la República Joseph Aoun y del presidente del Consejo de Ministros Nawaf Salam, a rechazar cualquier intento iraní de negociar en su nombre. Cierto es que el Líbano busca, a través de su mediación, alcanzar un alto el fuego provisional a semejanza del acuerdo que la «República Islámica» ha concluido con los Estados Unidos; pero igualmente se niega a verse absorbido en las negociaciones americano-iraníes abocadas al fracaso, sobre todo si Teherán se aferra a exigencias que ninguna realidad podría satisfacer. Nada obliga al Líbano a seguir pagando el precio de las aventuras de un régimen iraní que no ha escatimado esfuerzos para convertirlo en una de sus colonias. Teherán había llegado incluso, en cierta etapa, a considerar Beirut como una capital árabe bajo su control directo y como una ventana abierta al Mediterráneo, mientras que el sur del Líbano se transformaba, en una fase similar, en una simple caja de correos entre la «República Islámica» por un lado y el Estado hebreo por el otro. Ha llegado el momento de poner fin a una mascarada que se ha prolongado demasiado. La unidad de trayectoria entre el Líbano e Irán no es más que el equivalente de lo que fue la unidad de trayectoria entre el Líbano y Siria. La «República Islámica» se aferra al Líbano como si fuera la última carta que le queda en la región, aun cuando mantiene su control sobre Irak y sobre una parte del Yemen, donde los hutíes se encuentran hoy en un aprieto creciente, dependientes como son de un Estado árabe del Golfo para abonar los salarios de los funcionarios en los territorios que aún controlan, empezando por Saná. El paso dado por el Líbano denota una notable inteligencia política, aunque la primera sesión de negociaciones directas con Israel, prevista para pronto, revista un carácter esencialmente formal. Conviene señalar que la aceptación por parte del Estado hebreo de celebrar esta sesión llegó veinticuatro horas después de los bombardeos que había lanzado sobre diversos emplazamientos en Beirut, como forma de afirmar que sigue siendo capaz de intervenir en el interior del Líbano y que ejerce el control sobre la decisión política en el país. ¿Ha comprendido el Líbano el mensaje israelí, que significa ante todo que el Estado hebreo está decidido a llevar hasta sus últimas consecuencias la liquidación del Partido, y que no contempla ninguna retirada del sur del Líbano sin un previo acuerdo de paz? La cuestión de fondo, sin embargo, no deja de estar abierta, pues si las negociaciones de la «República Islámica» con el «Gran Satán» americano son lícitas, ¿en virtud de qué lógica serían las del Líbano con el «Pequeño Satán» israelí objeto de prohibición? El Líbano ha optado finalmente por defender sus propios intereses y no los de Irán, a cuyo servicio Hezbolá había comprometido todos sus recursos, obedeciendo las órdenes y directivas de los Guardianes de la Revolución. El Líbano sabe ya perfectamente que el armamento del Partido significa la perpetuación de la ocupación, su profundización y su consolidación, y que ese armamento constituye un factor de debilidad y no de fortaleza, bajo cualquier forma que adopte. Sin duda alguna, el Líbano libra una batalla de gran envergadura, cuyos riesgos no son menores que los de la batalla por salir de la tutela siria en 2005, a raíz del asesinato de Rafic Hariri y sus compañeros el catorce de febrero de aquel año. Lo que puede ayudar al Líbano en esta batalla es que la mayoría de los libaneses está ya convencida de que el armamento equivale a perpetuar la ocupación israelí, y que la única vía para liberarse de ella reside en negociaciones directas con Israel, negociaciones que se han vuelto inevitables. ¿Vale el Líbano menos que Egipto o que Jordania? Al Líbano no le queda otra opción que la negociación directa, para la cual debe prepararse constituyendo una delegación tan representativa como sea posible de las fuerzas políticas activas, incluidas aquellas que encarnan un peso chií real. La comunidad chií tiene intereses radicalmente distintos de los de Irán y Hezbolá, puesto que tiene todo que ganar con el fin de la ocupación israelí, con el regreso de los habitantes de los pueblos devastados a sus hogares y con la reconstrucción de dichos pueblos, antes que ver a los desplazados convertirse en una bomba de relojería a escala nacional, y muy especialmente en el propio corazón de Beirut. Lo que puede ayudar finalmente al Líbano a avanzar con decisión en sus negociaciones con Israel es la pérdida por parte de Irán de su carta siria. Desde que Siria se deshizo del régimen alauí, ha dejado de ser un instrumento de presión sobre el Líbano oficial ni sobre los libaneses. No cabe duda de que ello ayudará al país a liberarse de la tutela iraní, para que el Líbano sea el Líbano e Irán sea Irán, y para que cese de una vez la mascarada conocida como «unidad de frentes» y «eje de la resistencia».

La rendición libanesa es el patriotismo…
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Khairallah Khairallah
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abr 6, 2026 - 00:33

Líbano se encuentra hoy abandonado a su suerte ante la ausencia de una postura unificada por parte de las principales autoridades del Estado, es decir, el presidente de la República, el presidente del Parlamento y el presidente del Consejo de Ministros. Esta falta de consenso se da tanto frente a la necesidad de encontrar una salida como ante la intención de Israel de establecer una zona de amortiguamiento en el sur. Sin embargo, la amenaza israelí no se limita a la creación de esa zona. Todo indica que el Estado hebreo busca destruir pueblos libaneses a lo largo de lo que se considera la frontera entre ambos países, líneas que nunca han sido oficialmente delimitadas. La necesidad de una posición unificada y valiente es más urgente que nunca, sobre todo porque el destino y el futuro del país penden de un hilo desde que los Guardianes de la Revolución iraníes lo arrastraron a una guerra de carácter devastador. ¿Cómo enfrentará Líbano la presencia de más de un millón de desplazados en los próximos meses? La responsabilidad de este desplazamiento masivo, que afecta en su gran mayoría a chiitas, recae tanto en Irán como en Hezbolá. Estos desplazados son consecuencia directa de la decisión de iniciar una nueva guerra contra Israel, desencadenada por seis misiles lanzados desde el sur del Líbano por los Guardianes de la Revolución, bajo el pretexto de vengar la muerte del líder supremo Ali Khamenei. Lo más alarmante es que la República Islámica, completamente dominada por los Guardianes de la Revolución, sabe perfectamente qué quiere del Líbano y con qué propósito pretende utilizarlo, especialmente desde que tomó el control total de Hezbolá. Parece dispuesta a sacrificar a todos los libaneses, incluidos los chiitas, con tal de demostrar que tiene cartas en la región y que es capaz de escalar el conflicto a una guerra regional, incluso con repercusiones en la economía mundial. En términos claros, el régimen iraní busca demostrar que su inversión en Hezbolá y sus esfuerzos por redefinir la naturaleza de la comunidad chiita en el Líbano han sido acertados, y que existen hombres dispuestos a morir para ganarse su lugar como “soldados” en el ejército del wali al-faqih, como solía decir el fallecido Hassan Nasrallah. La administración estadounidense sabe perfectamente qué se espera del Líbano. Desde la perspectiva del gobierno de Donald Trump, decidido a someter a Irán, Israel goza de plena libertad de acción en territorio libanés. En Israel se intentó, en algún momento, asignar el expediente libanés a Ron Dermer, un político con gran capacidad estratégica, pero este pasó rápidamente a manos del ministro de Defensa, Israel Katz, quien no cree en la diplomacia y considera que no hay otra solución para Líbano que la militar, lo que implica la eliminación de Hezbolá y de su arsenal. La dificultad, del lado israelí, radica en la necesidad de Benjamin Netanyahu de mantener a Dermer en Washington, o en contacto permanente con la capital estadounidense, debido a su estrecha relación con la administración Trump, cuyas posturas frente a una guerra con Irán varían constantemente. Existe una posición estadounidense y existe una posición israelí. Líbano parece formar parte del ámbito asignado a Israel. Sin embargo, falta un elemento clave en esta ecuación: la postura libanesa. ¿Qué quiere Líbano? ¿Cuáles son sus prioridades? ¿Tiene otra opción que no sea negociar directamente con Israel para determinar qué exige este país antes de permitir el regreso de los desplazados a sus pueblos, o a lo que queda de ellos? La crisis de los desplazados es una bomba de tiempo que el Líbano deberá enfrentar tarde o temprano. Esto implica superar todos los bloqueos internos, incluida la creencia de que Israel tiene ambiciones territoriales sobre el país. Si ese hubiera sido el caso, Israel no habría evitado la guerra contra Líbano en 1967, cuando este último decidió no participar en la guerra de los Seis Días, conflicto que terminó con la ocupación del Sinaí, Cisjordania, incluida Jerusalén, y los Altos del Golán. Además, si Israel realmente hubiera tenido aspiraciones sobre Líbano, no habría aplicado en mayo de 2000 la resolución 425 del Consejo de Seguridad de la ONU, retirándose del territorio libanés bajo supervisión internacional. Líbano tiene el deber de definir sus prioridades y avanzar hacia negociaciones directas con Israel, sin ilusiones. Estas negociaciones no pueden comenzar mientras Hezbolá permanezca armado, ya que ha quedado demostrado que ese armamento solo ha servido para propiciar la ocupación, prolongarla y alimentar divisiones internas en función de los intereses iraníes. En las circunstancias actuales, la situación en el terreno ya no permite distinguir entre paz y capitulación. ¿Dónde estaría la deshonra en la capitulación si representa la única vía hacia la paz? Todo lo demás es secundario, una pérdida de tiempo y una evasión constante de la realidad, aun cuando se sabe perfectamente qué exige Israel y que no existe una posición estadounidense independiente de la israelí. La tragedia libanesa se resume en una sola cuestión: cómo recuperar el territorio y cuál es el precio a pagar por ello. Ese precio es inevitable, incluso si solo se busca evitar la explosión de la bomba de tiempo que representa el millón de desplazados. A la luz de lo que Irán ha provocado en Líbano, la capitulación aparece como el verdadero patriotismo, y el patriotismo como una forma de capitulación. Es momento de que Líbano defina lo que quiere, ahora que se sabe lo que exige Israel y que ninguna postura estadounidense puede desvincularse de la israelí. La capitulación no es vergonzosa. La verdadera vergüenza radica en la ausencia de una posición libanesa unificada que respalde negociaciones directas, sin las cuales no será posible poner fin a la ocupación ni permitir que la mayoría de los desplazados regrese a sus hogares...

¡El embajador de Irán... ante el «dúo chiita» !
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Khairallah Khairallah
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mar 28, 2026 - 16:33

Que el embajador iraní designado ante el Líbano, Mohammad Reza Sheibani, permanezca en su cargo o parta, eso queda al margen de lo esencial. Lo que importa es la carga simbólica que encierran dos posiciones bien distintas, la del Ministerio de Asuntos Exteriores libanés, que declaró al embajador persona non grata, y la del "dúo chiita" en respuesta. Más allá de las consideraciones nacionales que obligan al Líbano a adoptar una postura valiente frente a un Estado que interfiere sin cesar en sus asuntos internos y lo trata como una mera colonia vasalla, la posición oficial libanesa da testimonio de la profundidad del cambio ocurrido en el propio país, en la región y mucho más allá. Una profundidad que todavía escapa al pensamiento iraní y al de la milicia confesional libanesa a su servicio, el Hezbollah. Nunca debería perderse de vista que Hezbollah no constituye otra cosa que una brigada de los Guardianes de la Revolución iraníes, cuyos miembros son en su gran mayoría de nacionalidad libanesa. Una pregunta de una simplicidad desconcertante se impone a la "República Islámica" tanto como al Hezbollah, que debería intentar responderla. He aquí la pregunta: si el trastorno provocado por la "guerra de apoyo a Gaza" no hubiera tenido lugar, ¿habría aceptado Irán, a través de Hezbollah, que Joseph Aoun se convirtiera en presidente de la República libanesa? Los hechos dan la respuesta. El cambio propiciado por los resultados de esa guerra, incluido el asesinato de Hassan Nasrallah y de su sucesor designado Hachem Safieddine, permitió a Joseph Aoun llegar al palacio de Baabda. Sin eso, Hezbollah se habría aferrado a su propio candidato, tal como lo hizo tras el fin del mandato del presidente Michel Sleiman en 2014. El país tuvo entonces que esperar largos meses antes de que todos cedieran ante la voluntad de Nasrallah e Irán y eligieran, a finales de octubre de 2016, a Michel Aoun como presidente, con su yerno Gebran Bassil a su estela. Nada mide mejor la amplitud del cambio vivido por el Líbano que el reposicionamiento del Ministerio de Asuntos Exteriores. Dirigido ahora por Youssef Rajji, el ministerio ha dejado de funcionar como una dependencia de su homólogo iraní, como fue el caso cuando Gebran Bassil y otras figuras del "dúo chiita" ocupaban la cartera. Estos ejercían, en realidad, como representantes de la "República Islámica" dentro de la Liga de los Estados Árabes. Bassil, yerno de Michel Aoun, no ocultaba su negativa a mostrar solidaridad con las posiciones árabes cuando desempeñaba el cargo de canciller. Ministros árabes no dudaron en calificarlo de canciller de la "República Islámica", que ni siquiera era miembro de la Liga Árabe. Lo que sigue siendo más desconcertante es la posición adoptada por el movimiento Amal, presidido por el presidente del Parlamento Nabih Berry. ¿Revela acaso que Berry se encuentra en la imposibilidad de liberarse de la órbita iraní y de todo lo que representa, pese a todo lo que Irán ha perpetrado contra el Líbano y los libaneses, incluidos los chiitas, los habitantes del Sur y del Bekaa? En definitiva, lo que la decisión del Estado libanés de exigir la salida del nuevo embajador iraní, quien había ejercido anteriormente sus funciones en el Líbano, ha puesto de manifiesto con mayor claridad es que la "República Islámica" logró transformar radicalmente la naturaleza misma de la comunidad chiita. Lo consiguió mediante un esfuerzo continuo iniciado en 1982, cuando los primeros contingentes de los Guardianes de la Revolución entraron en territorio libanés con el pretexto de defender el país frente a la invasión israelí. Conviene retroceder a ese período en que los Guardianes trabajaron para atrincherarse en el cuartel Sheikh Abdallah, una instalación del ejército libanés en Baalbek. El primer gesto de Irán en el Líbano fue, pues, atentar contra el ejército, columna vertebral del Estado. Debe señalarse asimismo que la fundación de Hezbollah fue acompañada de la creación de instituciones educativas destinadas a imponer el currículo iraní en los colegios del partido (las escuelas Al-Mahdi y Al-Moustafa). Más aún, toda una formación fue impuesta a la juventud chiita, asentada en valores ajenos al Líbano. Los "Scouts del Mahdi" dan testimonio elocuente de ello, preparando a los adolescentes chiitas para servir en las filas de una milicia confesional sin ningún vínculo con el Estado libanés ni con la sociedad libanesa. Desde esta perspectiva, la posición del "dúo chiita" ante la expulsión del embajador iraní se vuelve comprensible. Este embajador estaba acreditado ante el "dúo" antes de estarlo ante el Estado libanés, lo que significa que el "dúo" posee un Estado propio, separado del Estado libanés, sobre el cual Irán y sus intereses ejercen un control absoluto. Sea como fuere, la posición del Ministerio de Asuntos Exteriores libanés, indisociable de la del gobierno de Nawaf Salam, sigue siendo un paso más en un largo camino que debería conducir al día en que el Estado libanés recupere su plena soberanía de decisión... siempre que el Líbano salga indemne de la "guerra de apoyo a Irán" que se libra en este momento. El viaje hacia la reconquista de una decisión soberana, libre de la tutela iraní, comenzó con la elección de Joseph Aoun a la presidencia y la formación del gobierno de Nawaf Salam. La expulsión del embajador iraní no representa sino un paso más en ese camino. Los comportamientos iraníes que traduce el "dúo chiita" delatan una negativa a reconocer que el antes y el después de la "guerra de apoyo a Gaza" constituyen dos realidades sin parangón, y que la influencia de Irán ha retrocedido considerablemente. Beirut ha dejado de ser esa ciudad iraní en el Mediterráneo, esa capital árabe bajo la tutela de Teherán. Se ha liberado de la hegemonía iraní, máxime cuando Irán ha abandonado Siria sin posibilidad de retorno y Siria vuelve a ser un Estado árabe que ya no gobiernan los Guardianes de la Revolución. En suelo libanés, el "dúo chiita" libra hoy una guerra perdida de antemano. Su suerte en ella no será mejor que en la "guerra de apoyo a Gaza". Tarde o temprano, a la "República Islámica" no le quedará otra salida que la capitulación. El control sobre las decisiones de guerra y paz en el Líbano no la salvará de ese destino. Tampoco la huida hacia adelante mediante agresiones contra los países del Golfo árabe, ni el mantenimiento de su embajador en el Líbano en calidad de enviado acreditado ante el "dúo chiita" en lugar de ante la República libanesa...

Solo los chiitas pueden salvar a los chiitas
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Khairallah Khairallah
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mar 19, 2026 - 18:23

Entre los comentarios más peregrinos que he escuchado recientemente figura el de un portavoz de la «Resistencia» que apareció en uno de los canales satelitales libaneses, afirmando que «Hezbollah defiende su tierra» frente a Israel. Difícilmente podría encontrarse una falsificación más descarada de los hechos, perpetrada por un personaje sunita que lleva varios años sirviendo de fachada al partido a cambio de retribuciones que percibe regularmente. No hay una sola palabra verdadera en lo que profiere este «resistente sunita», que confunde la defensa de una tierra —que no es la tierra de Hezbollah— con el trabajo de consolidación de la ocupación israelí. La realidad es sencilla: el partido reabrió el frente del sur del Líbano, una vez más, por órdenes directas de Irán, órdenes que no tienen nada que ver, ni de lejos ni de cerca, con los intereses del Líbano y los libaneses. En el Líbano se representan los capítulos de una farsa a la que habrá que poner fin, tarde o temprano. Habría podido provocar risa de no haberse convertido en una auténtica tragedia humana. Nada expresa mejor la dimensión de esa tragedia que el hecho de que el número de desplazados —desde las aldeas del Sur, la Bekaa y los suburbios del sur de Beirut— haya superado el millón de personas en un país de apenas seis millones de ciudadanos. Dos factores explican que Hezbollah haya reabierto el frente del sur del Líbano, bajo el pretexto de vengar el asesinato, por parte de Estados Unidos e Israel, del «Guía Supremo» iraní Ali Jamenei. El primero es la subordinación total del partido a los Guardianes de la Revolución iraníes: fue un oficial del Cuerpo de Guardianes quien ordenó lanzar los seis cohetes que marcaron el inicio de la reanudación de las hostilidades. El segundo concierne a la propia naturaleza de Hezbollah y a su ideología, fundada en la explotación de la ocupación israelí. No hay Hezbollah sin ocupación, ni ocupación israelí de territorio libanés sin Hezbollah. Cuando Israel se retiró del sur del Líbano en mayo de 2000, el partido insistió en que la retirada no había sido completa, y ello a pesar de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas había confirmado que Israel había aplicado al pie de la letra la resolución 425, adoptada por el Consejo en 1978, retirándose hasta la «Línea Azul», que es la línea de alto el fuego entre el Líbano e Israel —prácticamente la frontera entre ambos países, con diferencias insignificantes. El partido inventó el asunto de las granjas de Shebaa y las siete colinas para justificar la conservación de su arsenal. Quedó entonces absolutamente claro que la existencia de la ocupación era la razón de ser del partido, y que ese armamento constituía la columna vertebral de una organización cuyo único propósito es convertir al Líbano en una colonia iraní, nada más. En medio de todo lo que ocurre hoy en suelo libanés, Hezbollah parece dispuesto a incendiar el país, a reducirlo a cenizas, con tal de poder controlarlo. Eso es lo que explica que se embarque en una guerra perdida de antemano, una guerra de la que el Líbano no cosechará sino ruinas, mientras gira en un círculo cerrado, sobre sí mismo. Si el partido, e Irán tras él, ha logrado algo en casi cuarenta y cinco años, ese logro —de signo negativo— consiste en haber transformado la naturaleza de la comunidad chiita en el Líbano, en su mayoría al menos. Subsiste en el país una élite chiita que hace frente al proyecto expansionista iraní en cada región del Líbano: los suburbios del sur, el Sur, la Bekaa. Una élite chiita que conoce la importancia del Líbano y lo que significa pertenecer a él, en lugar de ser un «soldado en el ejército del wali al-faqih », como solía decir Hassan Nasrallah. En un momento de verdad, Nasrallah reconoció en imagen y sonido que Hezbollah era una criatura de la «República Islámica»… ¿Quién romperá el círculo cerrado en que gira el Líbano? La posición adoptada por el presidente de la República Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam es, sin duda, de enorme importancia. Pero más que nunca se necesita un levantamiento interior chiita que quiebre ese círculo en lugar de seguir girando sobre sí mismo. El impulso de ese levantamiento no puede provenir del exterior del «duopolio chiita», que ha demostrado no haber sido nunca sino una pantalla para encubrir el armamento de Hezbollah —es decir, para usar ese armamento como palanca de presión sobre el Estado libanés y sembrar el terror en las filas de las demás comunidades: suníes, cristianos y drusos. ¿Quién liderará ese levantamiento interior libanés? ¿Dónde está el papel del presidente del movimiento Amal y presidente del Parlamento, Nabih Berri, que emplea un lenguaje de madera enteramente al servicio de la posición iraní sobre el Líbano? Al final, los Guardianes de la Revolución han consumado en el Líbano lo que consumaron en el propio Irán: un golpe de Estado. Han puesto sus manos enteramente sobre Hezbollah con el fin de atar el destino del Líbano al de la «República Islámica» y a la cultura de la muerte que ésta proclama. El Líbano no tiene más remedio que volver al lenguaje de la razón y la lógica, en lugar de enarbolar el lema de «la resolución sobre el terreno por la fuerza de las armas». Las consecuencias de semejante consigna son conocidas: traerá una Nakba sobre el Líbano y sobre la comunidad chiita en particular. Es deber de los chiitas salvar a los chiitas, en lugar de permanecer cautivos de los Guardianes de la Revolución iraníes… o de escuchar los disparates de tal o cual «resistente», sea chiita o sunita. Son hipócritas, a la manera de los Guardianes de la Revolución, que parecen decididos a suicidarse. No hay razón para que los chiitas del Líbano se suiciden en el marco de esa pulsión que exhiben los Guardianes de la Revolución — máxime cuando los chiitas del Líbano tienen una referencia que es el Estado libanés, o al menos eso debería ser…

Los Pasdaran no han perdido su tiempo en Líbano...
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Khairallah Khairallah
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mar 13, 2026 - 07:20

El elevado número de cohetes lanzados recientemente desde el territorio libanés en dirección a Israel apunta a varias realidades. La primera y más reveladora: a diferencia de las autoridades libanesas, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria iraní no ha desperdiciado un instante desde que se alcanzó el acuerdo de alto el fuego entre Hezbolá e Israel. Fue el 23 de noviembre de 2024, bajo el gobierno del presidente Najib Mikati. El presidente Nabih Berri desempeñó un papel central en la consecución de ese acuerdo, que reflejaba la necesidad apremiante del Partido de detener los combates a cualquier precio. Ha quedado meridianamente claro que Israel aprovechó el alto el fuego para consolidar su libertad de seguir adelante con su campaña contra Hezbolá, mientras que la Guardia Revolucionaria se sirvió del mismo acuerdo para afianzar su presencia en el Líbano y preparar la fase de confrontación entre Irán, por un lado, y Estados Unidos e Israel, por el otro. En efecto, la Guardia Revolucionaria no perdió el tiempo. Reanudó sus actividades en el Líbano a través de los restos de Hezbolá. Los frutos de ese éxito se hicieron visibles en el período que siguió al asesinato del «Guía» Alí Jamenei, hace aproximadamente dos semanas. La consecuencia del asesinato fue la incorporación total del Líbano a la guerra que libra Irán frente a Estados Unidos e Israel. ¿Cómo entró el Líbano en esta guerra? ¿Qué responsabilidad recae sobre el Estado libanés? Ésta es la gran pregunta que se impone en este período, en el que asistimos a una ampliación de la ocupación israelí y a un incremento de los ataques aéreos, cada vez más focalizados, sobre objetivos concretos en el Líbano… hasta alcanzar el corazón mismo de Beirut. Lo más sorprendente es que Hezbolá ha dejado, en la práctica, de existir en el Líbano. Dicho esto con matiz: el Partido existe cuando las necesidades de la Guardia Revolucionaria iraní así lo requieren. Quienes conocen el Partido desde adentro cuentan que un oficial de la Guardia ordenó a combatientes del Partido lanzar cohetes desde suelo libanés hacia Israel. Con ello, el oficial iraní declaró la reapertura del frente del sur del Líbano. Todo ocurrió en contra de la voluntad del Estado libanés, incluidos el presidente de la República Joseph Aoun y el presidente del Consejo de Ministros Nawaf Salam… y la mayoría de los libaneses. Naim Kassem desconocía los detalles de lo ocurrido. Se enteró del lanzamiento de cohetes por televisión, del mismo modo en que Mojtaba Jamenei supo, a través de la misma pantalla, que la Guardia lo había elegido «Guía». Mojtaba aprovechó su primer discurso desde el nombramiento para declarar que había “escuchado su designación en televisión”. La paradoja radica en que hubo que encontrar a alguien que leyera ese discurso en ausencia del propio «Guía» — quien parece sufrir las consecuencias de heridas recibidas… y quizás algo más que heridas. Cuanto ha sucedido, tanto en el Líbano como en el propio Irán, parece apuntar a lo mismo: la Guardia es la que detenta el poder de decisión en ambos países y no ha encontrado mejor fachada en el Líbano que Hezbolá. Ya no cabe ninguna duda de que el Partido — que nunca fue otra cosa que una brigada de la Guardia Revolucionaria con efectivos libaneses — se ha convertido en una milicia confesional libanesa bajo el mando de oficiales iraníes. Entre la ignorancia de las autoridades libanesas, a todos los niveles, sobre lo que se trama en suelo libanés y en la región — en especial sobre el alcance del cambio ocurrido en Siria — y los últimos acontecimientos que representa la nueva ofensiva militar israelí, resulta imposible ignorar que el Líbano atraviesa una fase de consecuencias históricas. El problema reside en que el Líbano oficial no comprendió que el tiempo no trabajaba a su favor. El tiempo ha alcanzado al Líbano. Es evidente que las oportunidades abiertas desde el acuerdo del 23 de noviembre de 2024 no volverán a presentarse. Nadie parece asumir una realidad elemental: Joseph Aoun jamás habría llegado a la presidencia de la República sin la derrota de Hezbolá en la «guerra de apoyo a Gaza». Si el Partido siguiera en pie — él y su exsecretario general Hassan Nasrallah —, se habría aferrado a su candidato Sleiman Frangieh, destinado en teoría a ocupar la presidencia. El Partido había insistido en que su candidato fuera presidente de la República, exactamente igual que cuando impuso a Michel Aoun en octubre de 2016 y lo condujo, junto a su yerno Gebran Bassil, hasta el palacio de Baabda. Los llevó a la presidencia para que la institución estuviera al servicio de Irán y su proyecto expansionista, hostil a todo lo árabe en la región — nada más. Lo pasado, pasado está. ¿Qué puede hacer el Líbano ahora, una vez que la «República Islámica» ha logrado, a través de la Guardia Revolucionaria, reabrir el frente del sur del Líbano? ¿Es posible evitar los errores del pasado reciente, un pasado que apenas tiene un año y unos meses? La respuesta es que no hay otra opción que afrontar la realidad: el país ha quedado, al igual que Irán, bajo la autoridad de la Guardia Revolucionaria. ¿Cómo hacerle frente a esa autoridad que representa, bajo una forma distinta pero igualmente total, la hegemonía iraní sobre el Líbano? Se necesita una respuesta libanesa. Y ninguna respuesta que valga la pena será posible sin derribar el muro del miedo frente a Hezbolá — un Partido que apenas existe ya, salvo como instrumento enteramente controlado por la Guardia Revolucionaria. Una vez más: la Guardia no perdió el tiempo desde el otoño de 2024, cuando el Líbano alcanzó su acuerdo de alto el fuego con Israel. Reforzó su posición en el país, como lo confirma el volumen de cohetes lanzados hacia Israel. El Líbano pagará un precio elevado por esos lanzamientos, y aún más elevado por no haber comprendido que el tiempo no jugaba a su favor — que todo discurso sobre el desarme de Hezbolá carece de valor sin hechos concretos sobre el terreno. Hacían falta hechos, cualquiera que fuera el costo, y sin miedo a las amenazas de guerra civil o similares que, en el fondo, no tienen ningún asidero en la realidad.