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El Nuevo Mundo

Una administración estadounidense que no conoce a Irán

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Por Khairallah Khairallah
Publicado jun 20, 2026 - 15:18

Sobre el papel, el memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán firmado finalmente por el presidente Donald Trump y el presidente Masoud Pezeshkian parece un documento en el que todas las cuestiones pendientes permanecen sin resolver. Salvo la reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense impuesto a la «República Islámica», nada apunta a un avance real en ninguno de los asuntos que siguen separando a Washington y Teherán.

¿Puede decirse también, al menos sobre el papel, que la administración de Donald Trump decidió ceder ante Irán en lugar de llevar hasta sus últimas consecuencias su intención inicial de quebrantar su capacidad de influencia y poner fin a su proyecto expansionista, tal como pretendía hacerlo desde un principio?

La lectura de los catorce puntos que contiene el memorándum deja claro que la administración Trump ha dejado suspendidos todos los asuntos fundamentales. Sigue sin saberse qué ocurrirá con el programa nuclear iraní, a pesar de que Trump insistió una y otra vez en que no podía aceptar su existencia. No hay ninguna referencia a los misiles balísticos ni a su infraestructura, y tampoco hay una postura definida respecto a los proxys de Irán en la región, salvo la confirmación de que el alto el fuego acordado con Estados Unidos incluye al Líbano.

¿Cómo se traducirá esto sobre el terreno libanés? ¿Existe, del lado iraní, la convicción de que Estados Unidos obligará a Israel a respetar el alto el fuego en el Líbano? Es cierto que Israel lo está respetando actualmente. Sin embargo, el memorándum no contiene nada que sugiera que Israel, que ni siquiera es parte del acuerdo, se haya sometido a la administración estadounidense en el Líbano ni que vaya a ejecutar, a la primera oportunidad, todo lo que Washington le pida. A pesar de los anuncios estadounidenses sobre la consecución de un alto el fuego en el Líbano, la postura israelí respecto al país sigue envuelta en una profunda ambigüedad.

No pasó mucho tiempo desde la entrada en vigor del memorándum para que empezaran a surgir dificultades en su implementación. Muy pronto quedó en evidencia una realidad sencilla: la administración Trump sabe poco sobre Irán y aún menos sobre la manera en que actúan sus dirigentes. En el pasado, daba la impresión de conocer mucho más. Tal vez eso se debía, durante el primer mandato de Trump, a la existencia de un equipo cohesionado que entendía perfectamente, por ejemplo, el significado del asesinato de Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, y el alcance de un acontecimiento de esa magnitud. La cuestión no se limitaba al ámbito interno iraní, donde Soleimani ocupaba el segundo lugar en la estructura de poder, detrás del ya fallecido líder supremo Alí Jamenei. Era el hombre de la «República Islámica» en la región y la punta de lanza de su estrategia. Era el verdadero comandante de los hutíes, el alto comisionado en Irak y, al mismo tiempo, el gobernante de Siria y del Líbano.

Hay quienes consideran que a la actual administración estadounidense le hace falta una figura como el exsecretario de Estado Mike Pompeo. Pompeo sabía lo que era el régimen iraní y cómo tratar con él. Resulta llamativo que, en las últimas semanas, el expediente iraní haya sido retirado del Departamento de Estado. El secretario de Estado Marco Rubio ha quedado reducido a una figura decorativa, un simple observador de lo que sucede entre Teherán y Washington.

Un grupo de funcionarios estadounidenses del perfil del vicepresidente J. D. Vance, que sabe muy poco sobre Irán, no puede administrar un asunto de semejante sensibilidad. Lo que estamos presenciando hoy es un nuevo capítulo de una historia que comenzó en 1979, cuando las nuevas autoridades iraníes mantuvieron secuestrados durante 444 días a los diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán. Aquella crisis de los rehenes, que no provocó ninguna reacción por parte de Estados Unidos, abrió la puerta a nuevas formas de chantaje por parte de la «República Islámica» contra el «Gran Satán». Durante los últimos cuarenta y siete años, la República Islámica ha manipulado a la mayoría de las administraciones estadounidenses. En 2003, incluso logró llevar a la administración de George W. Bush a invadir Irak, allanando el camino para entregarlo posteriormente a milicias sectarias iraquíes vinculadas a la Guardia Revolucionaria, las mismas que habían combatido junto a la República Islámica durante la guerra entre Irán e Irak, de 1980 a 1988.

El memorándum firmado recientemente, un documento carente de viabilidad real, no representa más que un regreso de la administración Trump a la política estadounidense tradicional hacia la República Islámica. La posibilidad de una guerra entre Estados Unidos e Irán no fue más que una excepción. Donald Trump ha vuelto a ocupar su posición habitual de negociador en busca de un acuerdo con Teherán. Eso explica que haya delegado este expediente en su vicepresidente, acompañado por su enviado especial para Medio Oriente, Steve Witkoff, y por su yerno Jared Kushner.

Nada ha cambiado en Irán que justifique una concesión estadounidense ante la Guardia Revolucionaria. Sigue estando muy lejano el día en que Washington pueda presentar a Irán como un país apto para concretar grandes acuerdos comerciales. Lo que vemos hoy es una mentalidad estadounidense enfrentándose a un asunto extremadamente complejo cuyos detalles y antecedentes desconoce.

Esa misma mentalidad estadounidense, que quiso convertir Gaza en una «nueva Riviera», permanece desconectada de las realidades de la región. No alcanza a comprender que Irán no tiene ninguna intención de transformarse. Todo lo que busca el liderazgo de Teherán es ganar tiempo.

Irán apuesta a un cambio político dentro de Israel, a una profundización de las divergencias entre estadounidenses e israelíes y a una derrota de la administración Trump en las elecciones intermedias del próximo mes de noviembre. Entonces, Trump se convertiría en poco más que un presidente debilitado y sin margen de maniobra.

Pronto se sabrá si esa apuesta estadounidense estaba bien calculada. El presidente estadounidense ha caído en la trampa iraní. Hay algo que sí parece claro: Donald Trump no es un hombre fácil, pero su principal problema sigue siendo la falta de un equipo que entienda realmente lo que es Irán, mientras que Irán sabe perfectamente cómo tratar con Estados Unidos. Los iraníes poseen una larga experiencia en manipular a las administraciones estadounidenses y moldearlas a su conveniencia, esperando el momento oportuno para recurrir a un juego de chantaje que dominan a la perfección. Y esto no se limita únicamente a Estados Unidos. También abarca a los países de la región y a los de Europa occidental, que, en el fondo, han adoptado una postura extremadamente cautelosa frente a este memorándum de entendimiento.

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