


La tragadia del Yemen radica, en parte desde luego, en el acceso al poder de una personalidad del calibre de Abd Rabbuh Mansour Hadi en un momento determinado de la historia, y en los errores que figuras de su condición cometieron tanto antes como después de la unificación. En el momento presente, ya resulta posible hablar de un país fragmentado que busca una fórmula para recomponerse, siempre y cuando esa recomposición sea aún factible para un Estado de considerable importancia estratégica del que Irán controla hoy una porción no desdeñable.
Abd Rabbuh Mansour, a quien la muerte se llevó hace apenas unos días, no era en el fondo sino la expresión de un tipo político salido de la institución militar con una cultura tan escasa que no lo habilitaba en absoluto para gobernar un país tan singularmente complejo como Yemen. Llegó a la presidencia después de haber pasado catorce años a la sombra de Ali Abdallah Saleh, en calidad de vicepresidente, el mismo Saleh que los hutíes asesinarían más adelante, una vez que dejó de ser jefe de Estado.
Abd Rabbuh sucedió a Ali Abdallah Saleh, obligado a dimitir en febrero de 2012, y permaneció en la presidencia hasta abril de 2022. Fue entonces cuando las potencias con influencia real sobre Yemen reconocieron su incapacidad para conducir el país. Fue necesario recurrir al Consejo de Dirección Presidencial, integrado por ocho miembros y presidido por el doctor Rachad al-Alimi, quien parece manifiestamente capaz de una gobernanza algo más eficaz, aunque sea por poco.
¿Cómo había llegado el difunto a la presidencia en 2012, y antes a la vicepresidencia en 1994? Más fundamentalmente aún, ¿por qué Abd Rabbuh Mansour se convirtió él mismo en un fragmento de la tragedia yemení, a través de una acumulación de errores cuya enumeración completa sería vana, dado su elevadísimo número?
Conviene señalar ante todo que Abd Rabbuh Mansour era oriundo de la provincia sureña de Abyan. Se le vinculaba al antiguo presidente yemení del Sur, Ali Nasser Mohammed, también de Abyan, al que sus adversarios apartaron del poder en los tristemente célebres «sucesos de enero» de 1986. Abd Rabbuh, que había ocupado en el Sur el cargo de subjefe del Estado Mayor, se refugió en Saná tras la caída de Ali Nasser. En el verano de 1994, se unió al grupo de sureños que gravitaba en torno a Ali Abdallah Saleh, a raíz de la ruptura entre éste y Ali Salem al-Beidh, líder del Partido Socialista empeñado en revertir la unificación. Sobrevino entonces una guerra encarnizada que concluyó con la derrota del Partido Socialista. Esta trayectoria le permitió a Abd Rabbuh alcanzar la vicepresidencia, después de haber llevado muy lejos su apoyo a Ali Abdallah Saleh en su guerra contra los separatistas.
Pregunté una vez a Ali Abdallah Saleh cómo podía elegir a alguien como Abd Rabbuh Mansour para sucederle en sus funciones, siendo que este hombre no poseía ninguna cualificación de ningún tipo. Me respondió palabra por palabra: «Quiero alguien que no me cree problemas», fundándose en su experiencia con Ali Salem al-Beidh, vicepresidente del Consejo Presidencial tras la unificación, a quien describía como una personalidad «complicada» que había querido ser un auténtico «socio» en el poder.
Abd Rabbuh Mansour permaneció como figura marginal a lo largo de todo su ejercicio como vicepresidente. Debía soportar a Ali Abdallah Saleh, quien se había ido convirtiendo paulatinamente en un jefe de Estado caprichoso, propenso a encolerizarse sin motivo alguno contra sus propios colaboradores.
Cuando Ali Abdallah Saleh se vio forzado a dimitir a principios de 2012, Abd Rabbuh Mansour se reveló bajo una faz enteramente distinta. No dejó pasar ningún medio para vengarse de su predecesor: se negaba ostensiblemente a devolverle sus llamadas y al mismo tiempo se entregaba metódicamente al desmantelamiento de la institución militar. Su objetivo era erradicar cualquier influencia que el expresidente y su hijo, el general Ahmad, pudieran conservar dentro de las fuerzas armadas. El resultado fue destruir toda esperanza de reconstrucción del ejército yemení.
Con plena conciencia de ello o sin ella, Abd Rabbuh se puso objetivamente al servicio de los hutíes cuando se negó a hacerles frente en la provincia de Amran, mientras avanzaban hacia Saná en el verano de 2014. Ali Abdallah Saleh le había aconsejado detenerlos en Amran, argumentando que la caída de esa provincia significaba inevitablemente la caída de la capital. Le envió cuatro emisarios, entre ellos Yahya al-Raï y Aref al-Zouka, portadores de un mensaje inequívoco al respecto. Abd Rabbuh rechazó no obstante el consejo, alegando que «se negaba a saldar las cuentas de Ali Abdallah Saleh con los hutíes». Lo que ocurrió en realidad fue que encubrió el avance de los hutíes y su apoderamiento de la capital yemení, el 14 de septiembre de 2014.
En todo cuanto hizo, Abd Rabbuh Mansour jamás poseyó el mínimo de cultura política que exige el gobierno de un país. Llegó incluso a firmar el «Acuerdo de Paz y Asociación» con los hutíes poco después de que éstos pusieran las manos sobre Saná, acuerdo al que asistió un representante de las Naciones Unidas y que otorgó a los hutíes una legitimidad de la que tenían la mayor necesidad. Nada de esto impidió que éstos lo pusieran en arresto domiciliario. Abd Rabbuh sólo logró escapar de ese arresto domiciliario en Saná gracias a una mediación en la que el Sultanato de Omán desempeñó un papel decisivo, logrando que los hutíes hicieran la vista gorda mientras él se fugaba hacia Adén.
Abd Rabbuh Mansour fue, en definitiva, un componente de la tragedia yemení. Un hombre ajeno a la política en toda su extensión se encontró al frente de un país sumido en una crisis existencial, crisis que los Hermanos Musulmanes habían provocado en gran medida al querer arrancar a Ali Abdallah Saleh del poder para ocupar su lugar. Saleh no era ningún ángel, y sus errores fueron numerosos, pero los Hermanos que se volvieron contra él no comprendieron que estaban jugando el juego de los hutíes, sin detenerse a reflexionar ni un instante en lo que sería el Yemen después de Saleh.
Yemen tuvo la desgracia de tener al frente, en un período crítico de su existencia, a un presidente del perfil de Abd Rabbuh Mansour Hadi. Este país merecía alguien de mejor temple, alguien que conociera al menos algo del propio Yemen, de su entorno, y que supiera que la venganza no puede hacer las veces de política, por muchas humillaciones de índole personal a las que se hubiera visto sometido.