


No es ninguna casualidad que el Reino Hachemita de Jordania, que este 25 de mayo celebra el octogésimo aniversario de su independencia, se haya convertido en una de las piedras angulares de la seguridad árabe, o de lo que queda de ella.
Todas las teorías que subestimaron a Jordania terminaron en el basurero de la historia, porque quedó demostrado que este país nunca perdió su papel en el escenario regional. Jordania resistió pese a todas las sacudidas internas y las tormentas que atravesó, y pese a las profundas transformaciones que vivió la región.
En 1921, el mismo año en que fue proclamado el Emirato de Transjordania, una conferencia reunió en El Cairo a las principales figuras de la política británica bajo la presidencia de Winston Churchill. Lawrence de Arabia asistió junto a la mayoría de los expertos británicos en asuntos árabes, iraquíes y regionales, especialmente sobre Palestina. Entre esas figuras destacaba Gertrude Bell, considerada entonces la personalidad británica más influyente en Irak y la que tenía mayor ascendencia sobre ese país. Fue ella quien trazó el mapa actual de Irak y desempeñó un papel decisivo en la instalación de los hachemitas en Bagdad y en la coronación de Faisal I de Irak.
Con el paso de los años quedó claro que la conferencia de El Cairo, cuyo objetivo era dividir la región en zonas de influencia entre Gran Bretaña y Francia, terminó siendo, en términos de resultados, un fracaso rotundo en todos los sentidos. Entre las manifestaciones más evidentes de ese fracaso figuran el sangriento golpe militar que derrocó a la monarquía iraquí en 1958 y, antes de eso, la crisis de Suez de 1956, que marcó el declive de la Gran Bretaña imperial, aquella sobre la que “el sol nunca se ponía”.
Uno de los hechos más destacados de la conferencia de El Cairo fue la subestimación del príncipe Abdallah ibn Hussein, puesto al frente del Emirato de Transjordania antes de convertirse en rey en 1946, tras la proclamación de la independencia del Reino Hachemita de Jordania. Si se considera lo ocurrido en Palestina e Irak, Jordania puede verse como el único verdadero éxito de la conferencia de El Cairo, y ese éxito se ha mantenido hasta nuestros días, sobre todo porque la solidez de las instituciones jordanas se volvió evidente, especialmente desde 1952, cuando Hussein de Jordania ascendió al trono con apenas diecisiete años.
La conferencia de El Cairo de 1921, que ilustra como poco el fracaso de la política británica en la región, no es el único episodio que merece atención. La historia moderna de Jordania está llena de acontecimientos significativos, entre ellos el papel decisivo desempeñado por la reina Zein el-Charaf, madre del rey Hussein, para imponer a su hijo como soberano pese a su corta edad. El rey Hussein ibn Talal representó un fenómeno singular en la historia del país, al suceder a un padre afectado por una enfermedad mental que lo incapacitaba para permanecer en el trono.
Durante el reinado de Hussein ibn Talal, Jordania adquirió, gracias a sus instituciones, un papel decisivo en todos los niveles, pese a las sacudidas y conspiraciones de las que fue objeto, desde el ascenso de la ola nasserista, vinculada a Gamal Abdel Nasser, que desencadenó una serie de catástrofes, entre ellas el golpe militar contra la monarquía iraquí en 1958, la unión egipcio-siria de febrero de ese mismo año y la derrota árabe de 1967, cuyas consecuencias siguen pesando sobre la región hasta hoy.
Jordania enfrentó todos esos acontecimientos y todas esas tormentas con una notable sangre fría, empezando por su resistencia al proyecto de una patria alternativa en 1970, cuando el ejército jordano enfrentó los intentos de distintas organizaciones palestinas de apoderarse del reino, preservando así a los palestinos de sí mismos. Esa resistencia fue posible gracias a la cohesión entre los jordanos originarios y el trono, una cohesión que hoy se ha transformado en una solidaridad que abarca a todos los componentes de la sociedad jordana. Los palestinos, marcados por sus propias experiencias, se han convertido en los más apegados al trono hachemita y al rey Abdalá II de Jordania, quien desde hace años no ha dejado de respaldar la opción de los dos Estados, la única alternativa realista para una solución entre palestinos e israelíes a largo plazo, es decir, cuando la derecha israelí abandone sus ilusiones y una dirigencia palestina digna de ese nombre esté a la altura de los acontecimientos.
En 2026, ya nadie subestima a Jordania, especialmente a la luz de ese espíritu de continuidad que caracteriza a un reino que ha sabido preservarse en todas las circunstancias frente a las turbulencias iraquíes, sirias e israelíes.
Jordania se preservó firmando los acuerdos de Wadi Araba con Israel en 1994, una decisión estrechamente vinculada al aprovechamiento de la oportunidad abierta por el compromiso de Yasser Arafat, líder histórico del pueblo palestino, con los acuerdos de Oslo en el otoño de 1993.
La continuidad, ilustrada especialmente por la prudencia que Jordania siempre mostró en sus relaciones con la “República Islámica” de Irán desde su fundación, figura entre los rasgos más distintivos de este país, una continuidad que quedó confirmada con la serena transferencia de poder al rey Abdalá II tras la muerte de Hussein ibn Talal en 1999.
Quien haya apostado por la fragilidad del Reino Hachemita de Jordania apostó por un espejismo, sobre todo desde que Abdalá II demostró su capacidad para desempeñar un papel de primer nivel tanto en Jordania como fuera de sus fronteras, incluso en Estados Unidos. Hoy el reino es un Estado que desempeña un papel vital en la estabilidad regional, pese a todas las conspiraciones destinadas a debilitar ese papel, y Jordania se ha convertido en refugio para los desplazados sirios y los provenientes de otros países, después de haber acogido mucho antes a refugiados palestinos llegados de todas partes.
Los acontecimientos muestran cada día cómo Abdalá II se consolidó como un actor indispensable en la región, al tiempo que amplió el consenso interno en torno a la institución monárquica.
Quedó claro que cualquier discurso sobre el retroceso del papel regional de Jordania carece de sentido. Cuanto más pasa el tiempo, más evidente se vuelve la necesidad del papel jordano frente a todas las formas de extremismo, ya sea el de los Hermanos Musulmanes o el del régimen iraní y sus distintos instrumentos. Más importante aún, los acontecimientos demuestran diariamente que la seguridad del Golfo está intrínsecamente ligada a la seguridad de Jordania, así como la seguridad de Jordania está ligada a la del Golfo…