

El discurso que el rey Abdullah II dirigió a los jordanos con motivo del octogésimo aniversario de la independencia fue, ante todo, una expresión de confianza en el futuro y en la capacidad de enfrentar los desafíos de una región que, por decirlo suavemente, navega a la deriva entre vientos turbulentos.
Más importante que cualquier otra cosa, el soberano jordano trazó la imagen del futuro al que aspira Jordania como Estado moderno: un país que posee pocos recursos naturales, pero que ha logrado desarrollar su propia riqueza distintiva, la riqueza del ser humano.
El discurso de Abdullah II fue breve, pero tuvo la valentía suficiente para afirmar que Jordania practica genuinamente la tolerancia en el terreno, en una región saturada de contradicciones y extremistas de toda índole. No es algo menor que el monarca jordano hablara de la naturaleza de su país dirigiéndose tanto a los “hijos” como a las “hijas” de Jordania, declarando: “Jordania nunca ha sido un margen en la historia de la humanidad, sino una patria de naciones y una tierra de armonía. A orillas de su río fue bautizado Cristo; dentro de sus fronteras vivieron los compañeros y los seguidores. Las civilizaciones florecieron en su suelo y ofrecieron al mundo lecciones de resiliencia y firmeza, enseñándonos a perseverar y a convertir las dificultades en oportunidades. El presente es el mejor testigo de ello. A pesar de todas las circunstancias, Jordania ha preservado sus fronteras y su seguridad, ha continuado su camino democrático y ha protegido su economía de los efectos de las crisis”.
Entre los pasajes más importantes del discurso figura la afirmación de Abdullah II: “Hoy celebramos no solo lo que hemos logrado, sino también lo que poseemos en términos de destino y capacidad. El orgullo no es nuestro objetivo; lo que buscamos es consolidar nuestra confianza en esta patria”. Jordania se conoce a sí misma, conoce su rumbo y sus decisiones. Esto significa que el Reino comprende plenamente la naturaleza de los acontecimientos que se desarrollan en la región y sabe cómo interactuar con ellos, apoyándose en una larga experiencia en este ámbito. Si algo han demostrado los acontecimientos de los últimos ochenta años, es que Jordania es una de las constantes de la región. Siria cambió, Irak cambió y Jordania siguió siendo lo que es: un reino hachemita que no necesita lecciones de patriotismo de nadie, incluidas aquellas organizaciones palestinas que alguna vez creyeron que “el camino a Jerusalén pasa por Ammán”.
Jordania siempre ha gestionado los cambios y las convulsiones de Irak y Siria con una combinación de flexibilidad y firmeza. Lo hizo incluso cuando fue blanco de múltiples intentos de presión, especialmente durante el período de la unión egipcio-siria entre 1958 y 1961, y durante el ascenso al poder de Hafez al-Assad después de 1970. En aquel momento, el rey Hussein supo contener a Assad padre, quien buscaba colocar a Jordania bajo su influencia, tal como había hecho con el Líbano, y formar un frente bajo su mando que se extendiera desde Aqaba hasta Naqoura, en el sur libanés.
En cuanto a los Estados del Golfo, la relación de Jordania con ellos ha evolucionado considerablemente. Desde el surgimiento del régimen de la “República Islámica” en 1979 y desde que dicho régimen libró una guerra contra Irak entre 1980 y 1988, Jordania, que adoptó una posición clara en su contra desde el principio, se convirtió en una parte integral de la seguridad del Golfo.
Conviene detenerse en la referencia a la frase “a orillas de su río fue bautizado Cristo”. Esta expresión reafirma la importancia histórica y civilizatoria de Jordania, así como el grado en que el trono hachemita ha interiorizado dicha importancia y la profundidad histórica de un país que surgió de la interacción entre sus habitantes originarios, los jordanos orientales, y los hachemitas. Esto se remonta a principios de la década de 1920, cuando la entidad política era el Emirato de Transjordania, que con el tiempo se convertiría en el Reino Hachemita de Jordania en 1946.
A lo largo de toda su historia, Jordania ha preservado ciertos valores basados en el reconocimiento de todas las comunidades que la conforman, sin distinción entre ciudadanos por motivos de religión o nacionalidad. Esto explica la plena integración entre las tribus jordanas, incluidas las tribus cristianas, y el trono hachemita, así como la relación entre la Corona y los circasianos, drusos, chechenos y personas de origen levantino. La interacción entre todas estas comunidades ha aportado inmunidad, fortaleza y estabilidad a Jordania. También ha reforzado el papel positivo del país en la causa palestina y ha contribuido a la resistencia palestina en Cisjordania, convirtiendo al Reino en una vía vital que permite a los palestinos conectarse con el mundo y regresar a Palestina a través del Puente Rey Hussein.
Abdullah II ha señalado en repetidas ocasiones que la cuestión no es tanto la tolerancia como el reconocimiento del otro. Por ello, no es casualidad que Jordania ejerza la custodia de los lugares santos cristianos e islámicos de Jerusalén. Existe un vínculo histórico entre los hachemitas y los lugares sagrados de Jerusalén, especialmente la mezquita de Al Aqsa.
En última instancia, no puede ignorarse la relación entre Jordania y los palestinos. Con el paso del tiempo y a través de experiencias sucesivas, esta relación se ha transformado en algo más que positivo. En 1970, Jordania salvó a los palestinos de sí mismos gracias a sus instituciones, especialmente a su ejército, y a la profunda cohesión entre la institución monárquica y las tribus. El país fue incluso más lejos al cerrar el paso a la derecha israelí, que en cierto momento soñó con convertir a Jordania en una “patria alternativa”.
Hoy, los palestinos se han convertido en un factor positivo en los asuntos internos y en el fortalecimiento de la estabilidad. Ya no son únicamente una fuerza económica de considerable peso dentro del Reino. La importancia de Jordania se hizo evidente para ellos, especialmente después de comprender el valor de la estabilidad jordana y lo que significa vivir en un Estado con instituciones sólidas, que rechaza todas las formas de extremismo y se aparta de los eslóganes vacíos que carecen de peso en la práctica. Todo lo que Jordania ha hecho, incluida la decisión de desvincularse de Cisjordania en 1988 y la firma del acuerdo de Wadi Araba con Israel en 1994, constituye una reafirmación del impulso hacia el eventual establecimiento de un Estado palestino independiente.
El discurso de Abdullah II a los jordanos fue un mensaje que surgió del corazón. Fue una expresión de la capacidad de ejercer la confianza en uno mismo y de continuar construyendo un Estado fuerte, firmemente aferrado a su historia y a sus raíces, y que, ante todo, sabe lo que quiere.