
El año 2025 fue el año de Siria, que vivió por primera vez en medio siglo sin Hafez al-Assad ni Bashar al-Assad, es decir, sin un régimen minoritario, auspiciado por Israel, que había controlado el destino de los sirios primero mediante su aparato represivo y luego recurriendo al exterior para imponerse a su propio pueblo. Por primera vez también, la “República Islámica” iraní salió de Siria, lo que supone un cambio profundo en el equilibrio regional, especialmente porque Siria bajo los Assad se había convertido prácticamente en una colonia iraní implantada en el corazón del mundo árabe. Sin embargo, centrarse en Siria y en si logrará atravesar 2026 sin grandes cambios no debe impedir señalar que la sucesión de acontecimientos desde el ataque del “Diluvio de Al-Aqsa”, lanzado por Hamás contra los asentamientos israelíes alrededor de Gaza el 7 de octubre de 2023, ha creado condiciones propicias para plantear el destino del régimen iraní y su capacidad para llegar al final de 2026. La pregunta es legítima a la luz de varios factores que colocan seriamente en cuestión el futuro del régimen instaurado en 1979. Conviene comenzar por la realidad de la economía iraní, recordando al mismo tiempo que la Unión Soviética colapsó ante todo por razones económicas, tras existir desde 1917 hasta finales de 1991. El tipo de cambio del rial iraní da una idea clara de la profundidad de la crisis económica que atraviesa la “República Islámica”. En los últimos días del Sha, en 1979, se necesitaban unos 70 riales para comprar un dólar estadounidense. Hoy, el dólar se cotiza en torno a un millón cuatrocientos mil riales. La comparación es impactante y expresa el fracaso económico de un régimen que insistió, desde su origen, en una confrontación abierta con Estados Unidos y con Occidente en general, comenzando por la crisis de los rehenes estadounidenses de noviembre de 1979, cuyo objetivo era eliminar cualquier rastro de reformistas y liberales dentro del nuevo sistema. “Estudiantes” vinculados a la Guardia Revolucionaria retuvieron a los diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán durante 444 días. Hay varios elementos en los que conviene detenerse en la fase actual. Estos ayudan a comprender la situación del régimen iraní y las crisis que sufre, crisis que podrían conducir a su final, de forma similar al colapso acelerado de la Unión Soviética tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. Es imprescindible empezar por la muerte del presidente Ebrahim Raisi en mayo de 2024 en un accidente de helicóptero cuyas circunstancias siguen siendo ambiguas. La versión oficial habla de malas condiciones meteorológicas durante el despegue de un helicóptero estadounidense antiguo desde una zona fronteriza con Azerbaiyán. Sin embargo, estas explicaciones no han disipado las dudas sobre la posible eliminación deliberada de Raisi debido a su papel central en la cohesión del régimen. Mantenía vínculos estrechos con las fuerzas en las que se apoya el sistema y de las que obtenía protección. Raisi era el único capaz de coordinar dichas fuerzas, encargadas de sofocar cualquier movimiento popular, incluso mediante la fuerza. Desde la desaparición de Raisi, y antes de él la de Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Al-Quds de la Guardia Revolucionaria, el régimen carece de una figura central con suficiente influencia para organizar una fase de transición en caso de desaparición del Líder Supremo Ali Jamenei, afectado por la edad y la enfermedad. Soleimani, asesinado por Estados Unidos a comienzos de 2020, era el jefe supremo de todos los instrumentos regionales de Irán, desde Hezbolá en Líbano hasta los hutíes en Yemen y las milicias sectarias afiliadas a la Guardia Revolucionaria en Irak. Ebrahim Raisi había compensado parcialmente el vacío dejado por Soleimani, hasta el punto de que hoy no existe en Teherán nadie capaz de desempeñar un papel eficaz en la organización de una transición prevista, ya sea tras o incluso antes de la desaparición de Jamenei. Más importante aún, la “República Islámica” no puede eludir el precio de las guerras que libró tras el “Diluvio de Al-Aqsa”, al haber apostado por convertirlas en una ventaja estratégica. Irán perdió la guerra del Líbano provocada por Hezbolá al abrir el frente sur contra Israel. Perdió también Siria, tras una serie de errores cometidos por Bashar al-Assad, entre ellos permitir a Irán enviar misiles de precisión a Hezbolá para ser utilizados desde territorio libanés. Irán perdió todas las guerras que creyó poder instrumentalizar para transformarse en el actor regional capaz de decidir la expansión o el control de la guerra de Gaza. A mediados de 2025, el conflicto se trasladó al interior de Irán, especialmente con la reapertura del expediente nuclear por parte de Estados Unidos, Israel y Europa, así como por los temores relacionados con los misiles balísticos iraníes. En síntesis, la “República Islámica” ya no es capaz de adaptarse a las transformaciones regionales. No ha comprendido su significado ni sus implicaciones, al haber basado su política, desde el primer día, en la exportación de sus crisis internas más allá de sus fronteras. A finales de 2025, la “República Islámica” perdió su capacidad de huir de sus propias crisis, cuya expresión más clara es el colapso de la moneda nacional. ¿Son conscientes de esta realidad los aliados y seguidores de Irán, especialmente en Líbano, una realidad que los propios responsables en Teherán, encabezados por el presidente Massoud Pezeshkian, parecen aún ignorar? En conclusión, las actuales crisis iraníes son múltiples y diferentes de las anteriores. Son, ante todo, crisis de régimen. Se deben a la incapacidad de este sistema, de cara a 2026, para reconciliarse consigo mismo, con la lógica de los números y con los datos regionales e internacionales, tras haber perdido varias guerras, de Gaza a Líbano y Siria, guerras cuyo precio se niega a pagar.

