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El Nuevo Mundo

Las crisis de Irán plantean la cuestión del destino del régimen
Por
Khairallah Khairallah
Publicado
ene 5, 2026 - 17:25

El año 2025 fue el año de Siria, que vivió por primera vez en medio siglo sin Hafez al-Assad ni Bashar al-Assad, es decir, sin un régimen minoritario, auspiciado por Israel, que había controlado el destino de los sirios primero mediante su aparato represivo y luego recurriendo al exterior para imponerse a su propio pueblo. Por primera vez también, la “República Islámica” iraní salió de Siria, lo que supone un cambio profundo en el equilibrio regional, especialmente porque Siria bajo los Assad se había convertido prácticamente en una colonia iraní implantada en el corazón del mundo árabe. Sin embargo, centrarse en Siria y en si logrará atravesar 2026 sin grandes cambios no debe impedir señalar que la sucesión de acontecimientos desde el ataque del “Diluvio de Al-Aqsa”, lanzado por Hamás contra los asentamientos israelíes alrededor de Gaza el 7 de octubre de 2023, ha creado condiciones propicias para plantear el destino del régimen iraní y su capacidad para llegar al final de 2026. La pregunta es legítima a la luz de varios factores que colocan seriamente en cuestión el futuro del régimen instaurado en 1979. Conviene comenzar por la realidad de la economía iraní, recordando al mismo tiempo que la Unión Soviética colapsó ante todo por razones económicas, tras existir desde 1917 hasta finales de 1991. El tipo de cambio del rial iraní da una idea clara de la profundidad de la crisis económica que atraviesa la “República Islámica”. En los últimos días del Sha, en 1979, se necesitaban unos 70 riales para comprar un dólar estadounidense. Hoy, el dólar se cotiza en torno a un millón cuatrocientos mil riales. La comparación es impactante y expresa el fracaso económico de un régimen que insistió, desde su origen, en una confrontación abierta con Estados Unidos y con Occidente en general, comenzando por la crisis de los rehenes estadounidenses de noviembre de 1979, cuyo objetivo era eliminar cualquier rastro de reformistas y liberales dentro del nuevo sistema. “Estudiantes” vinculados a la Guardia Revolucionaria retuvieron a los diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán durante 444 días. Hay varios elementos en los que conviene detenerse en la fase actual. Estos ayudan a comprender la situación del régimen iraní y las crisis que sufre, crisis que podrían conducir a su final, de forma similar al colapso acelerado de la Unión Soviética tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. Es imprescindible empezar por la muerte del presidente Ebrahim Raisi en mayo de 2024 en un accidente de helicóptero cuyas circunstancias siguen siendo ambiguas. La versión oficial habla de malas condiciones meteorológicas durante el despegue de un helicóptero estadounidense antiguo desde una zona fronteriza con Azerbaiyán. Sin embargo, estas explicaciones no han disipado las dudas sobre la posible eliminación deliberada de Raisi debido a su papel central en la cohesión del régimen. Mantenía vínculos estrechos con las fuerzas en las que se apoya el sistema y de las que obtenía protección. Raisi era el único capaz de coordinar dichas fuerzas, encargadas de sofocar cualquier movimiento popular, incluso mediante la fuerza. Desde la desaparición de Raisi, y antes de él la de Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Al-Quds de la Guardia Revolucionaria, el régimen carece de una figura central con suficiente influencia para organizar una fase de transición en caso de desaparición del Líder Supremo Ali Jamenei, afectado por la edad y la enfermedad. Soleimani, asesinado por Estados Unidos a comienzos de 2020, era el jefe supremo de todos los instrumentos regionales de Irán, desde Hezbolá en Líbano hasta los hutíes en Yemen y las milicias sectarias afiliadas a la Guardia Revolucionaria en Irak. Ebrahim Raisi había compensado parcialmente el vacío dejado por Soleimani, hasta el punto de que hoy no existe en Teherán nadie capaz de desempeñar un papel eficaz en la organización de una transición prevista, ya sea tras o incluso antes de la desaparición de Jamenei. Más importante aún, la “República Islámica” no puede eludir el precio de las guerras que libró tras el “Diluvio de Al-Aqsa”, al haber apostado por convertirlas en una ventaja estratégica. Irán perdió la guerra del Líbano provocada por Hezbolá al abrir el frente sur contra Israel. Perdió también Siria, tras una serie de errores cometidos por Bashar al-Assad, entre ellos permitir a Irán enviar misiles de precisión a Hezbolá para ser utilizados desde territorio libanés. Irán perdió todas las guerras que creyó poder instrumentalizar para transformarse en el actor regional capaz de decidir la expansión o el control de la guerra de Gaza. A mediados de 2025, el conflicto se trasladó al interior de Irán, especialmente con la reapertura del expediente nuclear por parte de Estados Unidos, Israel y Europa, así como por los temores relacionados con los misiles balísticos iraníes. En síntesis, la “República Islámica” ya no es capaz de adaptarse a las transformaciones regionales. No ha comprendido su significado ni sus implicaciones, al haber basado su política, desde el primer día, en la exportación de sus crisis internas más allá de sus fronteras. A finales de 2025, la “República Islámica” perdió su capacidad de huir de sus propias crisis, cuya expresión más clara es el colapso de la moneda nacional. ¿Son conscientes de esta realidad los aliados y seguidores de Irán, especialmente en Líbano, una realidad que los propios responsables en Teherán, encabezados por el presidente Massoud Pezeshkian, parecen aún ignorar? En conclusión, las actuales crisis iraníes son múltiples y diferentes de las anteriores. Son, ante todo, crisis de régimen. Se deben a la incapacidad de este sistema, de cara a 2026, para reconciliarse consigo mismo, con la lógica de los números y con los datos regionales e internacionales, tras haber perdido varias guerras, de Gaza a Líbano y Siria, guerras cuyo precio se niega a pagar.

2025… un año marroquí por excelencia
Por
Khairallah Khairallah
Publicado
dic 27, 2025 - 18:11

El año 2025 fue un año marroquí por excelencia. Marcó la victoria de Marruecos en la guerra a la que fue sometido durante medio siglo, desde que recuperó pacíficamente sus provincias saharianas del antiguo colonizador español. ¿Por qué se produjo esa guerra? ¿Y por qué se prolongó durante medio siglo? ¿Por qué el régimen argelino nunca pudo reconocer que la guerra de desgaste que libró contra Marruecos, utilizando un instrumento llamado Polisario, no fue más que una guerra abierta destinada, tarde o temprano, a volverse contra él? Una serie de preguntas revela, entre otras cosas, la resiliencia de Marruecos frente a los desafíos a los que se enfrentó, así como el hecho de que la cuestión del Sáhara ha sido siempre una causa nacional que concierne profundamente a cada ciudadano del Reino. La victoria de Marruecos, consagrada por el año 2025 como año marroquí, se materializó a través de una decisión del Consejo de Seguridad que lleva el número 2797. La resolución confirmó lo que ya era un hecho. Afirmó la “marroquinidad del Sáhara”, la soberanía de Marruecos sobre él, y estableció que la iniciativa de autonomía propuesta por el rey Mohammed VI en 2007 constituye “la base” de cualquier negociación sobre el Sáhara. También subrayó que la otra parte en este conflicto artificial es Argelia, que ya no puede ocultarse tras el Polisario, pese a todos los intentos de negar esta realidad. Desde el principio, los Estados del Golfo Árabe adoptaron una posición clara sobre la cuestión del Sáhara y su marroquinidad. La última cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo consolidó el vínculo entre la seguridad árabe y la marroquinidad del Sáhara. El comunicado final de la cumbre celebrada en Manama afirmó “la marroquinidad del Sáhara y el apoyo a la iniciativa de autonomía para resolver la cuestión del Sáhara marroquí”. En su declaración final, el Consejo acogió con satisfacción la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, adoptada el 31 de octubre de 2025, considerando esta iniciativa como “un paso importante hacia una solución realista y viable”. Asimismo, elogió la decisión del rey Mohammed VI de presentar esta iniciativa al Consejo de Seguridad y de declarar el 31 de octubre de cada año como fiesta nacional bajo el nombre de “Día de la Unidad”. Los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo apoyaron tempranamente a Marruecos y a su causa nacional. Existe un profundo sentimiento dentro del Consejo de que la integridad territorial de Marruecos es una parte inseparable de la seguridad árabe en su conjunto, especialmente porque todos los intentos de socavar la marroquinidad del Sáhara buscaban crear un clima propicio para intensificar las actividades de organizaciones terroristas y extremistas de todo tipo en la región del Sahel, que se extiende desde las costas de Mauritania hasta el sur de Sudán. El comunicado final de la última cumbre del Golfo no fue el primero de su tipo. Otros comunicados habían precedido en la misma línea. Lo que distingue a este texto es su referencia explícita a la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad y a la consagración de la fecha de su adopción como fiesta nacional marroquí. Esto refleja la profundidad de las relaciones entre Marruecos y los Estados del Golfo Árabe, así como una clara conciencia de la importancia de impedir que cualquier organización, incluido el Hezbolá libanés respaldado por Irán, utilice el frente del Polisario. No era ningún secreto que elementos del Polisario fueron entrenados en el Líbano y en Siria en el uso de drones durante el período anterior a la caída del régimen de Bashar al-Assad y al colapso del partido. No se trata únicamente de los éxitos alcanzados por Marruecos en todos los ámbitos desde la Marcha Verde de noviembre de 1975, sino también de la existencia de una política marroquí constante y coherente en sus distintas fases. Esta política comenzó asegurando el Sáhara mediante la construcción de una serie de muros y barreras naturales que permitieron a sus habitantes vivir con seguridad. Esta política culminó en 2025 con la adopción de la Resolución 2797, a la que ni Rusia ni China se opusieron. Ello refleja las redes de relaciones que Mohammed VI ha construido a nivel mundial. Países como Rusia y China no son organizaciones benéficas; son Estados que buscan sus propios intereses. Dos países que poseen el derecho de veto en el Consejo de Seguridad no se habrían abstenido de votar de no existir intereses reales para cada uno de ellos en Marruecos. Marruecos ha logrado consolidarse como un actor regional e internacional. Entre las iniciativas más importantes emprendidas por Mohammed VI figuran los avances en África. Estos no se limitaron a los países africanos francófonos, sino que también alcanzaron a Estados africanos de habla inglesa. No se puede subestimar la naturaleza de las inversiones marroquíes en el continente africano, basadas en beneficios mutuos, que incluyen plantas de producción de fertilizantes químicos gracias al fosfato marroquí, la construcción de escuelas y hospitales, y la difusión de un islam moderado. Marruecos ha desarrollado el Sáhara para que sea la fachada atlántica del continente africano. En este ámbito, debe destacarse el papel creciente del puerto de Dakhla, que se prepara para desempeñar un papel importante en la conexión entre África y el continente americano. Además, ningún observador imparcial puede ignorar la importancia del oleoducto y gasoducto actualmente en construcción, que atraviesa varios países partiendo de Nigeria. La pregunta fundamental sigue siendo: ¿cuál es el secreto de la victoria marroquí? Reside en la relación entre el Trono y el pueblo, una relación basada en la confianza mutua que permitió a Marruecos defender su Sáhara mientras continuaba su proceso de construcción. Marruecos cuenta hoy con una infraestructura avanzada, especialmente en lo que respecta a la red ferroviaria que conecta ciudades y regiones. Lo esencial es que no existen tabúes en Marruecos. Esto significa que no hay ningún problema en hablar públicamente de las dificultades que puedan surgir, como las crisis en la educación o la sanidad, que pueden provocar protestas. En definitiva, Marruecos es un país reconciliado consigo mismo, lo que le permite enfrentar los desafíos, incluidos los impuestos por la naturaleza, como la sequía o los terremotos. Todo ello se desarrolla lejos del populismo y de las exageraciones, mediante la continuación del proceso de desarrollo y reconstrucción en un país que posee una visión clara: la visión del rey Mohammed VI, basada en la inversión en el ser humano marroquí, que sigue siendo la verdadera riqueza del país.

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