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El Nuevo Mundo

¡El miedo a una fotografía!

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Por Khairallah Khairallah
Publicado jun 26, 2026 - 17:05

El Líbano no tiene otra opción que proseguir las negociaciones con Israel para alcanzar el objetivo deseado: lograr la retirada israelí y permitir el regreso de los desplazados a sus pueblos y localidades. Ese es el verdadero patriotismo, lejos de la tentación de aferrarse a un pasado dominado por consignas grandilocuentes, como la de «rezar en Jerusalén», consignas que no condujeron sino al regreso de la ocupación.

Al final, el Líbano se enfrenta a una realidad de la que no podrá escapar indefinidamente. Esa realidad no radica únicamente en el precio que hoy debe pagar por las guerras libradas por Irán, a través de Hezbolá, contra Israel. También radica en la aparición de nuevos parámetros que hoy configuran la región, parámetros a los que el Líbano haría bien en adaptarse en lugar de permanecer cautivo de la tutela iraní. Corresponde al país determinar cuál es el precio que está dispuesto a pagar a cambio de la retirada israelí, si realmente desea evitar caer en la trampa iraní. En el corazón de esa trampa se encuentra la determinación de la República Islámica de convertir al Líbano y a su pueblo en moneda de cambio, sin importar la devastación y la destrucción que padecen el sur del país y otras regiones.

El objetivo de Irán en el Líbano nunca ha cambiado. Por eso Teherán sigue negándose a reconocer la transformación que ha experimentado toda la región. La República Islámica y la Guardia Revolucionaria continúan considerando al Líbano como moneda de cambio en cualquier negociación con Estados Unidos.

Frente a la negativa de Irán a reconocer la transformación regional, el Líbano debería dejar de huir de la realidad, por un lado, y rechazar someterse a la lógica iraní, por el otro. En ese contexto, carece de sentido que oficiales libaneses que negocian con los israelíes en Washington eviten aparecer en una fotografía que reúna a todas las delegaciones participantes en las conversaciones. Ese gesto no cambia absolutamente nada. En cambio, transmite la imagen de una mentalidad libanesa retrógrada, empeñada en reducir al Líbano a poco más que un satélite de Irán. Complacer a Teherán no sirve de nada. Solo produce un resultado: perpetuar la ocupación y afianzarla. Hezbolá vive de esa ocupación, que Irán procura perpetuar en aras de unas ilusiones a las que sigue aferrándose. Irán prefiere ignorar que las guerras más recientes se libraron en su propio territorio y que, al final, terminó negociando con los estadounidenses y firmando con ellos un memorando de entendimiento, sin que exista indicio alguno de que ello vaya a resolver las diferencias pendientes entre la República Islámica y Estados Unidos, entre Irán e Israel, o incluso entre la República Islámica y los seis Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo.

En ese contexto, lo primero que los oficiales libaneses deberían comprender es que no están negociando con fantasmas. Están negociando con el ejército israelí, que ocupa territorio libanés y que no se retirará mientras Hezbolá conserve sus armas. El verdadero coraje consiste, sencillamente, en trabajar para poner fin a la ocupación en vez de contribuir a consolidarla, en lugar de refugiarse detrás de consignas estridentes y rehuir una fotografía con la delegación negociadora. ¿Son traidores los libaneses que negocian con Israel bajo el amparo del presidente de la República y del primer ministro, o representan, por el contrario, la más alta expresión del patriotismo en un país que cayó bajo la dominación iraní, una dominación que devolvió a Israel al sur del Líbano?

Simon Karam, jefe de la delegación negociadora libanesa, y la embajadora del Líbano en Washington, Nada Hamadeh Moawad, no necesitan que nadie les expida un certificado de patriotismo. Hay una razón muy sencilla: las negociaciones que el Líbano mantiene en la capital estadounidense se desarrollan abiertamente y tienen como objetivo, ante todo, poner fin a la ocupación. ¿Puede haber una misión más noble?

El Líbano negocia en circunstancias excepcionalmente complejas. La dificultad proviene menos de la intransigencia israelí que de la profunda transformación ocurrida dentro de Israel, donde hoy una mayoría considera imposible la convivencia con las armas de Hezbolá. Benjamin Netanyahu carece de margen para aceptar una retirada del Líbano sin garantías libanesas claras sobre el arsenal de Hezbolá. Dicho de otro modo, el Israel anterior al Diluvio de Al-Aqsa poco tiene que ver con el Israel surgido después del ataque lanzado por Hamás contra las comunidades del perímetro de Gaza el 7 de octubre de 2023. Ya no hay espacio para acuerdos bajo el lema de las «reglas de enfrentamiento», ni con Hamás en Gaza ni con Hezbolá en el sur del Líbano. Esos acuerdos ya no son viables, sobre todo porque la administración estadounidense no muestra disposición alguna a ejercer una presión significativa sobre Israel en relación con el Líbano.

La cuestión ya no es el miedo a una fotografía. La cuestión radica en la capacidad del Líbano para presentarse en Washington con una sola delegación, unida, consciente de lo que quiere y libre de toda escalada retórica. Al final, solo queda una pregunta: ¿quiere realmente el Líbano poner fin a la ocupación en lugar de contribuir a perpetuarla? ¿Quiere evitar caer en la trampa iraní basada en la explotación política del sur del país y de sus habitantes, especialmente de la comunidad chiita?

Hay una certeza: el miedo a una fotografía no augura nada bueno. Mucho más alentadora resulta la existencia de una voluntad libanesa de continuar las negociaciones por una vía independiente, separada de la vía estadounidense iraní. Esa sería la expresión de un auténtico coraje libanés, en lugar de refugiarse detrás de consignas y de los complejos crónicos que siguen marcando la actitud frente a la ocupación israelí.

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