
Los libaneses han repetido durante mucho tiempo un dicho popular: “Mil enemigos fuera de la casa son mejores que un solo enemigo dentro”. En pocas palabras, este proverbio ha condensado a lo largo de generaciones una verdad política y nacional perdurable: los peligros externos, por más formidables que sean, resultan menos devastadores que aquellos que se infiltran desde dentro para golpear la unidad del Estado, paralizar su capacidad de decisión y socavar su soberanía. Es a través de esta perspectiva que puede entenderse gran parte del sufrimiento del Líbano en las últimas décadas. Irán nunca ha tratado al Estado libanés como una entidad soberana e independiente dotada de sus propias instituciones constitucionales; en cambio, siempre ha preferido operar a través de fuerzas y organizaciones que le profesan lealtad política e ideológica. En las circunstancias regionales posteriores a la revolución jomeinista, bajo la bandera de la “exportación de la revolución islámica”, encontró una oportunidad propicia para construir redes de influencia que se extendieron mucho más allá de sus fronteras nacionales hacia varios países árabes. Con el tiempo, esto llegó hasta el punto de presumir públicamente su dominio sobre cuatro capitales árabes, con Beirut a la cabeza de esa lista. En el escenario político interno libanés, Hezbolá utilizó con éxito la bandera de la resistencia para consolidar su posición política y militar, hasta que su exsecretario general, Sayyed Hassan Nasrallah, declaró abiertamente que el dinero, las armas y los recursos del partido provenían de Irán. Sin embargo, ambas partes cayeron en el mismo error. Irán actuó como si el Líbano se hubiera convertido en una parte integral de su esfera directa de influencia, mientras que Hezbolá se comportó como si fuera la autoridad suprema, situada por encima de las instituciones del Estado y de sus facultades constitucionales. Los hechos, sin embargo, han demostrado que el Líbano, pese a todo lo que ha soportado, no ha perdido su capacidad de levantarse nuevamente y restaurar su papel y sus instituciones. Con la elección del general Joseph Aoun como presidente de la República y la designación del doctor Nawaf Salam como primer ministro, se ha abierto una nueva etapa política definida por la rehabilitación del Estado libanés y el concepto de soberanía nacional. Las condiciones que durante tanto tiempo permitieron la persistencia de proyectos de tutela y dominación han cambiado, y las nubes de la ocupación y de la influencia extranjera han comenzado a disiparse gradualmente del cielo libanés, mientras muchos proyectos regionales revelan su verdadera naturaleza. La desgracia es que Hezbolá e Irán se han negado a reconocer estos cambios. En lugar de revisar su forma de relacionarse con el Estado libanés, han continuado tratándolo con la mentalidad de un pasado que ya no existe. Las autoridades libanesas buscaron inicialmente emplear un lenguaje sereno y diplomático que combinara respeto con firmeza, reafirmando la necesidad de tratar con las instituciones legítimas como la única autoridad facultada para expresar la voluntad del pueblo libanés. Pero los excesos continuaron hasta que la posición inequívoca del presidente de la República puso un límite claro: la legitimidad libanesa, dejó en claro, reside en la Constitución y en las instituciones del Estado, y el pueblo libanés no es vasallo de ningún Estado extranjero ni está sometido al liderazgo de ningún partido, sin importar su tamaño o influencia. Aun así, algunas posturas iraníes continuaron ignorando estas realidades, alcanzando un nivel sin precedentes de agravio político y moral cuando un periódico iraní atacó al presidente de la República en términos impropios de las relaciones entre Estados y faltos de respeto a la soberanía nacional. Esta conducta revela la profundidad de la crisis que afecta a quienes todavía no han comprendido que el Líbano no pertenece a nadie y que la era de los dictados y la tutela ha comenzado a desvanecerse. Los libaneses han considerado a Israel como un enemigo durante largas décadas, y la disputa con él sigue abierta en cuestiones fundamentales de soberanía, fronteras y seguridad. Pero negociar con adversarios y enemigos no constituye una rendición ni una concesión; es una herramienta política a la que los Estados recurren para defender sus intereses y proteger a sus pueblos. Los Estados negocian desde la confianza en sí mismos, no desde el miedo ni la subordinación. Por el contrario, la herida que proviene del interior sigue siendo la más peligrosa de todas. La historia del Líbano está llena de episodios que han demostrado, una y otra vez, que las divisiones internas y las lealtades extranjeras siempre han sido la entrada más amplia a las crisis y las catástrofes. Por eso los libaneses han repetido que la traición desde dentro sacude incluso las montañas, porque proviene de quienes se suponía que compartían el mismo techo. Lo que el Líbano necesita hoy no son más lealtades transnacionales ni más proyectos que coloquen los intereses extranjeros por encima de los intereses del pueblo libanés. Necesita un solo Estado, una sola autoridad, una sola decisión nacional. Porque cuando el Estado avanza, la influencia retrocede; cuando prevalece la lógica de las instituciones, las ilusiones de dominación se derrumban por sí solas; y cuando los libaneses se unen en torno a sus instituciones constitucionales y autoridades legítimas, ya no queda espacio para un nuevo Bruto que apuñale al Líbano desde dentro.







