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Opinión

Líbano: el enemigo interno
Por
Najib Zwein
Publicado
jun 8, 2026 - 15:22

Los libaneses han repetido durante mucho tiempo un dicho popular: “Mil enemigos fuera de la casa son mejores que un solo enemigo dentro”. En pocas palabras, este proverbio ha condensado a lo largo de generaciones una verdad política y nacional perdurable: los peligros externos, por más formidables que sean, resultan menos devastadores que aquellos que se infiltran desde dentro para golpear la unidad del Estado, paralizar su capacidad de decisión y socavar su soberanía. Es a través de esta perspectiva que puede entenderse gran parte del sufrimiento del Líbano en las últimas décadas. Irán nunca ha tratado al Estado libanés como una entidad soberana e independiente dotada de sus propias instituciones constitucionales; en cambio, siempre ha preferido operar a través de fuerzas y organizaciones que le profesan lealtad política e ideológica. En las circunstancias regionales posteriores a la revolución jomeinista, bajo la bandera de la “exportación de la revolución islámica”, encontró una oportunidad propicia para construir redes de influencia que se extendieron mucho más allá de sus fronteras nacionales hacia varios países árabes. Con el tiempo, esto llegó hasta el punto de presumir públicamente su dominio sobre cuatro capitales árabes, con Beirut a la cabeza de esa lista. En el escenario político interno libanés, Hezbolá utilizó con éxito la bandera de la resistencia para consolidar su posición política y militar, hasta que su exsecretario general, Sayyed Hassan Nasrallah, declaró abiertamente que el dinero, las armas y los recursos del partido provenían de Irán. Sin embargo, ambas partes cayeron en el mismo error. Irán actuó como si el Líbano se hubiera convertido en una parte integral de su esfera directa de influencia, mientras que Hezbolá se comportó como si fuera la autoridad suprema, situada por encima de las instituciones del Estado y de sus facultades constitucionales. Los hechos, sin embargo, han demostrado que el Líbano, pese a todo lo que ha soportado, no ha perdido su capacidad de levantarse nuevamente y restaurar su papel y sus instituciones. Con la elección del general Joseph Aoun como presidente de la República y la designación del doctor Nawaf Salam como primer ministro, se ha abierto una nueva etapa política definida por la rehabilitación del Estado libanés y el concepto de soberanía nacional. Las condiciones que durante tanto tiempo permitieron la persistencia de proyectos de tutela y dominación han cambiado, y las nubes de la ocupación y de la influencia extranjera han comenzado a disiparse gradualmente del cielo libanés, mientras muchos proyectos regionales revelan su verdadera naturaleza. La desgracia es que Hezbolá e Irán se han negado a reconocer estos cambios. En lugar de revisar su forma de relacionarse con el Estado libanés, han continuado tratándolo con la mentalidad de un pasado que ya no existe. Las autoridades libanesas buscaron inicialmente emplear un lenguaje sereno y diplomático que combinara respeto con firmeza, reafirmando la necesidad de tratar con las instituciones legítimas como la única autoridad facultada para expresar la voluntad del pueblo libanés. Pero los excesos continuaron hasta que la posición inequívoca del presidente de la República puso un límite claro: la legitimidad libanesa, dejó en claro, reside en la Constitución y en las instituciones del Estado, y el pueblo libanés no es vasallo de ningún Estado extranjero ni está sometido al liderazgo de ningún partido, sin importar su tamaño o influencia. Aun así, algunas posturas iraníes continuaron ignorando estas realidades, alcanzando un nivel sin precedentes de agravio político y moral cuando un periódico iraní atacó al presidente de la República en términos impropios de las relaciones entre Estados y faltos de respeto a la soberanía nacional. Esta conducta revela la profundidad de la crisis que afecta a quienes todavía no han comprendido que el Líbano no pertenece a nadie y que la era de los dictados y la tutela ha comenzado a desvanecerse. Los libaneses han considerado a Israel como un enemigo durante largas décadas, y la disputa con él sigue abierta en cuestiones fundamentales de soberanía, fronteras y seguridad. Pero negociar con adversarios y enemigos no constituye una rendición ni una concesión; es una herramienta política a la que los Estados recurren para defender sus intereses y proteger a sus pueblos. Los Estados negocian desde la confianza en sí mismos, no desde el miedo ni la subordinación. Por el contrario, la herida que proviene del interior sigue siendo la más peligrosa de todas. La historia del Líbano está llena de episodios que han demostrado, una y otra vez, que las divisiones internas y las lealtades extranjeras siempre han sido la entrada más amplia a las crisis y las catástrofes. Por eso los libaneses han repetido que la traición desde dentro sacude incluso las montañas, porque proviene de quienes se suponía que compartían el mismo techo. Lo que el Líbano necesita hoy no son más lealtades transnacionales ni más proyectos que coloquen los intereses extranjeros por encima de los intereses del pueblo libanés. Necesita un solo Estado, una sola autoridad, una sola decisión nacional. Porque cuando el Estado avanza, la influencia retrocede; cuando prevalece la lógica de las instituciones, las ilusiones de dominación se derrumban por sí solas; y cuando los libaneses se unen en torno a sus instituciones constitucionales y autoridades legítimas, ya no queda espacio para un nuevo Bruto que apuñale al Líbano desde dentro.

El estrecho de Ormuz, espejo de las contradicciones del mundo
Por
Yakzan Takki
Publicado
jun 7, 2026 - 06:25

El estrecho de Ormuz ha puesto al mundo frente a un espejo que amplifica sus propias contradicciones, de manera similar a lo ocurrido durante la crisis del Covid-19 o las guerras en Ucrania y Gaza. La prosperidad moderna descansa sobre la estabilidad global y la fluidez de los intercambios materiales: rutas marítimas, moléculas, cables, puertos y tasas de interés, en una globalización basada en la economía real contemporánea. Ante una crisis energética, las reacciones siguen ya un patrón conocido: el aumento del precio del petróleo vuelve más atractivas las energías renovables, el encarecimiento del gas incrementa la importancia de rutas más seguras y los conceptos de soberanía recuperada vuelven a ocupar un lugar central en el debate. Esta lógica no es errónea, pero resulta simplemente incompleta. Con la crisis de Ormuz, la globalización entra en una fase de naufragio progresivo, perdiendo su fluidez en los laberintos de las dunas de arena. Los Estados que pretenden simultáneamente rearmarse, descarbonizar sus economías, proteger su modelo social, financiar el envejecimiento de sus poblaciones, invertir en inteligencia artificial, apoyar a su industria y reducir su deuda se encuentran atrapados en un contexto de crecimiento débil y márgenes presupuestarios cada vez más estrechos, en medio de colapsos estructurales que han acercado a Europa, antaño considerada el “corazón del mundo”, a condiciones propias del Tercer Mundo, mientras llega a su fin el capítulo de su progresismo cultural y de su autoridad intelectual. A ello se suma la desilusión melancólica provocada por la caída del sueño americano proclamado en la célebre Declaración de Independencia de 1776, mientras los espacios democráticos se disuelven entre vacíos institucionales y populismos políticos. El sector privado y la sociedad civil no pueden sustituir al Estado cuando se trata de asumir riesgos políticos o estratégicos, ni pueden hacerse cargo por sí solos de restablecer una situación más satisfactoria. La estabilidad, en realidad, solo llega después de que el sector público asume y absorbe los riesgos, no en su lugar. La ecuación es inquietante: cuanto más peligroso se vuelve el mundo, más indispensables resultan las inversiones en soberanía; pero estas exigen Estados dotados de solvencia intelectual, política, financiera y social, precisamente cuando la multiplicación de las crisis vuelve más frágiles a esos mismos Estados. El servicio público global se encuentra en vías de desintegración, con deudas compartidas y ambiciones reducidas. Las soluciones son conocidas, al igual que los desacuerdos. La crisis del estrecho no constituye únicamente un shock en los precios de los hidrocarburos, una inflación de los costos del transporte marítimo, interrupciones en las cadenas de suministro y sobrecostos industriales; también revela el golpe sufrido por la capacidad de las sociedades modernas para adaptarse a conflictos y colapsos en la “Torre de Babel” de las fracturas geopolíticas. Asimismo, pone de manifiesto la amenaza que representa una minoría de multimillonarios que se consideran superiores y todopoderosos, capaces de someter al mundo a sus intereses desmedidos sin asumir el menor costo moral. Hamlet , la obra maestra de Shakespeare dedicada al príncipe inconstante, parece atravesar un momento de singular vigencia. Esta ficción de la pérdida que inspiró la creación de Hamlet, un personaje pragmático e irreductiblemente idealista, encaja perfectamente con nuestra época, en la que el flujo incesante de malas noticias alimenta preguntas existenciales y donde los seres humanos se encuentran agotados por la avalancha de catástrofes globales. ¿Cómo puede este hombre lleno de disonancias internas encontrar su lugar en un mundo que insiste en malinterpretarlo, en reformular sus angustias mediante relatos simplificados y en confrontarlo con la complicidad de un sistema político fallido, tan parecido al nuestro que genera una tristeza generalizada y difusa? El mundo percibe claramente que todo lo que desea el presidente estadounidense Donald Trump puede resumirse, en esencia, en una frase: “Toma esta cosa y haz con ella lo que quieras”. Cada día exhibe sus gesticulaciones extravagantes, dirigiéndose directamente al público con una constancia teatral que termina por resultar pesada. Esta manera de actuar instala un malestar persistente a escala global: un presidente hiperconectado en su plataforma Truth Social, publicando cada hora, o casi, declaraciones que movilizan al mundo entero y que a menudo resultan difíciles de descifrar. El ritmo del mundo gira ahora en torno a las narrativas que rodean a Estados Unidos e Irán: que están cerca de alcanzar un acuerdo, o quizá no; que el acuerdo con Irán está prácticamente cerrado y será anunciado pronto, o que no existe ninguna urgencia para anunciarlo, o incluso que no habrá acuerdo alguno. Estos son apenas algunos ejemplos de los mensajes desconcertantes de Trump. Sin embargo, todo indica que las partes enfrentadas sí se acercan a un entendimiento, aunque este difícilmente será un acuerdo integral capaz de poner fin definitivo a la guerra. En el mejor de los casos, probablemente se tratará de un acuerdo provisional basado en un conjunto de principios generales, incluyendo una extensión del alto el fuego por al menos sesenta días, mientras se negocian los mecanismos para aplicar dichos principios. Los negociadores aún deberán trabajar en los detalles. Cada detalle, cada palabra de una declaración de intenciones tendrá peso y será examinada minuciosamente. Pero lo esencial dependerá de lo que ocurra después. Irán quiere evitar a toda costa el escenario de un acuerdo provisional y frágil que sus adversarios puedan utilizar para preparar una guerra que Trump probablemente ya no emprendería después de la Copa del Mundo y a pocas semanas de las elecciones de medio mandato. Pero ¿puede Irán obtener de Estados Unidos el compromiso de que Israel también quedará vinculado al acuerdo? Nada es menos seguro. El régimen iraní quizá haya sobrevivido a la guerra. Los Guardianes de la Revolución han consolidado su control sobre el poder y han demostrado a Estados Unidos, Israel y los países del Golfo que incluso una guerra de gran escala no fue suficiente para doblegarlos, mucho menos para derrocarlos. También han descubierto que el cierre del estrecho de Ormuz constituye un instrumento de disuasión casi equivalente a un arma nuclear y ahora pretenden obtener derechos de tránsito para compensar los daños ocasionados por el conflicto. Pero ¿quién se encargará de verificar el cumplimiento de los compromisos? ¿Qué ocurrirá con las instalaciones nucleares existentes? Estas serán discusiones nucleares largas y complejas, especialmente en torno a las reservas iraníes que superan los 400 kilogramos de uranio enriquecido. Estados Unidos ha exigido durante años que este material sea trasladado al extranjero, mientras que Irán insiste en diluirlo dentro de su propio territorio. Trump ha insinuado que podría aceptar esta última opción, quizá bajo la supervisión de una “comisión de energía atómica”, aunque no está claro si se refería a la antigua comisión estadounidense que llevaba ese nombre y fue disuelta en 1974, o al organismo de supervisión nuclear de las Naciones Unidas. La cuestión más espinosa sigue siendo la exigencia iraní de obtener beneficios económicos sustanciales. El régimen espera recuperar rápidamente parte de sus activos, estimados en 100 mil millones de dólares, congelados en bancos extranjeros. Funcionarios estadounidenses afirman estar dispuestos a conceder una exención que permita a Irán exportar parte de su petróleo, pero rechazan cualquier liberación directa de fondos mientras no se registren avances definitivos. Por su parte, el régimen teocrático ya calcula todo lo que espera obtener, comenzando por la reconstrucción de su programa de misiles balísticos y de sus milicias mediante los miles de millones de dólares que ingresarían a sus arcas en caso de levantarse las sanciones dentro de un acuerdo final, algo que no haría más que complicar una situación ya de por sí extremadamente cargada. Situaciones inquietantes, o al menos casi inquietantes: una guerra parcialmente perdida y parcialmente frustrada; una guerra para nada, o únicamente para no ganar nada. Una guerra donde las pérdidas y las ganancias resultan insuficientes para justificar la competencia y que deja a todos muy por debajo incluso del statu quo ante . Ese es el temor político: dejar a los países del Golfo y de la región conmocionados, con la moral por los suelos, amenazando a regímenes políticos poco acostumbrados, a uno y otro lado, a convivir con la inestabilidad bajo la consigna de la “paz mediante la fuerza”, llamada a extenderse sobre un Medio Oriente completamente nuevo. Y si la confianza no ha desaparecido, sino que simplemente ha abandonado Medio Oriente debido a la voluntad estadounidense de ocupar todo el espacio a miles de millas náuticas de China, de controlarlo todo, de reducirlo todo a una narrativa y de convertir cada promesa en una mercancía susceptible de ser negociada, entonces el mundo debe dejar de buscar una confianza absoluta. Los próximos dos años serán decisivos para determinar quién logra mantenerse dentro del juego mundial en los planos industrial, tecnológico y geopolítico. Cada actor llegará con sus propias presiones, temores y prioridades nacionales, justo cuando el mundo necesita pensar colectivamente para pagar la factura de una época que sigue avanzando.

Dos afirmaciones hacen una nación
Por
Ibrahim Shamseddine
Publicado
jun 5, 2026 - 09:26

Entre mis eminentes colegas reunidos en este estrado dedicado a la Constitución libanesa, no soy sino un novicio en medio de expertos; pero soy también un ciudadano libanés en una república democrática y constitucional, sincera y seriamente apegado a su ciudadanía. Conozco mis derechos constitucionales, me aferro a ellos firmemente y me niego a cederlos en favor de ninguna comunidad confesional ni de ninguna zaamat . Pues a lo largo de cien años, la única necesidad constante que ha expresado el ciudadano libanés como individuo ha sido su necesidad del Estado, no de la secta ni del zaïm . El Bienaventurado patriarca Elías Howayek, que junto a sus compañeros encendió la llama del Gran Líbano, nos contempla ahora desde la distancia de un siglo. Su mirada lleva en sí lo que ve: decepción, amargura y dolor. Y con razón: celebramos al fundador… mientras arruinamos lo que él y sus compañeros edificaron. No se construye un Estado democrático sin una constitución ni un orden constitucional, y si esa constitución no se respeta, el Estado se derrumba. Quienes redactaron la Constitución en 1926 y la desarrollaron en 1990 no eran incompetentes ni ignorantes ni semicultos. Su patriotismo no era deficiente ni sospechoso, y tampoco eran esos cortesanos que componen misivas ornamentadas y pedantes. La Constitución libanesa es un texto riguroso, redactado según los principios y las reglas de la ciencia constitucional; es el pacto de los libaneses entre sí, no un favor concedido por unos a otros, y es vinculante para todos sin excepción. En cuanto expresión del Acuerdo de Taif, no constituye una necesidad coyuntural que el paso del tiempo haya vuelto caduca; se ha convertido, por el contrario, en un componente esencial de la integridad y la unidad del Líbano, y la República libanesa edificada sobre ella es una patria construida por el consenso y el consentimiento, no por la coacción, la dominación ni la compulsión. El Acuerdo de Taif no ha fracasado para que se le abandone y olvide. Sencillamente, nunca ha sido aplicado. Repito constantemente que la fórmula habitual relativa a la culminación de la aplicación del Acuerdo de Taif es inexacta, puesto que nunca fue aplicado para que quepa hablar de su culminación. No necesitamos un nuevo Taif, ni una nueva asamblea constituyente, ni un vicepresidente de la República, ni ampliaciones y añadidos administrativos al Estado libanés. Necesitamos únicamente aplicar la Constitución en su integridad, respetarla, reverenciarla y atenernos a ella; y en caso de ambigüedad, apoyarnos en un Tribunal Constitucional sólido cuyos miembros no sean políticos en busca de entretenimiento. Esta Constitución, en cuanto pacto, es el edificio jurídico que ha encarnado la sutil composición libanesa y el equilibrio vital que la atraviesa, pues contempla a las comunidades por lo que son en sí mismas y no por su peso demográfico y su número. De ahí procede el equilibrio entre musulmanes y cristianos, y el equilibrio en el seno de cada uno de ellos también, lo que nos da un régimen político que es, por un lado, civil (es decir, un Estado civil) y que, por otro, preserva el equilibrio entre las comunidades y en el interior de cada una de ellas. Por consiguiente, esta Constitución es el texto de referencia cierto para construir el Estado y sus instituciones sobre fundamentos sólidos. Representa simultáneamente la hoja de ruta permanente y fiel para consolidar el régimen político, estabilizarlo y hacerlo evolucionar. Esta Constitución necesita ser aplicada en su totalidad, respetando la sucesión de plazos legales que su aplicación requiere. Sé que hay, aquí y allá entre los libaneses, quienes desean sinceramente ver la Constitución aplicada y lo reclaman, pero que, al mismo tiempo, formulan reservas, tergiversan o temen la activación de la totalidad de sus artículos, alimentados por una vaga y oscura ilusión de que la aplicación completa no redundaría en su beneficio. Una constitución parcial, un fragmento de constitución, no construye un Estado ni salvaguarda una patria. No quisiera que fuéramos de aquellos a quienes el Corán reprendió: «…¿Creéis, pues, en una parte del Libro y rechazáis el resto?…», los mismos a quienes el justo Santiago, en su epístola del Nuevo Testamento, instó a observar la ley en su totalidad: «Porque quien guarda toda la ley pero tropieza en un solo punto se hace culpable de todo.» Ha llegado el momento, tras cien años, de tomar nuestro destino en nuestras manos, nosotros los libaneses, y de construir un único Estado unificado, asentado en una única constitución, con una única referencia y un único presidente — no tres. Es la aplicación sincera e íntegra de la Constitución, con la resolución inflexible en ese sentido por parte de verdaderos hombres de Estado íntegros, la que es capaz de ponerse las armas bajo control antes de prohibirlas, de proteger al Estado de un saqueo sistemático, y de preservarlo de quedar reducido a un templo convertido en guarida de bandidos. Retomo la célebre fórmula de Georges Naccache: «Dos negaciones no hacen una nación.» Me aparto de ella parcialmente, pues el consensus sobre «ni Oriente ni Occidente» sí hizo una nación, o, con mayor precisión, sí consagró una nación. Pero también la suscribo en términos generales, pues esas dos negaciones no lograron, por sí solas, preservar una patria ni edificar un Estado duradero y permanente: el Estado se derrumbó en guerras internas, y esas guerras estuvieron a punto de arrasar la patria — y aún corren el riesgo de hacerlo. Los primeros libaneses sabían lo que no querían los unos de los otros, sin estar seguros de lo que verdaderamente querían los unos de los otros. Sabemos ahora lo que queremos de todos los libaneses y lo que nosotros mismos estamos obligados a dar como libaneses, en beneficio de todos los libaneses: respetar y aplicar Taif tal como está encarnado en la Constitución; reconocer que todos somos libaneses en una patria definitiva; que la convivencia común y unificada es nuestra manera de estar en el mundo y nuestra forma de ser libaneses; que tengamos un Estado justo como encarnación de esa convivencia; y que seamos libres en él, en una democracia verdadera y completa. El Acuerdo de Taif, tal como se ha encarnado en la Constitución, nos ha introducido en dos grandes virtudes positivas: la virtud del régimen democrático y la virtud de la participación sincera de las comunidades. También nos ha preservado de dos grandes vicios: el vicio del dominio despótico de las comunidades sobre el Estado, y el vicio del monopolio del poder por parte de una fracción de una sola comunidad. El hecho de abstenernos de aplicarlo y respetarlo nos ha sumido en el primero de estos vicios y ha estado a punto de arrastrarnos hacia el segundo. Nuestra Constitución nos pertenece a todos. Pertenece a todos nuestros hijos. No la malvendamos. *Discurso pronunciado en el marco de una mesa redonda sobre el centenario de la Constitución libanesa en la Universidad del Espíritu Santo de Kaslik el miércoles 3 de junio de 2026, al margen de la exposición organizada por la universidad con motivo del evento.

¿Después de la tormenta, el viento del cambio?
Por
Najib Zwein
Publicado
jun 2, 2026 - 22:27

Durante largas décadas, Israel esperó el momento propicio para liquidar lo que considera una amenaza contra su proyecto, ya fuera palestina, libanesa o vinculada al proyecto regional iraní. Más allá de la preparación militar, trabajó sin descanso para disponer las condiciones diplomáticas y mediáticas necesarias con el fin de asegurar una cobertura internacional para una gran batalla cuya ambición era rediseñar el rostro de Oriente Medio. Cuando estalló la operación «Diluvio de Al-Aqsa» el siete de octubre, el gobierno de Benjamin Netanyahu promovió el discurso del «peligro existencial», aprovechando el alineamiento de las grandes potencias occidentales y a la cabeza de ellas los Estados Unidos. Esa fue la ocasión histórica que Netanyahu aguardaba para desencadenar la máquina de guerra devastadora, no sólo contra Hamás, sino contra todo lo que pudiera clasificarse como aliado o apoyo. En el corazón de ese plan, Irán cometió su primer pecado al ordenar el arrastre del Líbano a la guerra a través de Hezbolá, en lo que se denominó el «frente de apoyo», el ocho de octubre. Ese día, Israel no ocultó sus intenciones sino que advirtió con claridad que el sur del Líbano corría el riesgo de convertirse en una «segunda Gaza». Vino luego el segundo pecado, cuando el enfrentamiento se amplió y se transformó en una batalla directamente ligada a los cálculos iraníes para vengar la muerte de Jamenei, sin relación alguna con el interés libanés ni con la seguridad de los libaneses y el futuro del Sur. La realidad catastrófica se ofrece hoy a la vista de todos: por cada vehículo blindado israelí alcanzado, se borra de la existencia un pueblo entero, se desplaza a sus habitantes, se mata a sus hijos. Ha quedado manifiestamente claro que el Líbano paga el precio de una confrontación entre dos proyectos exteriores: Israel, que rechaza el modelo libanés, civilizatorio, plural y próspero, e Irán, que se empeña en mantener al Líbano como un terreno avanzado y una primera línea de defensa para su revolución islámica. En medio de este cuadro de gravedad existencial, el presidente de la República lanzó una iniciativa valiente y audaz que nadie antes que él había osado emprender, animado únicamente por la ambición de salvar el país y devolver la decisión al seno del Estado. En complementariedad con esa posición, el primer ministro afirmó por su parte que la vía del diálogo y la negociación directa, por difícil y compleja que sea, sigue siendo el único camino realista para evitar a los libaneses más sangría y destrucción. Lo que hoy ofrece alguna razón para la esperanza es ese grito auténtico que se elevó desde bajo los escombros y las cenizas de nuestro Sur resistente. Es la voz del verdadero sureño que rechaza la muerte gratuita, que rechaza que sus pueblos y sus hijos sirvan de combustible para las guerras de los demás o de sacrificio en aras de cálculos regionales. Esa voz reclama abiertamente la presencia plena y efectiva del Estado, el monopolio de las armas en manos de las instituciones legítimas y el respaldo al ejército libanés como única referencia en materia de seguridad y soberanía. Ante esta realidad, ya no es posible apostar por la conciencia o la buena fe de partes locales que siguen practicando la evasión y la disimulación, sabiendo a ciencia cierta que son perdedoras de antemano. En estas circunstancias decisivas, la política de subterfugios, obstinación y sabotaje de las soluciones nacionales ya no es un simple error político; se ha convertido en una forma de abandono de la responsabilidad nacional, una traición hacia el pueblo y la patria. Apoyar al presidente de la República y al jefe del gobierno, respaldar estas orientaciones de rescate y situarse firmemente detrás del ejército libanés ya no es una elección política ordinaria entre muchas; se ha convertido en un deber nacional y moral que se impone a todos. Y la interrogante crece y el llamado se hace apremiante: ¿dónde están las fuerzas del cambio? ¿Dónde están los manifestantes del diecisiete de octubre? ¿Dónde están los hijos de la revolución del Cedro y todos los que creen en la soberanía y la libertad? ¿Por qué no se unen hoy en torno al grito de los suyos en el Sur? ¿Por qué no forman un frente unido frente al ocupante y al usurpador para apoyar el proyecto de construcción del Estado? Ha llegado la hora de la verdad y la elección decisiva: o avanzar hacia un Estado soberano, libre, capaz, que detente en exclusiva la decisión de guerra y paz y proteja a sus hijos, o permanecer en el torbellino del derrumbe y la destrucción, dejando a la patria rehén de los proyectos exteriores que se disputan su suelo.

Líbano en cien años
Por
Samir Abdelmalak
Publicado
may 29, 2026 - 21:00

En una época en la que las crisis y los desafíos se multiplican, leemos cada día artículos, estudios y análisis centrados principalmente en describir la realidad actual y examinar sus dimensiones políticas, económicas y sociales. Sin embargo, pese a la importancia de comprender el presente, el enfoque excesivo en diagnosticar la situación nos ha encerrado en un pensamiento circular: giramos constantemente en torno a las mismas observaciones y los mismos bloqueos, sin avanzar realmente hacia una reflexión seria sobre el futuro del Líbano, el de sus ciudadanos y, por consiguiente, el de la sociedad y el Estado. Impulsar espacios nacionales de reflexión… con una visión positiva Hoy, el Líbano necesita con urgencia crear espacios de diálogo y reflexión que reúnan a grupos, élites y actores de la sociedad, independientemente de su nivel de organización, para plantear las preguntas fundamentales que determinarán la forma del país en las próximas décadas. Las naciones que sobreviven y progresan no son aquellas que se limitan a gestionar sus crisis cotidianas, sino las que tienen el valor de pensar a largo plazo y de trazar una visión clara de su futuro. Pero antes de cualquier debate, debemos adoptar una actitud positiva. Una persona positiva está más abierta a las opiniones de los demás; ve en la diversidad de ideas una riqueza y nuevas oportunidades para avanzar. Por el contrario, el pensamiento negativo y cerrado fomenta la desconfianza hacia el otro y termina poniendo en duda incluso las oportunidades que se presentan. También debemos observar la realidad tal como es, y no como quisiéramos que fuera. Huir de los hechos o maquillarlos no genera soluciones; simplemente aplaza la explosión de las crisis y las agrava. Por ello, resulta esencial plantear las preguntas con objetividad y respeto, lejos de las apariencias, los cálculos estrechos o los juicios preconcebidos. Las sociedades vivas no temen las preguntas; las consideran un paso natural en la búsqueda de un futuro mejor. Imaginar los próximos cien años Hoy más que nunca, el Líbano necesita “espacios nacionales de reflexión” capaces de abordar con serenidad y realismo los grandes desafíos fundamentales, intercambiar puntos de vista y buscar consensos que puedan garantizar la estabilidad del país durante los próximos cien años. Entre las preguntas esenciales que deben plantearse se encuentran las siguientes: - ¿Cuál es la forma de gobierno más adecuada para el Líbano a la luz de las experiencias del pasado? ¿Sigue siendo el sistema centralizado la mejor opción? ¿Ofrecerían una descentralización ampliada o el federalismo soluciones más eficaces? ¿O es necesario imaginar una fórmula completamente nueva? - ¿Sigue siendo el Acuerdo de Taif una fórmula adecuada después de todas las transformaciones que han experimentado el Líbano y la región? - ¿Continúa siendo el modelo de convivencia y democracia consensual capaz de generar estabilidad y construir un verdadero Estado? - ¿Sigue siendo posible la convivencia en su forma actual, a la luz de las experiencias, crisis y divisiones que han atravesado los libaneses? - ¿Cómo debería gestionarse la diversidad libanesa? ¿A través de un sistema civil basado en la igualdad plena entre los ciudadanos? ¿O mediante un sistema que respete las particularidades y los equilibrios comunitarios dentro de una fórmula consensual que garantice la estabilidad? - ¿Cuál debería ser el papel del Estado? ¿Debería limitarse a garantizar la seguridad, la estabilidad y las necesidades esenciales, como la salud, la educación y la infraestructura? ¿O debería intervenir de manera más amplia en los distintos sectores económicos y sociales? - ¿Qué ocurre con la educación? ¿Debe seguir dándose prioridad a la educación privada, que durante mucho tiempo ha sido uno de los pilares históricos del Líbano? ¿O el futuro exige un modelo más equilibrado entre los sectores público y privado? - ¿Qué tipo de economía queremos? ¿Sigue siendo la economía liberal la opción más adecuada para el Líbano? ¿O la próxima etapa requiere una economía social que concilie la libertad económica con la justicia social? - ¿Cómo garantizar una participación popular real en la formación del poder? ¿Qué ley electoral permitiría una representación justa y fortalecería la vida democrática? - ¿Cómo deberían tomarse las grandes decisiones nacionales cuando existen desacuerdos? - ¿Y qué mecanismos constitucionales y políticos permitirían evitar los bloqueos institucionales preservando al mismo tiempo la asociación nacional? Estas preguntas son solo algunos ejemplos de los grandes debates que deberían abordarse con valentía y serenidad. Porque construir una nación no consiste únicamente en gestionar las crisis del presente, sino también en ser capaz de imaginar el futuro y prepararse para él. Se suele decir que “en tiempos de crisis nacen las oportunidades”. Esto es cierto, siempre que se sepa interpretar la realidad con lucidez y se posea el coraje intelectual y político necesario para aprovechar esas oportunidades, en lugar de limitarse a administrar los colapsos o esperar soluciones provenientes del exterior. Si el Líbano desea seguir siendo una nación viva y capaz de perdurar, necesita un proyecto intelectual y nacional de largo plazo, elaborado colectivamente, que permita construir estabilidad política, social y económica para los próximos cien años, y no solamente para unos pocos años.

Hezbolá: la resistencia que convoca la ocupación
Por
Hassane Shams
Publicado
may 28, 2026 - 21:25

En una entrevista emitida por uno de los canales satelitales libaneses, tras la retirada israelí del sur del Líbano en el año 2000 y ante lo que había producido en algunos una cierta «indigestión patriótica», el ex ministro libanés de Defensa Albert Mansour arremetió contra los habitantes del Golán sirio ocupado, quienes no llegaban entonces a veinte mil almas y habían elegido el camino de la resistencia pacífica contra la ocupación israelí, preguntando con sorna: «Por qué estos no combaten la ocupación israelí?» Muchos de los portavoces de Hezbolá y sus afines hicieron lo mismo, sin ahorrarles a los habitantes del Golán sus reiteradas acometidas por lo que denominaban su desviación del principio «donde hay ocupación, hay resistencia», como si la resistencia sólo pudiera encarnarse en cohetes y proyectiles, olvidando que la forma más elevada de patriotismo y de resistencia reside en aferrarse a la tierra, en negarse a abandonarla como presa fácil para los ocupantes y en preservar un patrimonio, una cultura y una identidad. Eso es precisamente lo que hicieron los golaneses, dentro de sus escasos y modestos medios, y de la manera más cabal posible. Lo cual obligó al autor de estas líneas a publicar, en enero de 2001, dos estudios detallados y consecutivos en el diario libanés As-Safir bajo el título «¿Y os preguntan : cuándo combatiréis a Israel?», para completarlos luego con otro artículo en «Qadaya An-Nahar» del 29 de noviembre de 2005, titulado «Carta a Hezbolá desde el Golán ocupado», en el que lo invitaba sin rodeos a neutralizar al Líbano y preservar su frente de los estragos del conflicto con Israel, una vez que los libaneses habían pagado ya su parte del tributo. Sin embargo, en una comedia de la más densa oscuridad y mediante un giro de lo más singular, fue el propio Hezbolá quien, junto al Hamas en Gaza, pasó a consagrar otra concepción de la «resistencia», tan extraña que no habría cruzado la mente de nadie, ni siquiera en los sueños más confusos, y cuya esencia se reduce a esto: donde existe la resistencia, se convoca la ocupación. Una postura que va mucho más allá de la noción de traición nacional derivada de la colaboración con el ocupante, para adentrarse en algo mucho más grave y profundo. Lo que Hezbolá ha infligido a los libaneses, y a los chiíes en particular, ha llegado al punto de requerir que la Academia de la Lengua Árabe celebre una sesión de urgencia para acuñar un término nuevo que dejara a años luz detrás de sí las palabras crimen y traición. Hezbolá nunca fue un movimiento de liberación nacional ni mereció ese honor en ningún momento; muy al contrario, fue siempre el brazo armado y auxiliar de un Estado extranjero que ocupa tierras árabes, las islas de la Gran y Pequeña Tunb y Abu Musa, antes de extender su dominio sobre el Líbano, Irak, Siria y Yemen en su totalidad. Fue ese Hezbolá quien cosechó los frutos de la liberación en el sur del Líbano en el año 2000, tras haber procedido, de común acuerdo con su aliado el régimen Assad, a liquidar los cuadros de la resistencia nacional y monopolizar la lucha armada para sí. La voz de Georges Haoui, a quien Hezbolá había de matar posteriormente, resuena aún en la memoria : cuando apareció en 2005, durante la Intifada de la Independencia, en una cadena satelital libanesa, para recordarle a Hezbolá que, tras los acuerdos de Taëf, militantes del Partido Comunista se infiltraban clandestinamente en la franja fronteriza ocupada para llevar a cabo operaciones contra la ocupación y sus agentes, con el riesgo de ser cazados por éstos, y que elementos del propio Hezbolá habían liquidado a muchos de ellos en el camino de regreso. A la vista de lo anterior, incluso la comparación con el mini-Estado de Antoine Lahad y su ejército disuelto, cuya resurrección el diputado de Hezbolá Hassan Yaaqoub advirtió al presidente de la República que podría producirse, y al que las fuerzas de ocupación israelíes sólo habían encomendado la vigilancia de una franja que no superaba el diez por ciento del territorio libanés en el Sur, incluso esa comparación ya no se sostiene frente a Hezbolá, que permitió a Irán extender su dominio sobre la totalidad del territorio libanés, aparte de las décadas de muerte, destrucción y devastación que sembró entre sus allegados y los libaneses en general, sin mencionar su implicación en el asesinato de los mejores hijos del Líbano y los innumerables indicios que lo señalan como responsable de la explosión del puerto de Beirut. En todo caso, parece que ésta es la última guerra que Hezbolá arrastra sobre los libaneses, después de haber arruinado sus hogares durante décadas. La operación que el Partido denominó «Al-A’sf al-Ma’koul» son los libaneses quienes la pagarán, y los chiíes en primer lugar. Lo más probable es que esta aventura no termine sino con la salida definitiva de Hezbolá del escenario, y quizás con la llegada a Tehrán de un régimen «amigo» o con el cercenamiento de sus brazos, eventualidades que Hezbolá parece no haber incorporado en sus cálculos esotéricos, a saber, la pérdida de su padrino iraní, mientras persiste en esta apuesta hasta el último chií libanés. Pasar la página de Hezbolá en el Líbano supondrá un alivio para los libaneses y para los sirios por igual. Pues quebrar la espina dorsal de la «Media Luna Chií» y cortar definitivamente el brazo iraní en el Líbano privaría de todo valor funcional al régimen de Abu Mohammad al-Jolani en Siria y podría acelerar su caída. El desarme de Hezbolá es, por tanto, un interés libanés en primer, segundo y tercer lugar, antes de ser un interés israelí, y es una necesidad que no admite más demora. En cuanto a la continuación de las negociaciones directas libano-israelíes con vistas a un acuerdo de paz, al contrario de lo que creen muchos, y aunque negociar con Israel o hacer las paces con él difícilmente podría calificarse de un paseo cómodo, son exageradas las afirmaciones que minimizan la capacidad de los libaneses para competir con Israel en múltiples planos y niveles, comenzando por el dinamismo del pueblo libanés y la riqueza de sus competencias, energías y experiencias, y hasta el turismo, la diversidad cultural y la economía libre. Todas las guerras van seguidas de otras guerras o de negociaciones que desembocan bien en un tratado de paz, bien en una capitulación, con la sola excepción de la guerra de Octubre en el frente sirio y la guerra del Líbano de 1982, tras cada una de las cuales el estado de «enemistad» con Israel fue explotado como un rentable «negocio nacional» para consagrar la ecuación de la ocupación eterna allá contra la tiranía y el despotismo eternos aquí. En un artículo anterior publicado en el diario Al-Modon bajo el título «17 de mayo», el ex ministro socialista Ghazi Aridi citaba al ex presidente libanés Amine Gemayel diciendo, en el programa Testigo de una época en la cadena Al-Yazira : «Fue Israel quien firmó, y yo quien no firmé.» ¿Por qué? «Le pedí al enviado americano, que venía a presionarme fuertemente para que firmara, que transmitiera un mensaje al presidente Reagan en estos términos: quiero una carta personal suya en la que se comprometa a seguir asumiendo su papel de mediador. Si Israel cumple sus compromisos, bien; y si no los cumple, habrá un compromiso americano de ponerse del lado del Líbano y proteger su soberanía y su unidad...» Y añadía: «La carta llegó, pero Israel se retiró del acuerdo.» ¿Por qué? «Se supo que Israel había firmado no por compromiso con el acuerdo, sino porque quería obtener algo de los americanos, concretamente el levantamiento de las sanciones impuestas por haber violado Israel el acuerdo que limitaba el avance de su ejército a 40 kilómetros en el Sur solamente. Lo que significa que Israel no quería realmente el acuerdo tal como era, a pesar de todo lo que había extraído de él.» A la luz de lo anterior, lo que se impone no es sólo una relectura de ese acuerdo, sino un escrutinio minucioso de cada uno de los elementos de ese período. Pues el testimonio del presidente Amine Gemayel no se limita a sacudir los muros del relato dominante sobre el «acuerdo del 17 de mayo», ese relato que ha prevalecido durante más de cuatro décadas; puede muy bien hacerlos derrumbarse por completo. La hipótesis más probable, sin embargo, sigue siendo que todas las catástrofes, los horrores y las guerras que se libraron y que continúan librándose contra sirios y libaneses no son sino vencimientos pendientes y facturas largamente aplazadas, la contrapartida de la firma por el régimen Assad de ese acuerdo de «separación de fuerzas» con Israel y de la anulación del acuerdo del «17 de mayo» en el Líbano en marzo de 1984, sin que se hubiera trazado ningún horizonte ni ninguna trayectoria sobre la manera de resolver algún día el conflicto con Israel.

Líbano: frente a las crisis, Taif y la garantía de la convivencia
Por
Fares Souaid
Publicado
may 26, 2026 - 18:41

Últimamente se ha hablado mucho de la necesidad de cambiar el sistema de la fórmula libanesa, descrita como una “generadora de crisis”, y algunos hablan con ligereza de “otro” Líbano en un momento de extrema complejidad por el que atraviesa la región. Algunos sostienen, desde 1989, que el Acuerdo de Taif es un acuerdo de “necesidad”, es decir, que “no nos satisface”, pero la necesidad tiene sus propias exigencias: - la necesidad de poner fin a la guerra; - la necesidad de pasar de la guerra a la paz; - la necesidad de librarse de un adversario interno; - la necesidad de aferrarse a este acuerdo frente a las armas de Hezbolá. Otros consideran que “probaron el acuerdo y comprobaron su fracaso”, y ese sector vuelve, desde el mismo momento de su proclamación, con ejemplos que demostrarían su fracaso, ignorando los mecanismos que rigieron su aplicación selectiva: - las armas de Siria, de 1989 a 2005; - las armas de Irán, de 2005 hasta hoy. Bajo el pretexto de que “fracasó” en la administración del país, rompen con el texto para defender nuevas fórmulas como el federalismo, un Pequeño Líbano y otras propuestas. Por mi parte, pertenezco al campo que defiende la Constitución como protectora del significado del Líbano, que descansa sobre una tríada: la finalidad de la entidad, la arabidad del Líbano y la convivencia. También me enorgullece el anuncio del Vaticano sobre la beatificación del patriarca Elias Howayek, y advierto sobre: A. La gravedad de continuar transgrediendo la Constitución y el Acuerdo de Taif en un momento en que se redibujan los mapas de la región y se definen dimensiones y roles políticos y económicos Estamos en una encrucijada donde comienzan a tomar forma los contornos de una nueva configuración regional, cien años después de la caída del Imperio otomano y del inicio de la etapa de Sykes-Picot. Hoy, las corrientes islámicas, sunnitas y chiitas, no árabes, están a la vanguardia y buscan definir su peso político, económico y militar a expensas de la identidad de la región. Para evitar la caída del Líbano y ahorrarle el costo de estas grandes transformaciones, nos aferramos a aquello de lo que los libaneses acordaron en el Acuerdo de Taif, convertido luego en Constitución, y que reafirma la finalidad de la entidad libanesa y su pertenencia a la identidad árabe. Sobre esta base, la finalidad de la entidad libanesa constituye la principal garantía necesaria para que el Líbano no se encamine ni hacia el encogimiento ni hacia la disolución en un marco más amplio. La arabidad del Líbano y su pertenencia a su entorno árabe le garantizan la integración en el sistema de intereses árabes cuyos contornos se están definiendo en las primeras décadas de este siglo. B. La gravedad de dar marcha atrás respecto al Acuerdo de Taif, la Constitución y las resoluciones de legitimidad internacional Salir de la Constitución en un momento en que Hezbolá intenta imponer la ecuación de “armas a cambio de Constitución”, es decir, obtener ganancias para un sector a expensas del equilibrio interno, es extremadamente peligroso, porque el Líbano no se gobierna mediante balances de poder, sino mediante el poder del equilibrio. La adhesión a la implementación de las resoluciones de legitimidad internacional, particularmente las resoluciones 1559, 1680 y 1701, que encuentran en el Acuerdo de Taif su fundamento jurídico, significa que aferrarse al Acuerdo de Taif equivale a aferrarse a las resoluciones de legitimidad internacional, así como apartarse de él significa apartarse de esas resoluciones. Una de las debilidades, hasta ahora, del contenido de las negociaciones con Israel en Washington podría residir en la ausencia de un texto político, oral o escrito sobre las resoluciones de legitimidad internacional 1559, 1680 y 1701. C. La cuestión de la convivencia y de la asociación política en el contexto de la rebelión de un partido contra la justicia libanesa e internacional Estamos en un momento de reordenamiento regional, donde cada comunidad y cada Estado buscan un lugar que constituya su razón de ser en un mundo que cambia a una velocidad extrema. Somos custodios de una experiencia libanesa basada en la convivencia, que, en mi opinión, es decir, esta convivencia, no es el deseo de los cristianos de vivir con los musulmanes ni viceversa, sino más bien la consecuencia de la incapacidad de cada parte para vivir sola. Esa es la ecuación que aprendimos durante la guerra y después de ella, y que hoy constituye la esencia del significado del Líbano en la etapa venidera, tanto en la región como en el mundo. El presidente Ahmad al-Sharaa prometió redactar una constitución para la nueva Siria en un plazo de cuatro años. Le deseamos éxito porque conocemos la complejidad de la situación con los kurdos, los drusos, los alauitas, los cristianos, los islamistas, los musulmanes, los secularistas y otros grupos. Nosotros tenemos una Constitución. Preservémosla. D. Replantear el debate sobre la neutralidad de una manera que no contradiga la identidad y la pertenencia del Líbano La neutralidad se basa en que cada actor interno deje de apoyarse en respaldos externos a expensas de la asociación nacional. Porque esa dependencia descansa sobre el siguiente intercambio: una parte interna cede una porción de soberanía a cambio de una porción de beneficios, a expensas del socio interno. Por eso el Líbano debe mantenerse neutral frente a los conflictos externos. La experiencia centenaria del Líbano confirma que la soberanía es indivisible y que no existen beneficios particulares para una parte a expensas de una asociación interna plena. Todas las comunidades y todos los partidos del Líbano han experimentado la dependencia del exterior. Ninguna comunidad ni partido se libró de las consecuencias de las “aventuras” derivadas de esa dependencia. El llamado a la neutralidad es hoy más urgente que nunca, y la neutralidad es un pacto entre los libaneses que trasciende las consideraciones constitucionales y jurídicas: estaba en la base misma de la idea libanesa. La neutralidad no es un hito fundacional que deba añadirse a hitos anteriores, como la creación del Estado del Gran Líbano en 1920, el Pacto Nacional de 1943 o el Acuerdo de Taif de 1989. La neutralidad requerida hoy, como necesidad nacional protectora y unificadora para todos los libaneses, se inscribe en el marco de preservar la convivencia islamo-cristiana bajo el signo del equilibrio, la justicia y la libertad. E. Debatir el rol económico, cultural, educativo, médico y bancario del Líbano para recuperar sus ventajas comparativas y salir de su actual aislamiento árabe e internacional Hoy estamos entrando en una etapa que ha llevado a Israel al corazón de la región, mientras Irán, Turquía y Rusia se expanden con apetitos imperiales suspendidos durante un siglo y que ahora regresan con el colapso del viejo orden árabe. Todo esto coincide con el declive del rol económico, cultural, educativo, médico y bancario del Líbano. Lo que se requiere, y de manera urgente, es lanzar esfuerzos coordinados en todos los campos mencionados para recuperar ese rol a escala global. La era del “Líbano como centro de servicios de la región” ha terminado, dado el desarrollo de la mayoría de los estados árabes y las repercusiones de la globalización y la inteligencia artificial. Si bien es cierto que el Líbano sufrió los problemas del mundo árabe y pagó un alto precio por las causas árabes, con el surgimiento de las corrientes unionistas, el impulso de la revolución palestina y otros factores, también es justo reconocer que el Líbano ganó presencia, renacimiento y prosperidad gracias a su pertenencia al mundo árabe: - generaciones pioneras de estudiantes de ingeniería, medicina y economía desde los años cuarenta, que impulsaron la reconstrucción del Golfo; - la Ley de Secreto Bancario de 1956, que atrajo capital árabe que huía de las nacionalizaciones en Siria, Egipto e Irak; - el cierre del Canal de Suez en 1967, que convirtió al puerto de Beirut en el Canal de Suez de la región; - el capital palestino, árabe y petrolero. Hoy esa etapa terminó y nos corresponde inventar una nueva razón de ser en este mundo. No pretendo conocer sus contornos, pero sé que la fórmula de la convivencia es lo único que nos queda, siempre y cuando sepamos preservarla. No pasa desapercibido para nadie que los ministros de Obras Públicas de Turquía y Arabia Saudita firmaron el proyecto para construir el ferrocarril “Sultán Abdulhamid”, que unirá Estambul con La Meca sin pasar por el Líbano. Tampoco pasa desapercibido que existe una ruta marítima que se extiende desde Emiratos hacia Aqaba, en Jordania, luego hacia Haifa, en Israel, y de Haifa hacia Europa, sin pasar por el Líbano. Y nadie ignora lo que dijo el presidente Ahmad al-Sharaa a la prensa árabe: “El tiempo de Moisés fue el tiempo de la magia; el tiempo de Cristo, el tiempo de la medicina; el tiempo de Mahoma, el tiempo del lenguaje; en cuanto al tiempo actual, es el tiempo del desarrollo”. F. Las ansiedades recurrentes de las comunidades Las comunidades del Líbano han vivido, desde la fundación de la República Libanesa, con ansiedades que consideraron existenciales, y esas ansiedades fueron un factor esencial en la entrada del Líbano en la desastrosa guerra. Hoy, en el contexto de las crisis internas que enfrenta el país y de las grandes mutaciones de la región, las ansiedades de las comunidades reaparecen: - los cristianos viven con la ansiedad demográfica que nunca los abandonó y consideran hoy que el regreso al “Pequeño Líbano” constituye su “garantía”; - los chiitas viven con la ansiedad de la marginación y buscan escapar de ella explotando el apoyo iraní y rebelándose contra el Estado y sus instituciones; - los sunnitas viven con la ansiedad del ahogo, considerando que, pese a su extensión árabe, en el Líbano son una comunidad más entre otras, a lo que hoy se suma el surgimiento de un nuevo liderazgo sunnita en Siria; - mientras que los drusos viven con la ansiedad de una comunidad fundadora convertida en minoría perseguida, a lo que se agregan sus inquietudes a nivel regional. El Acuerdo de Taif es el único garante que, mediante su implementación completa, ofrece soluciones a todas estas ansiedades, consolidando la convivencia, garantizando a las comunidades y protegiendo los derechos de los ciudadanos. Existe una realidad compartida por todos: la cultura de la sumisión al hecho consumado, en la que todos se acomodaron a ese hecho consumado para obtener beneficios personales. Ninguna comunidad o confesión dejó de utilizar una “escalera de acceso” externa a expensas del interior libanés: - algunos subieron por la escalera del Mandato, - otros alternaron entre la OLP, Israel, Siria e Irán.

Cuando los drusos dicen: «Basta… es hora de ir a hacer las paces»
Por
Makram Rabah
Publicado
may 23, 2026 - 02:07

En el argot druso existe una expresión que se usa en los momentos de transición: «Basta… es hora de ir a dar las felicitaciones.» En otro contexto, el mismo instinto puede adoptar la forma siguiente: «Es hora de ir a dar el pésame.» No es un simple protocolo social, sino un reflejo político forjado por la historia. Significa que un momento ha concluido, que otro ha comenzado, y que quienes comprenden el mundo tal como es, y no tal como desearían que fuera, deben actuar en consecuencia. Los drusos han sido siempre sensibles a los cambios políticos. La geografía les enseñó esto. La historia lo reforzó. La supervivencia lo convirtió en instinto. No siempre necesitan declaraciones oficiales de las capitales para saber que el viento ha cambiado, pues con frecuencia lo perciben antes que los demás. Por eso, los recientes sondeos que revelan un amplio apoyo druso a las negociaciones, e incluso a un acuerdo de paz con Israel, no deberían sorprender tanto como muchos han pretendido. La sorpresa no es que los drusos estén abiertos a una nueva orientación política. La sorpresa es que hayan dicho abiertamente lo que muchos libaneses comprenden en privado: el viejo lenguaje de la guerra permanente se ha agotado. Según los datos, el 72 % de los encuestados drusos apoyaron las negociaciones directas entre el Líbano e Israel, incluida una mayoría que las apoyó con firmeza. Aún más llamativo, el 84,2 % respaldó la idea de un acuerdo de paz firmado por el presidente libanés y el gobierno, mientras que el 80,7 % apoyó el contacto entre el presidente libanés y Netanyahu. No son cifras marginales, y revelan un estado de ánimo político claro: el público druso no aguarda permiso ideológico para reconocer que el Líbano necesita una salida. Ahora bien, estas cifras no deben interpretarse mal. El apoyo druso a la negociación no expresa necesariamente amor por Israel, ni constituye una rendición ante la memoria, la soberanía o la dignidad nacional. Es una respuesta pragmática a una realidad que se derrumba. Los mismos datos revelan una comunidad que vincula de forma abrumadora la estabilidad al retorno del Estado, al fortalecimiento del ejército y al fin del monopolio de Hezbolá sobre las decisiones de guerra y de paz. Los encuestados drusos otorgaron al ejército libanés y a su comandante una de las valoraciones positivas más altas, con un 93 %, y el 77,2 % apoyó el desarme de Hezbolá. Asimismo, registraron uno de los juicios más severos sobre el papel de Irán en el Líbano, con un 93 % de opiniones negativas. Considerado en su conjunto, el mensaje es coherente. Los drusos no están diciendo simplemente «la paz con Israel», sino que hay que restaurar el Estado, restaurar el ejército, restaurar la capacidad de decisión y poner fin a la guerra sin fin que ha consumido al Líbano. Es aquí donde Hezbolá y sus aliados distorsionan deliberadamente el debate. Quieren borrar toda distinción: la paz se convierte en normalización, la negociación en capitulación, y el retorno de la autoridad estatal en derrota. En su vocabulario, todo intento de sacar al Líbano de la lógica del enfrentamiento sin fin es una traición. Cualquier discusión sobre los intereses libaneses es una deserción. Cualquier propuesta que busque restaurar el derecho exclusivo del Estado a decidir sobre la guerra y la paz se trata como una conspiración. Pero la verdad es mucho más simple. Que el Estado libanés negocie en condiciones soberanamente definidas no significa que el Líbano se arrodille; podría significar exactamente lo contrario: que el Líbano se levante por fin, tras décadas en que su decisión nacional le fue confiscada. Los drusos parecen comprender este momento. No son más proisraelíes que los demás, ni están menos apegados al Líbano, a Palestina o a las causas árabes. Pero históricamente han sido una de las comunidades libanesas más atentas a la diferencia entre un eslogan que protege y uno que pone en peligro. Saben cuándo el lenguaje se desprende de la realidad. Saben cuándo la resistencia deja de ser defensa nacional para convertirse en una estructura de dominación interna. Saben cuándo el coste de seguir fingiendo supera al coste de cambiar de rumbo. Por eso su posición debe leerse como pragmática, no como ideológica. Es un voto para detener la guerra, no para borrar la historia. Un voto para proteger al Líbano, no para blanquear a Israel. Un voto para restaurar el Estado, no para celebrar la normalización. Y, sin embargo, este estado de ánimo del público druso parece ir por delante de gran parte del liderazgo político druso tradicional. Esa hesitación es comprensible en cierta medida, pues el liderazgo carga con el trauma de las guerras del Líbano, las traiciones regionales, los asesinatos, las alianzas cambiantes y las promesas incumplidas, y sufre de una suerte de latigazo histórico. Cada viraje brusco en el Líbano puede tener un precio, y cada posición avanzada puede ser explotada, distorsionada o castigada. Pero la cautela es una cosa, y la parálisis es otra muy distinta. La política no es solo memoria, sino también la capacidad de reconocer el futuro a medida que llega. Si una gran parte del público druso dice que ha llegado el momento de escapar del cautiverio de la guerra, su liderazgo no puede limitarse a gestionar el miedo, sino que debe contribuir a forjar una posición nacional seria: ninguna paz fuera del Estado, ninguna negociación fuera de la soberanía, y ninguna decisión de guerra o paz fuera de las instituciones constitucionales. Pero aquí la mayor responsabilidad recae sobre el Estado libanés. No se le pide al pueblo libanés que corra emocionalmente hacia la paz, ni que olvide la ocupación, la sangre, el desplazamiento o la causa palestina. Pero si las negociaciones están sobre la mesa, el Estado tiene el deber de explicar por qué la paz puede ser un interés libanés. Debe explicar qué ganaría el Líbano, qué garantías serían necesarias, qué ocurriría con el territorio libanés ocupado, qué papel desempeñaría el ejército y cómo cualquier acuerdo protegería la soberanía en lugar de socavarla. La paz no puede venderse como una vaga transacción. Requiere un argumento nacional, y requiere un Estado dispuesto a enfrentarse a la maquinaria de intimidación y estupidez que se empeña en llamar «normalización» a toda opción diplomática y «derrota» a toda salida de la guerra. Poner fin a la guerra no es una derrota. La derrota real es que el Líbano permanezca suspendido entre una guerra que no puede ganar y una paz que no tiene permitido discutir. La derrota real es que ciudadanos libaneses mueran, emigren, pierdan sus ahorros, sus hogares y su futuro en defensa de fórmulas que no pueden cuestionar. La derrota real es que un país tenga un Estado de nombre pero no de autoridad. La victoria, en cambio, puede residir en que el Líbano decida por fin que su interés nacional no es una nota a pie de página en los cálculos ajenos. Puede residir en afirmar que el sur está protegido por el Estado libanés, y no por la inestabilidad permanente. Que la dignidad no se mide por el número de frentes abiertos, sino por la capacidad de un país para proteger a su pueblo, su tierra, su economía y sus instituciones. Vista desde este ángulo, las cifras drusas no son una anomalía, sino una advertencia temprana. Una pequeña comunidad, curtida en la supervivencia de las tormentas, le dice al Líbano que una era está llegando a su fin. Esto no significa que la paz sea fácil, garantizada o sin riesgos. No significa que deba confiarse ciegamente en Israel, ni que los temores libaneses sean ilegítimos. Pero sí significa que la guerra ya no puede tratarse como algo sagrado, ni la paz como un crimen. Quizás los drusos, a su manera, han dicho lo que el Estado libanés todavía teme decir: basta. Es hora de ir, no a felicitar a Israel, sino a felicitar al Líbano si logra reconquistar su Estado. Es hora de que la paz deje de tratarse como una acusación, y de que la guerra deje de tratarse como un destino. Es hora de que alguien explique a los libaneses que poner fin a la guerra, cuando la decisión la toma el Estado y la protege la soberanía, no es tanto una normalización con el enemigo cuanto una normalización con la idea de que el Líbano merece vivir.

¡La tortura, la esencia del régimen sirio caído!
Por
Youssef Mouawad
Publicado
may 22, 2026 - 23:38

¡Qué motivo de admiración la gama completa de instrumentos de tortura que figuraban en el menú de las cárceles sirias! Es que las oficinas de los diversos servicios de mukhabarat no habían estado ociosas durante más de cincuenta años de dictadura prorrogada. Así, para ejercer sus talentos perversos, arrancar confesiones a sus víctimas e intimidar especialmente a la población, los torturadores del Baas tenían para elegir entre el «doulab», el «'abd al-aswad» y el «bisat al-rih». Difícil es equiparar los suplicios, pero el segundo de la lista es de tal perversidad que Amnistía Internacional no dejó de describirlo en su Informe de 1984 en estos términos: «La víctima, atada, está sentada en un aparato que, al encenderse, le introduce una cuchilla de metal calentada en el ano». Noten bien la fecha anterior y piensen quién estaba en el poder en Damasco. Y con razón, hay quienes en el Líbano sienten nostalgia del régimen de Hafez el-Asad y que, para realzar el prestigio de este autócrata, llegan incluso a denigrar el desempeño de su hijo Bashar quien no estuvo, según ellos, a la altura de la misión que le fue confiada por su progenitor. ¡La Stasi alemana oriental como entrenadora! Una constatación previa: las diversas ramas de los mukhabarat, pilares del poder instaurado en Damasco, habían sido asesoradas, si no formadas, por la Stasi alemana oriental, de siniestra reputación. ¡Y esto desde los años sesenta hasta la caída del muro de Berlín! Pero allí jugó un papel la diferencia de cultura entre los dos servicios de inteligencia y represión (1). En efecto, los agentes de la Stasi consideraban que sus homólogos sirios habían optado por un modelo de tortura espectacular y sistemática y que su modus operandi se había caracterizado por una brutalidad desenfrenada y una «violencia sádica inmediata». Mientras que ellos, como artistas refinados de las orillas del Spree y del Elba, privilegiaban «la destrucción psicológica, la vigilancia y el chantaje». Es decir que incluso según las normas alemanas orientales, los procedimientos del clan Asad eran de una ferocidad excesiva, gratuita e innecesaria. Al respecto, los archivos de la policía política de la Alemania llamada democrática y popular, habiendo sido examinados por investigadores y académicos, dejan entrever cuánto la «praxis siria» estaba comandada por lógicas vengativas, clánicas y confesionales que no tenían lugar detrás de la cortina de hierro (2). La tortura, marca de identidad del régimen No solo los detenidos estaban agonizando sino todo un pueblo, un pueblo en el cual había que sofocar mediante el terror y la intimidación toda forma de oposición y toda veleidad de disidencia. En enero de 2025, basándose en más de 2000 testimonios, la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas sobre Siria publicó un informe, «The Web of Agony», denunciando la práctica sistemática de la tortura por el poder vigente. Al dar rienda suelta a sus instintos, he aquí a qué se entregaban los ejecutores de los trabajos sucios: «Palizas, descargas eléctricas, quemaduras, arrancamiento de uñas, violaciones y otras violencias sexuales, negación de atención médica y torturas psicológicas». Y eso sin hablar de las detenciones arbitrarias y liquidaciones en masa. Los juicios de Damasco o la hora del juicio ¡Una página ha quedado atrás! Los sobrevivientes del régimen penitenciario sirio se expresan ahora libremente en las redes sociales. Pronto las audiencias de los tribunales relevarán a los podcasts para detallarnos los horrores cometidos en los centros de detención. Del partido Baas en Siria como en Irak, solo quedará el recuerdo de la opresión, el terror y los crímenes. ¡No fue en la época de Saddam ni en la de los Asad que las libertades tuvieron oportunidad de florecer! Y como nunca podremos imaginar a Hitler sin Auschwitz-Birkenau, ni a Stalin sin el gulag, apenas podremos evocar a Hafez o Bashar sin la infame tortura. 1-John O. Koehler, "Stasi: La historia nunca contada de la policía secreta de Alemania Oriental", Basic Book, 1999. 2- Sophia Hoffmann, "Campos de inteligencia: Las relaciones entre la Stasi de Alemania Oriental y el Mukhabarat sirio" (1960-1990), Publications du Leibniz-Zentrum Moderner Orient, Berlín.

Irán y Líbano: ¿dos escenarios, una misma guerra?
Por
Jean-Patrick Dayras
Publicado
may 19, 2026 - 14:23

Las distintas declaraciones y cambios de postura del presidente Donald Trump modificarán las relaciones con los europeos, con la OTAN y con los aliados de Estados Unidos. También provocarán reacciones de los países del Pacífico y de Medio Oriente que consideraban creíble la protección estadounidense. Los occidentales apuestan por la moderación y quieren desempeñar un papel en la seguridad del estrecho de Ormuz tras el cese de las hostilidades. ¿Quedarán los Estados Unidos fuera de juego en la región en beneficio de otro protector improbable? ¿La resolución del caso libanés se hará con Francia? ¿Con o sin Europa? Tras la intervención de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026, de la que los jefes de Estado o de Gobierno de los países occidentales, europeos y miembros de la OTAN no habían sido informados, el presidente Donald Trump pidió a estos últimos que lo respaldaran participando en la preservación de la seguridad en el estrecho de Ormuz y brindando apoyo directo a las operaciones estadounidenses. En su mayoría, los jefes de Estado y de Gobierno rechazaron la petición. La reacción del presidente Trump fue clara, aunque incoherente. Después de considerar que se trataba de un grave error y calificar a los países europeos de cobardes, afirmó que no los necesitaba y que actuaría solo, por ser “el más fuerte del mundo”. Yendo aún más lejos en sus excesos, declaró que una OTAN sin Estados Unidos sería un “tigre de papel”. Incluso evocó la posibilidad de desvincularse de la OTAN, dejando en el aire la amenaza de desentenderse de sus obligaciones como miembro, en lo relativo a la aplicación del artículo 5 del tratado de la organización. Para dejar claro el sentido de sus declaraciones, precisó que reprochaba a sus aliados no apoyar a Estados Unidos en caso de crisis y beneficiarse de una alianza unilateral. En consecuencia, ¿por qué debería garantizar automáticamente su defensa? Luego formuló sus amenazas —retiro parcial de las tropas estadounidenses estacionadas en Europa— y sus exigencias de apoyo —participación en el bloqueo naval contra Irán—. Después de expresar su negativa, algunos países prohibieron el uso de su espacio aéreo a las aeronaves estadounidenses que participaban en las operaciones militares contra Irán. Falta de coherencia En sus declaraciones, el presidente Trump carece de coherencia. Una necesidad de apoyo, incluso de participación activa, le sigue un desinterés desdeñoso, ya que Estados Unidos —el más fuerte del mundo— estaría en condiciones de ganar esta guerra por sí solo. Así surge la idea de un estado de guerra, contexto en el que, según el presidente estadounidense, los miembros de la OTAN estarían obligados a responder conforme al tratado fundador de la alianza. Sin embargo, fue él mismo quien desencadenó esta guerra, impulsado por Israel, beligerante en el conflicto. Por tanto, es el agresor. La organización transatlántica tiene una función “defensiva”. En este caso concreto, el artículo 5 no se aplica. Y si alguna vez intervino, lo hizo únicamente con un mandato de la ONU. De repente, el presidente de Estados Unidos considera que no corresponde a la OTAN actuar y quiere mantenerla fuera de este conflicto; luego vuelve a ejercer presión sobre sus aliados. Al mismo tiempo, declara que actuará solo porque puede hacerlo. En realidad, desea un respaldo participativo de sus aliados, pero sin que ese apoyo se dé en nombre de la OTAN. Como consecuencia, allí donde Estados Unidos desempeña el papel de protector, surge la duda sobre la fiabilidad de las garantías proclamadas y oficializadas. Los países de la OTAN y los europeos no son los únicos que dudan. Los países del Pacífico —Japón, Australia y Corea del Sur, en primer lugar— ahora solo pueden cuestionar el apoyo garantizado en caso de una intervención china. A estos países se suman Taiwán, Indonesia, Filipinas y los Estados ribereños del Golfo arábigo-pérsico: Arabia Saudita, Emiratos y Omán. Cuando un jefe de Estado, “primus inter pares” dentro de la OTAN, desencadena un conflicto que puede desembocar en una guerra mundial, no puede pedir a los miembros de la organización implicada que lo sigan y lo apoyen, participando activamente en operaciones militares, con los ojos cerrados. Tampoco puede, después de haberlos tratado de manera inconveniente, vulgar y ofensiva —se dirige a representantes elegidos y, por lo tanto, a los pueblos que representan—, declarar con tono despectivo que puede actuar solo y que no los necesita. En cualquier caso, hay que subrayar que los miembros de la OTAN, aunque no tengan una postura unánime y aunque hayan surgido algunos desacuerdos, coinciden en una misma línea general y cuentan con el respaldo de varios países del Pacífico. El proyecto de garantizar la seguridad en el estrecho de Ormuz, tras el fin de las hostilidades, reúne a muchos de ellos. El mundo entero, incluido el Cercano y Medio Oriente y, por ende, el Líbano, puede apreciar la moderación de Rusia y China. Sería ingenuo pensar que no actúan entre bastidores de acuerdo con sus propios intereses. Pero su posición, similar a la de los europeos y los aliados de Estados Unidos, basada en la no participación en las operaciones militares, aleja el riesgo de una deriva hacia un enfrentamiento de alcance mundial. Solo podemos aprobar la posición general adoptada por los gobiernos europeos, los países de la OTAN y los principales países del Pacífico implicados, sin olvidar, no obstante, su compromiso de principio para garantizar la seguridad en el estrecho de Ormuz, que sería conveniente extender al mar de Omán y al Golfo arábigo-pérsico, y luego a todo el mar Rojo. Llegado el caso, solo podremos felicitarnos por su prudencia. ¿Es ilusorio, incluso utópico, pensar que esta actitud común podría ser tomada en consideración por los iraníes durante las negociaciones de paz? Podría pensarse que en el Líbano se trata de la misma guerra. Los protagonistas son, a primera vista, idénticos. Por un lado, Hezbolá dirigido a distancia por Irán, Israel como dueño del juego y, detrás, Estados Unidos, que por ahora se posiciona como moderador. Por otro lado, Irán como verdadero actor central, Estados Unidos como otro gran protagonista e Israel, que, de instigador desafortunado y luego puesto en su lugar, pasó a ser un seguidor. Pero las diferencias son importantes en lo que respecta al futuro de estos dos escenarios. Uno es regional, el otro mundial. Uno excluye a Europa y sobre todo a Francia. El otro excluye por el momento a Europa y a la agrupación prevista de unos cuarenta países, incluidos países del Pacífico. El problema iraní parece insoluble, dado que las exigencias —justificadas— de Estados Unidos chocan con las defendidas firmemente por los Guardianes de la Revolución, hoy dueños del país. Más allá de estas exigencias, por ahora incompatibles, el comportamiento de Donald Trump en términos de análisis, diplomacia y capacidad de negociación está muy lejos de lo que la situación requiere. No tiene nada más que ofrecer que violencia. Si continúa por ese camino, no deberíamos sorprendernos de ver actuar a rusos y chinos. En adelante, su comportamiento y las decisiones que tome tendrán consecuencias sobre la conducción de los asuntos internacionales y la resolución de conflictos entre países. Es muy posible que Donald Trump gane. Pero ¿a costa de qué renuncias? ¿A quién y qué sacrificará antes de noviembre? Es probable que el verdadero vencedor a largo plazo sea Irán. En la escala de riesgos, lo probable está por encima de lo posible. ¿Una profunda pérdida de confianza de los países del Golfo en la protección estadounidense podría traducirse en el reemplazo de las bases militares estadounidenses? ¿Por qué protector? China y Rusia sacarían provecho de ello. Si Francia decide apoyar al Líbano en la postura de firmeza que hoy impulsa su presidente, deberá hacerlo con convicción y determinación. Las medias tintas ya no tienen lugar. Se trata, por lo tanto, de dos guerras distintas cuyas resoluciones deben coordinarse. Una podría tratarse de manera aislada; la otra, no. ¿Tomará el presidente Trump esto en cuenta durante la “ronda” final de negociación con los Guardianes de la Revolución? “Lo que más cambió allá no es China ni Rusia, sino Europa: dejó de contar” (Los conquistadores, posfacio, André Malraux). En lugar de tener ojos únicamente para Ucrania y pensar en Medio Oriente solo en función del precio del petróleo, los europeos y Francia deberían tener la ambición de promover en el Líbano una “paz firme”.