

En una entrevista emitida por uno de los canales satelitales libaneses, tras la retirada israelí del sur del Líbano en el año 2000 y ante lo que había producido en algunos una cierta «indigestión patriótica», el ex ministro libanés de Defensa Albert Mansour arremetió contra los habitantes del Golán sirio ocupado, quienes no llegaban entonces a veinte mil almas y habían elegido el camino de la resistencia pacífica contra la ocupación israelí, preguntando con sorna: «Por qué estos no combaten la ocupación israelí?»
Muchos de los portavoces de Hezbolá y sus afines hicieron lo mismo, sin ahorrarles a los habitantes del Golán sus reiteradas acometidas por lo que denominaban su desviación del principio «donde hay ocupación, hay resistencia», como si la resistencia sólo pudiera encarnarse en cohetes y proyectiles, olvidando que la forma más elevada de patriotismo y de resistencia reside en aferrarse a la tierra, en negarse a abandonarla como presa fácil para los ocupantes y en preservar un patrimonio, una cultura y una identidad. Eso es precisamente lo que hicieron los golaneses, dentro de sus escasos y modestos medios, y de la manera más cabal posible. Lo cual obligó al autor de estas líneas a publicar, en enero de 2001, dos estudios detallados y consecutivos en el diario libanés As-Safir bajo el título «¿Y os preguntan : cuándo combatiréis a Israel?», para completarlos luego con otro artículo en «Qadaya An-Nahar» del 29 de noviembre de 2005, titulado «Carta a Hezbolá desde el Golán ocupado», en el que lo invitaba sin rodeos a neutralizar al Líbano y preservar su frente de los estragos del conflicto con Israel, una vez que los libaneses habían pagado ya su parte del tributo.
Sin embargo, en una comedia de la más densa oscuridad y mediante un giro de lo más singular, fue el propio Hezbolá quien, junto al Hamas en Gaza, pasó a consagrar otra concepción de la «resistencia», tan extraña que no habría cruzado la mente de nadie, ni siquiera en los sueños más confusos, y cuya esencia se reduce a esto: donde existe la resistencia, se convoca la ocupación. Una postura que va mucho más allá de la noción de traición nacional derivada de la colaboración con el ocupante, para adentrarse en algo mucho más grave y profundo. Lo que Hezbolá ha infligido a los libaneses, y a los chiíes en particular, ha llegado al punto de requerir que la Academia de la Lengua Árabe celebre una sesión de urgencia para acuñar un término nuevo que dejara a años luz detrás de sí las palabras crimen y traición.
Hezbolá nunca fue un movimiento de liberación nacional ni mereció ese honor en ningún momento; muy al contrario, fue siempre el brazo armado y auxiliar de un Estado extranjero que ocupa tierras árabes, las islas de la Gran y Pequeña Tunb y Abu Musa, antes de extender su dominio sobre el Líbano, Irak, Siria y Yemen en su totalidad. Fue ese Hezbolá quien cosechó los frutos de la liberación en el sur del Líbano en el año 2000, tras haber procedido, de común acuerdo con su aliado el régimen Assad, a liquidar los cuadros de la resistencia nacional y monopolizar la lucha armada para sí. La voz de Georges Haoui, a quien Hezbolá había de matar posteriormente, resuena aún en la memoria : cuando apareció en 2005, durante la Intifada de la Independencia, en una cadena satelital libanesa, para recordarle a Hezbolá que, tras los acuerdos de Taëf, militantes del Partido Comunista se infiltraban clandestinamente en la franja fronteriza ocupada para llevar a cabo operaciones contra la ocupación y sus agentes, con el riesgo de ser cazados por éstos, y que elementos del propio Hezbolá habían liquidado a muchos de ellos en el camino de regreso.
A la vista de lo anterior, incluso la comparación con el mini-Estado de Antoine Lahad y su ejército disuelto, cuya resurrección el diputado de Hezbolá Hassan Yaaqoub advirtió al presidente de la República que podría producirse, y al que las fuerzas de ocupación israelíes sólo habían encomendado la vigilancia de una franja que no superaba el diez por ciento del territorio libanés en el Sur, incluso esa comparación ya no se sostiene frente a Hezbolá, que permitió a Irán extender su dominio sobre la totalidad del territorio libanés, aparte de las décadas de muerte, destrucción y devastación que sembró entre sus allegados y los libaneses en general, sin mencionar su implicación en el asesinato de los mejores hijos del Líbano y los innumerables indicios que lo señalan como responsable de la explosión del puerto de Beirut.
En todo caso, parece que ésta es la última guerra que Hezbolá arrastra sobre los libaneses, después de haber arruinado sus hogares durante décadas. La operación que el Partido denominó «Al-A’sf al-Ma’koul» son los libaneses quienes la pagarán, y los chiíes en primer lugar. Lo más probable es que esta aventura no termine sino con la salida definitiva de Hezbolá del escenario, y quizás con la llegada a Tehrán de un régimen «amigo» o con el cercenamiento de sus brazos, eventualidades que Hezbolá parece no haber incorporado en sus cálculos esotéricos, a saber, la pérdida de su padrino iraní, mientras persiste en esta apuesta hasta el último chií libanés.
Pasar la página de Hezbolá en el Líbano supondrá un alivio para los libaneses y para los sirios por igual. Pues quebrar la espina dorsal de la «Media Luna Chií» y cortar definitivamente el brazo iraní en el Líbano privaría de todo valor funcional al régimen de Abu Mohammad al-Jolani en Siria y podría acelerar su caída. El desarme de Hezbolá es, por tanto, un interés libanés en primer, segundo y tercer lugar, antes de ser un interés israelí, y es una necesidad que no admite más demora. En cuanto a la continuación de las negociaciones directas libano-israelíes con vistas a un acuerdo de paz, al contrario de lo que creen muchos, y aunque negociar con Israel o hacer las paces con él difícilmente podría calificarse de un paseo cómodo, son exageradas las afirmaciones que minimizan la capacidad de los libaneses para competir con Israel en múltiples planos y niveles, comenzando por el dinamismo del pueblo libanés y la riqueza de sus competencias, energías y experiencias, y hasta el turismo, la diversidad cultural y la economía libre.
Todas las guerras van seguidas de otras guerras o de negociaciones que desembocan bien en un tratado de paz, bien en una capitulación, con la sola excepción de la guerra de Octubre en el frente sirio y la guerra del Líbano de 1982, tras cada una de las cuales el estado de «enemistad» con Israel fue explotado como un rentable «negocio nacional» para consagrar la ecuación de la ocupación eterna allá contra la tiranía y el despotismo eternos aquí.
En un artículo anterior publicado en el diario Al-Modon bajo el título «17 de mayo», el ex ministro socialista Ghazi Aridi citaba al ex presidente libanés Amine Gemayel diciendo, en el programa Testigo de una época en la cadena Al-Yazira: «Fue Israel quien firmó, y yo quien no firmé.» ¿Por qué? «Le pedí al enviado americano, que venía a presionarme fuertemente para que firmara, que transmitiera un mensaje al presidente Reagan en estos términos: quiero una carta personal suya en la que se comprometa a seguir asumiendo su papel de mediador. Si Israel cumple sus compromisos, bien; y si no los cumple, habrá un compromiso americano de ponerse del lado del Líbano y proteger su soberanía y su unidad...» Y añadía: «La carta llegó, pero Israel se retiró del acuerdo.» ¿Por qué? «Se supo que Israel había firmado no por compromiso con el acuerdo, sino porque quería obtener algo de los americanos, concretamente el levantamiento de las sanciones impuestas por haber violado Israel el acuerdo que limitaba el avance de su ejército a 40 kilómetros en el Sur solamente. Lo que significa que Israel no quería realmente el acuerdo tal como era, a pesar de todo lo que había extraído de él.»
A la luz de lo anterior, lo que se impone no es sólo una relectura de ese acuerdo, sino un escrutinio minucioso de cada uno de los elementos de ese período. Pues el testimonio del presidente Amine Gemayel no se limita a sacudir los muros del relato dominante sobre el «acuerdo del 17 de mayo», ese relato que ha prevalecido durante más de cuatro décadas; puede muy bien hacerlos derrumbarse por completo.
La hipótesis más probable, sin embargo, sigue siendo que todas las catástrofes, los horrores y las guerras que se libraron y que continúan librándose contra sirios y libaneses no son sino vencimientos pendientes y facturas largamente aplazadas, la contrapartida de la firma por el régimen Assad de ese acuerdo de «separación de fuerzas» con Israel y de la anulación del acuerdo del «17 de mayo» en el Líbano en marzo de 1984, sin que se hubiera trazado ningún horizonte ni ninguna trayectoria sobre la manera de resolver algún día el conflicto con Israel.