
El estrecho de Ormuz ha puesto al mundo frente a un espejo que amplifica sus propias contradicciones, de manera similar a lo ocurrido durante la crisis del Covid-19 o las guerras en Ucrania y Gaza. La prosperidad moderna descansa sobre la estabilidad global y la fluidez de los intercambios materiales: rutas marítimas, moléculas, cables, puertos y tasas de interés, en una globalización basada en la economía real contemporánea. Ante una crisis energética, las reacciones siguen ya un patrón conocido: el aumento del precio del petróleo vuelve más atractivas las energías renovables, el encarecimiento del gas incrementa la importancia de rutas más seguras y los conceptos de soberanía recuperada vuelven a ocupar un lugar central en el debate.
Esta lógica no es errónea, pero resulta simplemente incompleta. Con la crisis de Ormuz, la globalización entra en una fase de naufragio progresivo, perdiendo su fluidez en los laberintos de las dunas de arena. Los Estados que pretenden simultáneamente rearmarse, descarbonizar sus economías, proteger su modelo social, financiar el envejecimiento de sus poblaciones, invertir en inteligencia artificial, apoyar a su industria y reducir su deuda se encuentran atrapados en un contexto de crecimiento débil y márgenes presupuestarios cada vez más estrechos, en medio de colapsos estructurales que han acercado a Europa, antaño considerada el “corazón del mundo”, a condiciones propias del Tercer Mundo, mientras llega a su fin el capítulo de su progresismo cultural y de su autoridad intelectual.
A ello se suma la desilusión melancólica provocada por la caída del sueño americano proclamado en la célebre Declaración de Independencia de 1776, mientras los espacios democráticos se disuelven entre vacíos institucionales y populismos políticos. El sector privado y la sociedad civil no pueden sustituir al Estado cuando se trata de asumir riesgos políticos o estratégicos, ni pueden hacerse cargo por sí solos de restablecer una situación más satisfactoria.
La estabilidad, en realidad, solo llega después de que el sector público asume y absorbe los riesgos, no en su lugar. La ecuación es inquietante: cuanto más peligroso se vuelve el mundo, más indispensables resultan las inversiones en soberanía; pero estas exigen Estados dotados de solvencia intelectual, política, financiera y social, precisamente cuando la multiplicación de las crisis vuelve más frágiles a esos mismos Estados. El servicio público global se encuentra en vías de desintegración, con deudas compartidas y ambiciones reducidas. Las soluciones son conocidas, al igual que los desacuerdos. La crisis del estrecho no constituye únicamente un shock en los precios de los hidrocarburos, una inflación de los costos del transporte marítimo, interrupciones en las cadenas de suministro y sobrecostos industriales; también revela el golpe sufrido por la capacidad de las sociedades modernas para adaptarse a conflictos y colapsos en la “Torre de Babel” de las fracturas geopolíticas. Asimismo, pone de manifiesto la amenaza que representa una minoría de multimillonarios que se consideran superiores y todopoderosos, capaces de someter al mundo a sus intereses desmedidos sin asumir el menor costo moral.
Hamlet, la obra maestra de Shakespeare dedicada al príncipe inconstante, parece atravesar un momento de singular vigencia. Esta ficción de la pérdida que inspiró la creación de Hamlet, un personaje pragmático e irreductiblemente idealista, encaja perfectamente con nuestra época, en la que el flujo incesante de malas noticias alimenta preguntas existenciales y donde los seres humanos se encuentran agotados por la avalancha de catástrofes globales. ¿Cómo puede este hombre lleno de disonancias internas encontrar su lugar en un mundo que insiste en malinterpretarlo, en reformular sus angustias mediante relatos simplificados y en confrontarlo con la complicidad de un sistema político fallido, tan parecido al nuestro que genera una tristeza generalizada y difusa?
El mundo percibe claramente que todo lo que desea el presidente estadounidense Donald Trump puede resumirse, en esencia, en una frase: “Toma esta cosa y haz con ella lo que quieras”. Cada día exhibe sus gesticulaciones extravagantes, dirigiéndose directamente al público con una constancia teatral que termina por resultar pesada. Esta manera de actuar instala un malestar persistente a escala global: un presidente hiperconectado en su plataforma Truth Social, publicando cada hora, o casi, declaraciones que movilizan al mundo entero y que a menudo resultan difíciles de descifrar.
El ritmo del mundo gira ahora en torno a las narrativas que rodean a Estados Unidos e Irán: que están cerca de alcanzar un acuerdo, o quizá no; que el acuerdo con Irán está prácticamente cerrado y será anunciado pronto, o que no existe ninguna urgencia para anunciarlo, o incluso que no habrá acuerdo alguno. Estos son apenas algunos ejemplos de los mensajes desconcertantes de Trump.
Sin embargo, todo indica que las partes enfrentadas sí se acercan a un entendimiento, aunque este difícilmente será un acuerdo integral capaz de poner fin definitivo a la guerra. En el mejor de los casos, probablemente se tratará de un acuerdo provisional basado en un conjunto de principios generales, incluyendo una extensión del alto el fuego por al menos sesenta días, mientras se negocian los mecanismos para aplicar dichos principios. Los negociadores aún deberán trabajar en los detalles. Cada detalle, cada palabra de una declaración de intenciones tendrá peso y será examinada minuciosamente. Pero lo esencial dependerá de lo que ocurra después.
Irán quiere evitar a toda costa el escenario de un acuerdo provisional y frágil que sus adversarios puedan utilizar para preparar una guerra que Trump probablemente ya no emprendería después de la Copa del Mundo y a pocas semanas de las elecciones de medio mandato. Pero ¿puede Irán obtener de Estados Unidos el compromiso de que Israel también quedará vinculado al acuerdo? Nada es menos seguro.
El régimen iraní quizá haya sobrevivido a la guerra. Los Guardianes de la Revolución han consolidado su control sobre el poder y han demostrado a Estados Unidos, Israel y los países del Golfo que incluso una guerra de gran escala no fue suficiente para doblegarlos, mucho menos para derrocarlos. También han descubierto que el cierre del estrecho de Ormuz constituye un instrumento de disuasión casi equivalente a un arma nuclear y ahora pretenden obtener derechos de tránsito para compensar los daños ocasionados por el conflicto.
Pero ¿quién se encargará de verificar el cumplimiento de los compromisos? ¿Qué ocurrirá con las instalaciones nucleares existentes? Estas serán discusiones nucleares largas y complejas, especialmente en torno a las reservas iraníes que superan los 400 kilogramos de uranio enriquecido. Estados Unidos ha exigido durante años que este material sea trasladado al extranjero, mientras que Irán insiste en diluirlo dentro de su propio territorio. Trump ha insinuado que podría aceptar esta última opción, quizá bajo la supervisión de una “comisión de energía atómica”, aunque no está claro si se refería a la antigua comisión estadounidense que llevaba ese nombre y fue disuelta en 1974, o al organismo de supervisión nuclear de las Naciones Unidas.
La cuestión más espinosa sigue siendo la exigencia iraní de obtener beneficios económicos sustanciales. El régimen espera recuperar rápidamente parte de sus activos, estimados en 100 mil millones de dólares, congelados en bancos extranjeros. Funcionarios estadounidenses afirman estar dispuestos a conceder una exención que permita a Irán exportar parte de su petróleo, pero rechazan cualquier liberación directa de fondos mientras no se registren avances definitivos.
Por su parte, el régimen teocrático ya calcula todo lo que espera obtener, comenzando por la reconstrucción de su programa de misiles balísticos y de sus milicias mediante los miles de millones de dólares que ingresarían a sus arcas en caso de levantarse las sanciones dentro de un acuerdo final, algo que no haría más que complicar una situación ya de por sí extremadamente cargada.
Situaciones inquietantes, o al menos casi inquietantes: una guerra parcialmente perdida y parcialmente frustrada; una guerra para nada, o únicamente para no ganar nada. Una guerra donde las pérdidas y las ganancias resultan insuficientes para justificar la competencia y que deja a todos muy por debajo incluso del statu quo ante. Ese es el temor político: dejar a los países del Golfo y de la región conmocionados, con la moral por los suelos, amenazando a regímenes políticos poco acostumbrados, a uno y otro lado, a convivir con la inestabilidad bajo la consigna de la “paz mediante la fuerza”, llamada a extenderse sobre un Medio Oriente completamente nuevo.
Y si la confianza no ha desaparecido, sino que simplemente ha abandonado Medio Oriente debido a la voluntad estadounidense de ocupar todo el espacio a miles de millas náuticas de China, de controlarlo todo, de reducirlo todo a una narrativa y de convertir cada promesa en una mercancía susceptible de ser negociada, entonces el mundo debe dejar de buscar una confianza absoluta.
Los próximos dos años serán decisivos para determinar quién logra mantenerse dentro del juego mundial en los planos industrial, tecnológico y geopolítico. Cada actor llegará con sus propias presiones, temores y prioridades nacionales, justo cuando el mundo necesita pensar colectivamente para pagar la factura de una época que sigue avanzando.