
El Líbano en el ojo de la tormenta

Durante largas décadas, Israel esperó el momento propicio para liquidar lo que considera una amenaza contra su proyecto, ya fuera palestina, libanesa o vinculada al proyecto regional iraní. Más allá de la preparación militar, trabajó sin descanso para disponer las condiciones diplomáticas y mediáticas necesarias con el fin de asegurar una cobertura internacional para una gran batalla cuya ambición era rediseñar el rostro de Oriente Medio.
Cuando estalló la operación «Diluvio de Al-Aqsa» el siete de octubre, el gobierno de Benjamin Netanyahu promovió el discurso del «peligro existencial», aprovechando el alineamiento de las grandes potencias occidentales y a la cabeza de ellas los Estados Unidos. Esa fue la ocasión histórica que Netanyahu aguardaba para desencadenar la máquina de guerra devastadora, no sólo contra Hamás, sino contra todo lo que pudiera clasificarse como aliado o apoyo.
En el corazón de ese plan, Irán cometió su primer pecado al ordenar el arrastre del Líbano a la guerra a través de Hezbolá, en lo que se denominó el «frente de apoyo», el ocho de octubre. Ese día, Israel no ocultó sus intenciones sino que advirtió con claridad que el sur del Líbano corría el riesgo de convertirse en una «segunda Gaza». Vino luego el segundo pecado, cuando el enfrentamiento se amplió y se transformó en una batalla directamente ligada a los cálculos iraníes para vengar la muerte de Jamenei, sin relación alguna con el interés libanés ni con la seguridad de los libaneses y el futuro del Sur.
La realidad catastrófica se ofrece hoy a la vista de todos: por cada vehículo blindado israelí alcanzado, se borra de la existencia un pueblo entero, se desplaza a sus habitantes, se mata a sus hijos. Ha quedado manifiestamente claro que el Líbano paga el precio de una confrontación entre dos proyectos exteriores: Israel, que rechaza el modelo libanés, civilizatorio, plural y próspero, e Irán, que se empeña en mantener al Líbano como un terreno avanzado y una primera línea de defensa para su revolución islámica.
En medio de este cuadro de gravedad existencial, el presidente de la República lanzó una iniciativa valiente y audaz que nadie antes que él había osado emprender, animado únicamente por la ambición de salvar el país y devolver la decisión al seno del Estado. En complementariedad con esa posición, el primer ministro afirmó por su parte que la vía del diálogo y la negociación directa, por difícil y compleja que sea, sigue siendo el único camino realista para evitar a los libaneses más sangría y destrucción.
Lo que hoy ofrece alguna razón para la esperanza es ese grito auténtico que se elevó desde bajo los escombros y las cenizas de nuestro Sur resistente. Es la voz del verdadero sureño que rechaza la muerte gratuita, que rechaza que sus pueblos y sus hijos sirvan de combustible para las guerras de los demás o de sacrificio en aras de cálculos regionales. Esa voz reclama abiertamente la presencia plena y efectiva del Estado, el monopolio de las armas en manos de las instituciones legítimas y el respaldo al ejército libanés como única referencia en materia de seguridad y soberanía.
Ante esta realidad, ya no es posible apostar por la conciencia o la buena fe de partes locales que siguen practicando la evasión y la disimulación, sabiendo a ciencia cierta que son perdedoras de antemano. En estas circunstancias decisivas, la política de subterfugios, obstinación y sabotaje de las soluciones nacionales ya no es un simple error político; se ha convertido en una forma de abandono de la responsabilidad nacional, una traición hacia el pueblo y la patria.
Apoyar al presidente de la República y al jefe del gobierno, respaldar estas orientaciones de rescate y situarse firmemente detrás del ejército libanés ya no es una elección política ordinaria entre muchas; se ha convertido en un deber nacional y moral que se impone a todos.
Y la interrogante crece y el llamado se hace apremiante: ¿dónde están las fuerzas del cambio? ¿Dónde están los manifestantes del diecisiete de octubre? ¿Dónde están los hijos de la revolución del Cedro y todos los que creen en la soberanía y la libertad? ¿Por qué no se unen hoy en torno al grito de los suyos en el Sur? ¿Por qué no forman un frente unido frente al ocupante y al usurpador para apoyar el proyecto de construcción del Estado?
Ha llegado la hora de la verdad y la elección decisiva: o avanzar hacia un Estado soberano, libre, capaz, que detente en exclusiva la decisión de guerra y paz y proteja a sus hijos, o permanecer en el torbellino del derrumbe y la destrucción, dejando a la patria rehén de los proyectos exteriores que se disputan su suelo.