


El mes de septiembre acaba de terminar y, desgraciadamente, no logré alcanzar uno de los objetivos que me había fijado para este mes: terminar un texto que estoy escribiendo sobre el cine libanés.
Un texto atravesado, entre otras cosas, por la pregunta de qué debe filmar este cine en un momento en que el país vive una nueva invasión israelí, en que la sociedad libanesa está más dividida que nunca y en que ya comienzan a surgir relatos venidos de fuera sobre lo que nos está ocurriendo. Pienso, por ejemplo, en esa película anunciada sobre la operación de los buscapersonas, que probablemente pasará por alto las destrucciones provocadas por Israel en el sur del Líbano para invitar, más bien, al espectador a maravillarse ante la proeza técnica de semejante operación.
Si no pude terminar mi texto fue, sin duda, un poco por la pereza provocada por el clima veraniego, pero sobre todo porque la actualidad terminó alcanzándome con la muerte del cineasta chileno Patricio Guzmán, ocurrida a mediados de septiembre y ante la cual difícilmente podía permanecer indiferente.
En primer lugar, porque algunas de sus películas significaron muchísimo para mí, pero sobre todo porque, con su muerte, el Líbano perdió a uno de sus grandes cineastas, ya que Patricio Guzmán era claramente el más libanés de los cineastas latinoamericanos.
El más libanés porque provenía de un país que, como el Líbano, siempre ha tenido dificultades para librarse de los demonios de su pasado, hasta tal punto que la memoria de la dictadura de Pinochet sigue dividiendo a la sociedad chilena, como lo demuestra la reciente elección de José Antonio Kast a la presidencia, hijo de un antiguo miembro del partido nazi y admirador declarado de Pinochet.
El más libanés también porque los temas que atraviesan sus películas, como el exilio, la huella, los desaparecidos y, sobre todo, la memoria, hacen un extraño eco de aquellos que obsesionan a buena parte del cine libanés. “Chile, la memoria obstinada”, título de una de sus películas, podría, de hecho, resumir por sí solo toda una vertiente de nuestra producción cinematográfica.
Finalmente, y sobre todo, el más libanés porque, como Jocelyne Saab, Maroun Baghdadi o Borhane Alaouié, Guzmán nació verdaderamente como cineasta a partir de un acontecimiento.
Un acontecimiento que, en el caso de estos cineastas libaneses, fue la guerra civil de 1975 y que, en el caso de Guzmán, fue la experiencia política de Allende, brutalmente interrumpida por el golpe de Estado de Pinochet en 1973, del que surgiría ese documental monumental que es “La batalla de Chile”, uno de los documentales más importantes de la historia del cine.
Nacida de la urgencia de filmar lo que estaba ocurriendo en las calles, como el propio Guzmán contaría en varias entrevistas, “La batalla de Chile” relata, a lo largo de casi cinco horas, el aumento de las tensiones políticas que acompañaron los últimos meses del gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende, hasta el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, que pondría brutalmente fin a aquella experiencia política y a la vida del presidente chileno.
Y huelga precisar hasta qué punto esta película, que Guzmán describía como una cámara contra el olvido, y el enfoque que le dio origen resuenan hoy con fuerza, cuando vuelve a plantearse la pregunta de qué habrá que filmar en el Líbano.
Pero al volver a verla, me di cuenta de hasta qué punto esta película habla también del mundo de hoy y de las imágenes que lo acompañan. No tanto a través del golpe de Estado como de los mecanismos políticos, económicos y mediáticos que lo precedieron y en los que pueden reconocerse ciertas derivas actuales, en un momento en que cada vez tenemos más la impresión de que nuestras democracias funcionan perfectamente mientras se vote “bien”, pero que, en cuanto el resultado de las urnas contraría determinados intereses, toda una maquinaria se pone en marcha para tratar de eludirlo.
Pienso, por ejemplo, en las intervenciones de Elon Musk en favor de la extrema derecha alemana o también en las elecciones legislativas francesas de 2024, en las que la izquierda, pese a haber quedado en primer lugar en número de escaños, finalmente no fue llamada a formar gobierno.
Todos estos acontecimientos produjeron imágenes, del mismo modo que la guerra en Gaza produce cada día su cuota de imágenes de destrucción y masacres. Pero son imágenes muy diferentes de aquellas, mucho más escasas en aquella época, que filmaba Guzmán. Imágenes de denuncia que hoy proliferan en las redes sociales y nos muestran casi en directo lo que está ocurriendo, sin por ello conseguir cambiar su curso.
Pero también hay que reconocer que las imágenes contra el olvido de Guzmán y de los cineastas libaneses tienen sus límites, puesto que “La batalla de Chile” no impidió la elección de José Antonio Kast, del mismo modo que las películas de Jocelyne Saab, Maroun Baghdadi y Borhane Alaouié no impidieron que la historia se repitiera en el Líbano.
Por supuesto, existe toda una literatura sobre los límites de las imágenes y su capacidad para actuar sobre lo real. Pienso especialmente en Susan Sontag, quien, en Ante el dolor de los demás, se detiene en “Dead Troops Talk”, de Jeff Wall, una fotografía escenificada que representa a soldados muertos conversando entre ellos sin prestar atención a quien los mira. Una forma de recordar que mostrar una experiencia no necesariamente basta para transmitirla, puesto que “nosotros”, que no la vivimos, escribe, “no entendemos. No podemos imaginarnos cómo fue”.
Pero lo que me parece especialmente interesante aquí es que este límite de la imagen coincide con otro que Sontag había formulado en sus reflexiones sobre la fotografía, mediante una extraña paradoja. Aunque fotografiamos para conservar una huella de lo real, en ese mismo movimiento “las imágenes consumen la realidad”.
La cámara se convierte así en “a la vez el antídoto y la enfermedad, un medio de apropiarse de lo real al mismo tiempo que lo vuelve caduco”.
Y sin querer desviar demasiado el pensamiento de Sontag ni dar la impresión de profetizar sobre lo que será el cine libanés del mañana, me parece que las imágenes que se filmen quedarán atrapadas en una paradoja comparable. Una paradoja acentuada por el hecho de que, con todos los acontecimientos que vivimos desde 2019 y la crisis económica, todavía no sabemos realmente qué historia estamos viviendo, del mismo modo que Guzmán aún no sabía, mientras filmaba en las calles de Chile, que estaba haciendo una película sobre un golpe de Estado. ¿Estamos asistiendo a un final o a un nuevo comienzo?
Y, sin embargo, a pesar de todos los límites de estas imágenes contra el olvido o de denuncia, necesitamos nuestras propias imágenes. Imágenes a las que tal vez no haya que cargar con demasiadas misiones, pidiéndoles que hagan memoria, denuncien o cambien el curso de las cosas, pero que, pese a todo, deberán existir. Existir porque, sin ellas, nuestros relatos corren el riesgo de desaparecer en beneficio de aquellos que otros contarán sobre nosotros.
Puede parecer, finalmente, que se les pide muy poco a las imágenes y, sin embargo, quizá no sea tan poco, puesto que las imágenes que nos quedan de un acontecimiento terminan también convirtiéndose en la memoria que conservamos de él. Eso es lo que Chris Marker, quien por cierto había ayudado a Guzmán a hacer posible “La batalla de Chile”, constataba en “Sans Soleil” a propósito de sus propias imágenes: “ahora han sustituido a mi memoria, son mi memoria”.
Y quizá sea ahí, finalmente, donde se libra la batalla del Líbano.