

En un artículo anterior, señalamos que, a pesar de las crisis sucesivas que han golpeado al Líbano, la escena artística libanesa sigue demostrando una notable resiliencia, tanto dentro como fuera del país. Exposiciones, festivales, aperturas de galerías, nuevas instituciones e iniciativas vinculadas al patrimonio: el arte y la cultura relacionados con el Líbano nunca han dejado de existir por completo, pese a todas las dificultades. Por el contrario, hoy parecen recuperar un nuevo impulso que contribuye a la construcción de una diplomacia cultural internacional y deja entrever los primeros indicios de una política cultural propia del País de los Cedros.
Sin embargo, ¿realmente puede hablarse de una auténtica política cultural? La pregunta merece plantearse en un momento donde el Ministerio de Cultura del Líbano multiplica las iniciativas y manifiesta su voluntad de reposicionar la cultura como un sector vital para el desarrollo del país.
En términos generales, una política cultural se refiere al conjunto de acciones impulsadas por los poderes públicos para apoyar la creación artística, proteger el patrimonio, facilitar el acceso a la cultura, promover la inclusión y garantizar cierta equidad territorial. Supone una visión nacional coherente, así como mecanismos capaces de sostener la acción cultural a largo plazo.
No obstante, al observar el panorama cultural libanés actual, una constatación se impone: suceden muchas cosas, pero la mayoría de las iniciativas siguen concentradas en Beirut. Sin embargo, esta centralización no debe hacer olvidar las dinámicas que resurgen en otras regiones. La reapertura del cine Empire en Trípoli constituye un ejemplo significativo en este sentido, al revitalizar la actividad cultural y reactivar la memoria urbana, así como el lugar que Trípoli ocupó en otro tiempo en la historia del cine libanés.
Otras iniciativas también reflejan el renacimiento de la actividad cultural fuera de la capital. En Zahlé, el proyecto de un museo dedicado a Saïd Akl ilustra la voluntad de fortalecer las infraestructuras culturales regionales. En Tiro, la rehabilitación de antiguas salas de cine, como el Rivoli, contribuye hoy a recrear espacios de encuentro y diálogo, especialmente importantes en un contexto marcado por los traumas de los conflictos recientes.
En la región del Chouf, los proyectos relacionados con el patrimonio en torno a Deir el Qamar y Beiteddine, así como el desarrollo de residencias artísticas, también contribuyen a una mayor presencia de la actividad cultural en todo el territorio. A esto se suman los festivales que se celebran en distintas regiones del Líbano: Biblos, Los Cedros, Jounieh, Baalbek, Beiteddine, entre otros. Estas iniciativas son a veces dispersas y menos visibles que las de Beirut, pero recuerdan que la vitalidad cultural libanesa no se limita a la capital.
Construir un ecosistema cultural
A pesar de este esfuerzo de descentralización, los principales espacios de exhibición, las grandes instituciones culturales y la mayor parte de los recursos financieros siguen concentrados en Beirut. Nuevas galerías abren sus puertas regularmente; algunas instituciones se reestructuran y otras reanudan progresivamente sus actividades, como la Cinemateca de Beirut, el Cinema Metropolis o, próximamente, el Gran Teatro de Beirut. Al mismo tiempo, el Ministerio de Cultura reactiva diversos eventos y proyectos vinculados al patrimonio.
Aun así, las cuestiones planteadas desde hace varios años, y que además figuran en los informes del Ministerio de Cultura, siguen plenamente vigentes. ¿Cómo hablar de una verdadera política cultural nacional cuando los problemas de transporte, mediación cultural, idioma o acceso a las regiones continúan en gran medida sin resolverse?
Tal vez sea necesario considerar la situación desde otra perspectiva. Los informes recientes del Ministerio de Cultura, especialmente aquellos dedicados a las industrias culturales y creativas y al Foro de las Artes Visuales, muestran que el objetivo actual quizá no sea todavía la implementación de una política cultural en el sentido clásico del término, sino más bien el diseño de una estrategia. La prioridad parece estar en otro lugar: construir los cimientos de un auténtico ecosistema cultural capaz de convertirse en un actor económico estratégico por derecho propio.
El desafío consiste en transformar la resiliencia de los artistas y de las instituciones culturales en desarrollo sostenible, empleo y crecimiento económico. Pero esta ambición revela una realidad que a menudo se pasa por alto: el problema del sector cultural libanés no es la ausencia de actores, ya que las estructuras existen. En el ámbito de las artes visuales, por ejemplo, la Asociación de Pintores y Escultores Libaneses y el Sindicato de Artistas Visuales cuentan con reconocimiento oficial. Sin embargo, muchos artistas desconocen su funcionamiento o incluso su existencia. El problema no radica tanto en la falta de organizaciones como en su escasa visibilidad, su limitada actividad o su dificultad para aglutinar a la profesión.
Un déficit de acompañamiento
Esta cuestión también se plantea en el sector de la música y de las artes escénicas. Hoy en día, numerosos músicos y cantantes libaneses optan por registrar o declarar sus obras ante la Sacem en Francia, por ejemplo, en lugar de recurrir a los mecanismos existentes en el Líbano. Esta situación suele reflejar una falta de información, pero también la escasa visibilidad de los sistemas locales de protección y gestión de derechos.
Más ampliamente, el sector cultural libanés sufre un déficit de acompañamiento en materia de propiedad intelectual. Mientras que Francia cuenta con instituciones claramente identificadas, como la Sacem para autores y compositores, la SACD para autores dramáticos y audiovisuales, la Spedidam para artistas intérpretes o el INPI para cuestiones de propiedad industrial, las estructuras equivalentes en el Líbano siguen siendo poco conocidas por el público general e incluso por algunos profesionales del sector. Sin embargo, el país dispone, por ejemplo, de una Oficina de Propiedad Intelectual adscrita al Ministerio de Economía, encargada, entre otras funciones, de las cuestiones relacionadas con derechos de autor, marcas y patentes. El desafío parece residir menos en la ausencia de mecanismos que en su visibilidad, accesibilidad y apropiación por parte de los propios actores culturales.
La situación es similar en lo que respecta al estatus profesional de los artistas. Muchos trabajan sin contrato, sin protección social y sin un conocimiento real de sus derechos. Las cuestiones relacionadas con la propiedad intelectual, los derechos de autor o los mecanismos de protección jurídica siguen siendo, con frecuencia, poco conocidas. Numerosos artistas libaneses enfrentan dificultades en el extranjero simplemente por falta de conocimientos legales o por desconocer los desafíos asociados a la propiedad intelectual. Son situaciones que, en muchos casos, podrían haberse evitado mediante una mejor formación.
Estos problemas aparecen claramente identificados en los informes publicados recientemente: ausencia de un estatus profesional para los artistas; falta de coordinación entre instituciones; insuficiencia de mecanismos de financiamiento; dificultades vinculadas a la protección del patrimonio y una excesiva centralización de las actividades culturales. Pero los documentos también proponen vías concretas de acción: fortalecer las organizaciones existentes; formar a los profesionales; proteger los archivos; apoyar la creación; desarrollar las industrias culturales y creativas, y mejorar el reconocimiento jurídico de los actores del sector.
Por ello, la profesionalización del sector aparece hoy como un desafío fundamental. Formar a los artistas en sus derechos, pero también capacitar a los profesionales de la cultura en las realidades del sector se vuelve indispensable. En este sentido, ya existen varias iniciativas. Entre ellas, la Maestría en Gestión de Eventos de la Universidad Saint-Joseph, única en el Líbano, contribuye a la formación de futuros profesionales de la cultura mediante contenidos relacionados con gestión de proyectos, administración cultural, mediación, comunicación y políticas culturales.
Del mismo modo, la ESA Business School ofrece programas de formación en gestión cultural y administración de las artes que incorporan dimensiones jurídicas, contractuales y vinculadas a la economía de la cultura.
La cultura vuelve a ponerse en marcha
Esta dimensión es esencial. Porque, más allá de la creación artística, también es necesario formar a quienes mañana construirán las instituciones, los proyectos y los mecanismos capaces de acompañar de manera sostenible el desarrollo del sector. Esta visión coincide con las orientaciones defendidas actualmente por el ministro de Cultura, Ghassan Salamé, quien busca devolver a la cultura un lugar central en el proyecto de reconstrucción del país, tanto dentro del Líbano como ante la diáspora y los socios internacionales. Los cimientos ya están ahí.
Lo que parece estar construyéndose hoy es menos una política cultural plenamente consolidada que una estrategia destinada a estructurar un sector que durante mucho tiempo dependió casi exclusivamente del compromiso y la resiliencia de sus actores. Una verdadera política cultural podría llegar después. Probablemente no siguiendo un modelo europeo o francés, sino bajo una forma adaptada a las realidades libanesas, a su funcionamiento institucional, a su diversidad y al papel esencial desempeñado por las iniciativas privadas, asociativas y universitarias.
Hay, sin embargo, una certeza: la cultura vuelve a estar en movimiento en el Líbano. Y si los artistas deben seguir creando, resulta igualmente importante formar a quienes participarán mañana en la organización, mediación, gestión y transmisión de esa cultura. Porque la reconstrucción de un sector cultural sostenible depende tanto de las obras como de las estructuras que permitirán darles vida.
Leer también:
Diplomacia cultural libanesa: entre la influencia, la solidaridad y la resistencia (1/2)