Logotipo de Levant Time
Volver al artículo
Cultura

El Festival Samir Kassir, o el Líbano que aún no ha nacido

Imagen destacada de la noticia
Retrato del autor
Por Jad Akhawi
Publicado sep 17, 2026 - 21:05

Cada año, cuando comienza el Festival de Primavera de Beirut, organizado por la Fundación Samir Kassir, me descubro observando al público antes que al escenario o a la pantalla.

Tal vez porque, para mí, el nombre de Samir no es simplemente el nombre de un festival, y porque la Fundación Samir Kassir no es simplemente una institución cultural, me encuentro buscando algo más en los rostros de la gente: ¿sigue existiendo el Beirut en el que Samir creía? ¿Sigue habiendo quienes quieran cultura, debate, arte y libertad? ¿Sigue siendo la ciudad capaz, en medio de todo lo que ha sufrido, de reunir a la gente en torno a una idea y no en torno a un líder, una secta o un miedo?

La respuesta que veo, año tras año, me da algo de esperanza.

El público crece.

Pero más importante que el número es el tipo de público que se está formando alrededor del festival.

Un público cultural, intelectual, mediático y artístico muy particular está tomando forma en torno a él. Rostros de distintas generaciones. Jóvenes, estudiantes, periodistas, artistas, académicos, escritores, activistas y personas que no comparten una misma identidad política, pero a las que sí une la curiosidad intelectual y el deseo de que Beirut siga siendo un espacio para las preguntas, el debate y la creatividad.

Ese quizá sea uno de los mayores logros del festival.

En un Líbano donde nos hemos acostumbrado a medir la importancia de un evento por el número de invitados o por el peso de la representación política, el Festival Samir Kassir propone otro criterio: el valor del público no depende solo de cuántas personas se sentaron en la sala, sino de quiénes fueron, por qué fueron y qué se llevaron consigo al salir.

Es imposible hablar de la continuidad de este espacio sin mencionar a Gisèle Khoury. Gisèle no solo llevó el nombre y la memoria de Samir. Transformó la ausencia en trabajo, en institución, en continuidad. Tenía esa obstinada determinación de impedir que Samir se convirtiera simplemente en un recuerdo y de hacer que la Fundación siguiera siendo un espacio de libertad, cultura y periodismo. Hoy, cuando vemos que el público del festival crece y se vuelve más diverso año tras año, es imposible no recordar que gran parte de lo que vemos es también fruto de lo que Gisèle sembró y se empeñó en proteger hasta el final.

Eso quedó especialmente claro durante la proyección de la obra de Alfred Tarazi, Manifiesto de un enamorado, segunda parte.

Fui a ver la obra, pero terminé viendo al Líbano.

Un Líbano que conocemos en parte, del que hemos olvidado otra parte y que generaciones enteras quizá nunca tuvieron la oportunidad de conocer.

Alfred Tarazi no da una clase de historia ni intenta convencernos de que el pasado era bello y el presente es feo. Hace algo más inteligente: abre los archivos y los deja hablar.

Los periódicos, las fotografías, los anuncios, la música, el cine, la arquitectura, los detalles de la vida cotidiana y los rostros de la gente se convierten ante nosotros en fragmentos de una historia que comenzó antes del nacimiento del Gran Líbano, atravesó la independencia y acompañó la construcción de la República.

Pero, en realidad, es la historia de una pregunta que nunca ha desaparecido:

¿Qué es el Líbano?

Más de cien años después, seguimos haciéndonos la misma pregunta.

Para mí, ahí reside la fuerza de la obra.

No miramos archivos históricos desde la posición de espectadores neutrales. Somos hijos del resultado de esa historia. Hoy vivimos en un país que sigue debatiendo su unidad, su Constitución, su soberanía, los límites del Estado, la relación de las comunidades con la patria y la relación del Líbano con su entorno y con el mundo.

Por eso, cuando aparecen ante nosotros el viejo Beirut, los periódicos, los cafés, los cines, las universidades, los anuncios y aquella vida social que se desarrollaba con rapidez, resulta imposible verlos simplemente como bellas imágenes de una época pasada.

Una pregunta surge de inmediato: ¿qué hicimos con todo eso?

Pero tampoco debemos caer en la nostalgia fácil.

El Líbano que muestran los archivos no era un paraíso.

Había desigualdades sociales, regiones marginadas, conflictos sobre la identidad del país y un sistema confesional que llevaba sus propias contradicciones en su interior.

Pero había algo importante.

Había fe en la idea de progreso.

Había una sociedad que quería construir. Una prensa que quería escribir. Una universidad que quería enseñar. Un artista que quería experimentar. Un empresario que quería invertir. Una mujer que quería conquistar un espacio más amplio en la sociedad. Y jóvenes que miraban al mundo y querían que el Líbano formara parte de él.

Beirut quería convertirse en una ciudad.

No simplemente en una capital de las sectas.

Y ahí fue donde volví a encontrar a Samir.

Conocí a Samir Kassir, trabajé con él y todavía hoy trabajo en la Fundación que lleva su nombre. Por eso me resulta difícil separar el Festival de Primavera de Beirut de la idea que él tenía de esta ciudad.

Samir no amaba Beirut porque pensara que era una ciudad ideal.

Conocía sus contradicciones y quizá escribió sobre ellas con más dureza que muchos otros. Pero creía en su capacidad de ser una ciudad árabe distinta: libre, abierta, pluralista, irreverente, profundamente ligada al periodismo y a la cultura, una ciudad que no le temiera ni al debate ni a la diferencia.

Por eso su asesinato no fue solamente el asesinato de un periodista y un intelectual.

Fue un intento de asesinar una idea.

Más de veinte años después, la pregunta es: ¿tuvo éxito ese intento?

Miro al público del festival y digo: no.

Y no es una frase sentimental.

Cuando uno ve que aumenta la asistencia, que se amplía un público cultural exigente y que jóvenes que nunca conocieron personalmente a Samir acuden a un festival que lleva su nombre, está ante algo que merece detenerse a pensar.

A veces las ideas viven más que quienes las sostuvieron.

Tal vez esa sea la ironía más hermosa del Festival de Primavera de Beirut: quienes asesinaron a Samir querían silenciar una voz, y con los años su nombre terminó convirtiéndose en un espacio que acoge decenas de voces.

Y cada nuevo asiento ocupado por un joven o una joven que vino a escuchar, mirar o debatir es, de algún modo, una respuesta al asesinato.

Por eso encontré en la obra de Alfred Tarazi algo que va más allá de la película misma.

Toca la esencia de lo que la Fundación Samir Kassir intenta hacer: proteger la memoria para que no se convierta en propiedad de quienes escriben la historia por la fuerza.

Los archivos no son un depósito del pasado.

Los archivos son poder.

Quien conserva las fotografías de la gente, sus periódicos, sus películas, su música y sus historias conserva también una parte de su derecho a definirse a sí mismos.

Esto importa especialmente en el Líbano de hoy.

Vivimos en un país donde la propia memoria está siendo destruida: desaparecen casas, cambian barrios, se destruyen pueblos, emigran generaciones, cierran instituciones y se pierden periódicos, bibliotecas y archivos.

En medio de todo eso, Alfred Tarazi recoge los fragmentos y nos dice: miren, esta también es su historia.

Por eso me gustó el título de la obra: Manifiesto de un enamorado.

Quien ama de verdad no dice que aquello que ama sea perfecto.

Conoce bien sus defectos, quizá se enfurece por ellos más que los demás, pero se niega a abandonarlo.

Esa es, para mí, mi relación con el Líbano.

No quiero un Líbano mítico que nunca existió. No quiero volver a los años cincuenta. Tampoco busco una imagen de la “Suiza de Oriente” para colgarla en una pared y llorar frente a ella.

Quiero entender por qué este país, a pesar de su pequeño tamaño y de la fragilidad de su estructura, fue capaz de producir tanta vitalidad, y por qué después permitimos que las sectas se volvieran más fuertes que el ciudadano, las armas más fuertes que la política, el miedo más fuerte que la libertad y, con demasiada frecuencia, la emigración más fuerte que la esperanza.

Tal vez por eso salí de la proyección pensando tanto en el público como en la película.

Alfred Tarazi nos mostraba los archivos del Líbano que fue, mientras que el público a su alrededor ofrecía una pequeña imagen del Líbano que podría ser.

Un Líbano donde todavía hay gente que va a ver una película sobre la historia de su país.

Donde todavía hay gente que quiere debatir.

Saber.

Discrepar.

Y donde todavía se considera la cultura un asunto público y no un lujo.

Eso puede parecer poco frente a la magnitud de lo que estamos viviendo.

Pero no es poco.

Los países no viven solo de ejércitos, fronteras e instituciones, por importantes que sean. También viven de su memoria, de su cultura y de los espacios donde sus ciudadanos pueden encontrarse fuera de alineamientos políticos y sectarios cerrados.

Eso fue lo que sentí en el Festival Samir Kassir.

Durante noventa minutos, Alfred Tarazi nos devolvió imágenes del Líbano que fue.

Pero los rostros que miraban junto a él, y sobre todo ese público que crece año tras año, me hicieron pensar en otro Líbano:

El Líbano que todavía no ha nacido.

Y quizá nuestra tarea esté entre ambos.

Conservar del primero lo que merece perdurar y tener el valor de construir el segundo.

Artículos relacionados
Ver todo
Vídeos relacionados
Ver todo
Podcasts relacionados
Ver todo