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Cultura

Por qué Habermas sigue siendo de plena actualidad

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Por Nanette Ziadé-Ritter
Publicado ago 24, 2026 - 15:04

En una época en que la reflexión pública parece a veces perder fuerza, el pensamiento del filósofo alemán Jürgen Habermas se presenta como una brújula singular y sigue siendo, aún hoy, de una candente actualidad, pues propone una reflexión sobre la modernidad laica, el lugar de la religión, el Estado-nación y el nacionalismo en el contexto europeo, así como sobre el pensamiento crítico en general, desde la perspectiva de la “ética del discurso” y del “diálogo libre de toda dominación”.

Su pensamiento se opone, en este marco, a la idea de que el bien y el mal puedan ser definidos por una autoridad absoluta, una tradición inamovible o una verdad metafísica incuestionable. Por el contrario, Habermas defiende que deben debatirse racionalmente entre individuos libres e iguales, en un espacio de diálogo abierto.

Nacido en 1929 en una Alemania en crisis, Habermas creció en un entorno burgués relativamente protegido, aunque atravesado por las fracturas ideológicas de su época. Su padre se afilió al partido nazi, una realidad familiar pesada que se inscribía en un contexto en el que la adhesión al régimen se había convertido, para muchos, tanto en una evidencia social como en una coacción política. De niño, Habermas padecía además un labio leporino, una discapacidad visible en una sociedad que toleraba difícilmente las diferencias físicas. Varias intervenciones quirúrgicas marcaron su infancia, añadiendo una experiencia temprana de vulnerabilidad y de la mirada social.

De adolescente, fue brevemente inscrito en las Juventudes Hitlerianas, como casi toda su generación. El final de la guerra y el descubrimiento progresivo de los crímenes del nazismo supusieron un impacto fundacional. Esta experiencia de ruptura histórica —entre adoctrinamiento, reconstrucción y la necesidad de pensar de otro modo— desempeñó un papel decisivo en su futura reflexión sobre la memoria y la razón.

En la posguerra, estudió en una Alemania aún atravesada por antiguos marcos intelectuales comprometidos con el régimen nazi. Muy joven, se embarcó en una crítica vigorosa de Martin Heidegger, especialmente sobre la cuestión de su silencio y su compromiso durante el período nazi. Ese texto atrajo la atención de Theodor W. Adorno, figura clave de la Escuela de Fráncfort, quien lo incorporó como asistente.

Habermas se inscribió entonces en la estela de esa tradición crítica, aunque fue alejándose de ella de forma progresiva. Allí donde los primeros pensadores de Fráncfort desarrollaban una visión pesimista de la modernidad y de la razón, él mantuvo una firme confianza en la capacidad del lenguaje y del diálogo para generar vínculo social y racionalidad.

Es en este marco donde elabora lo que denomina la ética del discurso. Una norma solo es legítima si puede ser aceptada por todos los afectados en un diálogo libre de toda dominación. La moral no descansa, por tanto, en una verdad exterior, sino en la calidad del propio proceso deliberativo. A diferencia de Sócrates, que busca hacer emerger una verdad supuestamente ya presente, Habermas insiste en el procedimiento: es la discusión misma la que fundamenta la validez.

Esta reflexión conduce a su teoría de la “acción comunicativa”. El lenguaje no es únicamente un instrumento de intercambio, sino un espacio estructurado por exigencias implícitas: verdad, sinceridad y corrección. Hablar es ya entrar en una relación de reconocimiento mutuo. De ahí se desprende su concepción del espacio público, entendido como un lugar de deliberación democrática donde los ciudadanos confrontan sus argumentos en pie de igualdad.

Esta visión se extiende a su reflexión política sobre el patriotismo constitucional: el apego político ya no se funda en la identidad nacional o cultural, sino en la adhesión a los principios democráticos garantizados por la Constitución. Esta idea hunde sus raíces en su rechazo del nacionalismo, que la historia alemana del siglo XX hizo especialmente problemático.

En esta misma línea, su compromiso europeo aspira a superar las lógicas de poder de los Estados-nación, no para debilitar a Alemania, sino para impedir cualquier dominación nacional a escala continental. Europa se convierte así en un espacio donde la cooperación y el diálogo prevalecen sobre las relaciones de fuerza.

Más tarde, Habermas también revisita la cuestión religiosa. Largo tiempo reservado frente a la religión, adopta una postura más abierta: no se trata ni de integrar la fe en la filosofía ni de rechazarla por irracional, sino de reconocer que aún puede albergar recursos morales valiosos para el debate público.

Las religiones ya no producen, según él, una visión global del mundo, pero sí transmiten intuiciones éticas fundamentales: atención a la vulnerabilidad humana, sentido de la responsabilidad, reconocimiento del sufrimiento, exigencia de solidaridad. Subraya además que la modernidad laica no nació en ruptura total con la religión, sino que conserva ciertos legados de ella.

Habermas es, en definitiva, un filósofo de una actualidad asombrosa que merece ser descubierto o releído.

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