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La Historia de Rafael

Los orígenes, capítulo 1

El tiempo del Sur, el tiempo del Norte

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Por Nadim Tabet
Publicado abr 21, 2026 - 02:40

1 – Frente al borrado

En un prólogo a esta serie de textos — «De las tinieblas eternas a Histoire… de Raphaël» — expliqué por qué, en estos tiempos de oscuridad para el Líbano, decidí volcarme hacia la Historia con mayúscula, así como hacia la pequeña historia: la de mi hijo, Raphaël.

Para resumirlo, es ante todo para salvar del olvido lo que todavía puede salvarse, en el momento en que el Líbano tal como lo conocemos está amenazado de desaparición.

Y luego porque, a escala mundial, vivimos en un tiempo que confiere todo su sentido a una cita de George Orwell, extraída de 1984: «Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.»

Y los ejemplos que dan la razón a esta cita abundan en nuestros días. Por citar solo algunos: el libro de Éric Zemmour, La messe n’est pas dite, en el que revisita la Historia de Francia para defender la idea, muy política, de una identidad judeocristiana del país; la decisión del Museo Británico de retirar la palabra «Palestina» de una de sus exposiciones; y la reescritura, por el propio Donald Trump, de la Historia de los presidentes de los Estados Unidos tal como se presenta en el «Presidential Walk of Fame» de la Casa Blanca.

En definitiva, cabe decir que en la era digital, que se creía dominada por los selfis, la noción de Historia parece volver con fuerza.

2 – Vivir entre dos relaciones con la Historia

A título personal, no puedo decir que este retorno de la Historia me resulte extraño, pues, a diferencia de Europa — que vivió largo tiempo en «El fin de la Historia», al menos según Fukuyama —, la Historia nunca se detuvo en el Líbano.

Y habiendo vivido durante años en Europa — primero en Francia y luego en Italia —, mi problemática, la transmitida a mi hijo y probablemente compartida por muchos emigrantes libaneses, ha sido siempre la de saber cómo un ser atrapado en la Gran Historia puede adaptarse al continente de «El fin de la Historia».

Pero pese a esta diferencia, el tiempo del Sur y el del Norte se ven hoy afectados por una problemática común, puesta de relieve por el historiador François Hartog: el fin de la creencia en la capacidad de los historiadores para producir grandes relatos capaces de federar y de dar esperanza en el futuro.

Quienes se interesan por la historiografía saben que el gran momento del historiador «profeta» fue el siglo XIX, cuando — al igual que un Michelet en Francia — la Historia suministraba novelas nacionales para naciones nacientes, y cuando — al igual que filósofos como Marx o Hegel — se convertía en el relato de una marcha progresiva hacia un ideal.

¿Por qué la Historia ya no ocupa hoy el mismo lugar en nuestras sociedades? La respuesta es, por supuesto, vasta. Pero el azar puso recientemente en mi camino dos obras — una película libanesa y un libro de François Hartog — que aportan algunos elementos de respuesta.

3 – «Do You Love Me» y la Historia «en bucle»

En cuanto a la película libanesa, se trata del hermoso filme de Lana Daher, Do You Love Me. Compuesto íntegramente de material de archivo — desde fotografías hasta fragmentos de películas —, el filme recorre la Historia del Líbano desde la guerra civil de los años setenta hasta nuestros días.

Si me tocó de manera especial, fue en primer lugar por una razón narcísista: fragmentos de mi largometraje, One of These Days, figuran entre los archivos seleccionados. Pero también, y sobre todo, porque lo vi en Beirut en el momento en que, fuera de la sala, las bombas israelíes caían sobre el Líbano. Huelga decir que ver esta película en tales circunstancias confería a la proyección la apariencia de una misa de difuntos, con toda la emoción asociada a ese ritual.

Pero más allá de mi recepción personal del filme, si lo traigo aquí es porque tiene el mérito — como se indica al comienzo — de transcribir el tiempo histórico tal como se vive en el Líbano: el de una eterna repetición.

No hay novela nacional, pues, ni marcha progresiva hacia un ideal, sino más bien la sensación, al ver el filme, de asistir a un territorio abandonado por la noción de progresión cronológica y condenado, como Sísifo, a revivir los mismos gestos, las mismas emociones y los mismos acontecimientos — en este caso, muchas guerras.

Para transcribir esta relación con el tiempo, la gran idea del montaje fue clasificar el material de archivo no en orden cronológico, sino por motivos: la relación con el mar, con la ciudad, con la danza, con la ruina, etcétera.

Y al ver cómo los mismos motivos se repiten a través del tiempo, surge la extraña impresión de que todo lo que está a punto de filmarse del conflicto actual ya ha sido filmado. En este sentido, el filme evoca la idea propuesta por Jacques Derrida, en sus reflexiones en torno a la figura de la circuncisión, según la cual los archivos de nuestra vida pueden ser anteriores a nuestra existencia.

Y más allá de esta noción de huellas anteriores, el montaje también remite al célebre Atlas Mnemosyne de Aby Warburg, donde la historia del arte se clasifica no cronológicamente sino por motivos, para mostrar cómo las formas antiguas pueden «sobrevivir» de manera fantasmal en una iconografía más moderna.

Y más que la repetición, es la «supervivencia» permanente del pasado en el presente lo que define mejor la relación de los libaneses con el tiempo histórico, mientras que, más al norte — es decir, en Europa —, el fin de la fe en la Historia como productora de grandes relatos se materializa en la sensación de vivir en un perpetuo presente.

4 – François Hartog y el presentismo

Es, en todo caso, la intuición que defiende François Hartog en sus trabajos sobre la noción de Historia, especialmente en su ensayo Regímenes de historicidad.

Ensayo mayor sobre la noción de Historia, en él describe la manera en que una sociedad articula la relación entre el pasado, el presente y el futuro. En lo que respecta a Europa, Hartog identifica tres grandes períodos.

Un régimen antiguo, el de la Antigüedad y la Edad Media, caracterizado por los mitos y una relación cíclica con el tiempo, donde el pasado es erigido como modelo. Un régimen moderno, que arranca en el siglo XVIII — con el pensamiento ilustrado, entre otros —, en el que la creencia en el progreso erige el futuro como horizonte último. Y el período contemporáneo, cuyo inicio corresponde aproximadamente a los años setenta — marcados, entre otras cosas, por el choque petrolero, el fin de las utopías y el eslogan «No Future» de los Sex Pistols —, donde el presente se convierte en el horizonte último.

Por supuesto, como toda teoría, la noción de presentismo podría matizarse en varios aspectos, especialmente porque en este caso no se trata en absoluto de describir el fin de toda relación con el pasado. Pero lo que Hartog hace ver es que la Historia como productora de grandes relatos ha quedado eclipsada por las nociones de memoria, patrimonio o reivindicaciones, dando así la impresión de que todo el pasado debe ponerse al servicio del presente.

En cuanto al futuro: si en el tiempo del Líbano su ausencia total está vinculada a un estado de crisis existencial permanente, en el Norte, entre la gestión de crisis y los discursos políticos centrados en invertir la curva del crecimiento, sobra decir hasta qué punto la relación con el futuro queda reducida a lo que Annie Ernaux describe en su hermoso libro Los años — planificar, desde la rentrée de septiembre, las vacaciones de Todos los Santos y las de fin de año.

5 – La contaminación del Norte por el Apocalipsis del Sur

También aquí habría que matizar esta relación con el futuro como «No Future», pues antes de entrar en «el mundo según Trump», distintos discursos sobre el porvenir — como el ecológico — empezaban a abrirse paso.

Pero es forzoso reconocer que en la actualidad, salvo el discurso sobre un «futuro radiante» para las máquinas, promovido por los científicos locos de Silicon Valley, del lado humano se tiene más la sensación de revivir horas oscuras de la Historia.

Ello genera la extraña impresión de que la relación con la Historia propia de los libaneses — como supervivencia permanente del pasado en el presente — está comenzando a contaminar el resto del mundo.

Era, en todo caso, la intuición de la poeta libanesa Etel Adnan quien, en su Apocalipsis árabe, redactado en plena guerra civil, anunciaba que «La Historia ha muerto», y quien, en una entrevista, declaró: «El Líbano está convirtiéndose en el prototipo del mundo que nos aguarda.»

Y es de esta supervivencia, a escala mundial, de lo que tratará el próximo el próximo artículo de esta serie.

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