

“No soy más que una pequeña nube que viaja por el cielo,
sin saber adónde va ni de dónde viene.”
Hay almas que ninguna frontera puede contener y que ninguna etiqueta puede definir. Gibran Khalil Gibran es una de ellas. A la vez célebre y desconocido, sigue siendo una de las figuras más fascinantes del siglo XX. Nacido en el Líbano, creció en la efervescencia de Boston y de Nueva York.
A través de su obra, Gibran desmintió la teoría de Kipling según la cual “Oriente y Occidente nunca podrán encontrarse”, pues logró encarnar al mismo tiempo lo mejor del Oriente místico y del Occidente moderno y cartesiano.
Con frecuencia reducido al inmenso éxito mundial de su obra maestra, El profeta (el libro más leído en Estados Unidos después de la Biblia), Gibran fue un artista total, un “buscador de absoluto” que manejaba el pincel con la misma pasión que la pluma. Su obra todavía resuena hoy con una modernidad desarmante. ¿Era pintor, pensador, poeta, escritor o todo eso a la vez?
Auguste Rodin, tras conocerlo en París, habría dicho sobre él: “El mundo espera a un nuevo William Blake, y ha nacido en Oriente”. En efecto, al igual que William Blake, Gibran no se consideraba un escritor que pintaba, sino un artista cuya reflexión se expresaba indistintamente a través de la pluma o el pincel.
Para comprender a este personaje, abordaremos las influencias que moldearon tanto al pensador y escritor, quien sería el más leído del mundo después de Shakespeare y Lao Tse, como al pintor cuyas obras etéreas buscan representar el alma humana despojada de sus artificios sociales.
1883-1931: una vida entre dos mundos
Gibran nació en 1883 en Bsharri, un pueblo cristiano del norte del Líbano, entonces bajo el Imperio otomano, en el seno de una familia cristiana maronita. Su abuelo era sacerdote. Tenía apenas 12 años cuando su madre emigró con él y sus dos hermanas a Boston, en Estados Unidos, para escapar de la pobreza y de un esposo alcohólico.
Los inicios en Estados Unidos fueron difíciles, marcados por la muerte de su medio hermano, su hermana y su madre, víctimas de tuberculosis. Entre 1908 y 1910 regresó a Beirut para estudiar en el Colegio de la Sabiduría, antes de viajar a París, donde asistió durante dos años a la Academia Julian para perfeccionar su técnica pictórica. Allí conoció, entre otros, a Auguste Rodin.
Las mujeres y Gibran
“La mujer es el templo de la vida.”
“En los ojos de una mujer se puede leer la historia de la humanidad, porque ella lleva en sí el misterio de la creación y la fuerza del amor incondicional.”
Las mujeres desempeñaron un papel esencial en la vida de Gibran. Les profesaba una admiración y un respeto absolutos, sin considerarlas jamás un objeto de deseo. Como él mismo confesaba, estuvo acompañado toda su vida por mujeres excepcionales. Aunque nunca se casó, amó a varias mujeres. Durante toda su vida llamó a la emancipación de la mujer árabe, alentándola a romper las cadenas de las tradiciones y de la sociedad patriarcal.
Entre las mujeres de su vida está, en primer lugar, su madre, a quien profesaba una devoción total, admirando el coraje que había demostrado al dejarlo todo para emigrar a Estados Unidos y ofrecer una vida mejor a sus hijos.
Una anécdota ilustra perfectamente su relación con las mujeres: durante su estancia en París, una modelo que posaba desnuda para artistas quedó tan conmovida por el respeto de Gibran que terminó encariñándose con él. Como muestra de gratitud, le lavaba la ropa todos los días, gratuitamente.
Mary Haskell
Fue su mentora y mecenas. Desempeñó un papel fundamental en su vida. Lo introdujo en los círculos artísticos y editoriales de Nueva York y contribuyó al lanzamiento de su carrera. Aunque era diez años mayor que él, fue la única mujer a quien Gibran le propuso matrimonio. Su relación está detallada en el diario íntimo de Mary Haskell, publicado después de su muerte.
May Ziadé
Es una de las historias de amor más bellas y extrañas de la literatura mundial. Gibran vivía en Nueva York y May Ziadé, escritora feminista, en El Cairo. Mantuvieron correspondencia durante veinte años sin llegar a conocerse jamás. Sus intercambios combinaban debates intelectuales, apoyo moral y una pasión mística.
Esta relación ilustra perfectamente el concepto gibraniano del amor: una unión de almas que trasciende la relación física y las fronteras geográficas. Él la consideraba su alter ego.
También puede mencionarse su relación de amistad con Barbara Young, su secretaria, quien lo ayudó en sus escritos en inglés al final de su vida.