


El texto que sigue es largo, pero constituye un todo que sería artificial dividir. Esperamos que el lector sepa disculparnos. Nacido de las manifestaciones de estudiantes de preparatoria en Francia, toma estos acontecimientos como punto de partida para una reflexión más amplia sobre la sociedad, el mundo, lo político y el futuro de las generaciones venideras. No pretende ofrecer respuestas definitivas, sino que busca, ante todo y con humildad, plantear preguntas, suscitar nuevos interrogantes e invitar a la reflexión.
“You who build the altars now to sacrifice your children, you must not do it any more.”
En 1969, entre las canciones de su segundo álbum, Songs from a Room, el poeta canadiense Leonard Cohen dio a conocer al mundo Story of Isaac, una canción inspirada en el relato bíblico de Isaac, a quien Abraham se dispone a sacrificar para obedecer la voluntad divina.
Pero Cohen, siempre atento a los acontecimientos sociales y políticos que se desarrollaban a su alrededor, invertía la perspectiva del relato bíblico, signo de los tiempos. Con él, ya no era Abraham quien contaba su prueba, sino Isaac, el niño de nueve años que veía a su padre entrar en su habitación y luego llevárselo, hacha en mano, hacia una montaña donde habría de cumplirse lo que el viejo patriarca creía una orden de Dios.
El padre avanzaba, plenamente convencido de la necesidad de su acto, y el niño lo seguía dócilmente. Sin embargo, detrás de la confianza y de la promesa de protección que deberían unir a un padre con su hijo, se perfilaba lo inaceptable, lo espantoso: un adulto estaba dispuesto a sacrificar a su hijo en nombre de una verdad de la que se creía depositario.
Cohen escribía en una época en la que la guerra de Vietnam, el cuestionamiento de la autoridad, el rechazo de los valores heredados y la impugnación de las jerarquías tradicionales sacudían a las sociedades occidentales. Estas convulsiones formaban parte de lo que más tarde calificaría de “catástrofe psíquica”, esa ruptura de la relación con Dios, pero también del vínculo contractual entre los seres humanos; una crisis que, con el paso de los años y a lo largo de sus textos, se convertiría en una de sus principales preocupaciones.
Story of Isaac trascendía así la mera denuncia de la guerra. Cuestionaba esa extraña propensión de los seres humanos a sacrificar a las generaciones siguientes en nombre de convicciones, certezas y otros imperativos que ellos mismos habían elevado a la categoría de absolutos.
“A scheme is not a vision”, advertía Cohen. Un proyecto no es una visión. Y, durante un concierto en Berlín en 1972, presentaba la canción dedicándola a quienes “no dudarían en sacrificar a una generación en beneficio de otra”.
Más de medio siglo después, ¿cómo no recordar las palabras del cantante canadiense, especialmente ante las imágenes de los estudiantes franceses de preparatoria que salieron a las calles para protestar contra el deterioro de sus condiciones de enseñanza, y ante las reacciones extremas y profundamente contradictorias que ha suscitado su levantamiento?
Es cierto que la canción de Cohen habla manifiestamente de jóvenes reclutados para servir de carne de cañón, y sigue siendo plenamente vigente en ese sentido.
Pero ¿qué relación existe, entonces, entre estos adolescentes que reclaman maestros, aulas dignas y perspectivas de futuro, y el niño bíblico conducido por su padre como víctima sacrificial hasta la cima del monte Moriá?
Precisamente esta: la de una generación a la que se le pide confiar en un mundo cuyos adultos parecen cada vez menos capaces de cumplir sus promesas y ofrecer puntos de referencia.
Otra forma de sacrificio.
Más insidiosa, esta vez.
Un malestar identificable, pero…
El movimiento de protesta de los estudiantes franceses de preparatoria, que comenzó a mediados de septiembre de 2026 en un plantel de Créteil antes de extenderse a cientos de escuelas, surgió de reivindicaciones concretas: escasez de docentes, desigualdades educativas, deterioro de algunos edificios, aulas sobrepobladas e inquietudes relacionadas con los mecanismos de selección para el ingreso a la universidad.
El origen del malestar es, por tanto, a primera vista, perfectamente identificable. En varios establecimientos, particularmente en los barrios populares de las periferias urbanas, se trata simplemente de conseguir los medios elementales para estudiar en condiciones aceptables. Ya ni siquiera se plantea discutir las orientaciones pedagógicas o los fines de la enseñanza.
Eso lo dice todo.
El movimiento adquirió rápidamente una dimensión nacional. Estudiantes universitarios, docentes, sindicatos y padres de familia se sumaron a las movilizaciones, mientras que a las reivindicaciones educativas se añadían las denuncias de violencia policial y cuestionamientos más generales sobre las desigualdades sociales.
Sin embargo, estas reivindicaciones plantean, sin duda, una problemática que va mucho más allá de las preparatorias.
La escuela es uno de los primeros espacios de formación ciudadana y lleva en sí el germen de la renovación de la sociedad. El hecho de que ella misma se encuentre, en algunos establecimientos, en un estado avanzado de deterioro, ¿no es acaso una señal evidente del fatídico “desencantamiento del mundo” que espera a sus alumnos?
La escuela es, en cierto modo, la promesa del mundo por venir.
Pero, para una parte de estos jóvenes, esa promesa parece haber nacido muerta.
¿Es de extrañar, entonces, que una generación descubra tan pronto, de la manera más sombría y macabra, en la propia cuna de la cultura, que el mundo que se le promete ya está hecho pedazos, y sienta la necesidad de manifestar su indignación?
¿Una sociedad en descomposición?
Ciertamente, sería tentador ver en esta movilización una nueva expresión del espíritu de Mayo del 68 o, más generalmente, una repetición de las protestas estudiantiles y universitarias que han sacudido regularmente a Francia desde entonces. Existe una filiación, expresada en ese espíritu de rebeldía y esa voluntad cíclica de renovación tan características de la historia sociopolítica francesa. Probablemente sea incluso esencial para comprender lo que está ocurriendo hoy. Pero, más allá del impulso insurreccional stricto sensu, lo que quizá revela con mayor claridad son las profundas transformaciones de una sociedad humana en descomposición.
En 1968, una parte de la juventud francesa se rebelaba contra un mundo cuya autoridad, jerarquías, prohibiciones y valores rechazaba en bloque. La protesta universitaria se inscribía entonces en un movimiento transnacional más amplio de cuestionamiento de las relaciones sociales, la moral tradicional, las estructuras familiares y las instituciones políticas. Al confluir con las aspiraciones del mundo obrero, se había convertido en una crisis de toda la sociedad.
Pero el mundo todavía estaba “contenido” dentro de ideologías sistémicas que, cualquiera que fuera su valor, encuadraban el pensamiento y daban sentido a la existencia. Estas ideologías, a menudo gnósticas en su pretensión de descifrar el sentido de la historia, prometían “reencantar” el mundo y conducir la marcha de la humanidad a buen puerto.
Una parte importante de aquella juventud vivía así en una sociedad impulsada por el crecimiento económico y por la convicción de que el progreso podía abrir nuevas posibilidades de emancipación. Cuestionaba un mundo cuyos fundamentos creía poder transformar. Las instituciones no eran consideradas intocables ni inmutables. Detrás de la protesta persistía la confianza en la posibilidad de inventar otro orden social.
Después de romperlo todo.
O casi todo.
El conflicto generacional también era, hasta cierto punto, un conflicto sobre la definición de la libertad. Los padres habían crecido en un mundo marcado por las guerras, las privaciones, las obligaciones colectivas y los imperativos de la reconstrucción. Y dentro de una cultura tradicional y autoritaria que todavía no conocía el rock ni el mismo grado de libertad sexual. Sus hijos pretendían cuestionar las restricciones que habían configurado aquella herencia.
“Este mundo lo hice para ti”, cantaba Maxime Le Forestier en Dialogue, dando voz a un padre cuyo hijo, lejos de conformarse con esa herencia, le respondía que nunca la había pedido y que ahora tendría que rehacer aquel mundo, volviéndolo un poco más amable para las generaciones siguientes.
No se trataba solamente de rechazar el futuro trazado por los padres, sino de reivindicar la libertad de inventar otro.
Y fue precisamente en ese ambiente cuando apareció Story of Isaac.
Abraham, el padre en la canción de Cohen, podía entenderse como la encarnación de las certezas de un mundo antiguo. Su hijo Isaac representaba a esas generaciones a las que se imponían sacrificios en nombre de valores, ideologías o guerras que nunca habían elegido.
No se trata, evidentemente, de idealizar aquel periodo ni de olvidar las inquietudes materiales, las desigualdades y las contradicciones que lo atravesaban. Después de todo, las ideologías constituían tanto una camisa de fuerza como un punto de referencia. Por lo demás, los estudiantes de 1968 no formaban una generación homogénea, ni sus reivindicaciones podían reducirse a una aspiración romántica a la libertad. Sartre y Camus no tenían más razón que Aron. Ninguno poseía las claves de un futuro cuya historia se encargaría de desmentir tantas certezas.
Sin embargo, más allá de las divergencias, persistía la convicción de que la historia tenía un sentido, de que el progreso podía orientarse y de que el futuro era, si no previsible, al menos susceptible de ser construido. Fruto de la gnosis filosófica hegeliana y marxista de los siglos anteriores…
Y era precisamente esa convicción la que comenzaría a desmoronarse progresivamente.
El desencanto desencantado
Las movilizaciones estudiantiles y universitarias posteriores cuentan, a este respecto, otra historia. En 1986, los estudiantes se rebelaban contra el proyecto Devaquet y la amenaza de una selección universitaria más estricta. La muerte de Malik Oussekine, golpeado por policías, dejaría una huella duradera de aquel episodio en la memoria política francesa. En 1990 y nuevamente en 1998, los estudiantes de preparatoria ya denunciaban las deficiencias del sistema educativo y exigían mayores recursos.
A comienzos de la década de 2000, la naturaleza de la protesta cambiaba progresivamente. En 2005, los estudiantes de preparatoria se manifestaban contra la ley Fillon y, en 2006, el movimiento contra el Contrato de Primer Empleo hacía visible una angustia que trascendía el ámbito universitario: la precariedad del ingreso a la vida laboral.
En casi medio siglo, la perspectiva de la protesta se había desplazado considerablemente. El objetivo ya no era tanto liberarse de un mundo cuyos valores se rechazaban, sino encontrar un lugar en una sociedad cuyas promesas de estabilidad y movilidad social ascendente se volvían cada vez más inciertas.
La protesta contra las restricciones cedía así, en parte, su lugar al miedo a la exclusión.
Y este desplazamiento no afectaba únicamente a la juventud: en 2016, las asambleas de Nuit debout, en la plaza de la República, expresaban la voluntad de recuperar una forma de deliberación colectiva al margen de los mecanismos tradicionales de representación. Dos años después, los Chalecos Amarillos bloqueaban las principales vías de circulación, dando voz a las frustraciones de una Francia periférica que ya no se reconocía en los discursos ni en los mecanismos del poder.
Estos movimientos, que no compartían la misma composición social, las mismas reivindicaciones ni necesariamente las mismas aspiraciones políticas, expresaban, sin embargo, bajo formas distintas, un mismo sentimiento de desposesión.
Hasta el desencanto se había desencantado, en cierto modo.
Esta vez, ya no se trataba tanto de inventar un mundo nuevo como de recuperar cierta capacidad de influir en un mundo donde las decisiones parecían escapar a quienes sufrían sus consecuencias. La crisis de las instituciones se convertía también en una crisis de representación.
¿Acaso debería sorprendernos?
Una de las paradojas de la vida política francesa reside en la tensión entre una legitimidad carismática, encarnada por individuos, y una legitimidad republicana llamada a arraigarse en las instituciones. La República pretende “absorber” el carisma de sus dirigentes para transmitirlo a las instituciones, mientras Francia continúa buscando hombres providenciales. Es dentro de esta tensión permanente entre el simbolismo del “hombre fuerte”, heredado de la monarquía y del Imperio, y el régimen democrático parlamentario de la Tercera República donde Francia oscila incesantemente desde hace dos siglos.
Una auténtica hainamoration, una relación de amor y odio con el poder (de la que un genio llamado de Gaulle supo valerse para fundar la Quinta República).
Casi podría creerse, parafraseando los versos de Corneille en Cinna, que apenas los franceses han elevado a sus gobernantes a la cima, ya están deseando precipitarlos al abismo.
¿No es esa, después de todo, una de las claves de la democracia?
¿La alternancia?
¿Incluso con pasión y, a veces, sinrazón?
Una desintegración de lo político
Pero, para que esta fórmula funcionara, todavía era necesario que los “hombres fuertes” se apoyaran en partidos sólidos, en instituciones capaces de sobrevivirles y en una adhesión a los ideales democráticos.
Fue en una Francia atravesada por fracturas económicas, sociales y territoriales donde Emmanuel Macron llegó al poder en 2017, consagrando el espectacular debilitamiento de la derecha y la izquierda tradicionales.
El macronismo pretendía superar sus viejos antagonismos y sustituir las lealtades ideológicas por un enfoque basado en el pragmatismo, la eficiencia y la adaptación a las transformaciones económicas. Pero no consiguió resolver las contradicciones que atravesaban a la sociedad francesa. Las encontró ya presentes y luego las vio recomponerse y, en ocasiones, radicalizarse.
Pese a su voluntad de forjar el mito de un “hombre fuerte”, Macron ha recurrido con frecuencia a una reluciente imagen de mercadotecnia política, sin conseguir recuperar el carisma de las grandes figuras de la Quinta República, aun cuando intentó ejercer los poderes que le confieren sus instituciones con la virtù de sus ilustres predecesores.
El macronismo se construyó, en cierto modo, sobre una desintegración de lo político a la salida de la globalización, pero no propuso nada tangible para restaurarlo. Por el contrario, la erosión no hizo sino acelerarse.
Casi una década después, el centro presidencial se encuentra privado de mayoría parlamentaria, atrapado entre fuerzas cuyas visiones de la sociedad parecen difícilmente conciliables. Nunca, en más de medio siglo, el destino de la Quinta República, y más generalmente el de Francia, había parecido tan incierto.
Salvando, naturalmente, todas las distancias históricas, la configuración actual recuerda en ciertos aspectos a la Llanura o el Pantano de la Convención Nacional, aquella agrupación situada entre los girondinos y los montañeses, cuyos cambios de posición podían inclinar la balanza de las fuerzas revolucionarias.
La analogía termina, evidentemente, ahí. Pero el Pantano no era una fuerza neutral, como tampoco lo es el macronismo. La centralidad política no excluye las convicciones, los cálculos ni las maniobras. Incluso puede convertirse en un formidable instrumento de poder cuando quien ocupa esa posición consigue aprovechar los antagonismos que afirma querer superar.
Quizá ahí resida una de las paradojas del macronismo: haber convertido la superación de las divisiones en un método de gobierno y haber contribuido al mismo tiempo, mediante sus decisiones políticas y sus cálculos tácticos, a su recomposición. Aunque, in fine, Francia siga corriendo el riesgo de inclinarse hacia uno u otro extremo, fuera del pacto político democrático y republicano.
Con Jean-Luc Mélenchon y Marine Le Pen, el debate político francés parece organizarse cada vez más en torno a concepciones contrapuestas del pueblo, la nación, la soberanía y las pertenencias sociales o culturales. Un regreso a argumentos anteriores a la globalización en un mundo inmerso en una plena reidentitarización y cada vez más replegado sobre sí mismo.
Los dos proyectos de la extrema izquierda y la extrema derecha no son, evidentemente, idénticos. Sus programas políticos y afinidades culturales, así como sus respectivas relaciones con las libertades, las instituciones y los derechos, no pueden realmente confundirse… pese a compartir la nostalgia por el “hombre fuerte” y la fascinación por… Vladimir Putin.
Pero la confrontación política ya no gira únicamente en torno a la distribución de la riqueza, las relaciones de producción o el papel económico del Estado. También concierne a la definición de quiénes pertenecen a la comunidad nacional, quiénes han sido olvidados o excluidos y quiénes pueden reivindicar el derecho a hablar en nombre del pueblo.
Gajes de la posglobalización: la cuestión social parece recurrir cada vez más al lenguaje de la identidad. Así, una reivindicación tan elemental como la presencia de maestros en las preparatorias acaba absorbida por una disputa que enfrenta a las periferias urbanas con los territorios rurales, a las poblaciones supuestamente privilegiadas con aquellas que se consideran abandonadas, o incluso a unos grupos con otros, en una extraña competencia mimética de frustraciones y sufrimientos…
El retorno de lo reprimido
Esta transformación no es exclusivamente francesa. Constituye incluso, probablemente, una de las paradojas más inquietantes de la globalización.
Esta prometía la apertura de las fronteras, la circulación de la riqueza, el acercamiento entre las sociedades e incluso cierta convergencia de los valores políticos y culturales. Pero la creciente integración de las economías y las redes de comunicación dista mucho de haber producido una solidaridad comparable entre las poblaciones. También ha alimentado un sentimiento de desposesión entre quienes veían transformarse su entorno sin disponer de los medios para influir en esos cambios.
Así, la nación, la religión, la comunidad o el territorio volvieron rápidamente a convertirse, dentro de las sociedades, en espacios de seguridad y reafirmación, a veces de repliegue e incluso de exclusión. Lejos de desvanecerse en una humanidad supuestamente unificada por el progreso, el sentimiento de pertenencia ha recobrado fuerza. ¿El retorno de lo gregario e identitario reprimido?
¿Hemos entrado realmente y de lleno en la era de la posglobalización?
Difícil saberlo.
Sin duda, el mundo se encuentra en uno de esos interregnos monstruosos de los que hablaba Gramsci, marcado por el agotamiento de algunas de las promesas políticas de la globalización, precisamente cuando nuestras interdependencias materiales y tecnológicas alcanzan proporciones inéditas.
¡Nunca los seres humanos habían estado tan cerca unos de otros en el plano virtual y, sin embargo, esa proximidad no parece ayudarlos a comprenderse mejor! Cuanto más proliferan los medios de comunicación, más se fragmenta el debate público en universos separados de certezas. Cuanto más se funden las identidades en la matriz del capitalismo, más se convierten en fronteras infranqueables. Los antagonismos económicos se ven reforzados por conflictos culturales, religiosos o territoriales. Así, el adversario político ya no es simplemente quien defiende un proyecto diferente, sino aquel cuya mera presencia puede percibirse como una amenaza que hay que exterminar.
Ahora bien, ¿cómo construir un mundo común cuando los individuos que lo componen parecen tener cada vez más dificultades para reconocerse como miembros de una misma sociedad? ¿Y cómo pedir a las nuevas generaciones que encuentren su lugar en ella cuando los adultos también les transmiten sus divisiones, sus resentimientos y sus certezas contradictorias?
Porque ya no son únicamente los conflictos entre generaciones los que parecen repetirse. Los conflictos no resueltos de las generaciones anteriores también se convierten en la herencia de las siguientes. Los adolescentes no descubren solamente una escuela cuyas promesas se desvanecen, sino también una sociedad cuyos propios miembros tienen dificultades para ponerse de acuerdo sobre aquello que los une.
Y es precisamente ahí donde se encuentra ahora el meollo del problema.
Hoy disponemos de medios científicos, técnicos y materiales prodigiosos para transformar el mundo. Somos capaces de comunicarnos instantáneamente de un continente a otro, ampliar las fronteras del conocimiento y contemplar transformaciones que habrían pertenecido a la ciencia ficción hace apenas unas décadas.
Pero este progreso parece avanzar ahora sin un destino inteligible.
La inteligencia artificial amenaza con transformar el trabajo, la educación, las formas de creación e incluso ciertas concepciones de la propia inteligencia humana. Las crisis ambientales ponen en entredicho las condiciones materiales de la existencia. Las guerras y las fracturas geopolíticas, particularmente con el resurgimiento de la amenaza nuclear, nos recuerdan la fragilidad de los equilibrios internacionales.
La persistencia del racismo, el resurgimiento de las pasiones autoritarias y el auge de los populismos recuerdan, además, que el progreso humano no tiene nada de inevitable. No existe un sentido de la historia que exima a los seres humanos de su responsabilidad, de su voluntad de actuar, de su cultura política ni de la necesidad de construir redes de solidaridad entre “gente de bien”, en el sentido de Edmund Burke.
¡Y en este universo cuyos contornos futuros somos incapaces de describir, exigimos a los adolescentes que sean competitivos, eficientes, móviles, flexibles, capaces de adaptarse indefinidamente!
Les prometemos autonomía mientras multiplicamos las incertidumbres. Les presentamos el esfuerzo individual como la clave de su futuro, aunque las condiciones que determinarán ese futuro dependan de mecanismos que no controlan y que sus mayores apenas consiguen comprender.
¿Quién puede, por lo demás, pretender que domina verdaderamente las consecuencias de estas transformaciones?
Quizá sea necesario decirlo con todas sus letras.
Nadie.
Ni siquiera quienes están desarrollando la inteligencia artificial y las nanotecnologías, mientras nos repiten todos los días que la humanidad está irremediablemente condenada por aquello mismo que desarrollan con tanta despreocupación…
¡Oppenheimer debe de estar revolviéndose en su tumba!
Sociedad líquida, certezas rígidas
Lo más inquietante, quizá, es que las reacciones a las protestas estudiantiles reproducen exactamente las contradicciones del mundo que estos jóvenes están descubriendo.
Por un lado, algunos quisieran ver en cada manifestación estudiantil los comienzos de una nueva revolución. Por el otro, se denuncia a una juventud ingrata, indisciplinada, violenta e incapaz de respetar la autoridad.
Los actos de violencia cometidos por algunos manifestantes contra personas, establecimientos educativos o fuerzas del orden no pueden, evidentemente, justificarse en nombre de una supuesta inocencia de la juventud. Pero las lesiones graves sufridas por varios adolescentes durante intervenciones policiales y las miles de detenciones también plantean interrogantes legítimas sobre la proporcionalidad de la respuesta de las autoridades.
La autoridad es indispensable para cualquier sociedad, tanto más para un régimen cuya legitimidad lleva meses en declive. ¡Pero esa autoridad debe poder reivindicar una legitimidad que no descanse únicamente en su capacidad de imponer obediencia mediante la fuerza!
Más inquietante aún es esta tendencia a transformar inmediatamente a los adolescentes en símbolos de los enfrentamientos políticos de los adultos. Sus voces son acogidas o rechazadas según confirmen o contradigan las convicciones preexistentes.
Sin embargo, en ambos casos, a veces parecen olvidarse de los principales interesados.
Los estudiantes de preparatoria no son más depositarios de una nueva verdad de lo que son responsables de las contradicciones del mundo que heredan. Simplemente están atravesados por los mismos prejuicios, las mismas tentaciones autoritarias y las mismas violencias que sus mayores, y evolucionan en sintonía con el mundo en el que viven. Nada permite afirmar, por lo demás, que necesariamente construirán una sociedad mejor.
Pero llegan a un mundo que no eligieron y cuyas consecuencias tendrán que asumir, pese a todo.
Esta asimetría debería, por sí sola, imponernos una responsabilidad particular.
¿Puede una sociedad perpetuarse limitándose a transmitir conocimientos, instituciones o reglas? ¿O debe también transmitir la convicción de que existe algo que merece ser preservado, discutido y transformado colectivamente?
¿No debe dar también a las generaciones siguientes los medios para evitar convertirse en prisioneras de las certezas de quienes las precedieron?
Ahora bien, ¿qué les estamos transmitiendo hoy?
Un mundo cuyos puntos de referencia se disuelven, instituciones que apenas consiguen cumplir sus promesas, comunidades políticas que se fragmentan, tecnologías cuyas consecuencias no controlamos plenamente y esa extraña exigencia de adaptarse a transformaciones cuyos fines últimos nadie parece verdaderamente capaz de definir.
Una “sociedad líquida”, en la que los marcos de la existencia se desvanecen mientras las certezas políticas e identitarias se vuelven cada vez más rígidas. Y en la que las reacciones suelen ser bastante vacías.
Prometemos a las generaciones del mañana un mundo cuyo futuro, por ahora, parece seriamente comprometido. Apenas la posibilidad de sobrevivir. Sin siquiera poder garantizarles las condiciones de una existencia digna…
Un grito de vida
¿Debemos, entonces, hablar de una “generación sacrificada”?
El sacrificio, aquí, consiste en pedir a las generaciones siguientes que soporten las consecuencias de nuestras renuncias, en presentarles nuestros callejones sin salida como fatalidades o en imponerles nuestros antagonismos como herencias de las que no podrían sustraerse. Y, sobre todo, en pedirles que crean en un futuro que nosotros mismos parecemos haber renunciado a imaginar colectivamente.
¿En nombre de qué?
¿En nombre de la competitividad, la seguridad, la soberanía, la identidad, el crecimiento o de necesidades económicas supuestamente inevitables?
¿En nombre de qué imperativos, si ya no somos capaces de darles un sentido que vaya más allá de su propia perpetuación?
Quizá lo más inquietante no sea que la juventud se rebele contra el mundo que le ofrecemos. Quizá sea, más bien, que tengamos tan poco que responderle cuando nos pregunta qué puede esperar de él.
Amenazas, insultos, golpes de macana… e incomprensión… con un centro y unos extremos que, detrás de todo ello, se frotan las manos mientras esperan que el viento, con una dosis considerable de virtù, sople en la dirección “correcta”…
Cada uno proyecta sobre estos jóvenes sus propios impulsos, angustias, odios y deseos. Sin escuchar verdaderamente las reivindicaciones de los principales interesados.
Y, sin embargo, estos adolescentes que hoy salen a las calles para exigir condiciones dignas de estudio y la posibilidad de elegir su futuro siguen manifestando, pese a todo, una forma de confianza en la sociedad.
Si protestan, es porque todavía consideran que esa sociedad puede transformarse.
Quizá sea eso lo más alentador que queda en su rabia.
La verdadera generación sacrificada sería, sin duda, aquella que, tras haber heredado todos nuestros callejones sin salida, todas nuestras renuncias y todas nuestras certezas contradictorias, terminara por no esperar ya nada del mundo.
Y, por consiguiente, por no pedirle ya nada.
Al fin y al cabo, es su grito el que nos dice que un niño no nació muerto.















