


Los recientes “desbordamientos” de la guerra fuera de las zonas de conflicto delimitadas territorialmente desde su inicio, con su saldo de víctimas, interpelan directamente.
La guerra de guerrillas de Ernesto “Che” Guevara, así como Revolución en la revolución? de Régis Debray, por citar solo estos dos libros, analizaron extensamente, en el contexto de la edad de oro revolucionaria de los años sesenta, cómo la guerra irregular, lejos de reducirse a una simple táctica de hostigamiento ejercida por fuerzas débiles contra un adversario superior, adopta la forma de una empresa más compleja e inquietante. En ella, la población civil deja de ser únicamente refugio o apoyo logístico y se convierte progresivamente en el verdadero objeto de la confrontación, mientras la dinámica de la violencia no deja de transformarse según sus propias lógicas.
En este marco, la guerrilla, o guerra posclausewitziana, no se limita a evolucionar dentro de un entorno social dado, que supondría favorable o previamente ganado, sino que actúa sobre ese entorno con la intención de reconfigurarlo, de obligarlo a salir de la indiferencia o la ambivalencia, generando situaciones en las que toda neutralidad se vuelve insostenible. Guevara hablaba, en ese sentido, de crear las condiciones revolucionarias en lugar de esperar su “madurez social”.
Esta lógica, que podría describirse como una estrategia de polarización inducida, se basa en un mecanismo relativamente constante, cuyas variaciones históricas revelan tanto su plasticidad como su notable eficacia. Una organización insurgente se inserta primero en un tejido social que no necesariamente le es favorable en su totalidad, realiza acciones selectivas contra una potencia estatal u ocupante y luego se expone, de manera deliberada o calculada, a represalias cuya magnitud, a menudo desproporcionada, afecta indistintamente a combatientes y civiles. En este proceso, la violencia del adversario deja de ser un simple costo estratégico para convertirse en un elemento operativo: contribuye a provocar un giro emocional y político en la población, transformando el sufrimiento en el motor de la movilización.
“El pez en el agua”
Esta dinámica no es fortuita ni producto de la improvisación. Se inscribe en una tradición teórica antigua, cuyas formulaciones más influyentes aparecen en los escritos de Mao Zedong sobre la guerra popular prolongada. La conocida metáfora del pez en el agua, utilizada para describir la simbiosis entre guerrilla y población, implica, en realidad, un trabajo constante sobre esa “agua”, que la guerrilla busca densificar y politizar, incluso mediante la coerción, para asegurar su supervivencia y expansión. En las prácticas revolucionarias chinas, esta transformación del entorno social se acompañó de campañas de propaganda, mecanismos de presión interna y una instrumentalización indirecta de la violencia adversaria, cuya brutalidad debía revelar la naturaleza opresiva del enemigo.
La guerra de independencia argelina ofrece un ejemplo particularmente ilustrativo. El Frente de Liberación Nacional, al ejecutar acciones espectaculares en centros urbanos, especialmente durante la batalla de Argel en 1957, se exponía a una represión sistemática por parte del ejército francés. Sus métodos, que incluían tortura, desapariciones y un control intensivo de barrios populares, produjeron un efecto paradójico: una parte significativa de la población, inicialmente prudente o reticente, terminó inclinándose hacia el campo independentista, no solo por solidaridad, sino por una necesidad moral y existencial ante una violencia que hacía inviable cualquier posición intermedia.
Un fenómeno similar puede observarse en la guerra de Vietnam. La presencia del Viet Cong en aldeas rurales no dependía exclusivamente de una adhesión previa de la población, sino de su capacidad para explotar los efectos de las operaciones militares estadounidenses, en particular los bombardeos masivos, los desplazamientos forzados y, en ocasiones, masacres de civiles. El caso de Mỹ Lai en 1968 es emblemático: transformó un episodio de violencia en catalizador de compromiso, reforzando la legitimidad de la insurgencia entre sectores antes indecisos.
“Uno, dos, muchos Vietnam”
En contextos más recientes, especialmente en Medio Oriente, esta lógica reaparece bajo formas renovadas. Las organizaciones armadas que operan en zonas densamente pobladas mantienen una interacción constante con la potencia militar adversaria, cuyas represalias, amplificadas por la cobertura internacional, alimentan ciclos de indignación y movilización. En los territorios palestinos, distintas fases de insurgencia han generado respuestas militares cuyos efectos sobre la población civil han reforzado, de manera compleja y a veces contradictoria, la adhesión a grupos armados.
El caso libanés, en su configuración actual, ilustra con particular claridad este mecanismo. Hezbolá, cuyo núcleo operativo ha sido sistemáticamente desmantelado, con cuadros iraníes y propios perseguidos y abatidos, y con bastiones en el sur del Líbano, la Bekaa y la periferia sur de Beirut reducidos a escombros por bombardeos israelíes, mientras millones de personas han sido desplazadas, se ve obligado a replegarse hacia regiones poco favorables. En zonas como Beirut o el Metn, la guerra que impulsó encuentra oposición latente o incluso abierta.
Este desplazamiento forzado abre una nueva fase del conflicto, cuyos efectos trascienden lo territorial para instalarse en lo social. Hezbolá ha reivindicado una inspiración en las técnicas subversivas de Guevara en términos de polémología, diferenciándose del foquismo más estatista aplicado por la OLP. Su lógica es espacial, no territorial. El foco es móvil, porque el espacio de la guerra se inscribe en la wilayat al-faqih. El territorio, en sí mismo, se vuelve secundario, prescindible. También sus habitantes, convertidos en “martirópatas”, dispuestos a morir por la doctrina antes que por la tierra. Así, el Hezbolá recurre al urbicidio en nombre de una lógica imperial de alcance espacial.
A esto se suma una dimensión estratégica de inspiración persa. Históricamente, los persas libraban guerras en múltiples frentes, apoyándose en conflictos indirectos y en la financiación de actores aliados o rivales, incluso enfrentando ciudades entre sí, lo que les permitía gestionar territorios sin necesidad de ocupación directa.
En esa línea, la estructura vinculada a los Guardianes de la Revolución ha desarrollado una suerte de neoguevarismo de revolución permanente, aplicando la conocida fórmula del Che: “Crear uno, dos, muchos Vietnam”. El objetivo no es solo forzar a los adversarios, especialmente en el Golfo, a ceder rápidamente, sino también internacionalizar el conflicto para, paradójicamente, precipitar su resolución.
El juego de “ganar-ganar”
Más allá del terreno urbano, emerge un cálculo distinto: un juego subversivo de “ganar-ganar” para la organización armada. Al operar en zonas reacias a la guerra y mantener actividades que las exponen a bombardeos israelíes, Hezbolá empuja a su adversario a atacar poblaciones que le son hostiles, convirtiéndolo en instrumento involuntario de una recomposición de lealtades. El sufrimiento infligido a estas comunidades tiende a acercarlas, por necesidad, a quien se presenta como su único protector posible.
El cálculo va más allá. La llegada de desplazados del sur genera tensiones en las comunidades receptoras, con reacciones de rechazo que la organización aprovecha para reforzar la cohesión interna. Pocas fuerzas cohesionan tanto como la sensación compartida de no pertenecer a ningún lugar y de no estar seguros fuera del grupo armado, protegido por la asabiya comunitaria.
Este tipo de dinámicas puede analizarse a la luz de distintos marcos teóricos. La perspectiva de Clausewitz permite entender la guerra como un fenómeno profundamente político. La teoría de la violencia mimética de René Girard explica cómo los ciclos de represalias se retroalimentan, borrando progresivamente la distinción entre víctima y agresor. Por su parte, los análisis de Michel Seurat muestran cómo la violencia no solo desestructura lo social, sino que también lo reconfigura, generando nuevas lealtades y fracturas.
Sin embargo, esta estrategia plantea dilemas éticos fundamentales. Por un lado, puede interpretarse como una respuesta pragmática ante una asimetría extrema. Por otro lado, implica instrumentalizar a la población civil, exponiéndola a riesgos crecientes, a menudo sin su consentimiento, en nombre de un objetivo político superior. En esta tensión reside una de las ambigüedades centrales de la guerra irregular: la línea entre liberación y puesta en peligro deliberada se vuelve difusa.
Así, la guerrilla no solo refleja un estado social, sino que contribuye activamente a producirlo, transformando la violencia en herramienta de adhesión y el sufrimiento en motor de la movilización política. La población deja de ser un telón de fondo para convertirse en el escenario mismo de la guerra, en una dinámica profundamente trágica donde la lealtad se construye a partir de la experiencia compartida de la violencia y la neutralidad se vuelve cada vez más inviable.
¿Retorno de lo reprimido?
Sin embargo, no conviene dejar esta lógica sin su contrapunto. Si la estrategia de polarización inducida supone que la violencia puede generar adhesión de manera indefinida, tarde o temprano se enfrenta a una resistencia que podría describirse, en términos freudianos, como el retorno de lo reprimido. La cultura del martirio y la cultura de la vida no pueden coexistir de forma duradera sin entrar en conflicto, y su colisión resulta, a la larga, inevitable.
La explosión del puerto de Beirut, en agosto de 2020, ofreció la demostración más trágica de esta tensión, menos como accidente que como síntoma de una organización que ha hecho de la muerte una forma de gobierno, y que terminó enfrentándose, en el corazón mismo de la ciudad que pretendía defender, a las consecuencias de esa elección. Eros y Tánatos no pueden compartir indefinidamente el mismo espacio, y una de estas lógicas termina por imponerse, sin que nada en la historia permita suponer que será la segunda.
Sin embargo, también en este punto Hezbolá revela su carácter sinuoso. Más allá de la asabiya que cultiva en su propia comunidad, e incluso más allá de ella, mediante la creación de tensiones internas binarias —el Bien contra el Mal— que obligan a cada individuo a tomar partido, ya está sentando las bases de un orden de posguerra en el que solo contará una victoria: aquella que aplaste a las voces disidentes, a los “enemigos internos”, a los “traidores”. La víctima de hoy, que busca ampliar la base de adhesión frente al enemigo, se proyecta ya como el verdugo de mañana, dispuesto a levantar las horcas.
Frente a este callejón ideológico, la única lógica posible es la del doble enemigo: el enemigo “territorial”, Israel, con sus ataques cotidianos contra la población civil, y el enemigo “espacial”, Hezbolá, con su ideología transnacional al servicio de los Guardianes de la Revolución. Al urbicidio de Gaza responde otro, móvil, que se desplaza de un territorio a otro.
Entre ambos, ¿cuántas víctimas inocentes más deberán caer antes de que la cultura de la vida logre imponerse, de una vez por todas?