


Hay que agradecer a Naïm Kassem no poseer ni el carisma, ni la elocuencia, ni la virtù de su predecesor, Hassan Nasrallah.
A lo largo de los años, y sin duda hasta su traspiés sirio, Nasrallah encarnó en el espíritu árabe-musulmán una cierta idea de la irreductibilidad frente a Israel. Sus dotes de orador habían logrado una proeza magistral: conseguir que se olvidara que, bajo sus arengas anti-imperialistas de «resistencia», él mismo constituía nada menos que la punta de lanza de un proyecto imperialista iraní, edificado sobre la sangre de sus conciudadanos libaneses, desde la izquierda libanesa hasta los pilares del 14 de Marzo.
Ahora bien, existe en la retórica de Hezbolá una ambivalencia tan cuidadosamente cultivada que exige esfuerzos extraordinarios de persuasión… y es preciso constatar que la pócima mágica ya no surte efecto con Kassem, cuyo encanto pertenece más al doctrinario psicorrígido que al tribuno histórico.
Carl Schmitt había situado, en el fundamento mismo de lo político, la distinción amigo/enemigo como acto soberano por excelencia. En la óptica del filósofo alemán, quien traza la línea decide, y quien decide es soberano. Julien Freund, refinando la idea, había añadido que nadie tiene el lujo de elegir a sus enemigos: es el enemigo quien te elige, y pretender ignorarlo no lo hace desaparecer, sino que simplemente te desarma frente a él.
Lo que ni Schmitt ni Freund habían anticipado del todo es el uso perverso que puede hacer de semejante axioma un actor político suficientemente hábil para exhibir un enemigo de sustitución con el fin de disimular al enemigo real. Y ello amparado, además, por lo sagrado, de modo que quien ose señalar dicha sustitución queda de inmediato encuadrado en el campo de la traición…
Pues lo que la retórica de Naïm Kassem deja entrever en negativo — y que Nasrallah sabía disimular bajo una mezcla sabia de argumentación y literatura — es que Israel no es el enemigo principal de Hezbolá. Es su daawa: en el sentido jalduniano utilizado por Michel Seurat en L'État de barbarie, es decir, la justificación, el combustible existencial.
El enemigo real, aquel al que el partido tiene en el punto de mira desde su fundación, es doble e interior. Primero, la propia comunidad chiita, a la que hay que mantener, por todos los medios, en una lealtad sin fisuras a la wilayat el-faqih, sofocando cualquier disidencia libanesista, democrática o simplemente crítica en su seno. Después, el Estado libanés, que conviene no destruir — sería demasiado llamativo, y funcionalmente.
contraproducente — sino invertir, paralizar, colonizar desde dentro y desustancializar, en nombre y por cuenta de Teherán, hasta que se convierta en el ropaje legal de un proyecto de poder que nunca fue libanés.
La disimulación legítima ante la adversidad queda así erigida en arte de gobierno ofensivo: Hezbolá declara querer liberar el Líbano… mientras lo ocupa política y militarmente. Pretende además defender la soberanía mientras subordina cada decisión estratégica a Teherán. Convoca al pueblo libanés a la unidad mientras designa traidores a quienes rehúsen disolverse en ella. Y esgrime finalmente a Israel — con un talento particular para las puestas en escena — como el telón detrás del cual se desarrolla el drama verdadero.
Lo que convierte el drama en particularmente formidable es que el enemigo exterior que justifica la daawa no es inventado. Israel existe, lleva a cabo incursiones mortíferas, ocupa porciones del territorio libanés, viola el acuerdo del 27 de noviembre con una brutalidad documentada y proporciona así a Hezbolá una coartada inagotable, renovada tras cada aldea arrasada. La legitimidad de la resistencia a la agresión israelí no fue una invención. Es real, arraigada en el derecho internacional y en la memoria colectiva de un pueblo que efectivamente padeció la ocupación — aunque toda huella de ese pasado haya sido total y violentamente borrada por Hezbolá desde finales de los años ochenta.
Y es precisamente ahí donde reside la sofisticación criminal del dispositivo. Hezbolá no fabricó a este enemigo de la nada. Lo capturó, lo instrumentalizó y se volvió estructuralmente dependiente de su persistencia (Tel Aviv también, por cierto — de ahí que los dos hayan convivido cómodamente durante tantos años, antes de que Irán se convirtiera, para un Israel en paz con el mundo árabe sunnita, en el adversario elegido). Sin la agresión israelí, la daawa se derrumba. Sin la daawa, la dominación interna pierde su escudo semántico. Desde esta perspectiva, una paz con Israel constituiría una doble catástrofe existencial. Hezbolá quedaría al descubierto en el frente interior, instado a entregar sus armas, y desprovisto de toda retórica que justifique su control del territorio y su conquista marcial del mulk, el centro del poder, el Estado.
Es en este nudo gordiano donde hoy se encuentran el presidente de la República Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam, llamados a un equilibrio sencillamente imposible. Por un lado, una calle chiita y, más allá, libanesa, aún herida, aún recorrida por la furia legítima de una comunidad que Tel Aviv bombardea sin tregua y sin discriminación. Por el otro, una voluntad interior e internacional de liquidar definitivamente esta situación paraestatal anormal y de devolver al Estado libanés el monopolio de la violencia legítima que nunca ha ejercido plenamente desde Taëf. Estas dos presiones no dejan de obedecer a temporalidades distintas y a coyunturas emocionales incompatibles. Quien intente conciliarlas se expone a ser acusado simultáneamente de complicidad con el enemigo y de traición a su propio pueblo. Por necesario y fundamental que sea el restablecimiento del monopolio de la violencia legítima para la supervivencia del Estado libanés, el hecho de que se produzca bajo la coacción de una paz forzada con Israel lo convierte en algo profundamente problemático.
La comunidad internacional, en este contexto, no puede permitirse cargar el grueso de su presión sobre los tres polos políticos libaneses, como si éstos fueran los principales obstáculos a la normalización. Eso sería invertir la carga de la prueba con una ligereza culpable.
La restauración de la soberanía libanesa pasa por dos condiciones previas que sólo una presión internacional coherente puede crear: que Teherán sea compelido, de una vez por todas, a soltar su correa de transmisión beirutí, y que Israel sea forzado a frenar su máquina de destrucción que opera con total impunidad, dejando así de proporcionar a Hezbolá el combustible de su legitimación perpetua. Exigir de Nawaf Salam y Joseph Aoun — e incluso de Nabih Berry — que avancen sin que estas dos condiciones se cumplan es pedirles que caminen sobre las aguas — o, más exactamente, que firmen su propia sentencia de muerte política, y acaso física.
Pues Naïm Kassem no sólo tiene palabras. Detrás de la retórica ideológica y las metáforas de la resistencia mítica hay una organización digna de los Asesinos, que ha demostrado su capacidad y su voluntad de eliminar todo obstáculo a su hegemonía. El espectro de Sadat — asesinado por haber osado trazar un camino hacia la paz que los guardianes de la guerra eterna no podían tolerar — sigue rondando sobre toda perspectiva de reconciliación en Oriente Próximo.
Y esto no es ni paranoia ni catastrofismo. Es sencillamente la amarga realidad de las cosas. ¿Hace falta recordar que las potencias occidentales, tras haber incitado al gabinete Siniora a tomar su histórica decisión relativa al desmantelamiento de la red telefónica fija de Hezbolá en la carretera del aeropuerto de Beirut en 2008, no tuvieron más que pequeñísimas palabras de condena tras las expediciones punitivas de mayo de 2008 contra Beirut y la Montaña libanesa? ¿Comprende Donald Trump — cuyo poder descansa hoy en la incertidumbre de las mid-terms — el alcance de lo que pretende imponerle, en las circunstancias actuales, a Joseph Aoun, forzándole la mano para que se reúna con Netanyahu? Más allá de lo incongruente, hay una inconsciencia y una ligereza movidas únicamente por una obsesión por la cosmética.
El verdadero coraje hoy no consiste en exigir bravatas a las autoridades libanesas cuando éstas se enfrentan a un doble enemigo animado por el mismo objetivo mimético: someterlas. Consistiría más bien en apoyar al Estado libanés de manera práctica, mediante un plan integral en los distintos ámbitos, para que pueda reconstruirse con sus instituciones al margen del dominio de Hezbolá. Aunque ello requiera una fuerza multinacional legítima formada por países amigos y encargada de mantener la paz civil y de ayudar a las fuerzas políticas y de seguridad libanesas legales — liberadas de la influencia hegemónica iraní — a recuperar la soberanía del Estado libanés sobre la totalidad del territorio y a sentar las bases de un programa político capaz de restablecer la unidad nacional.