


Los ataques lanzados desde territorio iraquí contra Arabia Saudita, Kuwait y el Reino Hachemita de Jordania ponen de manifiesto la fragilidad de un país que sigue siendo incapaz de recuperar el equilibrio. La respuesta saudita, que tuvo como blanco posiciones de las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi), estructura que sirve de cobertura a las milicias sectarias iraquíes subordinadas al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, confirma que la guerra en la región ha entrado en una nueva etapa. Con ello, Riad dejó claro que ya no está dispuesto a someterse indefinidamente al chantaje iraní.
La República Islámica está utilizando hoy todas las cartas de las que dispone para intensificar la confrontación que mantiene con Estados Unidos. Es incapaz de admitir que no es una superpotencia y que necesita alcanzar un entendimiento con la administración de Donald Trump que le permita convertirse en un Estado normal, en lugar de seguir actuando como una potencia hegemónica que impone sus condiciones recurriendo a Irak, Yemen y el Líbano.
A Teherán también le cuesta reconocer que esta escalada no le reportará ningún beneficio. Más aún, la situación actual pone al descubierto la realidad iraquí: Irak sigue sin poder escapar de la tutela iraní y el gobierno de Ali al-Zaidi no es, en esencia, más que una prolongación del encabezado por Mohammed Shia’ al-Sudani. Todo ello pese a los esfuerzos que afirma realizar, entre ellos el establecimiento de un calendario para poner fin a la existencia de armas que permanecen fuera del control del Estado.
Ali al-Zaidi visitó recientemente Washington. Donald Trump lo colmó de elogios durante su encuentro en el Despacho Oval. Sin embargo, bastaron unos pocos días para comprobar que la apuesta de la Casa Blanca por el primer ministro iraquí estaba mal encaminada y que al-Zaidi simplemente no tiene la capacidad de liberar a Irak de la influencia directa de Irán.
Al final, es cierto que Ali al-Zaidi emprendió una campaña en gran medida exitosa contra la corrupción en Irak. Pero también lo es que esa campaña nunca alcanzó a los verdaderos responsables, a quienes sostienen un sistema corrupto surgido en 2003, cuando la administración de George W. Bush entregó Irak a Irán en bandeja de plata.
Existe una relación evidente entre la corrupción en Irak y el papel que desempeña Irán en el país. Esa corrupción no solo financia a las milicias sectarias iraquíes afiliadas al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, sino que también alimenta las arcas de la República Islámica y financia a sus proxys en toda la región.
No basta con que Donald Trump afirme que “daremos una dura lección a Irán y estamos considerando lanzar ataques contra sus proxys”. Ese tipo de declaraciones se queda en mera retórica mientras Estados Unidos no adopte una posición clara sobre el lugar que ocupa Irak en la ecuación regional. Esa posición debería partir de un reconocimiento sin ambigüedades de que el país continúa bajo la tutela iraní y representa, al mismo tiempo, una amenaza para sus vecinos. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica mantiene bases en la frontera entre Irak y Jordania, e incluso en la frontera con Siria. Además, la mayor parte de los drones lanzados por Irán contra Kuwait despegaron desde territorio iraquí.
Lo más preocupante es que los ataques iraníes contra Arabia Saudita, ejecutados desde Irak, no solo dejaron en evidencia las carencias del gobierno de Ali al-Zaidi. También demostraron que la República Islámica no respeta los acuerdos que firma con otros Estados. Ese es el caso del acuerdo alcanzado con Arabia Saudita en Pekín en 2023. Irán no solo lo violó a través de los hutíes en Yemen, sino que además dejó claro que Irak sigue estando bajo su control. Más aún, todo indica que la República Islámica está dispuesta a utilizar Irak como plataforma en la guerra que libra contra los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo y Jordania.
Las declaraciones de Donald Trump, según las cuales los ataques contra las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi) en Irak, llevados a cabo de forma conjunta por Arabia Saudita y el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), “fueron coordinados con el gobierno iraquí”, no alteran en absoluto la realidad de fondo. Esas afirmaciones equivalen a cerrar los ojos ante un hecho imposible de eludir. La cuestión puede resumirse en una pregunta muy sencilla: ¿cuál es hoy el lugar de Irak en la ecuación regional? ¿Puede aspirar a ser algo más que un satélite que gira en la órbita iraní?
Lo más lamentable es que la búsqueda de un equilibrio por parte de Ali al-Zaidi entre la relación de su gobierno con Irán, por un lado, y sus vínculos con los países árabes vecinos, por el otro, no ha dado ningún resultado concreto. El primer ministro iraquí se ha visto obligado a anunciar el aplazamiento de su visita a Riad, al menos por el momento. Se trata de una decisión lógica mientras siga sin resolverse cuál será el lugar de Irak en la ecuación regional y si el país tiene realmente posibilidades de salir de la tutela iraní.
Las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi), que agrupan a varias milicias, representan el símbolo más evidente de la hegemonía iraní que persiste en Irak desde 2003. Los salarios de sus combatientes son financiados con el presupuesto del Estado iraquí. Las afirmaciones de Donald Trump sobre una supuesta “coordinación” con el gobierno de Ali al-Zaidi no cambian esa realidad. Más bien, eluden la cuestión de fondo sobre la que descansa su apuesta por Irak, una apuesta condenada al fracaso mientras las armas de las milicias, y no las instituciones del Estado, sigan imponiendo la primera y la última palabra en el país. Todo lo demás no es más que detalles sin la menor importancia.