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El Nuevo Mundo

La arrogancia iraní para justificar una derrota libanesa

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(Foto Joseph Eid/AFP)
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Por Khairallah Khairallah
Publicado ago 5, 2026 - 16:28

Seis años después de la explosión catastrófica en el puerto de Beirut, cuando es más que probable que Hezbolá, con la complicidad de otros actores, haya protegido el almacenamiento de nitrato de amonio, el Líbano sigue resistiendo a su enemigo interno. Ese enemigo está representado por las armas de Hezbolá, utilizadas tanto dentro como fuera del país, especialmente en Siria, mucho antes de la llamada “guerra de apoyo a Gaza”, una guerra que terminó provocando una tragedia para la comunidad chiita y, sobre todo, un desastre nacional para el Líbano.

Las declaraciones más recientes del secretario general de Hezbolá, Naim Qassem, constituyen una nueva prueba de ello. Acusó a las autoridades libanesas de “haber ayudado a Israel en lugar de ayudar al Líbano”, y añadió que “el presidente Joseph Aoun se ha convertido en parte del conflicto y en un factor de división, algo incompatible con el papel que le corresponde desempeñar”.

Estas declaraciones no son más que un episodio adicional de la guerra que Irán libra contra el Estado libanés y todas sus instituciones. Afortunadamente, la arrogancia no puede ocultar una derrota. Porque lo que el Líbano enfrenta hoy es una derrota provocada por Hezbolá. A causa de esa derrota, de la que Hezbolá, es decir, Irán, es responsable, el país se ve obligado a luchar en dos frentes, en circunstancias particularmente difíciles.

El primero es la guerra que Irán libra contra el Estado libanés. El segundo consiste en poner fin a la ocupación israelí para permitir el regreso de los desplazados a sus ciudades y pueblos.

En Roma se celebraron difíciles negociaciones con Israel, con el objetivo de poner fin a esa ocupación. Todo lo que hace hoy Hezbolá, respaldado por la República Islámica de Irán, no hace sino reforzar la posición israelí. ¿Cómo puede responder el negociador libanés cuando la parte israelí recuerda que las armas de Hezbolá fueron utilizadas para amenazar a las localidades israelíes de Galilea?

Fue desde esa perspectiva que el primer ministro Nawaf Salam respondió con notable claridad al secretario general de Hezbolá, sin mencionarlo por su nombre:

“Hoy aparecen quienes acusan a las autoridades políticas de haber ayudado a Israel en lugar de defender la soberanía del Líbano, para luego llamar al diálogo y a la unidad como si los libaneses no tuvieran memoria.

La mayor ayuda prestada a Israel provino de quienes arrastraron unilateralmente al Líbano a las absurdas aventuras de las llamadas guerras de “apoyo”, ofreciéndole todos los pretextos para agredir a nuestro país, pisotear su soberanía, destruir sus ciudades y pueblos, matar a sus habitantes y desplazar a cientos de miles de ellos.

Quien monopolizó la decisión de la guerra, quien sigue intentando confiscar la decisión del Estado y vincular al Líbano con agendas y ejes externos, ignorando los intereses de su propio entorno y de todos los libaneses, no tiene autoridad moral para repartir certificados de patriotismo, y mucho menos de soberanía.

No habrá soberanía para el Líbano sino a través de una única decisión nacional e independiente, ejercida por un Estado con un solo ejército que extienda, por sí mismo, su autoridad sobre todo el territorio nacional.

En cuanto al diálogo y la unidad, solo pueden construirse con el valor de reconocer los hechos, por dolorosos que sean, y de asumir la responsabilidad por decisiones temerarias cuyo elevado costo los libaneses siguen pagando hasta hoy.”

Con ello, las acusaciones de Naim Qassem quedan plenamente respondidas. Exhortó a las autoridades libanesas a “proteger la soberanía nacional, fortalecer al Ejército libanés, lograr la retirada del enemigo israelí, reconstruir el país y esclarecer la verdad sobre el puerto”. También afirmó que “las negociaciones directas no han traído al Líbano más que vergüenza, humillación, decepciones y concesiones sucesivas”.

Incluso llegó a sostener que “todas las agresiones contra el Líbano fueron llevadas a cabo bajo supervisión, dirección y aprobación de Estados Unidos”, al tiempo que instó a las autoridades libanesas a “poner fin a las concesiones gratuitas, dialogar con la Resistencia, reencauzar la situación interna y defender la soberanía”.

Tampoco dejó de elogiar a Irán, asegurando que “trabajó para que el Líbano ocupara el primer lugar en el memorando de entendimiento con Estados Unidos y exigió el cese de la agresión y la retirada israelí”.

El secretario general de Hezbolá concluyó afirmando que “es el proceso derivado del memorando de entendimiento el que permitirá la retirada israelí y que, sin la firmeza de la Resistencia, no se habría conseguido nada”. Añadió: “Estamos comprometidos con la unidad nacional. La gran unidad entre Hezbolá y Amal ha formado un muro infranqueable frente a la agresión israelí-estadounidense y frente a los actores menores. Juntos, como pueblo, Resistencia, futuro y vida, seguiremos nuestro camino.

Lo menos que puede decirse de este discurso, que desafía toda lógica, es que Naim Qassem parece convencido de que los libaneses carecen de memoria. Incluso de la memoria del asesinato de Rafic Hariri, de sus compañeros, de muchos de los hombres más honorables del país y, finalmente, de Lokman Slim. También parece creer que los libaneses ignoran quién abrió el frente sur sin el más mínimo respeto por la soberanía nacional, incluso en su sentido más elemental.

Ha quedado claro que el secretario general de Hezbolá considera a los libaneses un rebaño incapaz de someter sus posiciones al menor examen crítico. Pretende que el Estado libanés asuma las consecuencias de los crímenes cometidos por su partido contra el país, incluido el regreso de la ocupación israelí. Las declaraciones de Naim Qassem solo pueden explicarse por su desprecio hacia la inteligencia de los libaneses y por el control absoluto que Irán ejerce sobre Hezbolá.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo puede el Líbano salir de esta crisis? ¿Debe esperar a que se produzca un cambio profundo en Irán?

La respuesta es sencilla. El Líbano puede lograrlo, siempre que comprenda que la verdadera humillación consiste en invocar la ocupación para justificar la existencia de armas ilegales en su territorio. También consiste en negarse a reconocer que ninguna ocupación puede terminar sin negociaciones directas con quien ocupa el territorio.

Hay un precio que inevitablemente habrá que pagar. Quienes se niegan a asumirlo solo buscan seguir explotando al sur del Líbano y a sus habitantes indefinidamente, mientras esperan el Día del Juicio en la República Islámica. Es decir, el día en que Irán vuelva a ser un Estado normal, nada más; un Estado que ya no necesite recurrir a la arrogancia para justificar su derrota.

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