


En el fondo, hay una pregunta que resulta inevitable: ¿qué llevó a Irán a violar de manera tan flagrante el memorando de entendimiento alcanzado con Estados Unidos durante las negociaciones celebradas en Suiza con una delegación estadounidense encabezada por el vicepresidente J. D. Vance?
Sin duda existen muchas razones que podrían explicar el extraño comportamiento de Irán, cercano a la irracionalidad. Eso llevó al presidente Donald Trump a calificar a los dirigentes iraníes de “enfermos” y “mentirosos”, con quienes resulta imposible mantener una relación de confianza. Incluso fue más lejos y utilizó expresiones que reflejaban una profunda decepción hacia los responsables iraníes antes de anunciar el fin del memorando de entendimiento.
La explicación más importante de esa conducta irracional radica, sin embargo, en la decisión de los países de la región de buscar alternativas para eludir el estrecho de Ormuz, ya sea a través del mar Rojo o del mar Mediterráneo. Ello implica alcanzar entendimientos con Jordania y Siria, o con Irak y Türkiye, para que el petróleo y el gas puedan llegar a puertos desde los cuales sean exportados hacia Europa y otras regiones del mundo sin quedar a merced de Irán. Lo único que hizo Teherán fue comprender que el tiempo, en el que había apostado durante años, ya no jugaba a favor de su estrategia y que avanzaban seriamente los esfuerzos para reducir la dependencia del estrecho de Ormuz, al que consideraba su principal carta de presión frente a Estados Unidos.
La búsqueda de nuevas rutas para oleoductos y gasoductos por parte de los países del Golfo privó a la “República Islámica” de su carta más fuerte, precisamente la que llevó a la administración estadounidense a firmar el memorando de entendimiento con Irán, sin comprender que trataba con un régimen de naturaleza muy distinta, ajeno a cualquier valor relacionado con el derecho internacional y el respeto a la soberanía de otros Estados. Desde su establecimiento en 1979, el régimen iraní ha practicado una sola política: el chantaje.
En cualquier caso, la decisión de Estados Unidos de recurrir a ataques militares en respuesta a las agresiones de la Guardia Revolucionaria contra varios buques petroleros, entre ellos uno catarí y otro saudí que atravesaban el estrecho de Ormuz, refleja el tardío descubrimiento, por parte del presidente estadounidense, de la verdadera naturaleza de los dirigentes iraníes y del propio régimen. Que Donald Trump haya descubierto al régimen iraní tarde sigue siendo mejor que no haberlo descubierto nunca.
Nunca debió haber hecho falta tanto tiempo para que Donald Trump comprendiera con quién estaba tratando y entendiera que el régimen iraní jamás ha cambiado. Nunca ha respetado el derecho internacional ni los valores humanos más elementales. La tragedia provocada por la “República Islámica” en el sur del Líbano constituye una prueba elocuente de ello. Para Teherán, el memorando de entendimiento con la administración estadounidense no fue más que una oportunidad para ganar tiempo. El régimen tampoco respetó su cláusula fundamental, aquella que, desde la perspectiva de Washington, garantizaba la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz.
Mantener abierto el estrecho de Ormuz era una cuestión estratégica para el propio Trump, quien veía en la caída de los precios del petróleo un logro importante que podía presentar ante la opinión pública estadounidense. Necesitaba ese éxito para fortalecer su posición frente al ciudadano estadounidense común. Por eso reaccionó con enorme furia cuando la Guardia Revolucionaria volvió a obstaculizar la navegación por el estrecho de Ormuz. Para entonces, Irán ya había comprendido la seriedad con la que los países de la región trabajaban para reducir su dependencia del estrecho. Eso explica el renovado interés de Teherán por Yemen y por los hutíes, quienes retomaron sus amenazas contra Arabia Saudita después de haber mantenido durante bastante tiempo una relativa calma.
Para Irán, los hutíes pueden desempeñar un papel decisivo al perturbar la navegación en el mar Rojo e impedir el paso de los buques petroleros. No es casualidad que la “República Islámica” haya violado las restricciones internacionales impuestas al aeropuerto de Saná para demostrar que los hutíes siguen siendo una de sus principales bazas y que no están en condiciones de sustraerse a la disciplina impuesta por Teherán.
Hay otro aspecto de enorme importancia. Donald Trump no es el único que ha redescubierto la verdadera naturaleza de Irán y del régimen de Teherán. También Pakistán terminó por comprobar, sencillamente, que su mediación entre Estados Unidos e Irán no sirve de mucho. Todo lo que realmente puede hacer es seguir siendo una carta en manos de Irán, nada más. La “República Islámica” ha aprovechado a Pakistán hasta el límite. Islamabad contribuyó a convencer a la administración Trump de que era posible alcanzar un acuerdo equilibrado con Irán, basado en preservar la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz.
La estrategia iraní de ganar tiempo terminó volviéndose en su contra. Antes que nadie, los países de la región dejaron claro que no están dispuestos a seguir siendo rehenes del estrecho de Ormuz. Eso explica, más que cualquier otra cosa, la creciente irracionalidad de Teherán, que no previó que Donald Trump acabaría perdiendo la paciencia y recurriendo nuevamente a la lógica de la fuerza.
¿Ha vuelto la guerra? Esa es la gran pregunta, y todavía es demasiado pronto para responderla. Lo que sí parece indiscutible es que privar a la “República Islámica” de la baza que representaba el estrecho de Ormuz, junto con el esfuerzo regional por encontrar rutas alternativas, la llevó a poner en riesgo el memorando de entendimiento con Estados Unidos. Después de todo, ¿qué valor puede tener ese acuerdo si Irán ya no dispone de la baza de Ormuz para presionar al mundo e influir en los precios internacionales del petróleo y el gas?
El estrecho era la gran baza de Teherán. Gracias a ella, Irán consiguió un memorando de entendimiento en el que Estados Unidos hizo importantes concesiones, entre ellas vincular a Irán con la búsqueda de una solución para el Líbano.
El proyecto de los países de la región para eludir el estrecho de Ormuz se parece a quitarle su juguete favorito a un niño. Al final, el comportamiento de la Guardia Revolucionaria no es más que la reacción de un niño al que acaban de arrebatarle ese juguete.