


¿Tendrá Donald Trump mejor suerte con Irak que la que ha tenido con Irán? La pregunta surge de manera natural tras la cálida recepción que el presidente estadounidense ofreció en Washington al primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi. Trump no escatimó elogios hacia al-Zaidi, pasando por alto que, hasta hace poco, era propietario de un banco incluido en la lista de sanciones de Estados Unidos por presunto lavado de dinero en beneficio del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán.
Trump recibió al primer ministro iraquí en la Casa Blanca en un momento en que los enfrentamientos intermitentes entre Estados Unidos e Irán han vuelto a intensificarse, con especial atención al estrecho de Ormuz. El presidente estadounidense descubrió, aunque demasiado tarde, que el memorándum de entendimiento firmado con el presidente iraní Masoud Pezeshkian, en realidad, significaba muy poco. Sigue existiendo un profundo abismo entre Washington y Teherán. Cada parte interpreta el memorándum a su manera. Del lado estadounidense, el acuerdo fue negociado por el vicepresidente J. D. Vance, acompañado por los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner. La reanudación de los enfrentamientos entre Washington y Teherán no es sino el reflejo de la profunda decepción de Trump con los resultados del proceso de Islamabad y del fracaso del papel de mediación desempeñado por Pakistán.
Ali al-Zaidi logró rehabilitar su imagen política y llegar al cargo de primer ministro, la posición más importante de Irak, después de que el presidente estadounidense vetara el regreso del ex primer ministro Nuri al-Maliki, la principal figura chiita del llamado Marco de Coordinación.
Hasta ahora, al-Zaidi ha demostrado una verdadera determinación a través de la campaña contra la corrupción impulsada por su gobierno. Sin embargo, esa campaña sigue siendo incompleta, ya que aún no ha alcanzado a las grandes figuras que han estado en el origen de la corrupción desde 2003, cuando Estados Unidos derrocó el régimen de Saddam Hussein, con todos sus defectos, para terminar entregando este país estratégico a la República Islámica de Irán.
Lo que hoy se espera de Irak, bajo el gobierno de Ali al-Zaidi, es que separe definitivamente su rumbo del de Irán. Sin embargo, eso no parece posible por una razón muy sencilla: el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica sigue controlando los principales resortes del poder. La prueba más evidente de ello es la permanencia de las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi), una estructura que reúne a varias milicias sectarias leales a Teherán y que continúa siendo uno de los principales centros de gravedad de la vida política iraquí. El Hashd incluso desempeñó funciones de seguridad durante las ceremonias fúnebres del Líder Supremo Ali Jamenei en Kerbala y Nayaf, en presencia de figuras de peso como Nuri al-Maliki, Hadi al-Amiri y Qais al-Jazali. Más revelador aún, el día del funeral de Jamenei fue declarado día feriado oficial en Irak.
Tarde o temprano, Irak tendrá que afrontar su hora de la verdad. La cuestión no se limita a continuar una campaña contra la corrupción que difícilmente llegará mucho más lejos de lo que ya ha llegado. El verdadero desafío radica en las armas que siguen en manos de las distintas facciones del Hashd al-Shaabi, así como de otras milicias iraquíes vinculadas también al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán.
Contrariamente a lo que parece creer el presidente Trump, ni Ali al-Zaidi ni ningún otro dirigente iraquí podrán desprenderse fácilmente de la influencia iraní mientras Teherán continúe teniendo las verdaderas llaves del poder en Bagdad. ¿Cómo explica al-Zaidi el lanzamiento de drones desde territorio iraquí hacia Kuwait? ¿Y cómo justifica los continuos ataques contra el consulado de Kuwait en Basora, mientras la República Islámica sigue agrediendo a los Estados del Golfo Árabe y a Jordania bajo el argumento de responder a los ataques estadounidenses?
También resultó revelador el decomiso, por parte de las autoridades sirias en la frontera con Irak, de un cargamento de armas que incluía 150 drones y misiles, y que se dirigía hacia Baniyas, donde se encuentra una refinería de petróleo. Las armas estaban destinadas a Hezbolá, organización que las autoridades sirias calificaron de terrorista. ¿Quién preparó cuidadosamente ese cargamento en Irak para enviarlo, a través de Siria, a Hezbolá y al Líbano? ¿Basta con crear una comisión investigadora iraquí para impedir que siga habiendo en Irak quienes simpaticen con Hezbolá?
No cabe duda de que la decisión del gobierno iraquí de incluir a Hezbolá libanés en la lista de organizaciones terroristas constituye un paso de la mayor importancia. Sin embargo, persiste una realidad fundamental: al menos hasta ahora, el gobierno de Ali al-Zaidi ha sido incapaz de romper por completo con Hezbolá, que ha logrado penetrar en más de una milicia iraquí que sigue simpatizando con él. Pero, ¿quién sabe? Tal vez, con su postura respecto a Hezbolá libanés, el gobierno iraquí no haga más que echar tierra a los ojos, en lugar de afrontar el problema del llamado «Hezbolá iraquí».
Trump habló largo y tendido sobre la importancia del petróleo iraquí y sobre lo que representa para las empresas estadounidenses. Sin embargo, cabe temer que su apuesta por Irak no corra una suerte mejor que la que hizo con Irán y con el memorándum de entendimiento que un sector de su administración alcanzó con la República Islámica.
Preguntas como estas seguirán planteándose mientras no se produzca un cambio profundo en Irán. Ese cambio puede llegar… o puede no llegar nunca. Hasta entonces, toda la región, incluido Irak, seguirá siendo rehén de ese cambio, con Ali al-Zaidi en el poder… o sin él.