

La pregunta no podría ser más sencilla. ¿Tiene Líbano un solo gobierno encabezado por Nawaf Salam, o varios gobiernos, cada uno con su propia agenda y bajo el control de uno u otro ministro?
Era natural que Nawaf Salam resolviera el asunto e impidiera que el ministro de Defensa, Michel Menassa, tomara la palabra durante la sesión parlamentaria en la que se aprobó la ley de amnistía, con sus aciertos y sus fallas, una ley que refleja mejor que cualquier otra cosa el estado de Líbano, con todo su deterioro y sus tensiones.
Nada ilustra mejor este deterioro libanés que la alianza entre Hezbolá y la Corriente Patriótica Libre, encabezada por Gebran Bassil, yerno del expresidente Michel Aoun. Esta alianza se opuso a la ley de amnistía y respaldó al ministro de Defensa, quien pretendía expresar ante el Parlamento la posición del ejército libanés sobre dicha ley. Esto habría significado socavar desde sus cimientos el sistema vigente, al presentar al ejército como una entidad autónoma respecto del Consejo de Ministros. En otras palabras, el ejército tendría una posición propia, paralela a la del Consejo de Ministros, que representa al poder ejecutivo… o al menos eso se supone.
Si el ministro de Defensa hubiera tomado la palabra ante el Parlamento, Líbano habría pasado, en la práctica, a tener cuatro poderes: el ejecutivo, el legislativo, el judicial… y un cuarto poder llamado ejército libanés, en lugar de que el ejército estuviera bajo la autoridad del poder ejecutivo, representado por el Consejo de Ministros en su conjunto y por la Presidencia de la República. ¿Necesita el país otro poder más en una etapa que, como mínimo, puede calificarse de decisiva, puesto que determinará si Líbano sigue siendo o no un país viable?
La alianza entre Hezbolá y la Corriente Patriótica Libre, es decir, la corriente aounista, no es ninguna casualidad. El mandato presidencial de Michel Aoun, entre 2016 y 2022, fue, en esencia, un mandato de Hezbolá. Junto con su yerno Gebran Bassil, Aoun puso al Estado libanés bajo las órdenes de Hezbolá, es decir, bajo las órdenes de Irán. Esto ocurrió en un momento en que Hezbolá se había opuesto siempre a cualquier actuación del ejército libanés en territorio nacional. Su primera objeción fue a la presencia misma del ejército en el sur del Líbano. ¿Quién recuerda el derribo del helicóptero pilotado por el oficial Samer Hanna en el sur del Líbano por un combatiente de Hezbolá, que después fue puesto en libertad? ¿Quién recuerda que Michel Aoun justificó la muerte del piloto preguntando: «¿Qué hacía Samer Hanna en el sur del Líbano?».
Michel Aoun dijo esto antes de convertirse en presidente de la República. Era la etapa en la que presentaba sus cartas credenciales ante Hezbolá, una etapa que duró diez años y comenzó en 2006. Precedió a su llegada al Palacio de Baabda como candidato presidencial de Hezbolá, un candidato que nunca se oponía a ninguna decisión de Hezbolá.
La alianza entre los aounistas y Hezbolá es el oportunismo llevado al extremo. También responde a una apuesta por socavar desde dentro el gobierno de Nawaf Salam, con un único objetivo: impedir cualquier avance en las negociaciones que se desarrollan entre Líbano e Israel. Por ello, el primer ministro hizo bien en frenar a Michel Menassa, quien no es más que un oficial retirado con buenas intenciones, pero que no alcanza a comprender el daño que puede causar el mal uso de esas intenciones, sobre todo cuando Irán las aprovecha, un Irán que controla por completo a Hezbolá.
En definitiva, Líbano tiene una preocupación mucho más grave que la ley de amnistía, con todas las fallas que contiene. Se encuentra ante una prueba histórica: cómo librarse de la ocupación israelí. Una ocupación que Hezbolá quiere que continúe para justificar que conserve sus armas, dirigidas, antes que nada, contra los demás libaneses.
Lo que hizo Nawaf Salam fue un acto eminentemente patriótico en un momento en que Líbano no tiene más alternativa que negociar directamente con un monstruo israelí que hace cuanto puede para cambiar la naturaleza del sur del Líbano, multiplicando la destrucción y las explosiones en sus pueblos y localidades.
Desde esta perspectiva, Líbano no puede permitirse hundirse en los laberintos de la ley de amnistía y cuestiones semejantes. El país no tiene, al menos por ahora, otra opción que asumir una realidad: Israel es el único beneficiario de que Hezbolá conserve sus armas. Quien hoy acude en auxilio de Hezbolá y busca desarticular el gobierno de Nawaf Salam se pone al servicio de Israel y de la ocupación. Todo lo demás son detalles, y todos ellos terminan sirviendo al proyecto que promueve la «República Islámica», uno de cuyos objetivos es convertir a Líbano en rehén de Irán en las negociaciones que se desarrollan, directa o indirectamente, entre Washington y Teherán.
Es vergonzoso que los aounistas y sus satélites vuelvan a ponerse al servicio de Hezbolá y de Irán. En realidad, semejante conducta no sorprende en un bando que nunca ha dejado de apuñalar por la espalda al ejército libanés. ¿No huyó Michel Aoun en octubre de 1990 al recinto de la Embajada de Francia en Baabda mientras los oficiales y soldados del ejército libanés enfrentaban valientemente al ejército sirio, que avanzaba hacia el palacio presidencial y el Ministerio de Defensa en Yarzeh?
A quien hizo entrar al ejército sirio en el Palacio de Baabda y en el Ministerio de Defensa en 1990 le resulta fácil, en 2026, servir al proyecto iraní en Líbano…