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El Nuevo Mundo

Los hutíes revelan la debilidad de la “República Islámica”

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(Foto Mohammad HUWAIS/AFP)
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Por Khairallah Khairallah
Publicado jul 23, 2026 - 03:35

Las amenazas que los hutíes en Yemen lanzan contra el Reino de Arabia Saudita y contra el tráfico marítimo que abastece a sus puertos carecen de cualquier horizonte, tanto político como militar. Simplemente les resulta imposible cumplir sus amenazas de imponer un bloqueo a los puertos sauditas.

En realidad, con sus declaraciones grandilocuentes y carentes de contenido, los hutíes dejaron pasar la oportunidad de convertirse en un actor de pleno derecho en el escenario político yemení, cuyo objetivo es alcanzar una solución política que no excluya a ninguna de las partes.

Al exhibir abiertamente su alineamiento con la “República Islámica”, se excluyeron a sí mismos de ese proceso político. Demostraron que antes de que fueran yemeníes, eran iraníes, y que cualquier esperanza de que recuperaran un mínimo de conciencia nacional era una ilusión. Al final, esa apuesta no fue más que una pérdida de tiempo.

Durante los últimos años, especialmente desde la firma del acuerdo entre Arabia Saudita e Irán, bajo mediación china en marzo de 2023, los hutíes habían mostrado cierta moderación y mantenían una neutralidad de fachada. Procuraban mantener el diálogo con Riad, evitando cualquier forma de provocación. Los contactos, en ocasiones directos y en otras indirectos, buscaban establecer una fórmula de coexistencia entre ambas partes.

Pero, de manera repentina, cuando la “República Islámica” en Irán, o más precisamente el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, decidió escalar militarmente, los hutíes, a través de su líder Abdel Malek al Houthi, revelaron su verdadera naturaleza: no pueden ser otra cosa que un instrumento de Irán.

Decidieron sumarse a la ofensiva iraní contra los Estados árabes del Golfo y contra Jordania, una ofensiva que refleja un fracaso iraní sin precedentes. Los hutíes demostraron así que no son más que otro componente de la Guardia Revolucionaria, del mismo modo que Hezbolá lo es en el Líbano.

Es cierto que pueden perturbar la navegación en el mar Rojo y el golfo de Adén recurriendo a piratas somalíes que podrían ser reclutados para determinadas operaciones. Pero eso no significa, de ninguna manera, que sean capaces de cerrar el estrecho de Bab el Mandeb, paso obligado hacia el mar Rojo y el canal de Suez.

La razón es muy simple: los hutíes no controlan el puerto yemení de Mokha, que domina el tráfico en Bab el Mandeb. Lo perdieron desde el otoño de 2014, cuando fuerzas yemeníes los expulsaron del sur del país, incluido ese puerto estratégico. No es ningún secreto que esas fuerzas locales, que también recuperaron Adén, Mokha y varias posiciones en la provincia de Shabwa, contaban con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos, cuya política en Yemen apuntaba claramente a impedir que los hutíes tomaran el control de todo el país, y especialmente del sur.

Tarde o temprano, la comunidad internacional y las potencias regionales tendrán que volver a involucrarse en Yemen, dado que este país posee una importancia estratégica excepcional, al menos por dos razones.

La primera es que el territorio yemení podría servir como corredor para oleoductos que permitan evitar el estrecho de Ormuz. La segunda es que, si no es posible transportar el petróleo mediante oleoductos que atraviesen Yemen hasta el mar Rojo o el mar Arábigo, ni los países de la región ni el resto del mundo podrán tolerar indefinidamente la permanencia de Irán en Yemen. En otras palabras, es imposible aceptar que Irán siga obstaculizando la navegación en el mar Rojo desde territorio yemení.

No es ningún secreto que la “República Islámica”, a través de los hutíes, está decidida a mantener su control sobre Yemen para utilizarlo con el fin de cerrar el estrecho de Bab el Mandeb y atacar los buques que lo atraviesan rumbo al canal de Suez. Esa es, efectivamente, la intención de los hutíes. Sin embargo, la pérdida del control del puerto de Mokha los priva de los medios para convertir esas amenazas en realidad.

También conviene recordar que los hutíes controlan Saná y una parte importante del territorio yemení desde el 21 de septiembre de 2014. Nada ilustra mejor el empeño de Irán por mantener su presencia en Yemen que su reciente insistencia en violar la prohibición impuesta en el aeropuerto de Saná. Teherán envió un avión civil con el pretexto de trasladar a una delegación yemení que debía asistir al funeral del fallecido “Líder Supremo”, Ali Khamenei.

Irán no se detuvo ahí. Los hutíes lanzaron de forma repentina una campaña contra el Reino de Arabia Saudita, acompañada de amenazas explícitas, tras un largo período de calma y diálogo con Riad. Esa etapa había permitido a los hutíes obtener ciertos beneficios, ya fuera de manera directa o por la mediación del Sultanato de Omán.

La cuestión que hoy se plantea tiene dos dimensiones. La primera se refiere a la capacidad real de los hutíes para cumplir sus amenazas contra Arabia Saudita y contra la navegación en el mar Rojo. La segunda apunta al fracaso del régimen iraní.

En cuanto al primer aspecto, los hutíes siguen teniendo la capacidad de atacar buques mercantes y petroleros que transitan por el mar Rojo, principalmente porque controlan el puerto de Hodeida, de enorme importancia estratégica en esa costa. En cuanto a Irán, ha optado por agredir a los Estados árabes del Golfo y a Jordania porque no está dispuesto a enfrentarse directamente con Estados Unidos o con Israel. Teherán apunta contra Kuwait, Baréin, los Emiratos Árabes Unidos, Catar y el Sultanato de Omán, mientras encomienda a los hutíes atacar a Arabia Saudita. En cambio, no se atreve a tocar un solo buque de guerra estadounidense que navegue por el Golfo.

En definitiva, las amenazas de los hutíes no son más que el síntoma del fracaso de un régimen iraní cuyo agotamiento ya no puede ocultarse. Revelan, en perjuicio de Yemen y de los yemeníes, que el fin de ese régimen es inevitable. Desde el momento en que los hutíes dejaron al descubierto la debilidad de la “República Islámica”  y la magnitud de su fracaso, solo es cuestión de tiempo.

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