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Opinión

Cuando la victoria se convierte en ruido
Por
Jad Akhawi
Publicado
abr 1, 2026 - 09:45

En los grandes momentos de crisis, los enfrentamientos no se limitan al campo militar; se extienden a otro terreno igualmente decisivo, el del relato. En la situación libanesa actual, el comportamiento de Hezbollah se distingue por una intensificación de sus amenazas internas y una saturación del espacio mediático con una avalancha de comunicados que puede alcanzar decenas por día. Este fenómeno merece una lectura atenta, lejos de toda reacción emocional, para comprender sus resortes, sus objetivos y sus repercusiones. Lo que llama la atención de inmediato es el volumen inédito de comunicados que aluden a «operaciones de excepción» y «hazañas heroicas sobre el terreno» en el sur. Este ritmo sostenido no puede explicarse únicamente por hechos militares; pertenece a lo que se conoce como «gestión de la moral». Las guerras modernas no se libran solo con armas, sino también mediante la imagen, la información y la impresión. Cuando un actor se siente bajo presión, ya sea militar o políticamente, recurre a amplificar sus logros para preservar la cohesión de su base de apoyo e impedir que la duda se infiltre en ella. Consolidar el frente interno Hezbollah enfrenta hoy desafíos internos sin precedentes. Su base social sufre las consecuencias económicas severas y los efectos directos de la guerra en sus zonas de influencia, tanto en el sur como en los suburbios del sur de Beirut y en el Valle de la Bekaa. En este contexto, elevar el registro del discurso movilizador se convierte en una necesidad para mantener la adhesión popular. La abundancia de comunicados va más allá de la simple transmisión de información; constituye un mensaje permanente dirigido al público: «Somos fuertes, mantenemos la iniciativa, los sacrificios tienen sentido.» Este tipo de discurso apunta a contener la erosión de la legitimidad interna, en un momento en que las preguntas se multiplican, dentro de esa misma base, sobre el coste y la utilidad de la confrontación. Cuando las pérdidas aumentan o el círculo de los afectados se amplía, producir un relato paralelo que justifique y reencuadre la realidad se vuelve imperativo. Colmar la brecha entre el discurso y la realidad En muchos casos, cuanto mayor es la amplificación mediática, más revela una brecha entre el discurso y los hechos. Ello no significa necesariamente que todos los comunicados sean inexactos, pero el aluvión de detalles cotidianos y las proezas militares repetidas pueden ser un intento de llenar un vacío, o de enmascarar el impacto real limitado sobre el curso del conflicto. Aquí es donde el factor psicológico se impone con fuerza: la repetición de las «victorias» genera un sentimiento acumulativo de poder, incluso cuando la realidad sobre el terreno es más compleja. Este método está bien establecido en la literatura sobre la guerra, donde la saturación mediática sirve para abrumar al receptor e impedirle verificar o cotejar. La disuasión mediante el ruido Una de las funciones de esta escalada retórica consiste en construir una disuasión psicológica, dirigida no solo al enemigo exterior, sino también al interior libanés. Al intensificar sus amenazas y presentarse como una fuerza en alerta permanente, Hezbollah envía un mensaje doble: a los adversarios externos, que sigue siendo capaz de tomar la iniciativa; a sus adversarios internos, que cualquier intento de enfrentársele políticamente o en las calles resultará costoso. Esto explica el tono de ciertos comunicados internos, que van más allá de la descripción de los combates hasta emitir amenazas directas o indirectas. Se trata de un intento de trazar líneas rojas internas, en una fase en que Hezbollah percibe que su posición ya no es tan inexpugnable como antes. Gestionar las contradicciones políticas Más allá del aparato militar, Hezbollah es un actor político central en el Líbano. Enfrenta hoy una ecuación difícil: por un lado, desea preservar su papel de fuerza de «resistencia»; por el otro, afronta una presión creciente, interna y externa, para que las armas vuelvan al Estado, tanto más cuanto que se le considera ya al margen de la legalidad. En este contexto, la escalada mediática se convierte en un instrumento para aplazar el debate de fondo. En lugar de enfrentar directamente la cuestión de sus armas y su papel, Hezbollah desvía la atención hacia la «gran batalla» en el sur e invoca el espectro del nuevo régimen sirio. La abundancia de comunicados contribuye a redefinir las prioridades del debate público, de modo que la guerra permanezca en primer plano, y no la discusión interna. Influir en la opinión árabe e internacional El público al que se dirigen estos comunicados va mucho más allá del interior libanés. La dimensión regional e internacional es evidente. Hezbollah busca consolidar la imagen de un actor que sigue siendo influyente en el conflicto con Israel, a pesar de todas las transformaciones. Al amplificar sus operaciones, intenta recuperar su lugar en la conciencia árabe como fuerza de confrontación, en un momento en que esa imagen se ha empañado ante una parte significativa de la opinión pública. Este discurso también apunta a elevar el coste de cualquier escalada contra él, sugiriendo su capacidad para ampliar el círculo de la confrontación. Aunque esto nunca llegue a materializarse, basta con que esa posibilidad permanezca presente en los cálculos de los demás. La lógica de la movilización permanente Desde su fundación, Hezbollah opera según un modelo de «movilización permanente». El estado de emergencia no es una circunstancia excepcional, sino una condición casi continua. En este modelo, la producción mediática intensiva forma parte integrante de la estructura organizativa, y no constituye una mera reacción circunstancial. El problema, sin embargo, es que este patrón, cuando se lleva al exceso, pierde progresivamente su credibilidad. El exceso de declaraciones puede producir el efecto contrario: en lugar de reforzar la confianza, siembra la duda, en particular entre un público más amplio, más allá de la base partidaria. Los riesgos inherentes Esta escalada retórica entraña peligros serios. La credibilidad se erosiona cuando el relato ya no coincide con lo que la gente ve o escucha de otras fuentes. La multiplicación de las amenazas puede agravar las divisiones y los resentimientos. Cuanto más alto se eleva el techo del discurso, más difícil se vuelve cualquier retirada, estrechando el margen de maniobra política. Un discurso radical puede también invocarse como pretexto para una escalada recíproca, exponiendo al Líbano a riesgos adicionales. Lo que esto significa para el Líbano El Líbano atraviesa hoy un momento de gran fragilidad, en que la crisis económica converge con la tensión de seguridad y la fractura política. En tal contexto, el país necesita un discurso que alivie las crispaciones en lugar de atizarlas, y una transparencia que reconstruya la confianza entre el Estado y la sociedad. Lo que observamos, sin embargo, es lo contrario: un excedente de retórica y un déficit de confianza. Esto es lo que convierte el comportamiento mediático de Hezbollah en un componente de la crisis, y no en un mero reflejo de ella. Resulta claro que la intensificación de las amenazas y la inundación del espacio público con comunicados no son fenómenos aleatorios. Reflejan una estrategia fundada en la gestión de la moral, el fortalecimiento de las filas internas y la construcción de una disuasión psicológica, frente a desafíos crecientes tanto en el frente interno como en el externo. Pero esta estrategia, por eficaz que pueda resultar a corto plazo dentro de un entorno determinado, entraña riesgos serios a medio y largo plazo, tanto para el propio Hezbollah como para el Líbano en su conjunto. En definitiva, la verdad más importante sigue siendo que la fuerza de cualquier actor se mide no solo por lo que dice, sino por el grado en que sus palabras se corresponden con la realidad. En una era en que las fuentes de información proliferan, preservar la credibilidad es el mayor desafío y la prueba más exigente.

La elección del miedo a elegir
Por
Akram Nehmé
Publicado
mar 31, 2026 - 10:23

El Líbano vive bajo presión, atrapado entre lo que lo golpea desde fuera y lo que lo bloquea desde dentro, y con el tiempo, lo que era excepcional se ha vuelto casi normal. El verdadero problema ya no es solo lo que viene de afuera; reside en esta incapacidad para cortar por lo sano, en ese momento suspendido en que el Estado ve con toda claridad lo que debe hacerse y sin embargo no logra dar el paso. No es una falta de comprensión. Es un miedo que se ha instalado lentamente, alimentado por una historia en la que cada enfrentamiento interno ha dejado cicatrices demasiado profundas para ser ignoradas. Cuando un país ha conocido la guerra, no solo desarrolla reflejos, sino que carga también con traumas, miedos arraigados, mecanismos de supervivencia que lo empujan a evitar, a rodear, a diferir, incluso cuando esa misma huida se convierte en un peligro. Y así se habla, se explica, se esquiva, no se actúa. Esto ya no es prudencia. Es parálisis. Ahí es donde se instala la paradoja. Cuanto más clara es la situación, menos se la aborda, como si ver con mayor nitidez hiciera más difícil enfrentar cualquier decisión. Se dan nombres tranquilizadores a este bloqueo — se habla de prudencia, de realismo, se viste la inacción con palabras aceptables, cuando en el fondo se trata de una incapacidad para llevar hasta el final lo que ya se sabe. Uno se aferra a soluciones intermedias, a equilibrios frágiles, a compromisos que dan la ilusión de sostenerse, cuando en realidad no hacen más que retrasar lo inevitable, y el tiempo ganado no sirve al país, sino a aquello que lo bloquea. Uno se tranquiliza hablando de estabilidad, y en realidad se miente, creyéndose más astuto que la realidad, como si aplazar una decisión equivaliera a dominarla. Pero estas medias tintas no estabilizan nada. Incrustan el problema, lo anclan, lo vuelven más legítimo con el tiempo, y sobre todo más difícil de corregir. Lo que debía ser temporal se arraiga, lo que debía ser una excepción se convierte en regla, y lo que debía ser cuestionado acaba imponiéndose. Mientras tanto, la relación de fuerzas no se debilita; se consolida, se organiza, se normaliza, y lo que aún era posible ayer se vuelve arriesgado hoy, casi imposible mañana. La elección nunca desaparece. Se degrada, se endurece, se vuelve más costosa, hasta el momento en que negarse a decidir equivale a aceptar lo que se pretende evitar. Al Líbano no le falta lucidez. Le falta un Estado capaz de asumir las decisiones que sabe necesarias. Esta no es una situación sin salida. La salida existe, pero exige un precio que aún se niega a pagar. No son las bombas del enemigo las que hacen caer un Estado. Es el día en que un Estado acepta que ya no es él quien decide.

El peligro es nuestro hogar, ¡perpetuas son nuestras guerras!
Por
Youssef Mouawad
Publicado
mar 28, 2026 - 11:26

“Baytuna al-khataru”, (el peligro es nuestra morada), expresión tomada de Saïd Akl. ¡Michel Chiha no se dejaba engañar por nuestra unidad nacional de fachada! Por otra parte, ¿quién lo habría hecho? Este ensayista temía, por encima de todo, los demonios de la división y la violencia que acechaban nuestra memoria libanesa. Su Líbano era: « un país que la tradición debe defender contra la fuerza… » La fragmentación nacional y el legado histórico El enfrentamiento, que continúa ante nuestros ojos desde octubre de 2023, puede parecer un enfrentamiento internacional o regional entre Israel e Irán, pero también es, en lo que a nosotros respecta, la prolongación de un conflicto doméstico ancestral entre facciones libanesas. Y de hecho, estaba escrito que siempre nos haríamos las mismas preguntas apremiantes: ¿qué comunidad está al mando del país y cuál tiene la parte del león en los ingresos del Estado? De ahí, sin duda, de esta realidad percibida de manera diferente por los actores políticos y otros protagonistas, se derivan todos nuestros conflictos internos, la intensidad que los caracteriza y la sangre que los mancha! En este momento preciso, hay grosso modo la comunidad chiita que, habiendo ligado de alguna manera su destino a la política de los ayatolás, se ha posicionado frente a las otras comunidades libanesas reunidas como por casualidad en el bando soberanista. Recordemos que existe una filiación natural entre nuestro «tiempo histórico» actual y el de las crisis violentas o de las «pequeñas guerras» de 1975, de 1958, de 1925-7. Y así podemos remontarnos hasta 1860 y 1845, o incluso más atrás, para encontrar los mismos grupos confesionales en conflicto, aunque, de una vez a otra, las alianzas se hayan hecho y deshecho y algunas comunidades hayan cambiado de bando. En Líbano, la guerra para no cambiar nada En cuanto a hoy, si Israel quiere la guerra perpetua, si, según algunos observadores, su gobierno planea continuar las hostilidades para mantenerse en el poder, en nuestro país prevalece una situación opuesta: es la guerra la que se ha apoderado de nosotros, la que no tiene intención de soltarnos. El conflicto es consustancial a la entidad libanesa, ya sea que esta se extienda a los límites territoriales del doble Kaymakamato del siglo XIX e o a los del Gran Líbano de 1920. Probablemente no estábamos hechos para permanecer juntos, yuxtapuestos de esta manera. ¡Pero sí, diríamos! Siempre habíamos sobrevivido a las crisis. Siempre nos habíamos recuperado gracias a élites políticas que habían elegido las vías del apaciguamiento y del compromiso, como Béchara el-Khoury y Riad el-Solh en 1943 y como Fouad Chéhab, Saëb Salam y Rachid Karamé al final de los acontecimientos de 1958. Pero entonces teníamos al mando a sabios, grandes burgueses de tradición, que se negaban al uso prolongado de la fuerza y a la perpetuación de las situaciones insurreccionales. Ni ideólogos, ni comitadjis, gestionaban de la mejor manera y se aseguraban de desactivar las crisis que su propia política podía suscitar. Mamelucos, bachibuzuks y «vigilantes» Pero, ¿qué tenemos hoy? Un partido que, proclamándose revolucionario por la gracia de Dios, aboga por la violencia. Militarizado y curtido, no desdeña los golpes de fuerza. Tomando instrucciones de Teherán, se ha inmiscuido en el restablecimiento del orden en Siria y se ha lanzado de cabeza a una guerra regional por los bellos ojos de su empleador iraní. ¡Nunca el país había conocido tal ocupación (1): ni bajo los mamelucos ni bajo los bachibuzuks! Es por la brutalidad, la amenaza y la intimidación que se inscribe en el panorama político libanés. Para colmo de males, nuestro ejército nacional, garante de nuestra soberanía, se ve reducido a desempeñar el papel de fuerza de interposición entre barrios limítrofes y comunidades belicistas. Una gendarmería ( jandarma ) como bajo la Mutasarrifiyya, pero más mecanizada, siempre es útil, ¡pero no puede responder a las exigencias del momento! Y además, según los estadounidenses, sus principales proveedores de material, esta fuerza legítima no ha cumplido sus compromisos en cuanto a la desmilitarización del sur libanés y el desarme de la milicia enardecida. Danza sobre un volcán Dicho esto, ¿cómo quiere que una población civil pueda hacer frente al «partido divino» y a sus acólitos fanatizados? Huelga decir que se formarán focos de resistencia. Los “ vigilantes ”, como se dice en español, irregulares autoproclamados, arrogándose el derecho de garantizar la seguridad, harán su aparición, y sobre todo impondrán su orden. Con el desplazamiento de un millón de personas a zonas ya superpobladas, desconfiadas y en guardia, nos deslizamos imperceptiblemente hacia el conflicto abierto. El fuego se encenderá. Y esto en varios puntos del territorio. 1 - Cuando se piensa que, contrariamente a los usos diplomáticos, ¡el embajador de Irán declarado persona non grata se niega a abandonar su puesto!

Nabih Berry, el arquitecto de la ocupación iraní del Líbano
Por
Makram Rabah
Publicado
mar 26, 2026 - 05:05

En un momento decisivo de la trayectoria libanesa, la expulsión del embajador iraní no puede considerarse un gesto diplomático ordinario. Es, sencillamente, la primera prueba real de la capacidad del Estado libanés para decir “no” a un proyecto regional que ha vaciado su soberanía de contenido durante años. Pero, como siempre, el problema no es solo externo. Está dentro, y más precisamente en quienes se presentan como socios en la gobernanza. En el centro de este escenario se encuentra Nabih Berri, el omnipresente presidente del Parlamento. Berri, que hoy intenta presentarse como garante de la estabilidad, es, en realidad, uno de los principales arquitectos de su colapso. El hombre que durante años se definió como una “válvula de seguridad” se ha convertido, en la práctica, en una válvula de bloqueo, obstaculizando cualquier intento serio de cuestionar la hegemonía de Hezbolá y la influencia de Irán en el Líbano. Digámoslo con claridad: el problema no es únicamente la expulsión del embajador iraní, sino el sistema que permitió que ese embajador actuara como un soberano de facto, eludiendo abiertamente las normas diplomáticas y hablando por encima del propio Estado libanés. Y cuando finalmente se adopta una medida mínima de responsabilidad, Berri aparece para cuestionar su pertinencia, como si la soberanía libanesa fuera negociable. Lo que hace hoy Berri no es mediación. Es protección. Sabe perfectamente que la expulsión de un embajador no expulsará al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica del Líbano. Aun así, se niega incluso a este mínimo enfrentamiento político. ¿Por qué? Porque cualquier cuestionamiento serio derrumbaría inevitablemente el sistema en el que ha invertido profundamente: un entramado de corrupción y clientelismo, que durante décadas ha servido de cobertura política a las armas de Hezbolá. Más grave aún, Nabih Berri, quien en otro momento afirmaba poder “contener” a Hezbolá y reintegrarlo al aparato estatal, hoy prácticamente ha desaparecido. No hay liderazgo, no hay claridad, solo un coro de advertencias sobre el riesgo de “provocar a la comunidad chiita”, como si la soberanía misma fuera una ofensa confesional. Esa es la ecuación que Berri intenta imponer: cualquier intento de enfrentar las armas de Hezbolá o la influencia iraní se convierte en una agresión contra toda una comunidad. Es una fórmula profundamente cínica y peligrosa, no una protección de la comunidad chiita, sino su secuestro al servicio de un proyecto regional que poco se preocupa por sus vidas o su futuro. Lo que vemos hoy es, en parte, un intento tardío de rescate, no solo del Estado, sino de una parte importante de los chiitas libaneses cuya capacidad de acción política ha sido sistemáticamente anulada. La ironía es evidente: las mismas fuerzas que se oponen a Hezbolá y a sus aliados son, con frecuencia, las que ofrecen refugio y dignidad a las familias desplazadas, mientras que sus propias regiones en el sur se convierten en campos de batalla. En cuanto a las amenazas de retiro ministerial, apenas rozan el teatro político. El problema no son dos ministros reemplazables, sino una estructura armada que opera por encima y al margen del Estado. Si Berri cree que la presión de la calle o el fantasma de una guerra civil revertirán el rumbo actual, se equivoca gravemente. El Líbano ha cambiado Hezbolá ya no puede presentarse de manera creíble como un movimiento de “resistencia”, no después de haber dirigido sus armas hacia el interior ni tras alinearse con una agenda regional iraní. Tampoco se puede exigir a los ciudadanos libaneses que acepten una estabilidad basada en compromisos interminables con quienes arrastran al país a guerras que no eligieron ni pueden sostener. Sí. El riesgo de escalada existe. Sí, las tensiones son reales. Pero el peligro mayor reside en la perpetuación de esta negación colectiva, en una lógica política que insiste en normalizar lo anormal y en convertir al agresor en un socio legítimo de gobierno. Hoy, el Estado libanés enfrenta una disyuntiva clara: continuar por la vía de la complicidad, como proponen Berri y sus aliados, o comenzar, aunque sea con cautela, a recuperar su autoridad. Expulsar al embajador iraní puede no ser suficiente, pero es un mensaje. Un mensaje a los libaneses, antes que a la comunidad internacional, de que aún hay quienes se niegan a que el Líbano siga siendo una plataforma para las guerras ajenas. Y, sobre todo, un mensaje a Nabih Berri: la era de los equilibristas ha terminado. Quienes creen que pueden seguir administrando este colapso como si fuera un simple detalle político pronto descubrirán que el suelo ya cede bajo sus pies. El Líbano no necesita hábiles maniobradores dentro del Estado. Necesita un Estado. Y un Estado no puede existir mientras quienes lo dirigen actúan como sus propios sepultureros. Si hace falta recordarlo: lo que presenciamos hoy no es más que una repetición distorsionada del 6 de febrero de 1984, cuando el lema del “fin de la injusticia” fue invocado para justificar un golpe de fuerza contra el Estado, que terminó transformando las armas de un supuesto instrumento de justicia en una herramienta de dominación. Quienes tomaron las armas aquel día no lo hicieron para defender al Estado: lo consideraron inexistente y decidieron reemplazarlo. El resultado no fue su restauración, sino su entierro. La ironía es contundente: quienes decían combatir la injusticia terminaron convirtiéndose en sus principales agentes, monopolizando el poder, infiltrando las instituciones y reproduciendo el mismo sistema que afirmaban combatir. Hoy, Nabih Berri y sus aliados reciclan esa misma experiencia fallida: el mismo pretexto, las mismas armas, el mismo desenlace, un Estado capturado y un pueblo obligado a aplaudir su propia subordinación en nombre de la “dignidad” y los “derechos”. Habrá que reescribir esa historia.

La ilusión de la inacción frente a un régimen ensangrentado
Por
Khalil Helou
Publicado
mar 24, 2026 - 17:20

Hace ciento ocho años, apenas unos meses antes del final de la Primera Guerra Mundial, el 18 de marzo de 1918, Georges Clemenceau, entonces primer ministro y ministro de Guerra de Francia, se dirigió a la Asamblea Nacional en términos contundentes: “Se dice: no queremos la guerra, pero queremos la paz lo antes posible. ¡Ah! Yo también deseo la paz lo antes posible. Todos la desean. Quien piense lo contrario sería un gran criminal. Pero hay que tener claro lo que se quiere. No es hablando de paz, como se silencia al militarismo prusiano. Mi política es esta: hago la guerra”. Esta declaración, de quien es ampliamente considerado el artífice de la victoria francesa de 1918, invita a una reflexión renovada a la luz del conflicto regional que se desarrolla hoy. No hay duda de que quienes no están comprometidos con la paz son grandes criminales. Y esto debe decirse del régimen en Teherán. En materia de paz, justicia y libertad, su historial es inequívocamente claro. En los años posteriores a la revolución de Ruhollah Jomeini, el notoriamente brutal ayatolá Sadegh Khalkhali ordenó por sí solo la ejecución de 10 000 opositores. Su notoriedad fue tal que ganó el apodo de “el juez de la horca”. Entre 2023 y 2025, el régimen de los mulás llevó a cabo 4 000 ejecuciones de un total de 6 000 registradas en el mundo durante el mismo periodo. La magnitud de la represión en Irán habla por sí sola: entre 1980 y 2022, más de 10 000 opositores murieron durante protestas callejeras. En la última ola de manifestaciones en 2026, más de 30 000 manifestantes fueron abatidos por el Basij. También conviene recordar que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y los mulás han brindado un apoyo inquebrantable al régimen brutal de Bashar al-Assad y su padre, Hafez al-Assad, en Siria, así como a Hezbolá en el Líbano. Reforzado por ese respaldo, este último ha predicado la guerra sin ambages durante más de cuatro décadas y continúa haciéndolo. La paz nunca ha formado parte de su lógica, solo treguas temporales entre conflictos, utilizadas para rearmarse y reagruparse. Además, ha logrado movilizar tanto a partidarios fervientes como a oportunistas en torno a sus posiciones y estrategias. En los últimos días, muchos de ellos se han “reactivado” de forma repentina, presentándose como una suerte de “resistencia de salón” contra Israel y Estados Unidos. Hezbolá está ahora directamente subordinado al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní. Desde 2005, ha llevado a cabo una serie de asesinatos, comenzando con el del ex primer ministro Rafic Hariri. Figuras destacadas asociadas al movimiento del 14 de marzo han corrido la misma suerte, en una espiral de violencia que, por ahora, culminó con el asesinato del editor y activista sociopolítico Lokman Slim. Estos asesinatos han permitido a Hezbolá intimidar a los soberanistas e infiltrar las instituciones y administraciones libanesas con una serie de funcionarios corruptos y complacientes, en detrimento de los ciudadanos libaneses que, desde la independencia, han aspirado a un verdadero Estado de derecho. Esto ha llevado a la República al borde del colapso. Desde 1999, Hezbolá se ha enfrentado a pensadores, periodistas, líderes religiosos y movimientos estudiantiles que, a lo largo de los años, han sufrido una represión continua a manos de servicios de seguridad inicialmente controlados por la ocupación siria y, posteriormente, por Hezbolá y sus aliados. Con el tiempo surgieron partidos de oposición, pero los resultados fueron limitados. En las cúpulas del Estado, el comportamiento osciló entre la colaboración directa o indirecta con Irán y la inacción total. Los campeones de la inacción, que justificaban su postura en nombre de la paz civil, ofrecían discursos anodinos y soporíferos, aplicables a cualquier lugar y en cualquier momento. Estos actores inactivos esperaron en vano tiempos mejores, comportándose frente a Hezbolá como el cordero frente al lobo en la fábula de Jean de La Fontaine. Mientras tanto, los llamados “baladores de la paz” en el Líbano y en Occidente han criticado la campaña de Estados Unidos contra el régimen brutal y xenófobo de Irán, que ha utilizado la diplomacia como una táctica para ganar tiempo, debilitar a sus adversarios y avanzar en sus agendas en materia de armamento, desarrollo nuclear y desestabilización regional. Estos defensores de la paz no tienen nada que ofrecer más que inacción frente a Teherán. Argumentan que la política de sanciones de Washington y de Occidente no ha logrado nada en las últimas tres décadas. Esto es en parte cierto. Pero sin esas sanciones, ¿habríamos tenido siquiera una apariencia de relaciones de buena vecindad con Irán? ¿No llegaron los mulás a afirmar en algún momento que controlaban Bagdad, Damasco, Beirut y Saná? Sin sanciones, ¿la situación habría sido mejor? Los mismos “baladores de la paz” critican al presidente Donald Trump, con razón o sin ella, ya sea por su percepción de las prioridades o por haber actuado contra Irán. Llegaron a sus conclusiones en las primeras horas del conflicto. Para el régimen de los mulás, difícilmente podrían haberse encontrado mejores aliados. Este régimen podría colapsar mañana o sobrevivir durante meses, incluso años, pero casi con certeza será incapaz de exportar eficazmente su revolución a toda la región, como estipula la Constitución iraní. Una campaña estadounidense-israelí contra Irán tendrá inevitablemente consecuencias duraderas para la economía mundial y para el bolsillo de los contribuyentes en todo el planeta. Es el precio que pagar para frenar la influencia desestabilizadora de un régimen que ya ha sacudido al mundo árabe y, posiblemente, al mundo en su conjunto. Quienes no combaten nunca lo entenderán. Y en cuanto a los oportunistas de siempre, guiados únicamente por intereses económicos, no tienen objeciones ante la hegemonía ni ante la erosión de los valores.

¡Por una intifada chiíta contra Hezbolá!
Por
Youssef Mouawad
Publicado
mar 21, 2026 - 13:34

Solo los chiíes libaneses pueden desautorizar a Hezbolá, poner fin a su hegemonía y, de paso, al control de los Pasdarán sobre nuestro país * ! Lo mismo ocurre en Irán: por mucho que los ataques combinados israelo-estadounidenses pulvericen a Ali Larijani, a su círculo íntimo y a sus fuerzas represivas, solo una insurrección ciudadana puede derrocar la tiranía de wilayat al-faqih . Los observadores perspicaces acabarán admitiéndolo: no habrá desenlace de la tragedia persa, ni resolución de la crisis iraní sin un enfrentamiento entre compatriotas, es decir, sin conflicto civil. ¡Por tanto, los pueblos deben reivindicar su derecho a la vida! ¡Liberación! Aquí, en nuestro país maltratado, ni el ejército libanés, ni una misión de buenos oficios, ni una guerra civil, ni bombardeos israelíes, ni el desembarco de tropas árabes, turcas u occidentales pueden dejar fuera de juego al «partido divino». Es porque este último reina sobre las mentes que su bastión es inexpugnable y que su reubicación física no bastaría para erradicarlo. Arrancado de su tierra ancestral, arrojado a las carreteras, confinado en campamentos improvisados, su «medio nutritivo» que le sirvió de matriz, permanece apegado, leal, fiel y sumiso. Una constatación desesperanzadora cuando solo la comunidad duodecimana está habilitada para invalidar al Hezb y sacarnos del atolladero en el que nos debatimos. ¿Hay una culpabilidad duodecimana? Pero si el Líbano está empantanado, sus instituciones bloqueadas y su población violentada, ¿culparíamos por ello a todos los chiíes? Reconozcamos que el partido de Dios , ahora un actor regional, había halagado en estos últimos los sentimientos de orgullo y el gusto por la bravata y el riesgo. Pero al hacerlo, los arrastraría a los peligros de la espiral generalizada y del delirio de poder. Algunos espíritus exasperados no dudarían en considerar a todos los duodecimanos responsables política, si no penalmente, de las sucesivas catástrofes que nos azotan. Después de todo, los votantes chiíes han reelegido, de una legislatura a otra, a los mismos representantes en la Asamblea Nacional, así como han aprobado las políticas que estos defendían a sugerencia de sus mentores iraníes. En este sentido, nuestros conciudadanos del Sur, de la Bekaa y del suburbio hicieron lo que no debían hacer. Y lo que es más, al permanecer pasivos, no hicieron lo que tenían que hacer: lo que esperábamos de ellos como libaneses que tienen en el corazón los intereses exclusivos de nuestro país. En dos ocasiones, el 8 de octubre de 2023 y el 2 de marzo de 2026, no pudieron frenar al Hezb que obstinadamente tomaba el camino del enfrentamiento con Israel. ¿Pero estaban en condiciones de impedir estas decisiones fatídicas, por citar solo algunas? Se seguirá alegando durante mucho tiempo que las desviaciones insensatas del «partido divino» fueron obra de un pequeño grupo, no el fruto de una cultura específica ni la consecución lógica de una ideología religiosa que une a una comunidad. Llamada al motín e incitación a la «intifada» En este preciso momento, se cree que debemos esperar una incursión terrestre. En lugar de dejar que los israelíes se ensañen con el Hezb y evacuen el sur libanés de su población, el ecosistema chií podría tomar la iniciativa que le aseguraría su propia liberación. Un inmenso clamor de los desplazados, que suman un millón de personas, puede llevar a la milicia superarmada que ha tomado al Líbano como rehén a abandonar sus ilusiones heroicas y sus empresas picarescas. Y principalmente a despojarse de sus amos iraníes. Beirut Occidental había «renegado» de Yasser Arafat durante su asedio por los israelíes en 1982. La OLP se había prometido convertir nuestra capital en un nuevo Stalingrado. La intervención de Saëb Salam, expresándose en nombre de la población indignada, puso a nuestros huéspedes palestinos en su lugar: fueron embarcados en buques franceses con destino a Túnez. Dicho esto, la indecisión a la que se entrega Nabih Berry no pondrá fin a la auto-inmolación que continúa ante nuestros ojos. Solo una insurrección, solo un movimiento de fondo, solo manifestaciones y sentadas pueden forzar la mano de quienes acaparan el poder indebidamente. ¡Que los chiíes arranquen las armas al Hezb ! ¡Que asuman riesgos por la libertad, la suya y la nuestra! * Y para recordar, los cristianos se unieron a la legitimidad estatal en 1988-89, rechazando de hecho el control de las milicias sobre la zona Este!

Nuestros hijos pródigos
Por
Akram Nehmé
Publicado
mar 21, 2026 - 06:54

Todos tenemos a alguien en la familia que se fue a estudiar al extranjero. Un hijo, una hija, un sobrino, una sobrina. Pagamos las matrículas, apretamos los dientes, sentimos orgullo. Obtuvieron sus títulos. Fueron a trabajar en el Golfo. A eso lo llamábamos éxito. Hoy, esa historia está llegando a su fin. Los países del Golfo han decidido dar prioridad al empleo de sus propios ciudadanos. Es un derecho que les asiste, y se trata de una tendencia profunda y estructural, no de una medida pasajera. Los grandes proyectos de visión económica, como la Agenda 2030 en Arabia Saudita, están diseñados precisamente para reducir la dependencia de mano de obra extranjera. Los libaneses que trabajaban allí han comenzado a recibir cartas de despido, y muchos de los que quedan ven sus contratos no renovados. Peor aún, está la guerra — o más bien la inestabilidad crónica. El enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos, las tensiones en el mar Rojo, la fragilidad de los equilibrios políticos en toda la región: todo esto ha sembrado la incertidumbre. Las empresas extranjeras repatrian a sus empleados por precaución. Los inversores se marchan. La economía se desacelera. El Golfo, ese mercado antaño tan abierto, se cierra. Tal vez no para siempre, pero de momento, sí. Y nadie puede predecir cuándo ni bajo qué forma volverá a abrirse. Europa no es una alternativa creíble a gran escala. El desempleo es elevado en muchos de sus países, y las barreras de entrada para quien no es europeo se han vuelto casi insalvables. Encontrar trabajo allí sin ciudadanía europea no es individualmente imposible, pero es lento, costoso e incierto. Sobre todo, Europa no tiene ni la capacidad ni la voluntad de absorber flujos masivos provenientes de un solo país. Para miles de jóvenes libaneses al mismo tiempo, sencillamente no es una solución. ¿Qué hacen entonces? Tenemos una generación entera — inteligente, graduada de las mejores universidades, que habla tres o cuatro idiomas, que ha trabajado en multinacionales o en consultoras — y esta generación ya no tiene adónde ir. Salvo a un lugar. El Líbano. El Líbano con sus cortes de luz que paralizan las jornadas, su colapso bancario que vaporizó los ahorros de toda una vida, su clase política que todos conocemos de memoria, con sus tejemanejes y su inmovilismo. Decir que esto quizás sea una buena noticia resulta contraintuitivo. Pero tomemos un momento para reflexionar. Durante cincuenta años, cada vez que la situación en el Líbano se volvía difícil — guerra, crisis económica, asesinatos políticos —, los mejores se marchaban. Y porque se marchaban, la presión sobre el sistema disminuía. La emigración cumplía la función de mecanismo corrector. Nada cambiaba de verdad, porque las fuerzas vivas que habrían podido exigir el cambio estaban en otro lugar. El Golfo, Europa, América del Norte funcionaron como una inmensa válvula de seguridad. Absorbían nuestros problemas en nuestro lugar. Ahora, esa válvula está cerrándose. No de golpe, sino mediante una contracción progresiva e inexorable. Por primera vez en décadas, nuestros jóvenes graduados no tienen más remedio que mirar hacia el Líbano. No por un patriotismo repentino — aunque eso pueda ayudar —, sino porque las demás puertas se cierran una tras otra. Y la historia demuestra que cuando no queda alternativa, la gente acaba construyendo donde está. No por amor al país, sino por puro instinto de supervivencia y de realización personal. Porque es la única opción sobre la mesa. Vivir en el Líbano hoy cuesta mucho menos que en Dubái, Doha o París. Un joven que trabaja para una empresa extranjera y cobra en dólares desde Beirut vive muy bien — con comodidad, incluso. Este modelo ya existe, sostenido por un puñado de pioneros del mundo digital y de los servicios. Ahora hay que desarrollarlo y estructurarlo. El trabajo remoto lo ha cambiado todo. La pandemia aceleró una tendencia de fondo: hoy se puede trabajar para una empresa en Londres, Nueva York o Dubái desde el salón de casa en Beirut. Una conexión estable a internet, una diferencia horaria manejable, y el asunto se resuelve solo. El cliente está en otro lugar, el dinero entra en divisas fuertes, la vida transcurre en el Líbano — con todo lo que eso implica de belleza y de fealdad. Quienes regresan del Golfo no vuelven con las manos vacías. Tienen ahorros — quizás no fortunas, pero sí un margen de seguridad. Tienen contactos profesionales en todo el mundo. Han vivido la experiencia de lo que es una administración que funciona, un servicio al cliente eficiente, una planificación a largo plazo. Pueden crear empresas aquí. Pequeñas al principio. Adaptadas al tamaño del mercado local o bien orientadas hacia la exportación de servicios. Pero reales. Y una generación que regresa con todo eso, sin nada que esperar ni que perder del sistema político actual, es una generación capaz de votar de forma diferente, con exigencias más elevadas. Puede involucrarse en los municipios, donde se decide realmente la vida cotidiana. Puede mover las cosas en política, simplemente negándose a los arreglos habituales y ciñéndose a un criterio claro: elegir a las personas por sus competencias, no por sus contactos. Nada de esto es automático. Nada lo es en este país. Regresar solo, sin red de seguridad, sin proyecto colectivo, supone el riesgo de ser absorbido por el sistema o de marcharse de nuevo rápidamente, más amargado que antes. Pero regresar en grupo, organizado, con independencia financiera, con competencias complementarias — eso es otra cosa completamente distinta. La diferencia entre ambos escenarios es una decisión. Una decisión consciente de construir algo aquí. No una promesa que llega desde arriba. Siempre hacemos la misma pregunta, en las familias libanesas, alrededor de las mesas de la diáspora: ¿adónde irán nuestros hijos? La pregunta se ha vuelto angustiante, porque las respuestas tradicionales desaparecen. Quizás sea hora de plantearse la pregunta real — la que inquieta y libera a la vez: ¿qué pueden construir aquí, quienes lo han visto todo en otro lugar, si se les da — y si ellos mismos se dan — una razón para quedarse? ¿Quién hubiera imaginado que algún día llamaríamos a la familia en Dubái, Doha, Kuwait o Yeda para preguntar cómo había sido la noche? Esa imagen lo dice todo. Relata la inversión completa de la mirada. Durante décadas, éramos nosotros, en el Líbano, quienes recibíamos las llamadas angustiadas de nuestros padres, hermanos y hermanas que se habían ido a trabajar al extranjero. Éramos el motivo de preocupación. El hogar frágil al que se llamaba para verificar que seguía en pie. Hoy, son ellos a quienes hay que llamar. Aquellos a quienes creíamos instalados en el confort aséptico de las torres de cristal y los centros comerciales climatizados. Preguntarles cómo fue la noche. Si durmieron bien. Si la angustia los dejó en paz. Porque la región tiembla. Porque los equilibrios que creíamos estables se resquebrajan. Porque nadie está a salvo, ni siquiera dentro de las burbujas climatizadas del desierto. Y de repente comprendemos la cruel ironía de la historia. Durante cincuenta años, enviamos a nuestros hijos al Golfo para protegerlos del Líbano. Para ponerlos a salvo de nuestras guerras, nuestras crisis, nuestro caos. Creíamos enviarlos hacia el futuro, hacia la estabilidad, hacia la previsibilidad. Y resulta que hoy quizás sea el Líbano el que se convierte en el refugio relativo. No porque sea más seguro — Dios sabe que no lo es —, sino porque cuando toda la región arde, uno regresa a casa. Uno regresa adonde entiende los códigos y la lengua, adonde puede leer el ambiente antes de que gire. ¿Quién hubiera dicho que algún día seríamos nosotros quienes tenderíamos la mano? ¿Quién hubiera dicho que el exiliado se convertiría en el que necesita consuelo? ¿Que los papeles se invertirían hasta este punto? La noche es larga en toda la región ahora mismo. Pero al menos en el Líbano, estamos acostumbrados a la oscuridad. Sabemos manejarnos en ella. Sabemos encender velas, inventar la luz, mantenernos en pie en las tinieblas. Así que sí, tenemos derecho a soñar. Tenemos derecho a mirar a esta generación que regresa y decirnos: ¿y si son ellos? Tenemos derecho a imaginar que este país, con sus defectos monstruosos, quizás tenga una carta por jugar que nunca antes ha tenido. El Líbano nunca fue un hub regional porque no necesitaba serlo. El dinero venía del Golfo, de los expatriados, de la renta. ¿Para qué esforzarse en construir algo sólido cuando se podía sobrevivir en el desorden? Hoy, la renta se agota. El dinero ya no vendrá a corregir nuestros desequilibrios. Y eso es quizás la oportunidad extraordinaria que ofrece este momento. Miremos las bazas de la situación, por una vez. Un huso horario que permite trabajar con Europa por la mañana y con Estados Unidos por la tarde. Una cultura cosmopolita y multilingüe que no existe en ningún otro lugar de la región. Un coste de vida que ha vuelto a ser competitivo. Un vivero de talentos formados en las mejores instituciones, que regresan con un hambre de construir que no tenían al principio. Y sobre todo, sobre todo: una juventud que ya no tiene miedo. Cuando se ha vivido el derrumbe, la pérdida de los ahorros, la desaparición de los seres queridos en una explosión, queda poco que perder. Y quienes ya no tienen nada que perder son los más peligrosos para el orden establecido — y los más poderosos para crear uno nuevo. Así que sí, soñemos. Soñemos que Beirut vuelva a ser lo que fue: la encrucijada de la región. No la de los capitales dudosos y las maletas de billetes, sino la de las mentes, las startups, las empresas que buscan talentos que no encuentran en ningún otro lugar. Soñemos que las multinacionales miren a esta generación trilingüe, resiliente y creativa, y concluyan: aquí es donde hay que estar. No por los recursos naturales, sino por los humanos. El mundo cambia. El trabajo ya no tiene domicilio fijo. Las empresas buscan ecosistemas donde el talento abunda y el coste de vida resulta atractivo. ¿Por qué no nosotros? ¿Por qué no ahora? Esto no es una predicción. Es un rumbo. No una certeza, sino una intención. El ciclo infernal del que hablábamos — la emigración de los mejores, la supervivencia del sistema por su ausencia — puede detenerse. Se detiene cuando decidimos que se detenga. Cuando quienes regresan digan: nos quedamos. Cuando quienes nunca se fueron digan: construimos. Tenemos derecho a soñar que mañana sea diferente. Incluso tenemos el deber de hacerlo. Porque en un país que ya no ofrece nada, el sueño se convierte en el último recurso que queda. Y los libaneses llevan siglos transformando la nada en algo. Eso es quizás nuestro genio. Transformar la ausencia en presencia. Transformar la partida en regreso. Transformar el fin de un mundo en el comienzo de otro. Así que sí, tenemos el derecho. Y por una vez, tenemos también los argumentos.

Para un nuevo 14 de Marzo
Por
Jad Akhawi
Publicado
mar 14, 2026 - 16:06

La memoria libanesa está jalonada de momentos importantes, pero pocos han constituido un verdadero punto de inflexión en la historia del país como la manifestación del 14 de marzo de 2005. Ese día, no se trató simplemente de una manifestación masiva en el corazón de Beirut, sino de un raro momento en que los libaneses se unieron en torno a una idea común: la restauración del Estado. Este momento ocurrió tras el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, un crimen que no solo sacudió Líbano, sino que también trastocó el curso de su vida política. El asesinato de una figura de la talla de Hariri no fue un simple incidente de seguridad, sino un verdadero seísmo político que reveló la magnitud de la crisis que atravesaba Líbano, bajo el yugo de seguridad y político de Damasco desde el fin de la guerra civil. Pero lo que muchos no habían anticipado en ese momento fue que el luto y la ira se transformarían en un levantamiento popular de tal magnitud. El 14 de marzo de 2005, cientos de miles de libaneses invadieron la Plaza de los Mártires en una de las mayores manifestaciones de la historia de la región, reclamando verdad y justicia y, sobre todo, el restablecimiento de la soberanía nacional. El mundo calificó este momento como la Revolución del Cedro, pero los libaneses que lo vivieron saben que fue mucho más que una simple «revolución». Fue un momento de toma de conciencia colectiva: el Estado no era una causa perdida y la tutela no era eterna. El fin de la era de la tutela La escena de la Plaza de los Mártires no fue una simple concentración humana. Fue la declaración clara de que un capítulo entero de la historia de Líbano llegaba a su fin. Después de tres décadas de influencia siria en Líbano, Damasco se encontró frente a una doble presión: una presión popular libanesa sin precedentes y una presión internacional que se materializó con la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que exigía la retirada de las fuerzas extranjeras de Líbano. En abril de 2005, las fuerzas sirias se retiraron de Líbano, poniendo fin a una presencia militar que había comenzado en 1976. Para muchos libaneses, esto fue percibido como una segunda independencia. Pero la historia de Líbano rara vez es lineal. Soberanía incompleta Rápidamente se hizo evidente que la retirada del ejército sirio no significaba el fin de la crisis libanesa. La tutela militar directa había terminado, pero la cuestión de las armas fuera del control del Estado permanecía. Líbano entró entonces en una nueva fase de conflicto político, cuya cuestión central era: ¿quién tiene el poder de hacer la guerra y la paz en Líbano? Durante esos años, el creciente papel de Hezbolá se volvió preponderante, poseyendo este un arsenal militar independiente del Estado libanés. Con el tiempo, este arsenal se convirtió en un importante motivo de división política en el país. Las Fuerzas del 14 de Marzo estimaban que la construcción del Estado no podía ser completa mientras existieran armas fuera de sus instituciones, mientras que Hezbolá consideraba sus armas como parte integrante de la «resistencia». Líbano se embarcó así en una prolongada lucha política en torno al concepto mismo de soberanía. De la esperanza al colapso Si los libaneses recordaran la escena de la Plaza de los Mártires en 2005, les costaría conciliar ese momento de esperanza con la realidad actual. Casi veinte años después, Líbano parece haberse alejado cada vez más del sueño de Estado que los manifestantes reclamaban entonces. El Estado es hoy débil, sus instituciones están casi paralizadas, su economía se ha derrumbado y su población emigra en número sin precedentes. En cuanto a la decisión de soberanía que estaba en el corazón del levantamiento del 14 de marzo, sigue siendo un tema de conflicto interno y regional. Estos últimos años han demostrado que el problema de Líbano no reside solo en la ocupación o la tutela directa, sino también en la incapacidad misma del sistema político para construir un Estado capaz. El sectarismo político, el reparto del poder por cuotas y la presencia de armas fuera del control del Estado han obstaculizado en numerosas ocasiones el proyecto de construcción estatal que soñaba el pueblo libanés en 2005. ¿Qué queda del 14 de marzo? Algunos afirman que el 14 de marzo desapareció como alianza política. Esto es en gran parte cierto. La alianza que llevaba este nombre se debilitó progresivamente, sus fuerzas se dispersaron y algunos de sus miembros llegaron a compromisos políticos que socavaron su mensaje inicial. Pero el 14 de marzo no fue solo una alianza política. Fue una idea. La idea de que Líbano debía ser un Estado soberano, libre e independiente. La idea de que la decisión de hacer la guerra y la paz debía recaer exclusivamente en las instituciones legítimas. Y la idea de que Líbano no puede funcionar como un Estado normal si sigue siendo un teatro de conflictos regionales. Estas ideas no han desaparecido. Puede que hayan perdido su influencia política, pero siguen presentes en la conciencia de una gran parte de la población libanesa que todavía cree que el establecimiento de un Estado funcional es la única solución a la crisis crónica de Líbano. Un momento inacabado El problema fundamental del movimiento del 14 de marzo residía quizás en el hecho de que, a pesar de su importancia histórica, no logró transformarse en un proyecto político duradero, capaz de reconstruir el Estado. La alianza que lideró este movimiento tuvo que enfrentar inmensos desafíos: asesinatos políticos, divisiones internas y guerras regionales que afectaron directamente a Líbano. A pesar de todo, el 14 de marzo de 2005 sigue siendo un momento crucial en la historia libanesa moderna. Demostró que los libaneses son capaces de superar el miedo cuando sienten que su país está amenazado y de crear un impulso nacional unificador que trasciende las divisiones tradicionales. Un recuerdo para el futuro Hoy, mientras se conmemora el aniversario del 14 de marzo, cientos de miles de libaneses quizás no saldrán a la calle como hace veinte años. Pero las preguntas planteadas ese día siguen siendo de candente actualidad: ¿Puede Líbano volver a ser un Estado normal? ¿Puede la decisión de guerra y paz recaer únicamente en el Estado? ¿Podrán los libaneses un día reunirse de nuevo en torno a un proyecto nacional unificador? La conmemoración del 14 de marzo quizás no aporte respuestas a estas preguntas, pero recuerda a los libaneses una verdad fundamental: un momento de unidad nacional es posible. Así fue una vez, en la Plaza de los Mártires. Y nada impide que vuelva a ocurrir.

Hezbolá, ¿qué has hecho con tus hermanos?
Por
Youssef Mouawad
Publicado
mar 14, 2026 - 09:32

¡Hezbolá, probablemente tenías algo que probar! Al lanzar, en las primeras horas del lunes 2 de marzo, una «andanada de misiles y un enjambre de drones» en dirección a Israel, ciertamente tenías tu pequeña idea en mente. Hasta la fecha, las consecuencias son incalculables: más de setecientos muertos, erradicación despiadada de barrios enteros, cerca de novecientos mil damnificados fuera de sus hogares, ¡de los cuales más de 150.000 solo encontraron refugio en la precariedad y la promiscuidad de los albergues colectivos! ¿Por qué no aguantar el golpe? No podías mostrar tanta inmadurez cuando sabías que la respuesta del Estado hebreo sería desproporcionada. En tu calidad de «movimiento autoproclamado de resistencia», no estabas a la altura de enfrentarte a las FDI, máxime cuando habías sido decapitado el 17 de septiembre con los «buscapersonas». ¿Cuál era entonces la finalidad de tu acto de provocación? Tu miserable exhibición de fuegos artificiales no podía cambiar el curso de la situación, ya que los misiles disparados desde Irán se habían revelado ineficaces e insuficientes y habían demostrado la vulnerabilidad de un régimen clerical acorralado. Se alegará que tu decisión del 2 de marzo, fecha a recordar, no te pertenecía y que fue dictada más por las oficinas iraníes que por los intereses estrictamente libaneses. Se sostendrá, igualmente, que no podías permanecer de brazos cruzados cuando el Guía Supremo era abatido e Irán era destrozado diariamente con total impunidad. Admitamos, pues, tu sujeción a los hermanos mayores de Qom, Isfahán y Teherán y reconozcamos de paso que no honra a una «resistencia» supuestamente libanesa. El sacrificio inútil y la derrota victoriosa Hezbolá, en suma, «entraste en la hoguera» y arrastraste a los tuyos, mientras que el régimen de los ayatolás ya había perdido su soberbia y vivía ya solo con un aplazamiento. Se dijo que tu acción vengativa era pura locura, huida hacia adelante y, sobre todo, suicidio. ¿Pero no fue más bien un sacrificio estéril? No podías soportar la pérdida del Guía Supremo sin derramar sangre. Habrías parecido un desagradecido, ya que el régimen iraní había invertido tanto en tu estructuración y adiestramiento militar. Al no disponer de un arsenal letal adecuado y al no poder causar víctimas (o muy pocas) en Israel, ibas a causarlas en tu propia comunidad. ¡Insensata y criminal prueba de fratellanza, esa fraternidad de armas que rige las causas sospechosas! Un antropólogo ya nos había advertido contra el sacrificio inútil que puede tomar fácilmente la forma de auto-inmolación (1). Suicida, tu intervención armada ciertamente protegió tu «identidad comunitaria fantaseada», pero a expensas de la supervivencia real de tu grupo confesional. Mira bien en qué condiciones sobreviven los desplazados del Sur y de Dahiyé, dispersos como están por todo el territorio nacional. ¡Considera bien lo que has hecho con ellos! Sin embargo, y a pesar de sus miserias cotidianas, su apego hacia ti es férreo e inquebrantable (2). Esto se debe a que se mueven en un dominio escatológico, el de la «derrota victoriosa». Y como ilustración, el espectáculo de tus afiliados que, negando su realidad, sostienen que eres triunfante cuando estás en plena derrota. Hezbolá, ofreciste el cuerpo social de los chiítas a un linchamiento mediático para responder «siempre listo» a tus mentores y benefactores de las mesetas iraníes. ¿Habrías, por una inversión de prioridades, convertido a los tuyos en chivo expiatorio? Esta perturbación de la razón política solo se explica como el espejo de una mentalidad arcaica, o al menos la expresión de un estado hipnótico. ¡Y el resto es similar! Frente a esta distorsión del sentido común, ¿qué decir sino: «¡Tanta miseria por tan poca gloria!»? 1-Paul Dumouchel, Le sacrifice inutile. Essai sur la violence politique, París, Flammarion, 2001. 2- Salvo quizás cuando se expresan en secreto.

Guerra, por defecto
Por
Nanette Ziadé-Ritter
Publicado
mar 10, 2026 - 13:44

Pertenezco a una generación que creció con la guerra, que teme morir con ella y que, mientras tanto, habrá desperdiciado los mejores años de su vida esperando que las cosas mejoren. Pertenezco a esa generación intermedia que fue testigo de la época previa a 1975 sin poder rescatar recuerdos reales de juventud. La que puede sentir arrepentimiento sin llegar nunca a pasar realmente la página. La que creyó que la juventud de hoy, sin importar el bando al que pertenezca, haría como nosotros: mirar atrás y elegir la vida por encima de morir como los llamados mártires. Quedo, como tantos otros, atónito ante el hecho de que mi país haya sido arrastrado de nuevo a una guerra absurda en lugar de firmar un acuerdo de paz. Fue precisamente esa paz la que permitió al resto del mundo árabe dar grandes pasos, mientras nosotros creíamos sostener el Santo Grial de la región. En cambio, hemos sido relegados al último lugar, obligados a presenciar la transformación permanente de nuestra geografía, así como de nuestra demografía. Irse o quedarse ya ni siquiera es la pregunta. Hoy está en juego la propia existencia del país. Si Israel tenía la intención de lanzar un ataque preventivo, es irrelevante. Al disparar esos pocos cohetes, Hezbolá simplemente les dio el pretexto que nos impediría invocar el derecho internacional, si es que este todavía existe. El sistema federal hace que se aprieten los dientes; quizás el país sea demasiado pequeño para él, y el Acuerdo de Taif parece obsoleto ahora que la coexistencia se ha vuelto tan frágil. De hecho, ¿acaso ese famoso “convivir” libanés no se construyó sobre bases artificiales que siempre camuflaron las tensiones subyacentes? ¿Y no es esta coexistencia, en realidad, una “convivencia”, como la llama la historiadora Dima de Clercq? Una que ahora también corre el riesgo de colapsar. El Líbano y sus autoridades, que durante años dudaron sobre el desarme de la milicia con el pretexto de evitar una guerra civil, se enfrentan ahora a un conflicto total. Entre dos males, generalmente se elige el menor. El Líbano no eligió nada. Se dejó arrastrar, esperando el momento oportuno, como los iraníes que siempre supieron cuál sería el resultado final. Las alianzas no se hacen ni se rompen por afinidades culturales o sectarias; simplemente dependen de intereses convergentes. Y cuando esos intereses se alinean, hay que saber cuándo subirse al tren, aunque eso signifique verlo descarrilar décadas después. Así funciona el mundo. Especialmente el mundo de hoy, que ha enloquecido. Mientras Europa estaba preocupada por su atraso en inteligencia artificial, fue sorprendida por la guerra en Ucrania, incluso cuando el conflicto israelí-palestino adquiría un carácter permanente. Lejos de la “Riviera” prometida por Donald Trump, el Líbano ahora se encuentra atrapado en las redes de un régimen de mulás macabro. Nos dicen que esta vez será la definitiva, el ajuste final de cuentas. Excepto que en esta parte del mundo, nada es nunca definitivo. Todo fluctúa; todo se doblega ante los caprichos de una autocracia u otra. Es inútil, entonces, creer que el camino ha sido despejado. Solo es cuestión de tiempo antes de que vuelvan a crecer las malezas. En cuanto a las aberraciones, el Líbano aún no ha terminado con ellas. En un solo día, una población que nunca fue consultada vio extenderse el mandato de su Parlamento por dos años, y militantes armados fueron liberados con una fianza de diez dólares, solo para que un ministro, en un intento por salvar la cara, remitiera al juez responsable de esta locura al poder judicial. Y después de todo eso, ¿tendrías el descaro de decirme que vivir en el Líbano no vale lo que cuesta? *Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del autor y no reflejan necesariamente la posición del equipo editorial.