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Opinión

La elección del miedo a elegir

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Por Akram Nehmé
Publicado mar 31, 2026 - 10:23

El Líbano vive bajo presión, atrapado entre lo que lo golpea desde fuera y lo que lo bloquea desde dentro, y con el tiempo, lo que era excepcional se ha vuelto casi normal.

El verdadero problema ya no es solo lo que viene de afuera; reside en esta incapacidad para cortar por lo sano, en ese momento suspendido en que el Estado ve con toda claridad lo que debe hacerse y sin embargo no logra dar el paso.

No es una falta de comprensión. Es un miedo que se ha instalado lentamente, alimentado por una historia en la que cada enfrentamiento interno ha dejado cicatrices demasiado profundas para ser ignoradas.

Cuando un país ha conocido la guerra, no solo desarrolla reflejos, sino que carga también con traumas, miedos arraigados, mecanismos de supervivencia que lo empujan a evitar, a rodear, a diferir, incluso cuando esa misma huida se convierte en un peligro.

Y así se habla, se explica, se esquiva, no se actúa. Esto ya no es prudencia. Es parálisis.

Ahí es donde se instala la paradoja. Cuanto más clara es la situación, menos se la aborda, como si ver con mayor nitidez hiciera más difícil enfrentar cualquier decisión.

Se dan nombres tranquilizadores a este bloqueo — se habla de prudencia, de realismo, se viste la inacción con palabras aceptables, cuando en el fondo se trata de una incapacidad para llevar hasta el final lo que ya se sabe.

Uno se aferra a soluciones intermedias, a equilibrios frágiles, a compromisos que dan la ilusión de sostenerse, cuando en realidad no hacen más que retrasar lo inevitable, y el tiempo ganado no sirve al país, sino a aquello que lo bloquea.

Uno se tranquiliza hablando de estabilidad, y en realidad se miente, creyéndose más astuto que la realidad, como si aplazar una decisión equivaliera a dominarla.

Pero estas medias tintas no estabilizan nada. Incrustan el problema, lo anclan, lo vuelven más legítimo con el tiempo, y sobre todo más difícil de corregir. Lo que debía ser temporal se arraiga, lo que debía ser una excepción se convierte en regla, y lo que debía ser cuestionado acaba imponiéndose.

Mientras tanto, la relación de fuerzas no se debilita; se consolida, se organiza, se normaliza, y lo que aún era posible ayer se vuelve arriesgado hoy, casi imposible mañana.

La elección nunca desaparece. Se degrada, se endurece, se vuelve más costosa, hasta el momento en que negarse a decidir equivale a aceptar lo que se pretende evitar.

Al Líbano no le falta lucidez. Le falta un Estado capaz de asumir las decisiones que sabe necesarias.

Esta no es una situación sin salida. La salida existe, pero exige un precio que aún se niega a pagar.

No son las bombas del enemigo las que hacen caer un Estado. Es el día en que un Estado acepta que ya no es él quien decide.

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