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Opinión

Para un nuevo 14 de Marzo

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(Ramzi Haidar/AFP)
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Por Jad Akhawi
Publicado mar 14, 2026 - 16:06

La memoria libanesa está jalonada de momentos importantes, pero pocos han constituido un verdadero punto de inflexión en la historia del país como la manifestación del 14 de marzo de 2005. Ese día, no se trató simplemente de una manifestación masiva en el corazón de Beirut, sino de un raro momento en que los libaneses se unieron en torno a una idea común: la restauración del Estado.

Este momento ocurrió tras el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, un crimen que no solo sacudió Líbano, sino que también trastocó el curso de su vida política. El asesinato de una figura de la talla de Hariri no fue un simple incidente de seguridad, sino un verdadero seísmo político que reveló la magnitud de la crisis que atravesaba Líbano, bajo el yugo de seguridad y político de Damasco desde el fin de la guerra civil.

Pero lo que muchos no habían anticipado en ese momento fue que el luto y la ira se transformarían en un levantamiento popular de tal magnitud. El 14 de marzo de 2005, cientos de miles de libaneses invadieron la Plaza de los Mártires en una de las mayores manifestaciones de la historia de la región, reclamando verdad y justicia y, sobre todo, el restablecimiento de la soberanía nacional.

El mundo calificó este momento como la Revolución del Cedro, pero los libaneses que lo vivieron saben que fue mucho más que una simple «revolución». Fue un momento de toma de conciencia colectiva: el Estado no era una causa perdida y la tutela no era eterna.

El fin de la era de la tutela

La escena de la Plaza de los Mártires no fue una simple concentración humana. Fue la declaración clara de que un capítulo entero de la historia de Líbano llegaba a su fin. Después de tres décadas de influencia siria en Líbano, Damasco se encontró frente a una doble presión: una presión popular libanesa sin precedentes y una presión internacional que se materializó con la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que exigía la retirada de las fuerzas extranjeras de Líbano.

En abril de 2005, las fuerzas sirias se retiraron de Líbano, poniendo fin a una presencia militar que había comenzado en 1976. Para muchos libaneses, esto fue percibido como una segunda independencia.

Pero la historia de Líbano rara vez es lineal.

Soberanía incompleta

Rápidamente se hizo evidente que la retirada del ejército sirio no significaba el fin de la crisis libanesa. La tutela militar directa había terminado, pero la cuestión de las armas fuera del control del Estado permanecía. Líbano entró entonces en una nueva fase de conflicto político, cuya cuestión central era: ¿quién tiene el poder de hacer la guerra y la paz en Líbano?

Durante esos años, el creciente papel de Hezbolá se volvió preponderante, poseyendo este un arsenal militar independiente del Estado libanés. Con el tiempo, este arsenal se convirtió en un importante motivo de división política en el país.

Las Fuerzas del 14 de Marzo estimaban que la construcción del Estado no podía ser completa mientras existieran armas fuera de sus instituciones, mientras que Hezbolá consideraba sus armas como parte integrante de la «resistencia». Líbano se embarcó así en una prolongada lucha política en torno al concepto mismo de soberanía.

De la esperanza al colapso

Si los libaneses recordaran la escena de la Plaza de los Mártires en 2005, les costaría conciliar ese momento de esperanza con la realidad actual. Casi veinte años después, Líbano parece haberse alejado cada vez más del sueño de Estado que los manifestantes reclamaban entonces.

El Estado es hoy débil, sus instituciones están casi paralizadas, su economía se ha derrumbado y su población emigra en número sin precedentes. En cuanto a la decisión de soberanía que estaba en el corazón del levantamiento del 14 de marzo, sigue siendo un tema de conflicto interno y regional. Estos últimos años han demostrado que el problema de Líbano no reside solo en la ocupación o la tutela directa, sino también en la incapacidad misma del sistema político para construir un Estado capaz. El sectarismo político, el reparto del poder por cuotas y la presencia de armas fuera del control del Estado han obstaculizado en numerosas ocasiones el proyecto de construcción estatal que soñaba el pueblo libanés en 2005.

¿Qué queda del 14 de marzo?

Algunos afirman que el 14 de marzo desapareció como alianza política. Esto es en gran parte cierto. La alianza que llevaba este nombre se debilitó progresivamente, sus fuerzas se dispersaron y algunos de sus miembros llegaron a compromisos políticos que socavaron su mensaje inicial.

Pero el 14 de marzo no fue solo una alianza política. Fue una idea.

La idea de que Líbano debía ser un Estado soberano, libre e independiente. La idea de que la decisión de hacer la guerra y la paz debía recaer exclusivamente en las instituciones legítimas. Y la idea de que Líbano no puede funcionar como un Estado normal si sigue siendo un teatro de conflictos regionales.

Estas ideas no han desaparecido. Puede que hayan perdido su influencia política, pero siguen presentes en la conciencia de una gran parte de la población libanesa que todavía cree que el establecimiento de un Estado funcional es la única solución a la crisis crónica de Líbano.

Un momento inacabado

El problema fundamental del movimiento del 14 de marzo residía quizás en el hecho de que, a pesar de su importancia histórica, no logró transformarse en un proyecto político duradero, capaz de reconstruir el Estado. La alianza que lideró este movimiento tuvo que enfrentar inmensos desafíos: asesinatos políticos, divisiones internas y guerras regionales que afectaron directamente a Líbano.

A pesar de todo, el 14 de marzo de 2005 sigue siendo un momento crucial en la historia libanesa moderna. Demostró que los libaneses son capaces de superar el miedo cuando sienten que su país está amenazado y de crear un impulso nacional unificador que trasciende las divisiones tradicionales.

Un recuerdo para el futuro

Hoy, mientras se conmemora el aniversario del 14 de marzo, cientos de miles de libaneses quizás no saldrán a la calle como hace veinte años. Pero las preguntas planteadas ese día siguen siendo de candente actualidad:

¿Puede Líbano volver a ser un Estado normal?

¿Puede la decisión de guerra y paz recaer únicamente en el Estado? ¿Podrán los libaneses un día reunirse de nuevo en torno a un proyecto nacional unificador?

La conmemoración del 14 de marzo quizás no aporte respuestas a estas preguntas, pero recuerda a los libaneses una verdad fundamental: un momento de unidad nacional es posible.

Así fue una vez, en la Plaza de los Mártires.

Y nada impide que vuelva a ocurrir.

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