Logotipo de Levant Time

Opinión

Rafic Hariri, 21 años después: ¿cómo ha cambiado Líbano?… ¿y si todavía estuviera entre nosotros?

El 14 de febrero de 2005, no fue solo un hombre el asesinado, sino todo un equilibrio el que se desmoronó. El asesinato de Rafic Hariri marcó un punto de inflexión en la historia moderna del Líbano: el momento en que el país pasó de una tutela directa a un conflicto interno abierto a todas las eventualidades. Veintiún años después, la cuestión parece ir más allá del simple recuerdo: ¿qué ha cambiado? ¿Dónde está el Líbano hoy? Y si Hariri aún estuviera entre nosotros, ¿cómo habría gestionado este trastorno? Del terremoto a la división El asesinato empujó a cientos de miles de personas a las calles, las fuerzas sirias se retiraron y surgió una profunda división entre los bandos del 14 de marzo y del 8 de marzo. Pero la liberación de la tutela no generó estabilidad, sino más bien un largo período de polarización en torno a la soberanía, las armas de Hezbolá y el papel regional del Líbano. Desde entonces, cada cuestión interna ha estado ligada a los equilibrios externos, desde la elección presidencial hasta la formación de gobiernos. La economía: de la reconstrucción al colapso Hariri fue el símbolo de la reconstrucción posguerra civil: reconstruyó el centro de Beirut, reconectó el Líbano con el mundo y fundó su reputación en una economía de mercado y servicios públicos. Pero después de su asesinato, este mismo modelo persistió, privado de la red de seguridad política que ofrecía. La deuda se acumuló, las reformas se pospusieron y la economía se mantuvo frágil, dependiendo de una renta. Con la guerra en Siria, y luego el levantamiento de 2019, el sistema financiero colapsó. La moneda se desplomó, los depósitos se volatilizaron y la clase media se erosionó. El Líbano no se derrumbó repentinamente en 2020; llevaba años en plena debacle, sin que se manifestara una figura capaz de imponer un acuerdo para detener su declive. El Líbano frente a las transformaciones regionales En los últimos años, la región ha experimentado cambios radicales: el ascenso de Irán, el cambio de prioridades del Golfo y la transformación de Siria en un campo de batalla. Los lazos del Líbano con el eje liderado por Teherán bajo Ali Jamenei se han fortalecido, y su implicación en los conflictos regionales ha aumentado a través de Hezbolá. Paralelamente, la «herencia política de Hariri» se ha desvanecido, especialmente con la retirada de Saad Hariri de la escena política. El equilibrio nacional se ha visto perturbado y el Líbano ha parecido menos apto para desempeñar un papel mediador y más inmerso en los conflictos ajenos. Justicia y memoria El Tribunal Especial para el Líbano fue creado y se dictó un veredicto condenando a uno de los acusados en rebeldía. Sin embargo, persiste la sensación general de injusticia. El asesinato de Hariri no fue un crimen aislado, sino el comienzo de una fase de violencia política. Entre quienes lo ven como un símbolo de esperanza y apertura y quienes critican su modelo económico, su asesinato sigue siendo un momento crucial que es imposible ignorar. Si aún viviera hoy… ¿qué haría? La pregunta es hipotética, pero se puede interpretar a la luz de su enfoque. En el plano económico: Habría concluido rápidamente un acuerdo claro con el Fondo Monetario Internacional y habría emprendido una verdadera reestructuración de los bancos y la deuda pública. No habría sido partidario de gestionar la crisis mediante la negación, sino de encontrar un compromiso importante: apoyo internacional a cambio de reformas profundas en el sector eléctrico y la gobernanza. En las relaciones árabes: Habría trabajado para reconectar al Líbano con sus socios del Golfo y con la escena internacional, aprovechando cualquier acercamiento irano-árabe para mitigar las tensiones internas. Su fuerza residía en su red de relaciones y su capacidad para reconciliar a las partes adversas. Sobre la cuestión del armamento: Probablemente no habría optado por una confrontación directa con Hezbolá, sino por un diálogo progresivo sobre una estrategia de defensa, al mismo tiempo que reforzaría las instituciones estatales en los planos económico y de seguridad para reducir la dependencia de las armas extranjeras. Para restablecer la confianza: Sabía que la política necesita esperanza. Podría haber lanzado proyectos de gran envergadura que habrían demostrado al pueblo que el Estado aún no había muerto. Entre el hombre y la época: ¿Habría tenido éxito? Nadie puede afirmarlo con certeza. La región es hoy mucho más compleja, y el apoyo exterior está condicionado a reformas rigurosas. Pero muy probablemente habría intentado imponer un acuerdo importante antes de llegar a este profundo colapso. Veintiún años después, la pregunta persiste: ¿el problema residía en la ausencia de Rafik Hariri, o en la incapacidad de los libaneses para llevar a cabo el proyecto de construcción estatal que él había emprendido? El Líbano ha cambiado considerablemente desde 2005: la moneda se ha desplomado, las alianzas han evolucionado y la confianza en el Estado se ha erosionado. Pero la necesidad sigue siendo la misma: un Estado soberano y justo, capaz de proteger su economía y a sus ciudadanos. Este aniversario no es solo una simple conmemoración, es una prueba. El asesinato de Hariri marcó un punto de inflexión. Salvar al Líbano hoy exige una decisión igualmente valiente.

De Escila a Caribdis
Por
Karim Tabet
Publicado
feb 12, 2026 - 12:30

Lo que se desarrolló ante nuestros ojos no fue una tragedia griega en tres actos, sino una experiencia vivida: cruda, inmediata, degradante e imperdonable. En menos de dos semanas vimos desfilar en nuestras pantallas, una tras otra, una comedia ridícula, una situación surrealista y una catástrofe humana. Tres episodios distintos, pero todos reveladores, denunciantes y condenatorios de los males cotidianos que siguen carcomiendo a un Líbano exhausto y debilitado. La feria de los necios “¿Qué podría tener este hombre en común con el pueblo, este burgués gordo y pretencioso, advenedizo, habitual de bares lujosos, y un hombre que realmente trabaja? ¿Y no es acaso la mayor miseria de nuestro tiempo que sea un hombre así quien hable por el pueblo, entre el pueblo, sobre el pueblo?” Estas palabras, escritas por Charles Péguy en su ensayo L’Argent y dirigidas a su antiguo mentor Jean Jaurès, se aplican perfectamente a la gran mayoría de los llamados representantes del pueblo, que aprovechan cualquier ocasión, bajo cualquier pretexto, para defender los “intereses” de su electorado. Sin embargo, decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad, o incluso solo una parte de ella, por más incómoda, dolorosa o difícil de digerir que sea, no parece formar parte de su credo. Pero ¿realmente sorprende? ¿Deberíamos esperar algo mejor? Durante tres días asistimos a un espectáculo absolutamente ridículo, absurdo, grotesco, incluso vergonzoso, por momentos al borde de la pelea campal. No, no fue una comedia al estilo Feydeau: fueron los debates parlamentarios sobre el presupuesto de 2026. Personajes que lanzaban lugares comunes, mentiras, imprecisiones y medias verdades; otros que, para apaciguar la ira legítima de los manifestantes a las puertas del Parlamento o para ganar algunos votos en la próxima elección, propusieron sin ningún estudio previo aumentar los salarios de los retirados del Ejército. Y, por supuesto, estaban los moralistas que tomaron la palabra para declamar disparates, así como aquellos que, sin mayor resistencia, aceptaron un presupuesto mal diseñado, injusto y francamente absurdo, incluso cuando los propios representantes de su gobierno se oponían a él. Un comportamiento difícil de justificar. Todo ocurrió en un caos digno de un corral, con gallinas cacareando y peleando, mientras el gallo en su perchero parecía completamente desbordado, tanto que ordenó cortar de inmediato la transmisión televisiva, ya fuera para evitar una mayor humillación ante los ojos del mundo o para hacer pasar decisiones impopulares sin escrutinio público. En síntesis, una auténtica cacofonía: clamando por atención, fingiendo indignación, gesticulando, protestando con vehemencia, mientras el pueblo sufre, carga con las consecuencias y permanece, en su mayoría, en silencio. “Cuando la verdad es costosa, la falsedad se vuelve eficaz”, decía Platón sobre la democracia. Nuestro Parlamento de la vergüenza es una prueba contundente e innegable. Un espectáculo absurdo ¿Debimos creer en Santa Claus cuando el jefe del Ejército llegó a Washington? ¿O la misión que se le encomendó estaba condenada desde el inicio a naufragar en las orillas del Potomac? ¿Fue falta de preparación, un error de cálculo psicológico, ingenuidad, o simplemente una trampa en la que cayó Heykal? ¿Está el alto mando militar tan infiltrado por Hezbolá? ¿Existe realmente una voluntad de enfrentar de una vez por todas a la milicia? No cabe duda de que la respuesta del comandante en jefe a la pregunta del senador Graham será objeto de múltiples interpretaciones y generará abundantes comentarios. Pero, lamentablemente, también puede abrir la puerta a nuevos problemas y graves complicaciones que nuestro país no puede permitirse. Tenemos, por tanto, el derecho, si no el deber, de plantearnos estas preguntas, no solo a la luz de las necesidades urgentes del Ejército, la credibilidad y la autoridad del Estado, sino sobre todo del anhelo que todo libanés sincero depositó en el éxito de esta misión, que ojalá no termine en decepción. “Cuando alguien desea la salud, primero hay que preguntarse si está dispuesto a eliminar las causas de su enfermedad”, decía Hipócrates. Cuando se busca la ayuda de otros, no se puede ser selectivo ni intentar engañarlos. Es una verdad evidente. ¿Estaba Graham, en realidad, enviando un mensaje claro al Estado libanés a través de su representante? Habría sido fácil para el general responder con tacto y habilidad, existían varias respuestas aceptables, en lugar de reaccionar de forma automática a la pregunta-trampa del senador, cuya postura sobre Israel es bien conocida y que no se esfuerza en ocultar. Incluso Darin Lahoud, congresista de origen libanés y cercano al país, había sido muy claro en sus declaraciones sobre Hezbolá. Y, sin embargo… llegó el desastre. Es evidente que, una vez más, perdimos una oportunidad de oro para pasar página, afirmar una verdadera voluntad de tomar nuestro destino en nuestras manos y abrir así un nuevo capítulo más prometedor. Solo cabe esperar que este espectáculo surrealista no tenga repercusiones dañinas para todos nosotros. Lo que está en juego no es menos que el destino de un país donde reinan la corrupción y la desigualdad, y de una población empobrecida, exhausta, desesperanzada y al límite. El escepticismo, por tanto, sigue siendo la norma, hasta nuevo aviso. La tragedia de Trípoli ¿En qué clase de jungla vivimos? Es una pregunta que nos hacemos a diario, pero lo ocurrido recientemente en Trípoli no es solo una catástrofe humana: es, sobre todo, el resultado de una negligencia criminal y una corrupción rampante en todos los niveles. Una calamidad de esta magnitud habría costado muchas cabezas en un país que se respete. Algunos ministros y altos funcionarios deberían haber dimitido; otros deberían estar en prisión. Una escena dolorosa que refleja la profunda decadencia del país, su descomposición sistémica y una injusticia desbordada. Cioran observó, con su ironía habitual, que “lo lamentable de las desgracias públicas es que cualquiera se considere competente para comentarlas”. Los diputados de la ciudad no tardaron en buscar protagonismo, aparecer en los medios, inflar el pecho y acusar al Estado de negligencia. Pero ¿dónde estaban cuando la tragedia golpeó por primera vez a la capital del norte hace unas semanas? Lo mismo cabe decir del propio Estado. Los millonarios de Trípoli, que podrían haber contribuido a la rehabilitación de edificios en riesgo, también brillaron por su ausencia. Pese a las múltiples alertas y a la amenaza inminente de que decenas de casas colapsaran, no se tomó ninguna medida seria para afrontar el problema. Nadie movió un dedo. Y, una vez más, la ciudad fue golpeada por la tragedia el 8 de febrero. Hoy, el número de muertos y heridos sigue aumentando: todos son víctimas de la irresponsabilidad y la indiferencia de una administración esclerótica y corrompida. A riesgo de incomodar a los seguidores más férreos de Hezbolá, no basta con apaciguar a los habitantes del sur a costa del resto del país. Sin duda, esa región, devastada por la irresponsabilidad de la milicia armada, merece la atención del Estado, pero no a costa de otras zonas igualmente golpeadas por la tragedia, que también necesitan con urgencia recursos, ayuda seria, protección y atención gubernamental. Trípoli es solo un ejemplo. La urgencia está a la puerta y el riesgo de un estallido social, con consecuencias imprevisibles, podría tomar por sorpresa a las autoridades. La ira crece, y esta ciudad, abandonada durante décadas y deliberadamente dejada a su suerte, tiene voz. Ya no basta con parches ni soluciones provisionales. Se requiere con urgencia un estado de emergencia y un plan serio de rescate para evitar lo peor. Voltaire consideraba que “la política es el medio por el cual hombres y mujeres sin principios gobiernan a hombres y mujeres sin memoria”. Me adhiero con cautela a la primera parte de su afirmación, convencido de que aún existen personas íntegras y bien intencionadas entre nosotros. En cuanto al resto de su reflexión, tiendo a estar de acuerdo. Nuestra situación política actual es una ilustración perfecta: seguimos reciclando a los mismos actores y comenzando de nuevo. ¿Estamos realmente tan sometidos, o tan olvidadizos? ¿No ha mostrado ya sus límites el deseo constante de nuestros bufones locales de jugar con nosotros? ¿No es su desastrosa actuación motivo suficiente de reflexión? ¿Estamos, entonces, condenados a caer eternamente de Escila a Caribdis? Una pregunta abierta para la reflexión.

Nassib Lahoud… el presidente soñado sigue vigente
Por
Jad Akhawi
Publicado
feb 10, 2026 - 15:51

En el aniversario de la muerte de Nassib Lahoud, en un país acostumbrado a consumir a sus presidentes antes de ponerlos a prueba y a bajar los estándares antes de elevarlos, su nombre permanece fuera de ese juego de desgaste. No porque haya desaparecido de la política, sino porque estuvo presente de otra manera: como la presencia de una idea, no de un pacto; la presencia de un proyecto, no de un reparto de poder. Por eso, cada vez que el Líbano entra en una nueva crisis presidencial, el nombre de Nassib Lahoud reaparece como “el presidente soñado”. No como una añoranza romántica, sino como un referente moral y político de lo que pudo haber sido. Nassib Lahoud no fue producto de un momento pasajero ni un candidato de circunstancia. Fue el resultado de una escuela política clara: la escuela del Estado. Un Estado de Constitución e instituciones, no un Estado de acuerdos por debajo y por encima de la mesa. Desde que ingresó a la vida pública, se presentó como un hombre de visión, no de posición. No buscó la presidencia como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para reconstruir el Estado. En un país donde la presidencia se había convertido en un premio de consolación o en un instrumento de bloqueo, Lahoud la concibió como una magistratura soberana, con garantías constitucionales claras. Nassib Lahoud se distinguió por tres cualidades poco comunes en la política libanesa. La primera fue la claridad. No andaba con rodeos ni se refugiaba en frases vagas. En materia de soberanía, fue categórico: no hay Estado con armas fuera de su control, ni verdadera asociación con un aparato de seguridad usurpado. En cuanto a las reformas, fue directo: no hay economía sin un poder judicial independiente, no hay justicia social sin un sistema fiscal justo, ni administración pública sin rendición de cuentas. Esta claridad lo volvió “difícil de vender” en un mercado político que prefiere la ambigüedad porque amplía los márgenes de maniobra. La segunda cualidad fue la independencia. Nassib Lahoud no estuvo alineado con ningún eje, ni fue rehén de ningún liderazgo, ni subordinado a ningún poder extranjero. Su independencia no era un eslogan, sino una práctica cotidiana: en sus posturas, su discurso y sus alianzas. Por eso, su nombre no se construyó en negociaciones a puerta cerrada ni fue impulsado por una decisión regional. Esa fue, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y debilidad: fortaleza frente a la ciudadanía, debilidad frente a un sistema que detesta a quienes no puede controlar. La tercera característica fue la ética política. En un país donde la política se rige por la lógica de la dominación o el chantaje, Lahoud propuso otro modelo: respeto al adversario, apego a la Constitución y primacía del interés público sobre los beneficios personales. No se le conocieron casos de corrupción, acuerdos opacos ni el uso de discursos incendiarios. Por eso, para muchos, parecía demasiado “idealista”. Pero la verdadera pregunta es: ¿el problema era su idealismo o el deterioro de la política? Cuando su nombre fue considerado seriamente para la presidencia en momentos críticos, el sistema libanés pareció rechazarlo de forma automática. No por falta de capacidad, sino porque era más competente de lo que un sistema basado en el bloqueo mutuo podía tolerar. Un presidente como Nassib Lahoud habría significado el inicio de una verdadera rendición de cuentas, una redefinición de la relación entre el Estado y las armas, entre el gobierno y el poder judicial, y entre la política interna y la política exterior. También habría implicado el fin de la “zona gris” de la que se alimenta todo un sistema. Hoy, tras el colapso financiero, la desintegración institucional y la erosión de la confianza interna e internacional, Nassib Lahoud resulta más vigente que nunca. Sus ideas sobre el Estado, la soberanía y la reforma se han vuelto evidentes para amplios sectores de la sociedad libanesa, que han pagado el precio de haberlas ignorado. La ironía dolorosa es que el Líbano necesitó este colapso para comprender que el “presidente soñado” no era un lujo intelectual, sino una necesidad existencial. Nassib Lahoud no fue un santo ni un hombre infalible. Pero fue un hombre de principios. Y en política, los principios importan más que las tácticas. Por eso, cuando se dice que Nassib Lahoud sigue siendo el presidente soñado, no se alude tanto a su figura personal como al modelo que representó: un presidente que no negocia el Estado, no lo reduce a una herramienta ni lo explota. Un presidente que devuelve sentido a la presidencia, prestigio al Estado y dignidad al ciudadano. Hasta que el sistema madure lo suficiente como para elegir a alguien como Nassib Lahoud, su nombre seguirá siendo un espejo incómodo: todo presidente es medido frente a él, y todo compromiso queda expuesto al compararse con su legado. Tal vez en esa presencia simbólica y persistente resida su significado más profundo.

¡El big stick y el efecto disuasorio!
Por
Youssef Mouawad
Publicado
feb 7, 2026 - 11:14

¿Y si Irán cediera ante el despliegue masivo de la fuerza estadounidense? ¿Y si no aceptara el desafío de la flota de EE. UU. que viene a anclar en sus propias aguas, las del Golfo Pérsico? Pues bien, perdería la cara, él que, hace tan poco, se jactaba y proclamaba solemnemente ocupar cuatro capitales árabes! No nos equivoquemos, Teherán tendrá que elegir entre la guerra y el compromiso, es decir, un retroceso que pondría de nuevo de actualidad la diplomacia de las cañoneras, tan criticada en los círculos académicos. Esta supuesta diplomacia, de antes de la Primera Guerra Mundial, consistía en disparar desde el mar contra las costas de un país que tenía cosas de las que arrepentirse, generalmente deudas financieras. Para hacer entrar en razón a un adversario, ¿no es preferible recurrir al farol o a los disparos de advertencia, es decir, a una amenaza no seguida de ejecución, en lugar de a un compromiso militar que se contabilizaría en número de víctimas y en destrucciones de gran escala. Este es el dilema que enfrentan en este momento los ayatolás: enmendarse, someterse, intentar salvar su reputación o, de lo contrario, ser borrados del mapa. Precedentes históricos Nadie esperó a los estadounidenses para hacer uso del «gran garrote». En 1793, durante el segundo reparto de Polonia, Catalina II de Rusia había rodeado la sede de la Dieta polaca: habiendo apuntado sus cañones hacia dicha asamblea, impuso su punto de vista bajo amenaza. «El voto fue arrancado en un silencio de terror, ya que la ocupación hacía imposible toda oposición», se nos informa. Esta práctica coercitiva probablemente no había pasado desapercibida para los defensores de la Doctrina Monroe en Estados Unidos, y el presidente Theodore Roosevelt pudo declarar en dos ocasiones en 1904 y 1905: Aunque a regañadientes, en casos flagrantes de injusticia o impotencia, Estados Unidos tiene derecho a ejercer un «poder de policía internacional». El New Jersey y la doctrina Weinberger Ciertamente, Donald Trump no va a comprometer a sus tropas para apoyar a los manifestantes iraníes que reclaman pan y libertad. Eso es lo de menos para él. En realidad, solo busca resolver las cuestiones nucleares, de misiles y el apoyo a los proxies como Hezbolá y los Hutíes, y a controlar, subrepticiamente, el suministro de hidrocarburos a China. Sin embargo, esta vez no asistiremos, como en 1984 frente a Beirut, a un remake de la patética huida del New Jersey. En este caso, se aplicará la doctrina Weinberger. Y esta última es formal: si las tropas estadounidenses solo deben ser empleadas como último recurso, entonces «deben serlo sin reservas y con la clara intención de vencer ( with the clear intention of winning ) o de lo contrario no ser empleadas en absoluto». Por otra parte, se entiende que el régimen iraní, a pesar de su capacidad de causar daño, no está en condiciones de contrarrestar el asalto de las fuerzas combinadas americano-israelíes. Tendrá que ceder si no es suicida. Al final de la prueba, si cede en el tema nuclear o en otro punto, perderá su altivez. E incluso tendría que tragarse sus palabras para mantenerse en el poder. Y es ahí donde el excéntrico Donald Trump puede intervenir y conformarse con un éxito de pura forma, es decir, un triunfo de pacotilla que podrá pregonar a su antojo. De ahí el temor del ministro de Defensa saudita, Khaled bin Salman, de ver el régimen de los ayatolás reforzado en caso de que Estados Unidos no pasara a la ofensiva. Porque no hay razón para cantar victoria si no hay un cambio de régimen en Teherán. ¿De qué sirve tomar a los mismos y empezar de nuevo? En resumen, sin intervención militar, ¡Irán habrá ganado otra vez la partida!

¡Injerencia humanitaria en Teherán y legítima defensa en Caracas!
Por
Youssef Mouawad
Publicado
ene 31, 2026 - 12:07

¿Quién no celebró el secuestro de Nicolás Maduro, el dictador que empujó al exilio a ocho millones de sus compatriotas, es decir, a una cuarta parte de la población de Venezuela? Pero ¿significa eso que la administración estadounidense actuó dentro del derecho al llevar a cabo este audaz operativo en las inmediaciones de Caracas? De acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas de 1945, que consagra la soberanía nacional y garantiza la paz entre las naciones, un país solo puede recurrir a la fuerza armada en dos casos: la legítima defensa y la adopción de una resolución del Consejo de Seguridad que lo autorice. Un país puede, sin embargo, intervenir en el territorio de otro para responder a la solicitud apremiante de su gobierno legítimo. ¿No fue acaso a petición del presidente Camille Chamoun que los marines estadounidenses desembarcaron en nuestras costas en 1958? La legítima defensa según el artículo 51 Otra interpretación la dio Bruno Retailleau, senador francés, quien avaló la operación del 3 de enero bajo el argumento de que el presidente venezolano se había vuelto cómplice de los narcotraficantes. A su juicio, la captura de Maduro y de su esposa por parte de Estados Unidos no fue sino una operación de legítima defensa conforme al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Esa tesis resulta difícil de sostener, pues el tráfico de estupefacientes no constituye, a los ojos de la jurisprudencia internacional, un acto de “agresión armada” que justifique la invocación de la legítima defensa. El líder de los Republicanos habría hecho mejor en apelar a una intervención humanitaria, como no dudaría en hacerlo un Donald Trump, horrorizado por la represión que impera en Irán. ¿Existe una obligación de intervenir para los Estados? La intervención humanitaria transgrede abiertamente los principios de soberanía e integridad territorial de un tercer país, como ocurrió en Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995 y en Kosovo en 1999. Allí se llevaron a cabo operaciones militares no a petición de un gobierno legítimo, como en el Líbano en 1958, sino contra ese mismo gobierno. Jean-Baptiste Vilmer define esta “guerra en nombre de la humanidad” como “el uso de la fuerza por parte de un Estado para poner fin a violaciones graves de los derechos humanos cometidas contra personas que no son nacionales del Estado que interviene y sin el consentimiento de las autoridades locales”. Los defensores de esta doctrina la justifican en nombre de la urgencia. Y Estados Unidos podría proceder de ese modo en Irán, amparándose en la denuncia que hizo el Consejo de Derechos Humanos de la ONU el pasado 23 de enero sobre la “represión sin precedentes” ejercida en el país de los ayatolás. En esa fecha, más de 5 mil muertos y 25 mil detenciones llevaron al alto comisionado Volker Türk a instar a Teherán a reconsiderar su postura y a poner fin a su “represión brutal, en particular a los juicios sumarios y a las penas desproporcionadas”. Desde entonces, el balance se ha agravado y se habla de más de 30 mil muertos. Un “golpe humanitario” en nombre de la libertad ¿Puede la magnitud de las violaciones a los derechos fundamentales justificar la injerencia humanitaria de la maquinaria de guerra estadounidense? En teoría, una intervención solo se impone frente a una violación masiva e ininterrumpida de los derechos humanos. Si no es así, ¿habría que abstenerse de actuar hasta que el horror alcance cierto umbral, por ejemplo, el de 50 mil víctimas? Es cierto que, si un “golpe humanitario” llegara a prestar apoyo a los manifestantes iraníes, estaría marcado por algunas transgresiones al Estado de derecho, transgresiones que juristas puntillosos no dudarían en denunciar. Pero, al fin y al cabo, se trata de liberación y no de sutilezas. No se concede el beneficio de la duda a quienes pisotean el derecho, como tampoco se concede libertad a los enemigos de la libertad.

Anatomía de una anomalía: ¿Revolución o sacudida?
Por
Karim Tabet
Publicado
ene 30, 2026 - 17:34

La brutal represión perpetrada por los mulás y los pasdarán para neutralizar la valiente revolución de los ciudadanos iraníes lleva en sí misma los estigmas inherentes a toda dictadura. Más de 30.000 muertos, al menos 40.000 encarcelados cuyo destino aún se desconoce, un número incalculable de desaparecidos… Y las cifras no harán más que aumentar a medida que se desvele la macabra verdad. Muy pronto, el terror reemplazó la esperanza de un cambio tan esperado. El orden parece reinar de nuevo, pero ¿a qué precio y sobre todo hasta cuándo? En ausencia de una oposición unida, el régimen dictatorial, medieval y corrupto tiene las manos libres para incendiar y ensangrentar todo lo que se mueva. Metódicamente, viciosamente, salvajemente, sin escrúpulos. El único salvavidas al que se aferra la mayoría de los iraníes sigue siendo una posible intervención estadounidense, pero cuyas consecuencias nadie conoce a priori las consecuencias, tanto a nivel interno como regional. Ciertamente, el fuego sigue latente bajo las cenizas, pero el estallido solo se reanudará si el régimen, bajo los golpes de ariete yanqui, tambalea. Mientras tanto, diariamente se cuentan víctimas, pero el mundo sigue sin moverse. Ausencia de manifestaciones en las calles de las grandes capitales, no hay revueltas estudiantiles en los campus universitarios, pocas intervenciones contundentes de políticos en las cadenas de televisión internacionales. Solo reproches, condenas de boquilla, cambios de humor estériles. Sin embargo, no hace mucho, el mundo entero vibraba por Gaza, también víctima de una masacre sistemática. ¿Motivo para rascarse la barbilla y hacerse preguntas: doble rasero? ¿Existen represiones condenables a voz en grito y otras aceptables que no gozan de un rechazo universal? Pero pasemos al Líbano. Examinando con lupa la revolución iraní, preguntémonos si el término «thawra» se ajusta a los acontecimientos que sacudieron nuestro país en 2019. ¿Es realmente apropiado? ¿No es un tanto exagerado? ¿Desmesurado? ¿Incluso fuera de contexto? Indudablemente, el hartazgo de una población exasperada por un coste de vida insoportable, el inmensurable despilfarro del Estado, la flagrante ausencia de justicia, la corrupción rampante, la innegable falta de servicios a todos los niveles, la inseguridad prevaleciente, justificaban plenamente la negativa casi general a dejarse pisotear día tras día por un Estado fallido. Pero, examinando más de cerca esos días de octubre de 2019, ¿no se trató simplemente de un levantamiento, un sobresalto, una sacudida que resultaron sin consecuencias? Ciertamente, los altercados entre manifestantes y fuerzas del orden, pero sobre todo la salvajismo desenfrenado e impetuoso de la guardia pretoriana de Berri, causaron numerosos heridos, algunos de ellos muy graves. Pero, a diferencia de la hecatombe iraní, la sangre no corrió a raudales. No se lamentaron muertos, ni destrucciones masivas, ni desapariciones o condenas intempestivas. En resumen, un sobresalto que cada noche se transformaba en una verbena popular y musical, y no tardó en desinflarse. Entonces, tenemos derecho a preguntarnos por qué la disidencia libanesa fracasó y se descarriló. Para remediarlo, me vienen a la mente una plétora de preguntas. ¿La existencia de nuestros Leviatanes locales se basa en nuestro consentimiento a ser dominados por ellos? ¿Estamos, en su mayoría, destinados a permanecer como víctimas de una mafia piramidal que maneja a su antojo el clima político y económico? ¿Sufrimos el síndrome de Estocolmo? Por más que avancemos todos los pretextos para explicar el fracaso de 2019 y así tranquilizar nuestra conciencia invocando invariablemente el nepotismo, el clientelismo, el confesionalismo, la ausencia de la noción de ciudadanía, el individualismo, la afiliación partidista y comunitaria, la inexistencia de una novela nacional, el armamento miliciano ilegal, la ausencia de un objetivo claro, la inexistencia de un mando unido, etc., en mi opinión, faltaba un ingrediente esencial para derrocar la tiranía de una minoría y lograr el cambio al que aspira toda sociedad civilizada. La respuesta quizás nos la proporciona La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria , escrito entre 1546 y 1548. «Sed libres al no servir más, y he aquí que sois libres». Una frase de lucidez implacable. Según el autor, la tiranía es posible porque el pueblo consiente una servidumbre cuya razón de ser no reside en una falta de coraje, sino en una ausencia de VOLUNTAD. Este severo alegato, que sigue siendo de actualidad en el Líbano, tiene algo que interpelarnos. Para defender nuestra libertad, basta con no servir más a esta minoría. Al dejar de obedecerla, pierde su poder. Ciertamente, como no se hace una tortilla sin romper huevos, los riesgos de violencia no deben descartarse. Tuvimos muy pocos problemas hace seis años, pero debe considerarse una reincidencia más severa y sangrienta si la voluntad popular decide tomar las riendas de su destino. A los cínicos que se burlarían de tales palabras, respondería con un ejemplo. Tenemos la oportunidad de federar a la mayoría del pueblo en torno a una causa común, querida por todos, que trasciende la afiliación religiosa y política. Me refiero aquí al escándalo financiero que ha despojado a la mayoría de los ahorradores, de todas las categorías. En cualquier otro país que se respete, la calle habría reaccionado de forma radical si el Estado no hubiera resuelto el asunto con prontitud. Lo que está lejos de ser nuestro caso. En el Parlamento, verdadero palacio de la Vergüenza, nos duermen con promesas rimbombantes desde hace seis años. En el gobierno, nos presentan propuestas humillantes e injustas que desprecian nuestra autoestima y nuestra inteligencia. Si existe una verdadera voluntad popular y nacional de cambiar la situación, entonces podríamos hablar de una revolución que, esta vez, ya no debería ser afectada, amenazada o sofocada por Hezbolá y otras milicias que ya han perdido su aura y poder de daño. A pesar de los peligros incurridos, y armados por su sola voluntad, los iraníes que ya no tienen nada que perder se han comprometido valientemente en la vía revolucionaria, mereciendo así nuestra consideración y respeto. Ciertamente, fueron momentáneamente silenciados, pero es solo un aplazamiento. Toda dictadura, por feroz que sea, está de antemano condenada a desaparecer en el basurero de la Historia. En Líbano, desde 2019 perdimos la oportunidad, y todavía no hemos salido del atolladero. Pero, nunca es demasiado tarde para hacer las cosas bien.

Progresismo vs conservadurismo
Por
Amine Jules Iskandar
Publicado
ene 26, 2026 - 09:56

Rara vez en la historia de la humanidad, el asalto progresista fue tan preponderante como lo es hoy. Durante las peores horas del marxismo, los gulags y el terrorismo intelectual se limitaban a ciertos países o imperios sin poder someter al resto de Occidente. El imperio soviético solo pudo prohibir la fe cristiana, la libertad de pensamiento y el patrimonio cultural en los territorios que controlaba directamente o a través de vasallos interpuestos. Hoy, el delirio progresista enciende las almas en lo que Leo Strauss definiría como un nihilismo devastador. Es una plétora de pseudo-intelectuales que buscan deconstruir lo humano mediante una hábil puesta en cuestión de todos los valores que lo distinguen. Se trata de transformar a la persona humana en un individuo desprovisto de todo lo que lo compone social y culturalmente. Este hombre nuevo, despojado de sus referencias, es colocado solo frente a la ley, ella misma desprovista de todo sentido de discernimiento. El léxico progresista La identidad es demonizada, la herencia es uniformada, la historia es entregada al historicismo sepulturero, y la verdad es relativizada. La incertidumbre generalizada conduce así inexorablemente al nihilismo. El modus operandi de este intelectualismo de izquierda consiste en una intimidación sistemática destinada a anticipar e impedir de antemano los discursos no conformes a la ideología globalista. Su arma consiste en un léxico especialmente afilado para abortar cualquier intento de debate sobre los temas erigidos como dogma del globalismo. Lo identitario es entonces asimilado al fascista que rechaza la alteridad y carece de humanidad. Se le atribuyen características que se repiten incansablemente y regresan mecánicamente en bucle. Es necesario denunciar este léxico pernicioso para desenmascararlo. Las expresiones que más a menudo se repiten son las de encierro identitario, comportamiento tribal, fetichismo racial, identitarismo religioso e identitarismo étnico. Los términos confesión, clan, tribu e incluso nación son empleados en un sentido siempre peyorativo y humillante. Se les oponen nociones seductoras, pero vacías de sentido, ya que están desvinculadas de la realidad. Estas también regresan en bucle: la convivencia, la coexistencia, la inclusividad y la alteridad. La nación, asimilada al mal, debe disolverse, con sus nociones de fronteras, historia e identidad. La religión cristiana, que fundó la alteridad por excelencia, es percibida como una enemiga y un obstáculo para esta alteridad. El hombre es desacralizado y la vida cotidiana es desespiritualizada. La persona sagrada es reemplazada por el individuo consumidor y contribuyente. El hombre nuevo, el ideal del progresismo woke y liberal, ya no tiene una dimensión trascendental; solo es evaluado en relación con su rendimiento y sus necesidades materiales y caloríficas. El eugenismo El wokismo no es más que la manifestación extrema de esta ideología. Después de haber renegado de la familia, la comuna, el país, la fe, la tradición y la herencia, llega hasta la negación de la evidencia sexual. Es el rechazo de la creación divina e incluso de la naturaleza como manifestación de lo divino. Se trata de la contestación de la creación, según Fiódor Dostoievski. Es así como, después de haber matado a Dios, nos dice Martin Heidegger, el nihilista busca la «muerte del hombre». El léxico del bienpensar progresista sigue enriqueciéndose. Recientemente, en las redes sociales de un pseudohistoriador, los conservadores, identitarios y federalistas fueron acusados de eugenismo. Una vez más, el cortocircuito intelectual es más un discurso ideológico que científico. Porque el eugenismo es ante todo producto del progresismo. Rechaza la creación con sus defectos; quiere perfeccionarla. El hombre nuevo debe ser seleccionado hasta en sus genes. Nada es más opuesto a esta práctica que el conservadurismo cristiano. Este protege la vida, proscribe el aborto y la selección artificial. El cristianismo ve en el enfermo el rostro mismo de Cristo y su presencia manifestada por la absoluta alteridad. Los aislacionistas Esta no es la primera vez que los progresistas proyectan sus vicios sobre los conservadores. ¿No habían, desde 1975, tildado a los conservadores cristianos de aislacionistas? Los combatieron militar e ideológicamente. Y, sin embargo, el Líbano de los supuestos aislacionistas estaba abierto al mundo entero y a todas las culturas; el de los progresistas fue marginado por la comunidad internacional y aislado tanto de Occidente como de los países árabes del Golfo. Finalmente, los progresistas quieren arraigarse en lo que ellos llaman el Oriente árabe. Se pretenden arabistas y abiertos a su entorno natural. Tildan a los conservadores de utópicos artificialmente orientados hacia Occidente. Aquí, nuevamente, convendría apelar al discernimiento. Porque en los hechos, los conservadores están apegados a su tierra libanesa, a su pertenencia levantina y a su herencia cristiana oriental, antioquena y siríaca. Son, en cambio, los progresistas los más profundamente occidentalizados, como lo revela su adopción integral de la ideología occidental por excelencia, que es el wokismo o el liberalismo radical. Este rechazo de la herencia, así como el odio a sí mismo, son características que no se encuentran en ningún otro lugar que en la civilización occidental actual. Ni el mundo musulmán, ni el Extremo Oriente experimentan tal forma de suicidio civilizatorio. Esta ideología constituye, por tanto, la prueba empírica de la pertenencia de la izquierda libanesa (que se dice árabe) a Occidente con sus cualidades y sus vicios. Aquí, en Occidente, reina, nos dice Benedicto XVI, una forma de auto-odio... Y solo se la puede calificar de patológica… Y esta patología azota a todo Occidente, arrastrando consigo la costa levantina. Ante esta lamentable falta de discernimiento, Su Santidad nos recuerda que la unificación de la humanidad no es una tarea política sino una esperanza escatológica, y que ignorar la identidad de los pueblos para fusionarlos en una mezcla global es un pecado de orgullo, similar al pecado bíblico de la torre de Babel.

El golfo Pérsico, un teatro de engaños
Por
Youssef Mouawad
Publicado
ene 26, 2026 - 09:53

¡Un maestro del suspense es este Donald Trump! Tanto en las cálidas aguas del Golfo como en las gélidas tierras de Groenlandia, el presidente estadounidense actúa siguiendo el mismo pattern : provocar un evento sorprendente para luego llevarse el premio ante la mirada atónita de los protagonistas. Y sería un error ignorar el lado histriónico del personaje que busca acaparar la atención y hacerse de rogar para conceder sus favores. El 13 de enero, llamaba a los manifestantes iraníes a tomar el control de las instituciones y les aseguraba que la ayuda estaba «en camino». Pero esta promesa no fue más que un farol. El presidente estadounidense se retractaría tres días después, utilizando un pretexto que suena hueco: «Respeto enormemente el hecho de que todas las ejecuciones programadas para ayer han sido canceladas por los líderes de Irán. ¡Gracias!» Y de hecho, había ganado su apuesta: un logro más añadido a su lista de éxitos o a su currículum de candidato al Premio Nobel de la Paz. Si había salvado vidas con la simple amenaza o el farol, ¿por qué entonces poner otras vidas en peligro lanzando un ataque? Un escenario bien orquestado ¡Vaya Donald, ha engañado bien a su gente! Y es aún más fuerte porque los observadores asombrados siguen creyendo que dio marcha atrás a sugerencia de sus consejeros militares y por la insistencia de Israel, Arabia Saudita y otros países del Golfo. Como si los estrategas de la Casa Blanca no hubieran sopesado ya los pros y los contras de un bombardeo selectivo en el país de los ayatolás. Las intervenciones in extremis fueron, en realidad, meros subterfugios que Donald Trump iba a usar para no pasar a la acción, habiéndole tendido Netanyahu y MBS una percha y sacándolo de apuros. Además, ¿por qué sorprenderse? ¿No declaró este presidente a una periodista: «Nadie me convenció, me convencí a mí mismo»? A decir verdad, en su constancia, Donald Trump no se ha apartado de la idea de que nunca hay que dejarse empantanar en una guerra. Lo que no le impide continuar su carrera armamentística y hacerse temer por todos. ¿Atacará o no atacará? En resumen, Donald Trump solo recurrirá a la fuerza bruta muy rara vez, y a menos que sus tropas sean tomadas como objetivo. Lo que no es el caso aquí, ¡los iraníes no son suicidas! Y si, durante la última escalada, la Casa Blanca pudo ordenar la evacuación de ciertas bases estadounidenses en el Golfo, fue para despistar. Nada más que una artimaña como la orden dada al portaaviones Abraham Lincoln de dirigirse hacia el golfo Pérsico. Además, como precisó una fuente de la Marina estadounidense, «aunque la presencia de este portaaviones no es indispensable para una acción ofensiva, no deja de ser una señal fuerte de disuasión y disponibilidad tanto para los aliados como para los adversarios». El ambiente no es de agresión, y sin embargo una injerencia a este nivel podría justificarse y ser considerada una intervención humanitaria en un momento en que civiles desarmados son abatidos sin piedad. ¿Y nosotros los libaneses, entonces? Así como los insurgentes iraníes no pudieron contar con un ataque estadounidense, nosotros, libaneses libres, no podemos contar con una caída del régimen de los mulás para aflojar el control del Hezb sobre el país. Así que, como nos corresponde a nosotros reconquistar el espacio perdido de nuestras libertades, tomemos ejemplo del heroísmo de los insurgentes de Teherán, Isfahán y otros lugares. ¡Ahora que el miedo ha cambiado de bando y que las lenguas se sueltan!

Trump y el Líbano: una oportunidad que no hay que perder
Por
Karim Tabet
Publicado
ene 23, 2026 - 20:05

El Líbano se encuentra hoy en un punto de inflexión decisivo. Tiene ante sí una oportunidad excepcional, quizá única, para liberarse de una vez por todas de su enemigo más peligroso: Hezbolá, la organización militar respaldada por Irán que ha dominado la vida política interna del país durante más de cuarenta años. Bajo el pretexto de proteger la seguridad del Líbano y defenderlo frente a Israel, Hezbolá ha provocado, en realidad, caos, destrucción, colapso económico y sufrimiento. Su historial evidencia una incompetencia y una impotencia absolutas: no ha logrado defender ni un solo centímetro del territorio libanés ni infligir un daño estratégico serio a Israel. Aun así, pese a su derrota y descrédito evidentes, la organización sigue negándose a cumplir la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU. Hasta ahora, las ideas e iniciativas diplomáticas del presidente Trump orientadas a resolver este problema han sido recibidas con la negación y el rechazo categórico de Hezbolá a desmantelar por completo su arsenal militar al norte del río Litani. Sin embargo, este títere del régimen iraní de los mulás se encuentra hoy entre la espada y la pared. Incapaz de desligarse de su patrocinador, tampoco puede justificar ante la comunidad chiita, a la que dice representar de manera engañosa, que las cartas ya están echadas, que los vientos de cambio son irreversibles y que ha llegado el momento de la paz con Israel. Décadas de violencia innecesaria y de confrontación ideológica no han dejado al Líbano más que estancamiento y retroceso. Mientras tanto, los países del Golfo Árabe atraviesan un período de crecimiento económico sin precedentes, desarrollo social y mayores perspectivas para sus jóvenes generaciones. Las vacías quimeras del panarabismo han quedado atrás, reemplazadas por el realismo, el pragmatismo y el sentido común. Sin duda, la llegada del presidente Trump marca un punto de inflexión en el panorama político de Medio Oriente y representa una oportunidad única para que el Líbano logre finalmente zafarse del control asfixiante de los mulás iraníes y de sus aliados locales. Nunca un presidente estadounidense había ofrecido al Líbano, de forma tan clara, la posibilidad de pasar página e inaugurar un nuevo capítulo prometedor para todos sus ciudadanos. A diferencia de la complacencia y las dilaciones interminables de anteriores administraciones demócratas, el actual liderazgo estadounidense está decidido, incluso mediante el uso de la fuerza si fuera necesario, a imponer la paz y la estabilidad en la región. Con la excepción de algunos Estados y actores reacios como Irán, Hezbolá, Yemen y, en menor medida, Irak, el clima regional dominante se aleja de la arrogancia y se orienta hacia el pragmatismo. Corregir y desmantelar las desastrosas y deliberadamente erróneas políticas exteriores de la administración Obama, que fortalecieron al régimen iraní y alejaron a los países del Golfo, no es una tarea sencilla. Sin embargo, el presidente Trump avanza claramente en esa dirección. En paralelo a estos cambios, el propio Líbano tiene un papel fundamental que desempeñar si realmente desea aprovechar esta oportunidad histórica y no perder el tren puesto en marcha por el presidente Trump. Las autoridades libanesas, el presidente y el gobierno, deben imponer de inmediato el desarme de Hezbolá en todo el territorio nacional. Esto permitiría destrabar la implementación de otras reformas esenciales y largamente postergadas. La reiterada invocación del fantasma de una guerra civil no es más que un recurso intimidatorio, utilizado de forma cínica para encubrir la debilidad política y la inacción. Si no se actúa, la población deberá despertar, tomar la iniciativa y reaccionar. Es imprescindible ordenar la casa si el Líbano aspira a ser tomado en serio por la comunidad internacional. Con al menos el 75 por ciento de la población a favor del desarme de Hezbolá, debe lanzarse sin demora una campaña bien organizada y de amplia visibilidad. Los partidos políticos contrarios a Hezbolá deben ser presionados por sus propios votantes para que apoyen, y no obstaculicen, estos esfuerzos. Por una vez, la presión debe surgir desde la base hacia arriba, y no al revés. Esta campaña puede adoptar múltiples formas y no debe limitarse a una sola línea de acción: conferencias, editoriales y pódcasts; presencia en medios internacionales; reuniones con embajadas; marchas y protestas bajo la protección del Ejército libanés. El Líbano cuenta con un valioso capital humano independiente dispuesto a contribuir a este esfuerzo. No obstante, ello requerirá financiamiento, coordinación y un compromiso sostenido a largo plazo. Si todo lo anterior fracasa, la desobediencia civil deberá convertirse en el credo de la ciudadanía: negativa a pagar impuestos, boicots a la administración pública, paros laborales y presión constante sobre la clase política. La voluntad colectiva debe imponerse si el Líbano quiere volver a ver la luz. Por último, queda una pregunta fundamental sin respuesta: ¿renunciará Irán a sus ambiciones megalómanas y ordenará a Hezbolá apartarse de una vez por todas, o sufrirá, junto con su aliado, otra derrota histórica a manos de Israel y Estados Unidos? Las consecuencias de la última reunión entre Trump y Netanyahu arrojarán, sin duda, luz sobre el rumbo de los acontecimientos por venir.

Escombros y resistencia total
Por
Youssef Mouawad
Publicado
ene 10, 2026 - 19:18

Hay razones de sobra para rechazar el término debellatio . Este concepto jurídico, de una brutalidad extrema, designa en el derecho internacional la subyugación de un Estado y su erradicación mediante la violencia armada. Alude a una situación de aniquilación militar, política y legal total de un país como resultado de una guerra devastadora, como la que vivió Cartago al final de las Guerras Púnicas, o la Alemania nazi tras la caída de Berlín en mayo de 1945. ¿Y qué ocurre con el Líbano? ¿No corre el riesgo de enfrentar un destino similar, supuestamente en nombre de los “actos de resistencia” del Hezb? Normalización, pero ¿a qué costo? ¿Significa esto que los Acuerdos de Abraham, para atar a nuestro país a su caravana triunfante, requieren una debellatio previa, es decir, la subyugación de territorios recalcitrantes a la pax americana ? Estos acuerdos internacionales, firmados en 2020 entre Israel y varios Estados del Golfo, pusieron en marcha un proceso de normalización diplomática, económica y de seguridad entre regímenes árabes y el Estado hebreo. Al hacerlo, relegaron a una oposición frontal a los defensores del llamado “eje de la resistencia” ( al-mumana‘a ), a saber, Irán y sus tres “H”: Hamás, los hutíes y Hezbolá*. Una vez iniciado este proceso, el Líbano, tarde o temprano, se vería obligado a elegir su camino. Sin embargo, el Hezb no puede acomodarse a un “arreglo” de este tipo, que no toma en cuenta los intereses de su patrocinador iraní. Por ello, asumirá el papel de saboteador, bloqueando cualquier avance hasta que se alcance un compromiso entre Estados Unidos y la República Islámica de los mulás, si es que tal compromiso llega a materializarse. No hace falta decir que, en el pulso actual, el programa nuclear iraní ya ha desplazado a la cuestión palestina, hoy relegada a un segundo plano. Natanz, Fordow y otros sitios nucleares se han convertido en los principales escollos en el camino hacia la desescalada regional. Un cambio de paradigma Volvamos al punto central: si los Acuerdos de Abraham amenazan con salirnos muy caros a los libaneses es porque nos empujan hacia la normalización, algo que “trastocaría el equilibrio tradicional basado en la solidaridad árabe”, una solidaridad cimentada en la hostilidad hacia Israel. En pocas palabras, si estos acuerdos se implementaran, introducirían un auténtico cambio de paradigma. Dicho esto, el Hezb, que mantiene al Estado libanés contra las cuerdas, no puede aceptar abandonar la lucha armada. Salvo que reciba una orden directa de Teherán, no entregará sus armas, que constituyen su razón de ser y definen su modo de operar. Desde su perspectiva recalcitrante, resulta preferible resistir en apoyo de Irán y abrazar el martirio de Gaza antes que someterse a las exigencias de la paz. La seducción de las ruinas Un matiz, sin embargo: en lo que respecta al Hezb, el concepto de debellatio solo puede invocarse de manera metafórica. Desde un punto de vista jurídico, no aplica, ya que el Partido de Dios no es un Estado, sino una organización político-militar. No obstante, esta objeción válida es, en realidad, poco más que una pirueta retórica. Pasa por alto el hecho de que este partido, respaldado por Irán, se ha infiltrado y atrincherado en todos los niveles del Estado libanés. En su escalada, ¿no podría verse tentado a arrastrar a nuestro país a un torbellino, un remolino impetuoso que todo lo engulle a su paso? Ya sea en forma de un choque directo con Israel, una confrontación con el régimen sirio o, peor aún, una guerra civil insensata y devastadora. La fascinación del Hezb por los escombros apenas necesita subrayarse. * Siria ya no figura en la lista de actores subordinados.