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Cultura

Nabil Nahas en la 61ª Bienal de Venecia, una obra monumental
Por
Micha Moussallem
Publicado
may 6, 2026 - 11:47

Nabil Nahas, figura central del arte contemporáneo libanés-estadounidense, se encuentra hoy en el centro de la actualidad artística internacional. Ha sido oficialmente seleccionado para representar al Líbano en la próxima Bienal de Arte de Venecia, que se celebrará del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026. Nabil Nahas ocupa una posición singular en el panorama artístico contemporáneo. Es uno de los pocos artistas que ha logrado una síntesis precisa entre la abstracción radical estadounidense y una sensibilidad oriental profundamente arraigada en la naturaleza y la espiritualidad. La exposición titulada Don’t Get Me Wrong está bajo la dirección de Nada Ghandour, comisaria y curadora, en colaboración con la Lebanese Visual Art Association (LVAA). Tendrá lugar en el Arsenale (Sala d’Armi), uno de los espacios más prestigiosos de la Bienal de Venecia. Con esta exposición, Nabil Nahas propone una experiencia monumental que redefine la relación entre el espectador y la pintura. La trayectoria del artista Nabil Nahas nació en Beirut en 1949. Pasó sus primeros diez años en El Cairo, donde se impregnó de la majestuosidad de los paisajes egipcios y del rigor del arte islámico. En 1973 obtuvo su MFA (Master of Fine Arts) en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, donde entró en contacto con grandes nombres del arte y se empapó del expresionismo abstracto. Se estableció entonces en Nueva York y rápidamente se consolidó como un “maestro del color y la textura”. Tras la guerra civil, su regreso al Líbano marcó un punto de inflexión en su pintura. Comenzó a pintar cedros, olivos y pinos no como simples paisajes, sino como símbolos de resiliencia. El estilo de Nabil Nahas Su estilo está marcado por una doble influencia: el expresionismo abstracto estadounidense y la herencia mediterránea. Lo que distingue a Nahas de sus contemporáneos es su extrema materialidad. El trabajo de Nabil Nahas se inspira en las geometrías complejas del mundo natural, estrellas de mar, cedros, motivos marinos y en el arte islámico. A menudo utiliza polvo de piedra pómez o roca volcánica mezclada con la pintura para crear texturas rugosas, casi orgánicas, que transforman el lienzo en un objeto escultórico que evoca una superficie lunar o un arrecife de coral. Sin título, acrílico y piedra pómez sobre lienzo. (Dalloul Art Foundation) Las estrellas de mar : una de sus innovaciones más reconocidas consiste en fijar estrellas de mar reales (o moldes) sobre el lienzo y luego cubrirlas con capas sucesivas de pintura, creando un relieve orgánico que desafía la pintura plana tradicional. El concepto de fractal : inspirado por el matemático Benoît Mandelbrot, Nahas explora el concepto de fractal, según el cual el aparente caos de la naturaleza responde a un orden geométrico propio. Al igual que la naturaleza, sus obras parecen poder multiplicarse indefinidamente, sin centro ni borde. El reconocimiento internacional Nabil Nahas no es solo un “pintor libanés”, sino una figura institucional del arte a escala global. Sus obras forman parte de las colecciones de algunos de los museos más importantes del mundo, como el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, la Tate Modern de Londres, el British Museum y el Guggenheim Abu Dhabi. En 2013 recibió la Orden Nacional del Cedro, una distinción poco común para artistas plásticos en el Líbano, que subraya su papel como embajador cultural. Sus obras son muy apreciadas en el mercado de subastas (Sotheby’s, Christie’s), alcanzando récords superiores a los 240 000 dólares por sus piezas más monumentales. La exposición “Don’t Get Me Wrong” La exposición está concebida como una obra inmersiva total. Fue diseñada específicamente para el espacio del Arsenale en el marco de la Bienal. Su formato es monumental. Está compuesta por 26 paneles de acrílico sobre lienzo, que se extienden a lo largo de 45 metros lineales y alcanzan una altura de 3 metros. Las obras están elevadas dos metros sobre el suelo, lo que obliga al visitante a levantar la mirada, evocando la forma en que se contemplan los frescos de las iglesias del Renacimiento. En esta exposición, Nahas adopta el concepto de fractal e invita a una experiencia de recorrido meditativo en la que las formas parecen multiplicarse sin fin. Nada Ghandour, quien firma aquí su tercera dirección del Pabellón del Líbano, presenta el trabajo de Nahas como un reflejo de la identidad libanesa, que describe como un “coro polifónico” y compara con un tejido de múltiples hilos de historia, espiritualidad y naturaleza. A través del cual busca explicar el Líbano desde su complejidad cultural. Para Ghandour, la obra de Nabil Nahas es una combinación de arte, cultura y espiritualidad: es a la vez simbólica y filosófica. En un mundo donde el arte suele dividirse entre arte conceptual (intelectual) y arte decorativo, Nahas propone una tercera vía: una abstracción con alma. Demuestra que es posible pertenecer a la “escuela de Nueva York” y, al mismo tiempo, permanecer profundamente vinculado a la tierra mediterránea. En la Bienal de Venecia 2026, su presencia simboliza la fuerza y la creatividad de un Líbano que, pese a las crisis, sigue dialogando con el mundo a través de una belleza compleja y un pensamiento poético universal.

El impresionismo libanés: Moustafa Farroukh, pintor e intelectual comprometido (4/4)

Moustafa Farroukh es uno de los grandes pioneros de la pintura moderna libanesa y contribuyó ampliamente a estructurar la escena artística nacional. Nació en 1901 en el modesto barrio de Basta, en Beirut, en el seno de una familia sunita, y falleció en 1957. De joven, fue alentado y formado en el taller del pintor modernista Habib Srour. En 1927 dejó Beirut rumbo a Roma, donde estudió en la Regia Accademia di Belle Arti (San Luca) y obtuvo su diploma ese mismo año. Después de Roma, continuó su formación en París, especialmente junto a Paul Émile Chabas, entonces presidente de la Société des artistes français. Comenzó a exponer en importantes eventos artísticos, entre ellos los salones de arte parisinos, la Bienal de Roma y, luego, en Venecia, Nueva York y Beirut. Regreso a casa Regresó a Beirut en 1932 y abrió allí un taller-galería permanente que se convirtió en un punto de encuentro de la vida artística beirutí. Enseñó arte en varias instituciones prestigiosas, entre ellas la AUB, Alba y la Escuela Normal de Beirut. También ofreció conferencias en diversos círculos intelectuales, especialmente en el Cenáculo Libanés (al-Nadwa), contribuyendo así a la consolidación institucional del naciente campo artístico libanés. Muy activo en exposiciones internacionales, su nombre fue inscrito en 1950 en el Bénézit, la referencia bibliográfica más prestigiosa del mundo artístico. Farroukh fue un comprometido artista e intelectual. Publicó numerosos artículos sobre arte en la prensa, contribuyendo a la educación artística del público en general. También publicó cinco obras sobre filosofía del arte e identidad libanesa, entre ellas una autobiografía. Sus escritos ayudaron ampliamente a teorizar el lugar del arte en la emergente sociedad libanesa. Su obra y su estilo Farroukh fue un pintor prolífico que dejó más de 2000 lienzos, ampliamente coleccionados en el Líbano y en el extranjero. Su pintura es esencialmente posimpresionista, figurativa y realista, marcada por su formación académica europea, pero arraigada en temas libaneses. Sus temas predilectos abarcan la vida cotidiana: paisajes rurales y urbanos, pueblos, campos, puertos, la cornisa marítima de Beirut, notables, mujeres trabajando, campesinos, etcétera. También pintó algunos desnudos, un gesto audaz en el contexto levantino de la época. Su paleta es luminosa y cálida. Prestó especial atención al claroscuro heredado de su formación italiana, que logró combinar con la luz mediterránea. En la década de 1930, tras una estancia decisiva en España, pintó la herencia árabe-andalusí, integrando así la memoria árabe de Andalucía en un lenguaje pictórico moderno. Una obra icónica: la cornisa de Ras Beirut Sus vistas del litoral de Beirut y de la cornisa marítima suelen citarse como imágenes icónicas de un Líbano en transición, donde el puerto, el mar y la ciudad forman un tríptico identitario. La cornisa de Ras Beirut , pintada en 1941 bajo el Mandato francés, ilustra la voluntad de Moustafa Farroukh de sentar las bases de una pintura nacional libanesa inspirada en sus influencias europeas. Su paisaje urbano, abierto al mar, simboliza el diálogo entre la ciudad moderna y el infinito mediterráneo. Valora la luz y la atmósfera. Ras Beirut se convierte así en un umbral entre Oriente y Occidente, modernidad y tradición. Esta obra encarna la identidad libanesa emergente y constituye una etapa clave de la modernidad pictórica del país. Se trata de una visión poética del Líbano, donde el mar, la montaña y la arquitectura tradicional coexisten armoniosamente. La composición en tres planos da profundidad al lienzo y guía la mirada desde el camino de tierra hasta la línea del horizonte. Los tonos cálidos de la tierra contrastan con los azules fríos del mar y del cielo, creando una atmósfera a la vez luminosa y melancólica. La presencia de dos personajes en el centro del cuadro humaniza la escena e introduce una dimensión narrativa apreciada por Farroukh. Las palmeras y las casas bajas, tratadas con pincelada flexible, anclan la pintura en un Oriente mediterráneo idealizado, impregnado de nostalgia y suavidad. Pintores emblemáticos de una nación en formación En conclusión, nuestros cuatro pioneros de la pintura libanesa, Khalil Saleeby, Omar Onsi, César Gemayel y Moustafa Farroukh, que por cierto no fueron los únicos, aparecen como los pintores emblemáticos de una nación en formación. Formados en el extranjero, se inspiraron en las escuelas pictóricas europeas de su tiempo, conservaron lo mejor de ellas y lo adaptaron a la luz y sensibilidad mediterránea y oriental. Así, reforzaron la naciente identidad nacional libanesa y crearon una pintura propiamente libanesa, al mismo tiempo semejante y distinta de la pintura europea de comienzos del siglo XX. La influencia de la pintura occidental les permitió liberar tanto su pincelada como sus paletas, pero también emanciparse de los encargos religiosos y oficiales, rompiendo así los tabúes sociales de la época. Si algunos se inspiraron en el impresionismo, otros se acercaron más al realismo o al posimpresionismo. Sin embargo, todos contribuyeron a crear una identidad nacional libanesa, así como al auge artístico y social del país. Sus obras también constituyeron una fuente de inspiración para las sociedades levantinas de la época. Leer sobre el mismo tema – El impresionismo libanés: de la grisalla parisina a la luz del Monte Líbano (1/4) – El impresionismo libanés: Omar Onsi, maestro de la luz (2/4) – El impresionismo libanés: César Gemayel, un pionero entre dos mundos (3/4)

El impresionismo libanés: César Gemayel, un pionero entre dos mundos (3/4)
Por
Micha Moussallem
Publicado
abr 10, 2026 - 12:26

Figura institucional y pintor importante, César Gemayel se impone como uno de los pilares de la pintura moderna en el Líbano. Su trayectoria está marcada por el paso del academicismo fijo y rígido a una expresión más carnal y oriental. Permitió pasar de un arte puramente religioso o documental a un arte de expresión personal, transformando el arte tradicional libanés en un lenguaje moderno, nutrido de influencias impresionistas y parisinas. El hombre César Gemayel nació el 9 de febrero de 1898 en Aïn el-Touffaha, un pequeño pueblo del Monte Líbano cerca de Bikfaya (entonces bajo dominio del Imperio Otomano), en una familia de notables. Comenzó sus estudios religiosos en el seminario de Kornet Chehwane, que abandonó a la muerte de su padre para orientarse hacia los estudios de farmacología en la AUB. Los primeros pasos del artista Su destino da un vuelco el día en que su camino se cruza con el del pintor Khalil Saleeby, gran maestro de la pintura libanesa. Seducido por sus dibujos, Saleeby lo toma como aprendiz en su taller, donde Gemayel adquiere una rigor técnico excepcional. Entonces renuncia a la farmacia para dedicarse a la pintura. En 1927, se traslada a París, donde frecuenta la Académie Julian y la École des Beaux-Arts, dos instituciones por las que pasaron pintores célebres como Matisse, Bonnard e incluso Gibran Khalil Gibran. Pasó allí tres años estudiando de cerca la pintura parisina de los años 1920-1930, como el impresionismo, el postimpresionismo y el fauvismo, con una marcada preferencia por el fauvismo y el impresionismo. Desarrolló una gran admiración por Renoir. Este período sería crucial en su trayectoria, todas estas influencias contribuyendo a liberar su paleta. La madurez En 1930, regresa a Beirut. Al año siguiente, es galardonado con el primer premio de la Exposición Colonial Internacional de París y recibe la Orden Nacional del Cedro. Con estas distinciones, decide dedicarse exclusivamente a su arte. Durante este período, el arte experimenta un gran auge en el Líbano, gracias a mecenas como Alfred Sursock, Omar Daouk, Henri Pharaon o Camille Eddé. Hasta su muerte por un ataque cardíaco en Beirut en 1958, César Gemayel pinta, enseña y participa activamente en la vida artística libanesa. En 1943, cofundó el departamento de arte y arquitectura de la Academia Libanesa de Bellas Artes (ALBA), donde enseñó, desempeñando así un papel cultural importante en la independencia intelectual del país y contribuyendo a estructurar la enseñanza artística en el Líbano. El pintor del cuerpo y de la tierra Hedonista del color, Gemayel logra, tanto en sus retratos como en sus paisajes, captar la identidad libanesa sin caer en el folclore. Su pintura se caracteriza por un trazo vigoroso, empastado de capas de pintura sucesivas. A través de sus obras, privilegia la emoción visual en detrimento del detalle fotográfico. Si Omar Onsi fue el maestro de la luz y la transparencia, César Gemayel se impone como el maestro del desnudo. Es sin duda el aspecto más audaz de su obra. En una sociedad todavía muy conservadora, impone el desnudo académico. Sus modelos son pintados con una sensualidad generosa, casi escultórica. En cuanto a la luz y los paisajes libaneses, a diferencia de los pintores orientalistas que reducían Oriente a un decorado exótico, Gemayel los pinta con sus entrañas, con una sinceridad y una «carne» casi palpables. Sus luchas A lo largo de su vida, Gemayel se enfrenta al conflicto entre tradición y modernidad. En algunas exposiciones, sus desnudos provocan acalorados debates. Sin embargo, su dominio técnico era tal que acabó imponiendo respeto, tanto a las élites como al clero, abriendo el camino a una mayor libertad artística para las generaciones siguientes. Introduce así el desnudo y el realismo carnal en Oriente Medio, ejerciendo una influencia importante en artistas libaneses como Shafic Abboud o Paul Guiragossian. En 1988, con motivo del centenario de su nacimiento, el Líbano le rindió un homenaje nacional, prueba de que sigue siendo la referencia absoluta de la estética libanesa del siglo XX. Hoy en día, sus obras se pueden admirar en prestigiosos museos como el Museo Sursock, el Mathaf en Doha o la Dalloul Art Foundation. Una obra icónica: «Desnudo en reposo» El desnudo es un tema recurrente y emblemático en Gemayel, ya sea en sus óleos sobre lienzo o en sus bocetos al carboncillo. En él, el desnudo está vivo y su paleta es vibrante. Privilegia las carnaciones cálidas y no duda en introducir sombras sutilmente coloreadas. Bajo su toque libre, la piel tiembla y respira. La tela «Desnudo en reposo» ilustra perfectamente su vanguardismo y su virtuosismo técnico. Al disimular el rostro de su modelo, el pintor concentra toda la atención en el juego de luces sobre la piel. Sus pinceladas, fluidas y liberadas, captan la curvatura de la espalda y la columna vertebral, en la más pura tradición del impresionismo francés y de pintores como Renoir. En Gemayel, el voyeurismo se vuelve suave y poético, sin ser nunca chocante. La postura lánguida del modelo desprende una gran sensualidad al tiempo que conserva una cierta modestia. La anatomía es sublimada, las líneas estiradas y suavizadas privilegiando la armonía general de la composición. Más allá de la técnica, en 1930 y 1940, exponer el cuerpo desnudo de una mujer, incluso de espaldas, era una verdadera revolución. Con sus cuadros, Gemayel rompe frontalmente los tabúes de la sociedad de la época e impone la libertad de expresión artística, elevando la escena artística libanesa al nivel de las escenas vanguardistas occidentales. Próximo artículo El impresionismo libanés: Moustafa Farroukh, pintor e intelectual comprometido Leer sobre el mismo tema – El impresionismo libanés: del gris parisino a la luz del Monte Líbano (1/4) – El impresionismo libanés: Omar Onsi, maestro de la luz (2/4)

El impresionismo libanés: Omar Onsi, maestro de la luz (2/4)
Por
Micha Moussallem
Publicado
abr 8, 2026 - 14:52

Como vimos en nuestro artículo anterior, nuestros cuatro pioneros de la pintura moderna libanesa, Khalil Saleeby, Omar Onsi, César Gemayel y Mustafa Farroukh, lograron imprimir un alma libanesa y oriental al impresionismo occidental. Omar Onsi, figura clave de la pintura moderna libanesa, se distingue por su dominio de la transparencia y la luz. Al privilegiar la acuarela en sus obras, consiguió plasmar la poesía de las cumbres y de la naturaleza libanesa. Bajo la influencia de Claude Monet, Onsi eliminó el negro y utilizó azules y malvas profundos para las sombras. Pintando al aire libre, su dominio excepcional de la luz le valió el apodo de “maestro de la luz” en el Líbano. Con una observación rigurosa de la realidad y una sensibilidad moderna, Onsi logró liberar la pintura libanesa de los retratos clásicos estáticos y abrir paso a escenas de la vida cotidiana y a una naturaleza libanesa sublimada. Una vocación afirmada Nacido en Beirut en 1901, en el seno de una familia suní culta y abierta a las ideas y al estilo de vida europeos, el joven Omar descubre muy temprano el dibujo y la pintura, alentado por su abuelo poeta, a quien debe su nombre. Tras un paso por la facultad de medicina del Syrian Protestant College, que más tarde se convertiría en la Universidad Americana de Beirut, abandona sus estudios en contra de la voluntad de sus padres y elige la vía artística bajo la influencia de Khalil Saleeby. Allí se forma en técnica, retrato y desnudo en el taller de este último. En 1921 obtiene una medalla de plata en la Feria Internacional de Beirut, el primer reconocimiento público de su talento. Múltiples influencias A comienzos de los años veinte, Onsi pasa varios años en Jordania como profesor de pintura e inglés. Allí descubre la luz intensa y los colores del desierto. Este contacto con el espacio levantino nutre su sensibilidad e imaginario pictórico. Pinta entonces escenas beduinas y paisajes áridos con un enfoque casi etnográfico. A finales de la década viaja a París para perfeccionarse, especialmente en las academias Julian, La Grande Chaumière y Colarossi, donde entra en contacto directo con el impresionismo, así como con las escuelas de Barbizon y Fontainebleau. Realiza escenas parisinas, desnudos y retratos, y entabla amistad con artistas libaneses de la diáspora como el escultor Youssef el-Houwayek. En 1933 regresó al Líbano con su segunda esposa, tras un retiro en Siria por la muerte de su primera mujer. Este episodio marca un giro decisivo en su trayectoria artística: su paleta se aclara y sus colores se vuelven más vibrantes. La influencia impresionista en su obra se consolida. Regreso a Beirut y reconocimiento De vuelta en el Líbano, Omar Onsi vive de su arte. Realiza su primera exposición en la Escuela de Artes y Oficios de Beirut a inicios de los años treinta. Muy pronto, la prensa lo presenta como un gran paisajista y las élites beirutíes comienzan a coleccionar sus obras. Mientras multiplica las escenas rurales, Onsi también aborda temas mucho más audaces y tabúes como el desnudo. En las décadas de 1940 y 1950 expone en Europa, Egipto y Medio Oriente, produciendo una iconografía a la vez local y transnacional. Su papel en la pintura libanesa moderna Omar Onsi desempeñó un papel institucional clave. Cofundador en 1957 de la Asociación Libanesa de Pintores y Escultores, forma parte desde 1960 del consejo administrativo del Museo Sursock, que se convierte en uno de los centros de la modernidad artística en Beirut. Hasta su muerte en 1969 en Beirut, continúa explorando las infinitas variaciones del paisaje libanés. Al tiempo que consolida, mediante su enseñanza y compromiso, la infraestructura cultural del joven Estado libanés. Una gran retrospectiva en el Museo Sursock en 1997 consagró definitivamente su lugar como pionero de la pintura moderna en el Líbano. Sus obras se conservan hoy en instituciones prestigiosas como el Mathaf (Museo Árabe de Arte Moderno) en Qatar. También se encuentran en colecciones privadas, galerías especializadas y subastas de casas reconocidas como Christie’s o MutualArt. Una obra icónica Una de las obras más llamativas de Omar Onsi es el cuadro À l’exposition , pintado a su regreso de París en 1932. Esta audaz pintura al óleo combina retratos y escenas de observación en una tensión cultural marcada por la modernidad y los códigos sociales orientales. Simboliza la transición en el estilo y el pensamiento de Onsi, alejándose de los retratos clásicos. En ella se observa a mujeres de Medio Oriente, veladas y vestidas de negro, admirando un desnudo femenino en un museo, como espectadoras orientales de un objeto erótico proveniente de Occidente. Una escena claramente transgresora para la época. En otra sala, una mujer vestida a la occidental conversa con un hombre de traje y tarbush. La escena refleja el encuentro y la tensión entre la modernidad occidental y las tradiciones orientales. La composición en múltiples planos crea una perspectiva profunda, mientras que los tonos violáceos, negros y azulados refuerzan una atmósfera íntima y dramática, acentuando la luz sobre los cuerpos desnudos. El cuadro resume el choque de civilizaciones entre una sociedad oriental establecida y otra en transformación, ilustra precisamente la sociedad libanesa de entreguerras. Siguiente artículo El impresionismo libanés: César Gemayel, un pionero entre dos mundos Leer sobre el mismo tema El impresionismo libanés: de la grisalla parisina a la luz del Monte Líbano (1/4)

El acordeón que desafía la violencia
Por
Nanette Ziadé-Ritter
Publicado
abr 7, 2026 - 17:20

Al recorrer las calles de mi barrio, me encuentro con una escena de lo más insólita: un acordeonista que toca para nadie y para todos. Lo hace para ofrecer un paréntesis de felicidad en un país aparentemente atrapado en la violencia. No busca dinero ni atención. Toca para compartir la magia de la música con quienes aún saben sentirla. Thomas Kassis. Ese es su nombre. El que le dieron los padres que lo adoptaron tras haber pasado de un hogar a otro, hasta que finalmente decidieron quedarse con él. ¿Sus padres biológicos? No los conoce. Thomas trabaja además en la construcción, un sector duramente golpeado por la situación actual. Pero es con su acordeón que vive una verdadera historia de pareja. Una historia de amor apasionado que floreció en 2017. De niño, la armónica que hacía sonar en casa incomodaba a la familia. Se resigna… hasta el día en que, de forma autodidacta, decide salir a las calles con su instrumento, con la esperanza de llegar a los niños. De cada 1.000, espera que dos o tres se enamoren del acordeón. El acordeón, un instrumento milenario Nacido a comienzos del siglo XIX en Europa, el acordeón fue patentado oficialmente en 1829 en Viena por Cyrill Demian. Sin embargo, su funcionamiento se basa en un principio mucho más antiguo: la lengüeta libre, heredada del sheng , un instrumento milenario originario de China. Concebido desde sus inicios como un instrumento práctico, capaz de producir al mismo tiempo melodía y acompañamiento, el acordeón experimentó un rápido desarrollo a lo largo del siglo XIX gracias a innovaciones técnicas que ampliaron su teclado y enriquecieron sus posibilidades sonoras. Adoptado rápidamente por los sectores populares, el acordeón viajó con las migraciones europeas y se arraigó de forma duradera en numerosas culturas musicales: desde el musette francés hasta las tradiciones de Europa del Este, pasando por los repertorios latinoamericanos. Existen varias formas: diatónica, cromática o de teclado tipo piano, y con el tiempo han adquirido complejidad. Aunque durante años estuvo asociado a una imagen folclórica, hoy ocupa un lugar en la música tradicional, el jazz, la creación contemporánea y la escena clásica. Una pasión por transmitir Durante mucho tiempo vinculado a la música popular, el acordeón cobra todo su sentido cuando Thomas Kassis, gran amante de este instrumento, lo comparte con quienes saben escuchar. Como él mismo dice, el acordeón alimenta su alma y abre puertas celestiales. Las personas con sensibilidad y sentido humanista saben apreciar su dimensión espiritual, hoy amenazada por un mundo “totalmente deshumanizado”, lamenta Thomas. Para él, lo más importante es que el acordeón perdure. De ahí la importancia de acercarlo a los niños de manera natural, y no por medio de instrumentos simplificados en los que basta presionar un botón para generar una melodía. Para Thomas, eso es una herejía que asfixia la creatividad. La fuerza de la música en un país en crisis La historia de Thomas Kassis quizá no sea excepcional, pero se vuelve única en el contexto actual de violencia extrema, donde el sueño y la poesía luchan por encontrar su lugar. Irónicamente, es en pleno Printemps des poètes, cuyo tema este año es “La libertad. Fuerza viva, desplegada”, que Thomas recorre las calles, esparciendo notas capaces de infundir fuerza y energía a los libaneses, marcados por guerras y crisis, pero aún portadores de un impulso vital frágil. Otra prueba de que este instrumento, cuyo sonido evoca alegría, puede unir, invitar a repensar la felicidad, ese instante fugaz que no deja de escapársenos.

El impresionismo libanés: de la grisalla parisina a la luz del Monte Líbano (1/4)

El año 2026 marca el centenario de la muerte de Claude Monet, uno de los pioneros del impresionismo. De hecho, fue una de sus obras, Impresión, sol naciente , la que dio nombre al movimiento impresionista. El movimiento surge en Francia en la década de 1870, impulsado por artistas como Claude Monet, Auguste Renoir o Camille Pissarro. Rompiendo con las rígidas normas de la Academia, los impresionistas dejan de buscar la representación perfecta del “tema”. En su lugar, intentan capturar la luz, el instante fugaz, la impresión que transmite el modelo. Defienden una visión espontánea y natural del mundo, sin filtros ni jerarquías, con pinceladas fragmentadas, rápidas y visibles, y un uso intensivo del color, donde incluso las sombras son coloreadas, en tonos azulados o violáceos, nunca negras. Pintan al aire libre y ya no en el estudio. Una revolución posible gracias a la invención de la pintura en tubos, que permitió a los artistas trabajar directamente en contacto con la naturaleza. El auge cultural del Líbano A comienzos del siglo XX, el Líbano vivía un auge cultural sin precedentes. Es el momento de la Al Nahda, el renacimiento cultural impactaba casi todos los ámbitos, especialmente la pintura. Artistas pioneros viajan a estudiar en París y Roma, y regresan con técnicas modernas, entre ellas el impresionismo. Ya no se trata de reproducir la luz gris del cielo parisino, sino la luz desbordante de los paisajes del Monte Líbano. Los impresionistas del Levante deben aprender a dominar una luz intensa y muy blanca, propia de la región, lo que da lugar a un impresionismo más contrastado y vibrante. El impresionismo libanés no copia el occidental. Lo adapta a una sensibilidad oriental para expresar la nostalgia, la vida rural y la belleza del patrimonio. El cuarteto de la luz A inicios del siglo pasado, cuatro pioneros marcaron el desarrollo del impresionismo y de la pintura moderna libanesa: Khalil Saleeby, Omar Onsi, César Gemayel y Mustafa Farroukh. Khalil Saleeby, figura clave de la pintura libanesa Es el verdadero precursor de la pintura moderna en el Líbano. Introdujo una aproximación más libre al retrato y al paisaje, y logró captar y transmitir la psicología de sus personajes. Al estilo de los grandes maestros, utilizó la luz y el claroscuro para definir volúmenes, profundidad y dar relieve a sus retratos. Su trayectoria Khalil Saleeby nació en Btalloun en 1870. Tras estudiar en el Syrian Protestant College, hoy American University of Beirut, continuó su formación artística en Edimburgo, en Estados Unidos y luego en París. Allí conoció a grandes figuras, entre ellas el pintor estadounidense John Singer Sargent, quien influyó profundamente en su enfoque del retrato. A su regreso al Líbano en 1900, abrió su propio taller en Beirut, frente a la AUB. Se convirtió en mentor de futuros referentes de la pintura moderna libanesa, como César Gemayel y Omar Onsi. Su vida tuvo un final trágico en 1928, cuando fue asesinado junto a su esposa estadounidense, Carrie, en su pueblo natal, tras un conflicto vecinal relacionado con los derechos de agua. Su obra Saleeby transformó el arte en el Líbano, llevándolo de una práctica artesanal o religiosa a una disciplina intelectual y moderna. Su estilo evolucionó del realismo académico a un impresionismo vibrante, con una paleta rica, dominada por juegos de luz, tonos rosados y azules opalescentes. Aunque pintó paisajes y escenas rurales, es especialmente reconocido por sus retratos y desnudos. Fue uno de los primeros artistas del mundo árabe en abordar el desnudo desde una perspectiva académica, rompiendo los numerosos tabúes sociales de su época. Su colección personal, preservada por su familia, se conserva hoy en la AUB Art Gallery de Beirut y constituye un verdadero tesoro nacional. Una obra emblemática: el autorretrato inacabado Saleeby realizó varios autorretratos a lo largo de su carrera, en los que se representó con una mirada intensa y orgullosa, utilizando la luz y pinceladas amplias. Estas obras reflejan su capacidad para captar no solo el parecido físico, sino también la dimensión psicológica del sujeto. Entre sus piezas más conmovedoras destaca su autorretrato inacabado de 1928. La obra quedó en el caballete en el momento de su asesinato. Resume el estilo de sus últimos años: pincelada libre y enérgica, una mirada profunda que captura su propia psicología y un dominio de la luz que sigue siendo impactante, pese al carácter inconcluso del cuadro. Siguiente artículo El impresionismo libanés: Omar Onsi, maestro de la luz

Bajo las pelucas empolvadas
Por
Yasmina Comair
Publicado
mar 29, 2026 - 17:46

Del 18 de febrero al 5 de julio de 2026, el Museo de Artes Decorativas presenta Una jornada en el siglo XVIII, crónica de un hôtel particulier , una travesía inmersiva por una residencia aristocrática parisina de la década de 1780, en vísperas de la Revolución Francesa. Del despertar al reposo, todo sigue el ritmo del reloj. La exposición se percibe como un perfume hoy desaparecido, un pequeño milagro de ese art de vivre de la Ilustración, en el que cada una de las 550 piezas distribuidas a lo largo del recorrido cuenta una misma historia: la de un tiempo extinto cuya estética refinada elevó a París al rango de capital europea de la moda y las artes, un título que aún hoy rara vez se discute. El lever (el despertar): una intimidad compartida Tras las fachadas del hôtel particulier , la ciudad bulle: el rumor sordo de los carruajes, las voces de los mercaderes, el roce de los pasos sobre los adoquines húmedos. En el interior, otro mundo se organiza, más lento, más denso, casi suspendido. La jornada comienza en la alcoba, hacia las siete de la mañana, en torno a un lit à la duchesse colocado perpendicular a la pared. El confort aparece, pero la intimidad sigue siendo relativa. El lever es un momento de sociabilidad: se recibe a proveedores, secretarios y consejeros espirituales. La conversación se mezcla con los gestos. En la luz lechosa de la mañana, los materiales despiertan: la madera encerada del parquet, las telas arrugadas tras el sueño, los reflejos del estaño y la porcelana. La toilette se despliega lentamente, según rituales codificados. Las pelucas de cabello natural se empolvan, los lunares se colocan con precisión sobre los rostros y los perfumes, de notas florales y empolvadas, perfuman la alcoba de los señores de la casa. A su alrededor, los objetos componen un paisaje íntimo: aguamaniles, palanganas, jaboneras, cajas para lunares finamente decoradas, bidés y bourdaloues (orinales de viaje). Los almanaques, siempre a la mano, recuerdan que el tiempo está estructurado y controlado. Una silla de manos barnizada de las décadas de 1740 y 1750, en madera, cobre y tela pintada, espera en la penumbra, lista para prolongar esta puesta en escena del cuerpo en la ciudad. El agua es escasa. El baño requiere un calentador de cobre y sigue siendo un lujo. El aseo es, ante todo, seco, táctil y preciso. Vestirse y mostrarse: la elegancia como lenguaje Vestirse en el siglo XVIII es una forma de narrarse ante el mundo. Un vestido à l’anglaise en pékin de seda blanca, atravesado por rayas rosadas y líneas verdes en zigzag, decorado con motivos florales, encarna esta exigencia. Los colores son sutiles, nunca estridentes, y las gamas se mantienen armónicas: blancos, grises o azules con acentos más vivos. Las texturas de la seda, el terciopelo y los lazos capturan la luz y la reflejan con suavidad. Los rituales de belleza son estrictos: cada lunar, cada polvo, cada fragancia forma parte de un lenguaje social. Es en esta época cuando París se consolida como capital de la moda. Las miradas europeas convergen hacia esta precisión del gusto. La mañana y el movimiento: el aire, el cuerpo, la ciudad Tras la toilette , el cuerpo sale y respira. Bajo la influencia del médico Théodore Tronchin, cuyas ideas circulan ampliamente en la época, se adopta la costumbre de pasear varias veces al día. En los jardines de los hôtels particuliers , la grava cruje bajo los pasos. El aire transporta olores mezclados: flores, tierra húmeda y, a lo lejos, los aromas de la ciudad, cuero, humo, vida. Al salir, las siluetas se cruzan, se saludan, se observan. El movimiento también se convierte en un lenguaje. Biblioteca y boudoir: ordenar y retirarse Antes o después del dîner (comida principal del día), la biblioteca ofrece un espacio de reflexión. El señor de la casa lee, piensa y consulta almanaques y calendarios. La jornada se organiza con precisión. Su curiosidad se extiende al mundo: China, Japón y otros territorios imaginados alimentan su interés. En contraste, el boudoir de la señora es más íntimo. Sentada en una otomana de nogal tallado, pintada en gris y dorado, escribe, lee o dibuja. También borda con perlas, hilos de seda o cordones. Sus gestos son delicados y repetitivos, casi meditativos. El dîner : luz y puesta en escena Servido entre las dos y las cuatro de la tarde, el dîner estructura la jornada. El comedor se organiza con consolas, enfriadores, fuentes murales y sillas de rejilla. La mesa, a menudo montada sobre caballetes, se convierte en escenario. El service à la française presenta todos los platos al mismo tiempo. Los colores de los alimentos, las porcelanas y los vasos dialogan entre sí. En el centro, un surtout de vidrio capta y fragmenta la luz. Todo es espectáculo y medida. Colaciones y placeres: dulzura y distinción Tras el dîner , llega la colación. En un salón o en el boudoir , se consumen chocolate, café y té. Los aromas son más cálidos y envolventes. El chocolate, considerado estimulante, a veces se bebe en el platillo. Los gestos son precisos, casi silenciosos. Los objetos prolongan la experiencia: porcelanas, piezas de orfebrería, tabaqueras. Tomar rapé se convierte en un ritual social; ofrecer la tabaquera, en un gesto de distinción. Juegos, conversación y música: el arte de brillar Al anochecer, la sociabilidad alcanza su punto máximo. Juegos como el tric-trac , el quadrille y la bouillotte marcan el ritmo. Todo está pensado para ver y ser visto. Pero, sobre todo, se conversa. El ingenio circula con agilidad y precisión. La conversación se convierte en un arte. Evoca la película Ridicule , de Patrice Leconte: misma época, misma destreza verbal, mismo riesgo de una palabra mal colocada. La música acompaña estos momentos: arpa, clave y flauta traversa componen una música de cámara íntima, de sonidos ligeros, casi suspendidos. El souper : hacia la intimidad Más tarde, entre las 20:30 y las 23:00, el souper se vuelve más discreto. Los criados se retiran, las voces bajan y los gestos se simplifican. Los muebles móviles permiten servirse de manera autónoma. Surge una forma de libertad, sutil, casi imperceptible. El sueño: el último abandono La noche cierra la jornada. Camisas blancas, gorros de dormir, gestos pausados. Una lamparilla difunde una luz tenue. En la última sala de la exposición, Le Sommeil , atribuida a Hugues Taraval (hacia 1779), condensa este momento: el cuerpo se abandona, cargado de todas las sensaciones del día. Una colación puede permanecer junto a la cama. Afuera, la ciudad sigue murmurando.

Dior, la magdalena de Proust de la alta costura
Por
Yasmina Comair
Publicado
mar 8, 2026 - 03:59

En el corazón de la Ciudad de la Luz, entre archivos, esculturas, fondos de vestidos y dedales, late una casa donde las fragancias de la rosa de mayo despiertan la memoria olfativa de los visitantes. Un lugar donde pasado y presente dialogan. Desde la sombra fértil dejada por John Galliano y con la llegada de Jonathan Anderson, parece emerger una nueva lectura del legado de Dior: más conceptual, más artística, pero profundamente fiel al espíritu de la casa fundada en 1946. Un estudio de la forma Fue en el Museo Rodin, maravilloso entre las esculturas del gran Auguste, donde se reveló esta nueva etapa. Tras el desfile de alta costura, durante la última semana de enero de 2026, la instalación Gramática de las Formas abrió al público en el pabellón efímero donde el prodigio había sido presentado al mundo. Quince siluetas de Anderson dialogaban allí con nueve creaciones históricas de Monsieur Dior y cerámicas de la escultora keniana Magdalene Odundo. El dispositivo era casi radical. El suelo, cubierto con un parqué en punto de Hungría de tono plateado envejecido, parecía susurrar bajo un techo inundado de ciclámenes rosados. Este escenario envolvía tanto los vestidos como las curvas de las piezas de Odundo. Modeladas a mano, estas desarrollan un lenguaje de tensiones inspirado en el cuerpo humano y en antiguas tradiciones de la alfarería. En la colección de Anderson, esas formas encuentran un eco evidente: cinturas marcadas, volúmenes esculpidos, siluetas casi arquitectónicas. La costura se convierte aquí en materia, en una conversación entre prenda y escultura. Grupos de niños, sentados en el suelo y con lápices en la mano, dibujaban y coloreaban los modelos en sus cuadernos. Un momento simple y silencioso que recordaba que la costura es, ante todo, una mirada que se forma. Esta primera colección de Anderson para Dior no busca un efecto espectacular. Funciona, más bien, como un estudio. Galliano, la sombra fértil Es imposible abordar este momento sin mencionar a John Galliano. El enfant terrible de la moda, aquel cuya enésima provocación lo condujo a un purgatorio para enfrentar sus propios demonios. Antes de Anderson, fue él quien realmente transformó Dior. En las décadas de 1990 y 2000, Galliano convirtió la venerable casa en un teatro: desfiles espectaculares, referencias históricas y siluetas deslumbrantes. Anderson no intenta reproducir esa dramaturgia. Pero parece haber retenido lo esencial: la idea de que Dior debe seguir siendo un espacio de experimentación. Mientras Galliano trabajaba en la narración y el vestuario, Anderson exploraba los archivos y la forma. Otra manera de ser radical, pero con la misma conciencia del legado. De hecho, los ciclámenes en el techo prolongan el diminuto ramo que el maestro ofreció al alumno cuando fue invitado por este, en primicia, a descubrir la colección de quien realmente lo sucedería. Una flor conmovedora, como un punto de inflexión, bella como un homenaje. La chaqueta Bar, centro de gravedad En el corazón de esta reflexión permanece una pieza fundacional: la chaqueta Bar. Creada en 1947 para acompañar el New Look, sigue siendo la matriz de toda la casa: cintura entallada, caderas esculpidas, silueta arquitectónica. En manos de Anderson aparece a veces intacta, otras veces desplazada o descompuesta, acortada o alargada, como una escultura observada desde distintos ángulos. Es la señal de que una casa puede evolucionar sin renegar de su origen. La demostración continuó durante el último desfile de la nueva colección de prêt-à-porter en el Jardín de las Tullerías, en París, frente a un estanque salpicado de nenúfares. Los clásicos reinterpretados fueron aclamados por su equilibrio entre precisión histórica y aliento contemporáneo, en un momento en que la casa parece asumir plenamente esa tensión entre archivo y vanguardia. Literatura y humanismo Dior mantiene desde hace tiempo un diálogo discreto con la cultura. Hoy se percibe en los bolsos tipo tote Dior Book Tote, convertidos casi en objetos literarios. Algunos reproducen en la tela títulos de grandes clásicos. De Las flores del mal a Madame Bovary , de Las amistades peligrosas a Drácula , estos accesorios parecen libros que se llevan al hombro, como si la costura misma se volviera biblioteca. Sin embargo, la historia de Dior no es solo estética ni intelectual. Durante la Ocupación, Christian Dior continuó trabajando como modista en París mientras su hermana Catherine Dior se unía a la Resistencia. Fue arrestada y deportada al campo de concentración de Ravensbrück y regresó tras la guerra. El perfume Miss Dior le está dedicado. Esa tensión entre sombra y luz forma parte de la memoria de la casa. Explica por qué Dior nunca ha sido solo una marca, sino también una historia humana. Una casa que se redefine Dior ha atravesado varias etapas. Estuvieron la radicalidad del New Look, las visiones sucesivas de distintos directores artísticos y también años en los que la imagen de la casa parecía buscar su rumbo. Los logotipos, antes discretos, se volvieron gigantes antes de encontrar una forma más sutil. Hoy, bajo el impulso reflexivo de Delphine Arnault, la casa parece querer recuperar un equilibrio entre herencia e invención. La llegada de Jonathan Anderson se inscribe claramente en esa dirección. Una memoria activa A veces basta tocar un cuero, observar o vestir un corte, oler un perfume refinado o incluso abrir con delicadeza un bolso Lady Dior para comprender el ADN de esta casa. Dior no es solo una silueta ni únicamente una estética. Es una memoria creativa en movimiento, una alta costura nacida bajo una buena estrella que nunca olvida de dónde viene, pero que sigue explorando lo que puede llegar a ser: una magdalena de Proust de la costura, en permanente reinvención.

Estallido y Fauvismo: Yungblud desatado en el escenario
Por
Yasmina Comair
Publicado
feb 27, 2026 - 20:55

Ojos negros, puros, tormentosos, contrastados. Hermosos para ahogarse en ellos. Dominic Harrison, alias Yungblud, sube al escenario y grita su fauvismo a todo pulmón. Una vida de rabia, de amplitud y de autoconfianza adquirida y ahora alquimista. Cada uno de sus gestos es un relámpago; cada uno de sus movimientos, un incendio. No interpreta sus canciones. Las deja explotar en fuego. La pista se enciende en cuanto aparece. Los bajos retumban como un trueno. Mi hija y su amiga están un poco más lejos, yo estoy atrás. Cada vibración del aire nos atraviesa. Luego surge él. Cuerpo esculpido bajo los focos, presencia animal, ojos azules maquillados como una tormenta. Yungblud irrumpe en el escenario, es un fuego salvaje. Un cigarrillo en la esquina de los dedos, que encenderá más tarde, y el calor ya es insoportable. Su presencia es leonina. Cada gesto, cada movimiento arrasa con todo a su paso. No solo canta: consume el aire, la multitud, la noche. Entre dos jodidas 'signature' que halagan nuestros tímpanos al estilo rock'n'roll, su impertinencia estalla. La frontera escenario-pista desaparece. Estamos en el corazón de su tormenta. Una intensidad inmediata En nuestra arena precalentada al rojo vivo por el grupo californiano Palaye Royale, los temas de Dominic se disparan. Hello Heaven, The Funeral, Lovesick Lullaby, Lowlife, Changes… No había vivido una escena así desde las que nos ofrecían nuestras pequeñas pantallas beirutíes, cuando funcionaban al ritmo de la corriente eléctrica, en los años 90. La propuesta musical de Yungblud es cruda, verdadera. Rock alternativo, destellos punk, estribillos coreados como juramentos. Las guitarras muerden. La percusión martillea. La escritura proclamada es una sensible mezcla de rabia, de vulnerabilidad asumida a falta de ser elegida. Una estética marcada El público está transportado. A nuestro alrededor, una hermosa juventud. Desde adolescentes hasta cuarentañeros, todos han cuidado su atuendo. Prendas negras, llamas escénicas que iluminan maquillajes rozando lo gótico, un poco o mucho de Tim Burton versión rock alternativo, ADN de nuestra estrella obliga. No se trata de un cantante pudoroso sino de un león; podemos escribirlo. Su filiación rock es reivindicada: ecos de Nirvana, de Bowie y sobre todo de Ozzy Osbourne, una influencia central para su identidad artística. Changes posee una dimensión central para Yungblud. Además, el 1 de febrero de este año, Dominic ganó el Grammy Award a la Mejor Interpretación de Rock por su versión en vivo de este último tema, interpretación de Black Sabbath dedicada al mismo Osbourne. Fuera del escenario, Harrison canaliza su energía en el boxeo. Comparte en Instagram momentos de ensayo en directo, sus perros, instantes de cercanía con su público. Los fans piden más porque su ídolo es auténtico. Una voz para la nueva generación Yungblud no es solo un artista. A sus 28 años, es un espejo para la juventud. Vulnerable pero poderoso, sin filtros pero siempre bueno y generoso. Aborda la salud mental, la libertad y la autoaceptación como un motor que permite existir sin compromisos. Cada uno de sus conciertos es una experiencia compartida. El pasado octubre en París, en el momento en que tuvo lugar este concierto, la energía era cruda y la libertad palpable. El compromiso LGBTQ+ se leía naturalmente, sin énfasis. Desde entonces, Dominic ha proclamado públicamente ante su público su apoyo al pueblo masacrado de Irán. Uno de los pocos artistas en llevar la voz de esta juventud libre e iluminada, hoy sacrificada. A mi lado, mi hija y su amiga están electrificadas, literalmente. Cantan cada palabra. Vibrar juntos, en cuerpo y alma, atravesadas por la misma ola. Este concierto intergeneracional creó un calor que despierta. La marcada personalidad de Dominic, su fauvismo musical me conmovieron. Es un artista que rompe códigos, certezas y que encarna las suyas de forma incantatoria. Quema y desdibuja las fronteras insípidas de la frialdad sonora ambiental, a menudo calibrada. Yungblud no es solo un cantante. Es un catalizador de emociones, un fuego que consume e ilumina a la vez. Gracias a mi hija, cuya ayuda y precioso amor hicieron posible la redacción de este apasionado artículo.

El Museo Nacional de Irán: espejo de una historia milenaria (2/2)
Por
Micha Moussallem
Publicado
feb 19, 2026 - 12:45

Los museos en Irán desempeñan un papel clave en el apoyo a la estrategia política y diplomática del país. También son fundamentales para preservar y exhibir los tesoros de la civilización persa. El Museo Nacional de Irán se erige como el principal museo arqueológico e histórico del país. Destaca la riqueza del patrimonio persa y alberga colecciones invaluables que recorren la historia iraní, desde el Paleolítico, pasando por los medos, elamitas, aqueménidas, partos y sasánidas, hasta el período islámico. En su interior se articula la narrativa oficial de “Irán”: un hilo continuo que va desde Elam y el Imperio aqueménida hasta la República Islámica. Más de 300.000 objetos dan forma a ese relato y entretejen la historia milenaria de la nación. El Museo Nacional se compone de dos grandes entidades: el Museo del Irán Antiguo y el Museo del Período Islámico. El Museo del Irán Antiguo Fundado en la década de 1930, durante el reinado de Reza Shah, el edificio principal, conocido como Museo del Irán Antiguo, está dedicado al período preislámico. Su arquitectura se inspira en el estilo sasánida, en particular en el Taq-e Kasra (Arco de Ctesifonte). Diseñado por los arquitectos franceses André Godard y Maxime Siroux, el museo fue inaugurado en 1937. Lejos de exhibir las legendarias joyas del tesoro de los shahs, el museo presenta el amplio recorrido de la historia iraní a través de miles de objetos, entre ellos sellos, bajorrelieves, cerámicas, manuscritos, esculturas y más. Entre sus piezas más destacadas se encuentran inscripciones y textos del período Uruk tardío (aprox. 3350-3000 a. C.), que durante la década de 2010 fueron trasladados a depósitos modernos con sistemas de conservación y seguridad adecuados. El museo también alberga a uno de los “Hombres de sal” de Zanjan. Un minero momificado de forma natural, perfectamente conservado por la sal de la mina donde fue hallado, y que data aproximadamente del período 550-330 a. C. Otras piezas emblemáticas incluyen el monumental Bronce de Shami, de 1.94 metros de altura, considerado una obra maestra de la escultura parta. Asimismo, se conservan bajorrelieves y capiteles con cabezas de toro procedentes de Persépolis (siglos VI-IV a. C.), de una calidad excepcional. Estas piezas ofrecen una síntesis impactante del arte arquitectónico aqueménida. La colección también incluye cerámicas y alfarería prehistóricas de Tepe Sialk, cerca de Kashan, auténticas obras de arte fechadas entre el VI y el IV milenio a. C. A ello se suman los bronces de Lorestan (aprox. 1000-650 a. C.) y las copas de oro y ritones de Marlik (1400-1200 a. C.), considerados la cúspide de la artesanía iraní de la Edad del Hierro. El Museo del Período Islámico El departamento de arte islámico del Museo Nacional de Irán ocupa un edificio moderno independiente, inaugurado en 1996. Alberga una colección de enorme valor que recorre la historia de Persia después del islam, destacando el refinamiento del arte islámico en Irán. Incluye obras safávidas, cerámicas, manuscritos, piezas de metal, textiles y muchos otros tesoros. Entre las piezas más notables se encuentra el mihrab iljaní de Dar-e Behesht, conocido como la “Puerta del Paraíso”. Este mosaico de azulejos vidriados del siglo XIV, producido bajo la dinastía iljaní, es célebre por su intrincada caligrafía (kúfica, thuluth, naskh) y por sus motivos florales y geométricos. El museo también exhibe un cuenco cerámico del siglo IX procedente de Gorgan, decorado con una figura antropomorfa con cabeza de toro, acuarelas de Sani ol-Molk del período kayar (siglo XVIII), así como elegantes astrolabios y otras obras maestras. El papel de los curadores En un delicado equilibrio entre poder y memoria, los curadores de museos en Irán transitan un terreno complejo. A menudo se enfrentan a formas sutiles de censura: no prohibiciones explícitas, sino señales, recomendaciones y “sensibilidades” que deben ser respetadas. Incluso decisiones sobre qué obras exhibir y cómo contextualizarlas pueden involucrar temas sensibles, como el pluralismo religioso antiguo, el papel de las mujeres en las sociedades del pasado o las influencias extranjeras. El desafío central para los curadores es equilibrar la narrativa preislámica, la de una nación antigua e imperial, con la narrativa islámica y la estrategia identitaria del Estado, sin perder el rigor intelectual que exige cualquier relato histórico. Por último, conviene destacar los esfuerzos de profesionalización emprendidos en algunos museos de Teherán, como son la modernización de los sistemas de almacenamiento y seguridad, el nombramiento de un curador especializado para la sección de inscripciones, entre otras medidas. Estas iniciativas reflejan un enfoque cada vez más tecnocrático en la gestión del patrimonio. Esto plantea una pregunta provocadora: en tiempos de crisis nacional, ¿es inapropiado centrarse en el destino de los museos y las obras de arte en lugar del bienestar de las personas? Por el contrario, cuanto más inestable se vuelve el mundo, más esenciales son el arte y quienes lo custodian, no solo para dar testimonio, sino, sobre todo, para preservar y transmitir nuestra historia humana compartida a las futuras generaciones. Artículos relacionados: Los museos en Irán: un patrimonio en estado de sitio (1/2)