

Moustafa Farroukh es uno de los grandes pioneros de la pintura moderna libanesa y contribuyó ampliamente a estructurar la escena artística nacional.
Nació en 1901 en el modesto barrio de Basta, en Beirut, en el seno de una familia sunita, y falleció en 1957. De joven, fue alentado y formado en el taller del pintor modernista Habib Srour.
En 1927 dejó Beirut rumbo a Roma, donde estudió en la Regia Accademia di Belle Arti (San Luca) y obtuvo su diploma ese mismo año.
Después de Roma, continuó su formación en París, especialmente junto a Paul Émile Chabas, entonces presidente de la Société des artistes français. Comenzó a exponer en importantes eventos artísticos, entre ellos los salones de arte parisinos, la Bienal de Roma y, luego, en Venecia, Nueva York y Beirut.
Regreso a casa
Regresó a Beirut en 1932 y abrió allí un taller-galería permanente que se convirtió en un punto de encuentro de la vida artística beirutí.
Enseñó arte en varias instituciones prestigiosas, entre ellas la AUB, Alba y la Escuela Normal de Beirut. También ofreció conferencias en diversos círculos intelectuales, especialmente en el Cenáculo Libanés (al-Nadwa), contribuyendo así a la consolidación institucional del naciente campo artístico libanés. Muy activo en exposiciones internacionales, su nombre fue inscrito en 1950 en el Bénézit, la referencia bibliográfica más prestigiosa del mundo artístico.
Farroukh fue un comprometido artista e intelectual. Publicó numerosos artículos sobre arte en la prensa, contribuyendo a la educación artística del público en general. También publicó cinco obras sobre filosofía del arte e identidad libanesa, entre ellas una autobiografía. Sus escritos ayudaron ampliamente a teorizar el lugar del arte en la emergente sociedad libanesa.
Su obra y su estilo
Farroukh fue un pintor prolífico que dejó más de 2000 lienzos, ampliamente coleccionados en el Líbano y en el extranjero.
Su pintura es esencialmente posimpresionista, figurativa y realista, marcada por su formación académica europea, pero arraigada en temas libaneses.
Sus temas predilectos abarcan la vida cotidiana: paisajes rurales y urbanos, pueblos, campos, puertos, la cornisa marítima de Beirut, notables, mujeres trabajando, campesinos, etcétera. También pintó algunos desnudos, un gesto audaz en el contexto levantino de la época.
Su paleta es luminosa y cálida. Prestó especial atención al claroscuro heredado de su formación italiana, que logró combinar con la luz mediterránea.
En la década de 1930, tras una estancia decisiva en España, pintó la herencia árabe-andalusí, integrando así la memoria árabe de Andalucía en un lenguaje pictórico moderno.
Una obra icónica: la cornisa de Ras Beirut
Sus vistas del litoral de Beirut y de la cornisa marítima suelen citarse como imágenes icónicas de un Líbano en transición, donde el puerto, el mar y la ciudad forman un tríptico identitario.
La cornisa de Ras Beirut, pintada en 1941 bajo el Mandato francés, ilustra la voluntad de Moustafa Farroukh de sentar las bases de una pintura nacional libanesa inspirada en sus influencias europeas.
Su paisaje urbano, abierto al mar, simboliza el diálogo entre la ciudad moderna y el infinito mediterráneo. Valora la luz y la atmósfera. Ras Beirut se convierte así en un umbral entre Oriente y Occidente, modernidad y tradición. Esta obra encarna la identidad libanesa emergente y constituye una etapa clave de la modernidad pictórica del país.
Se trata de una visión poética del Líbano, donde el mar, la montaña y la arquitectura tradicional coexisten armoniosamente. La composición en tres planos da profundidad al lienzo y guía la mirada desde el camino de tierra hasta la línea del horizonte.
Los tonos cálidos de la tierra contrastan con los azules fríos del mar y del cielo, creando una atmósfera a la vez luminosa y melancólica. La presencia de dos personajes en el centro del cuadro humaniza la escena e introduce una dimensión narrativa apreciada por Farroukh. Las palmeras y las casas bajas, tratadas con pincelada flexible, anclan la pintura en un Oriente mediterráneo idealizado, impregnado de nostalgia y suavidad.
Pintores emblemáticos de una nación en formación
En conclusión, nuestros cuatro pioneros de la pintura libanesa, Khalil Saleeby, Omar Onsi, César Gemayel y Moustafa Farroukh, que por cierto no fueron los únicos, aparecen como los pintores emblemáticos de una nación en formación. Formados en el extranjero, se inspiraron en las escuelas pictóricas europeas de su tiempo, conservaron lo mejor de ellas y lo adaptaron a la luz y sensibilidad mediterránea y oriental. Así, reforzaron la naciente identidad nacional libanesa y crearon una pintura propiamente libanesa, al mismo tiempo semejante y distinta de la pintura europea de comienzos del siglo XX.
La influencia de la pintura occidental les permitió liberar tanto su pincelada como sus paletas, pero también emanciparse de los encargos religiosos y oficiales, rompiendo así los tabúes sociales de la época. Si algunos se inspiraron en el impresionismo, otros se acercaron más al realismo o al posimpresionismo. Sin embargo, todos contribuyeron a crear una identidad nacional libanesa, así como al auge artístico y social del país. Sus obras también constituyeron una fuente de inspiración para las sociedades levantinas de la época.
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– El impresionismo libanés: Omar Onsi, maestro de la luz (2/4)
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