


Al recorrer las calles de mi barrio, me encuentro con una escena de lo más insólita: un acordeonista que toca para nadie y para todos. Lo hace para ofrecer un paréntesis de felicidad en un país aparentemente atrapado en la violencia. No busca dinero ni atención. Toca para compartir la magia de la música con quienes aún saben sentirla.
Thomas Kassis. Ese es su nombre. El que le dieron los padres que lo adoptaron tras haber pasado de un hogar a otro, hasta que finalmente decidieron quedarse con él. ¿Sus padres biológicos? No los conoce. Thomas trabaja además en la construcción, un sector duramente golpeado por la situación actual. Pero es con su acordeón que vive una verdadera historia de pareja. Una historia de amor apasionado que floreció en 2017.
De niño, la armónica que hacía sonar en casa incomodaba a la familia. Se resigna… hasta el día en que, de forma autodidacta, decide salir a las calles con su instrumento, con la esperanza de llegar a los niños. De cada 1.000, espera que dos o tres se enamoren del acordeón.
El acordeón, un instrumento milenario
Nacido a comienzos del siglo XIX en Europa, el acordeón fue patentado oficialmente en 1829 en Viena por Cyrill Demian. Sin embargo, su funcionamiento se basa en un principio mucho más antiguo: la lengüeta libre, heredada del sheng, un instrumento milenario originario de China.
Concebido desde sus inicios como un instrumento práctico, capaz de producir al mismo tiempo melodía y acompañamiento, el acordeón experimentó un rápido desarrollo a lo largo del siglo XIX gracias a innovaciones técnicas que ampliaron su teclado y enriquecieron sus posibilidades sonoras.
Adoptado rápidamente por los sectores populares, el acordeón viajó con las migraciones europeas y se arraigó de forma duradera en numerosas culturas musicales: desde el musette francés hasta las tradiciones de Europa del Este, pasando por los repertorios latinoamericanos. Existen varias formas: diatónica, cromática o de teclado tipo piano, y con el tiempo han adquirido complejidad. Aunque durante años estuvo asociado a una imagen folclórica, hoy ocupa un lugar en la música tradicional, el jazz, la creación contemporánea y la escena clásica.
Una pasión por transmitir
Durante mucho tiempo vinculado a la música popular, el acordeón cobra todo su sentido cuando Thomas Kassis, gran amante de este instrumento, lo comparte con quienes saben escuchar. Como él mismo dice, el acordeón alimenta su alma y abre puertas celestiales. Las personas con sensibilidad y sentido humanista saben apreciar su dimensión espiritual, hoy amenazada por un mundo “totalmente deshumanizado”, lamenta Thomas.
Para él, lo más importante es que el acordeón perdure. De ahí la importancia de acercarlo a los niños de manera natural, y no por medio de instrumentos simplificados en los que basta presionar un botón para generar una melodía. Para Thomas, eso es una herejía que asfixia la creatividad.
La fuerza de la música en un país en crisis
La historia de Thomas Kassis quizá no sea excepcional, pero se vuelve única en el contexto actual de violencia extrema, donde el sueño y la poesía luchan por encontrar su lugar. Irónicamente, es en pleno Printemps des poètes, cuyo tema este año es “La libertad. Fuerza viva, desplegada”, que Thomas recorre las calles, esparciendo notas capaces de infundir fuerza y energía a los libaneses, marcados por guerras y crisis, pero aún portadores de un impulso vital frágil.
Otra prueba de que este instrumento, cuyo sonido evoca alegría, puede unir, invitar a repensar la felicidad, ese instante fugaz que no deja de escapársenos.