
Da la impresión de que el Líbano ha vivido siempre al compás de las capitales extranjeras: estuvo la etapa egipcia bajo Gamal Abdel Nasser, la etapa palestina bajo la OLP, la etapa siria bajo la dinastía republicana de los Assad y, por supuesto, la etapa iraní, cuando Hezbolá tomó las riendas del país por medio de intermediarios. Lo más característico de la realidad libanesa es que, cada vez que la influencia de un régimen árabe o extranjero comenzaba a diluirse o desaparecer, otra la reemplazaba de inmediato. Como si fuera algo natural: la naturaleza aborrece el vacío y nuestros políticos nunca han querido renunciar a la servidumbre.










