


Tras haber recibido el espaldarazo de Washington, a finales de julio el general Joseph Aoun fue investido en Ankara, una capital que lo acogió con todos los honores propios de su rango. La alfombra roja, la guardia presidencial rindiendo honores süngü tak y las salvas de cañón no fueron poca cosa para el militar de carrera que es el presidente libanés.
Por supuesto, no sería él quien fuera a buscarle las pulgas a una delegación comercial turca, como sí lo había hecho el presidente Elias Hraoui en los albores de su mandato.

El mapa completo de los sanjacados de los vilayetos de Beirut y Siria en 1909. El vilayeto de Beirut agrupaba los sanjacados de Nablus, Acre, el “Bilad al Bechara” (el actual Líbano del Sur o Jabal Amil), la ciudad de Beirut, y los sanjacados de Tarablus ash-Sham y Latakia. La denominación Tarablus ash-Sham se utilizaba para evitar confusiones con otra ciudad otomana: Tarablus el-Gharb, la ciudad de Trípoli en Libia, que conservó su nombre. (Wikimedia Commons)
¿Quién recuerda el encontronazo entre este último y nuestros anfitriones turcos que, encantados de desarrollar relaciones culturales y económicas con Trípoli, tuvieron el error de evocar los lazos históricos entre Turquía y la capital del norte?
Nadie sabe qué mosca le picó entonces a “Abou Elias”, quien replicó con vehemencia que el Líbano era un Estado soberano —¡nada menos!— que no toleraría un resurgimiento de la influencia otomana en estas tierras, y mucho menos una relación privilegiada entre Ankara y una región libanesa en detrimento del Estado central.
De aquel episodio, ciertos círculos hicieron leña del árbol caído y se burlaron de la incongruencia del jefe de Estado, cuando las cámaras de comercio de dos países mediterráneos no buscaban más que restablecer los vínculos de intercambio y prosperidad.
Tarablus as-Sham y el Gran Líbano
El incidente llevaba mucho tiempo olvidado cuando ciertas interrogantes volvieron a nuestra memoria con motivo de la visita de Chaibani, ministro sirio de Asuntos Exteriores, a Trípoli el pasado 2 de julio.
Visto el entusiasmo del recibimiento, se insinuó que esta ciudad podría aspirar a un destino distinto al libanés.
Recordemos que siempre llevó el nombre de Tarablus as-Sham y que se mostró rebelde al Mandato francés, sin haber aceptado de buen grado su incorporación al Gran Líbano.
Pero no nos precipitemos a sacar conclusiones. Las multitudes son conocidas por sus reacciones viscerales, y Trípoli había sufrido demasiado bajo la ocupación baazista como para no expresar abiertamente su hartazgo y su sensación de liberación ante la primera oportunidad.
Al calor del triunfal recibimiento a Chaibani, un tripolitano de pura cepa fue aún más lejos con estas palabras: “Si hoy tropas turcas desfilaran por nuestras calles, serían recibidas con júbilo general”.
Si hubiera que creer a este avezado observador, los edificios habrían sido engalanados con banderas rojas que lucían la media luna y la estrella, las mismas de los jenízaros del Imperio otomano.

Mapa de 1913 con los vilayetos de Siria y Beirut. En el centro, en verde, la Mutasarrifato del Monte Líbano. (Wikimedia Commons)
En esa exclamación había algo de verdad, aunque fuera únicamente en el plano del sentimiento y la exasperación.
Pues, una vez más, la orgullosa ciudad había vivido, bajo los Assad padre e hijo, una cruel subyugación de su población y un control alauita sobre sus principales centros económicos.
¿Significa eso, no obstante, que Turquía va a implicarse en el Líbano en nombre de un supuesto neoottomanismo, de un sultán osmanli encubierto o de un fraternismo musulmán?
Imperialismo neoottomano o simple penetración económica
Cualesquiera que sean las ambiciones de Ankara, solo se materializarán a través de una política regional abarcadora dirigida al conjunto sirio-libanés-jordano. Eso puede suscitar temores y aprensiones entre nosotros, como en otros lugares.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que si el AKP, el partido del presidente Erdoğan, apela en ocasiones a la gloriosa memoria otomana, lo hace con fines electorales y de política interna. Y a las élites turcas no se les pasaría por la cabeza restaurar el Imperio de los tres continentes, dado que el aventurerismo de Putin en Ucrania ha dado a los partidarios de la guerra una lección definitiva.
¡Al menos, eso se cree!
Por lo demás, ¿no se dice que la injerencia turca se ejercería sobre todo en el registro del soft power, siendo el “success story” de la economía turca un ejemplo a seguir para los empresarios de Oriente Medio?
Eso entra dentro de lo posible, ahora que la xenofobia promovida por el nacionalismo árabe ha perdido su poder de atracción y de movilización, ahora que ya no se responsabiliza al turco de cuatro siglos de atraso árabe.
Pero Turquía no puede conformarse únicamente con los éxitos comerciales. No es ni Singapur ni Dubái; no puede limitarse a desempeñar el papel de polo financiero, sobre todo cuando irradia poder y su industria militar se ha ganado una cuota significativa en el mercado internacional de armamento.
Siria, pieza clave de Turquía
¿Acaso no es Ankara, de hecho, el principal padrino del poder de Ahmed al-Chareh1? Y entonces, se nos replica, por mucho que esa capital brinde apoyo militar, político y económico, jamás podrá convertir al régimen sirio en un proxy a su entera disposición.
Por lo demás, la política “omeya” está bien encaminada para diversificar y profundizar sus relaciones con los países del Golfo.
Además, pensándolo bien, siempre se puede contar con la arrogancia del turco para enfriar al damasceno más dispuesto a ofrecer sus servicios y a colaborar.
No obstante, en el escenario actual, es a través del eje Erdoğan-Chareh como puede concebirse la penetración turca en el Líbano, ya que Ankara teme que Estados Unidos otorgue a Tel Aviv una porción demasiado grande de ese pastel que es Oriente Medio, esa zona intermedia que lucha por reconstituirse.
Ardua tarea la que recae sobre el presidente turco en el Bilad as-Sham. Este debe combatir la influencia ideológica, militar, financiera y confesional de Irán, que probablemente intentará recuperar posiciones en Siria y reimponerle su ley al Líbano.
Pero si, por algún azar, los mulás quedaran definitivamente apartados de la escena, Erdoğan tendrá que ocupar el espacio que su retroceso haya dejado vacante.
Y eso no es todo, pues cuanto más quiera avanzar Turquía hacia el sur, más se encontrará cara a cara con Israel, ese país con el que las relaciones se deterioran a ojos vistas y que resulta tan difícil como socio cuanto como adversario2.
En resumidas cuentas, si el presidente Erdoğan ha afianzado los pasos del general Joseph Aoun3, no deja de consolidar el régimen de Ahmad al-Chareh.
Así que cuando llegue la hora turca, Siria será el complemento estratégico de Ankara, su brazo armado y, ¿por qué no, su proxy.
1Cf. la rueda de prensa conjunta del 6 de agosto entre el ministro sirio de Asuntos Exteriores, Chaibani, y su homólogo turco Hakan Fidan.
2Recep Tayyip Erdoğan declaró el pasado junio que la seguridad de su país “no empieza en la provincia de Hatay, sino en Alepo, Damasco y Beirut”, y que Turquía no tolerará las ilusiones de la “Tierra Prometida”. Además, consideró que “los ataques israelíes contra Siria y el Líbano habían alcanzado un nivel que amenaza ahora también a Turquía”.
3Durante las conversaciones mantenidas en Ankara, Erdoğan prometió a Joseph Aoun el envío de tropas turcas, en el marco de una alianza militar más amplia, en sustitución de las tropas de la UNIFIL cuyo mandato expira a finales de año.