Logotipo de Levant Time
Volver al artículo
Opinión

La guerra de los dos relatos o «ha llegado la hora sunita»

Imagen destacada de la noticia
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad
Publicado ago 15, 2026 - 13:41

«¡Ya basta!» exclamaron tres países que se reunieron en La Meca el pasado 7 de agosto. Turquía, Pakistán y Arabia Saudita, tres potencias complementarias, acaban de constituir una OTAN sunita a la que no tardarían en sumarse otros Estados en busca de protección militar o de un paraguas diplomático.

El anuncio de la firma de dicho pacto causó, naturalmente, el efecto de un trueno. Y con solo seguir la prensa saudita de estos últimos días, uno se da cuenta del cambio de tono hacia los mulás de Teherán. Se acabó la época en que Riad, capital del Reino saudita, se tragaba los sapos, encajaba estoicamente las provocaciones iraníes y optaba por la resolución pacífica de los conflictos con sus agresores.

¡El argumento definitivo!

Teherán no habría podido continuar por ese camino malévolo y arrogante frente a sus vecinos, los Estados árabes, de no ser por la causa palestina que enarbolaba, una causa sacrosanta que durante mucho tiempo le garantizó cierta inmunidad. Porque fueron Irán y su brazo armado Hezbolá quienes sostuvieron sin descanso la lucha contra Israel y su proyecto expansionista. ¿Quién puede negarlo, cuando los países árabes, además sunitas, no hicieron más que encadenar sobre el terreno las derrotas de 1948, 1956, 1967 y así sucesivamente? Es más, estos últimos no habrían pedido nada mejor que normalizar sus relaciones con Tel Aviv, si esa capital hubiera estado dispuesta a hacer algunas concesiones, es decir, a darles algo con lo que salvar la cara.

En las antípodas de todo ello se sitúa el mundo chiita, tanto en Irán como en el Bilad ash-Sham. ¿Acaso Hassan Nasralá no fue aclamado en 2006 como un nuevo Saladino por una «calle árabe» que se extendía desde Mesopotamia hasta el océano Atlántico? ¿No había supuestamente hecho retroceder al ejército israelí? Era él, y nadie más, quien había levantado la cabeza del islam. Y al hacerlo, redactaba, con la sangre de sus combatientes, un contradiscurso que rehabilitaba a su comunidad chiita.

El relato de las Cruzadas y el discurso de la «muqawama»

La historia medieval nunca se borra de la memoria de nuestros pueblos. Recordemos que la vulgata árabe, apoyándose en los cronistas Ibn al-Athir, Ibn al-Qalanisi e Ibn al-ᶜArabi, considera a los fatimíes chiitas responsables de la caída de Tierra Santa y de Jerusalén en manos de los cruzados a finales del siglo XI (1). Esta tradición arraigada en las mentes reprocha veladamente a dichos fatimíes haber intentado sacar partido de la invasión franca para debilitar a los turcos selyúcidas (2). En esa misma línea, estos tres historiadores no dejaron de señalar que fue la reacción sunita la que, bajo el mando de líderes como Zengi, Nur al-Din, Saladino y finalmente los mamelucos, haría caer en el siglo XIII las últimas plazas francas en manos del islam.

Fue ese relato el que acabó imponiéndose, transmitido durante cuatro siglos por la ideología otomana y luego por el nacionalismo árabe, como un discurso aglutinador. Hasta que un día el jomeinismo irrumpió en la escena de Oriente Próximo y proclamó que Israel debía ser erradicado de la faz de la tierra. La wilayat al-faqih emprendería una lucha implacable, salpicada de ciertos éxitos, contra el israelí, sin dejar de enarbolarla como bandera.

Dos relatos rivales, pues, siendo el segundo un intento de desmentir al primero. Frente a un pasado poco glorioso, el «fatimismo político» (al-Fatimiya al-siassiya) podría oponer un presente luminoso tejido de heroísmo y sacrificio. Y Hezbolá, respaldado por las autoridades iraníes, lo convertiría en su leitmotiv en las ondas.

¡Un pacto en La Meca! Sí, pero ¿qué se puede sacar de él?

La calle árabe siempre debe tomarse en serio, más aún cuando se deja llevar fácilmente por ilusiones. En este momento, debe congratularse de un resurgimiento sunita, ya que desde Abdel Nasser, Yasser Arafat y Saddam Hussein no ha contado con un líder capaz de galvanizar a las masas. Le ha faltado la figura del héroe, mientras que la rama chií podía enumerar una larga lista de mártires de la causa, desde Qassem Soleimani hasta Hassan Nasrallah.

Así pues, esta calle sunita, que sabemos vibrante, ha experimentado a lo largo de décadas una pérdida de impulso. Y entonces, ese 7 de agosto comenzaban a perfilarse en La Meca nuevas relaciones de fuerza, ahora que Siria ha escapado del eje de la mumana'a y que Egipto se ha mantenido al margen, quizás en una postura de espera.

Pero ¿un pacto firmado en La Meca, la ciudad más sagrada del islam, quedará en papel mojado como tantas alianzas sin continuidad que han salpicado nuestra historia contemporánea? Antes de responder a tal pregunta, un observador precisó que no se trata de la reconstitución de un «frente sunita religioso, sino más bien de la reafirmación de potencias sunitas nacionales que buscan retomar la iniciativa estratégica frente a Irán», así como frente a Israel.

Ciertamente, si todo marcha según lo acordado, asistiremos a un proceso de «reconfesionalización» que, sin embargo, será únicamente de orden geopolítico. Pues, aunque el sunismo aporte la profundidad histórica y sociológica a esta alianza de Estados soberanos, los intereses bien entendidos de dichos Estados prevalecerán siempre sobre la ideología religiosa y la solidaridad que esta exige.

¿Qué cabe esperar entonces? Probablemente un nuevo relato de la misma vieja discordia entre los defensores de la ortodoxia sunita y los de la disidencia chií. (3)

1- Una acusación que, bien pensado, debería matizarse.

2- En vísperas de la llegada de los Cruzados, se desarrollaba entre los selyúcidas sunitas y los fatimíes chiíes una encarnizada lucha por la dominación de la esfera araboislámica.

3- Hichem Djaït, La grande discorde, Religion et politique dans l'Islam des origines, Gallimard, 1989.

Artículos relacionados
Ver todo
Vídeos relacionados
Ver todo
Podcasts relacionados
Ver todo