
¡Qué motivo de admiración la gama completa de instrumentos de tortura que figuraban en el menú de las cárceles sirias! Es que las oficinas de los diversos servicios de mukhabarat no habían estado ociosas durante más de cincuenta años de dictadura prorrogada. Así, para ejercer sus talentos perversos, arrancar confesiones a sus víctimas e intimidar especialmente a la población, los torturadores del Baas tenían para elegir entre el «doulab», el «'abd al-aswad» y el «bisat al-rih». Difícil es equiparar los suplicios, pero el segundo de la lista es de tal perversidad que Amnistía Internacional no dejó de describirlo en su Informe de 1984 en estos términos: «La víctima, atada, está sentada en un aparato que, al encenderse, le introduce una cuchilla de metal calentada en el ano».










