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Análisis

¿Qué distancia guardar con Siria?

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Por Youssef Mouawad
Publicado jul 11, 2026 - 10:06

¿Podemos mantener con Siria relaciones serenas, equilibradas y marcadas por el respeto mutuo?

Es difícil creerlo cuando nuestras relaciones siempre han estado regidas por la hostilidad, la desconfianza y las amenazas llevadas a cabo. A lo largo de nuestra historia común, no se nos ha ahorrado ningún agravio, independientemente del régimen que haya estado en el poder en Damasco.

Tomemos como ejemplo lo que vivió nuestro pequeño país a partir de agosto de 1948, cuando Khaled al-Azem*, presidente del Consejo de Ministros sirio, decidió imponer el «control de importaciones y el embargo hacia el Líbano».

La imagen de este hombre de Estado, en la memoria colectiva de la generación de nuestros padres, sigue asociada al cierre de la frontera sirio-libanesa, decisión motivada por razones políticas y proteccionistas.

Aquello era asfixiarnos económicamente e imponernos sus dictados. Ya en aquella época, el Líbano era el blanco predilecto de las autoridades de Damasco, ¡y eso mucho antes de que Abdel Hamid Khaddam lo convirtiera en su cabeza de turco!

Los círculos damascenos nunca han digerido la excepción libanesa, aunque a veces hayan puesto al mal tiempo buena cara. Nuestros vecinos, y sin embargo hermanos sirios, albergan hacia el Líbano lo que se conoce como «mixed feelings», una mezcla de admiración y resentimiento. Una ambivalencia que seguirá envenenando una y otra vez los vínculos tejidos entre nosotros a causa de la proximidad.

Nuestro país, por su parte, ¡no siempre ha sido irreprochable! Desde su territorio, más o menos protegido, se fraguaban conspiraciones contra los regímenes en el poder en la capital de los Omeyas, ya fueran estos legítimos o surgidos de golpes militares.

Esto llevó a algunos observadores a afirmar que la culpa era compartida.

El peso de la historia y las limitaciones de la geografía

Víctimas de prejuicios acumulados durante años, ¿podíamos haber tenido relaciones apacibles con Damasco? Ghassan Tuéni, quien en su momento había coqueteado con la idea de la Gran Siria y luego la había abandonado, llegó a una fórmula de compromiso. Según él, si el Líbano no debía ser gobernado en contra de Siria, tampoco debía ser gobernado por Siria.

Así pues, cuando los responsables sirios nos tranquilizan respecto a sus intenciones, podemos felicitarnos por ello. Sin embargo, estaríamos equivocados si ignoráramos ciertas realidades: la geografía, tanto física como humana, ha atrapado a Siria y al Líbano en una situación complicada, incluso irresoluble. Históricamente, no es posible afianzar el poder en Damasco sin que este codicie Beirut y pretenda domesticar a esta ciudad vibrante de actividad económica y cultural.

Lo cual nos lleva a desear que Siria se reconcilie con la idea de que el Líbano no es simplemente un trozo de territorio que le fue arrebatado en 1920 por voluntad del general francés Henri Gouraud.

Y aunque así hubiera sido, ha pasado un siglo desde entonces, ha llovido mucho y difícilmente se encontrarán libaneses que reclamen, llegado el caso, un Anschluss con el hinterland sirio.

¿No es suficiente con que compartamos el mismo lecho?

Desde marzo de 1950, el «divorcio económico» entre Siria y nosotros ya había sido consumado. A modo de sanción, Damasco había instaurado un bloqueo en la frontera. El Líbano había rechazado la integración económica que se le proponía, pues el proteccionismo era incompatible con su apuesta ultraliberal. A partir de entonces, perteneceríamos a dos modelos de gestión opuestos: el socialismo de corte nasserista y luego baasista, y las oleadas de nacionalizaciones de los años sesenta ahondarían la brecha entre ambos países. Ya no podríamos restablecer las «masalih mushtaraka» (Intereses Comunes), ese legado del Mandato francés.

Esto quizás explicaría los recelos de Fares Souaid, quien se preguntó recientemente para qué serviría crear una Alta Comisión Mixta libanesa-siria, si nuestras relaciones diplomáticas ya están garantizadas mediante el intercambio de embajadores. Ello no haría más que recordarnos el establecimiento del Consejo Superior de Relaciones Libanesas-Sirias, es decir, los oscuros tiempos del sometimiento del Líbano al poder triunfante de Hafez al-Assad.

Si se debe hacer borrón y cuenta nueva con la gran vecina y abrir una nueva página en las relaciones, sería una insensatez meter al lobo en el gallinero bajo el pretexto de una comisión mixta, ya sea económica o de cualquier otra índole.

*Cabe recordar que ese mismo Khaled al-Azem estaba más que satisfecho de escapar del régimen de los militares que habían tomado el poder en Damasco y que, refugiado en Beirut, se deshacía en elogios en sus Memorias sobre la libertad de la que gozaban los libaneses y de la cual él, siendo un fugitivo, también podía disfrutar. No fue el único de los proscritos sirios que, en su momento, habían intentado hacerle la vida imposible a nuestro país y a su «insoportable independencia» y que, a fin de cuentas, terminaron instalándose en él; pienso en Choukri al-Kouatli, en Ghassan Jadid, en Akram Hourani, en Muhammad Umran, ¡y así podría seguir con muchos más!

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