
El partido iraní Hezbolá nunca ha sido una resistencia territorial. Ha sido una milicia de expansión espacial, que utiliza el territorio como argumento de legitimidad. Es momento de reconocerlo, de una vez por todas. Desde su origen, Hezbolá convive con una división fundamental: es, al mismo tiempo, el brazo armado de un proyecto imperial, el del Wilayat al-Faqih iraní definido por el imán Jomeini, y un actor que afirma encarnar la “resistencia” para liberar un territorio nacional. Primero, el “espacio”: el de la umma chiita, de Qom a Beirut, estructurada en torno a un Líder Supremo cuyas decisiones, en materia de guerra y paz, son vinculantes. Luego, el “territorio”: el del sur del Líbano, el valle de la Bekaa y las fronteras disputadas, donde el partido se presenta como baluarte frente a Israel y guardián de una causa nacional.






