


La historia del chiismo libanés suele contarse al revés o, peor aún, quedar aplastada por una lectura teleológica que presenta a Hezbollah como la culminación natural de un largo continuo religioso y político. Nada más lejos de la realidad. Los estudios sobre los ulemas de Jabal Amel permiten, por el contrario, reconstruir una genealogía muy distinta, basada en el pluralismo doctrinal, en una relación asumida con el Estado y en una concepción no teocrática de la autoridad religiosa. Es precisamente esta tradición la que ha sido quebrada.
Históricamente, el chiismo amilí se inscribió en la lógica de la wilayat al-umma: una comunidad de creyentes dotada de autonomía moral y espiritual, pero sin un proyecto de dominación política. La elección de la marja‘iyya era libre y plural, a menudo orientada hacia Nayaf, dentro de una relación deliberadamente distante entre el clero y el poder. Esta tradición reconocía la diversidad de autoridades religiosas, rechazaba la centralización doctrinal y, sobre todo, no pretendía gobernar la sociedad en nombre de lo sagrado.
La ruptura se produce con la invención por parte de Jomeini de la wilayat al-faqih: una construcción radicalmente nueva que no puede reducirse a un debate teológico, sino que constituye un vuelco político mayor. Al sustituir la pluralidad de las marja‘iyyat por la autoridad exclusiva de un Guía Supremo, al transformar al clérigo en soberano y la religión en ideología de Estado, Irán rompe con Nayaf e impone Qom como centro imperial. El chiismo deja entonces de ser una tradición religiosa diversa para convertirse en un instrumento de proyección geopolítica.
En el Líbano, esta implantación no se hizo sobre un terreno virgen. Los chiitas libaneses siempre han adherido al proyecto del Estado, en consonancia con la lógica amilí de inscripción en un espacio nacional determinado. Sin embargo, desde la independencia —e incluso antes— han sido marginados social y económicamente, mantenidos en la periferia del desarrollo y sometidos a señoríos locales que hablaban en su nombre sin emanciparlos. Esta marginación estructural explica en parte por qué, ya en las décadas de 1950 y 1960, una fracción de la comunidad se orientó hacia partidos laicos hostiles al sistema confesional, como el Partido Comunista Libanés y sus ramificaciones sindicales e intelectuales.
La irrupción del imán Musa al-Sadr marca una ruptura decisiva. Encarnó un levantamiento contra la injusticia social y la marginación sin romper con el Estado como horizonte último. Su proyecto fue profundamente libanés —en el sentido amplio y no ideológico del término— aun cuando se abría a las dinámicas regionales. No buscó islamizar el Líbano ni arrancarlo de su pluralismo, sino integrar plenamente a los chiitas como ciudadanos de pleno derecho. Es precisamente esta posición —ni sumisa ni instrumentalizable— la que explica su desaparición, en el momento en que emergía otro proyecto, radicalmente antagonista: el de la alianza de las minorías, anclado en lógicas autoritarias regionales.
Tras él, el movimiento Amal fue deslizándose progresivamente, bajo Nabih Berri, hacia la órbita alauí mediante su alineamiento con el régimen de Assad. Hezbollah fue aún más lejos: desde comienzos de los años ochenta condujo a los chiitas libaneses en sentido contrario a su historia amilí, los arrancó de la lógica del Estado y del territorio, y los inscribió en la de la wilayat al-faqih, convirtiendo al Líbano en un simple espacio funcional al servicio de un proyecto iraní. La comunidad quedó así satelizada, no representada.
Los chiitas laicos, liberales o simplemente libanistas fueron entonces marginados sistemáticamente: mediante leyes electorales hechas a medida, la intimidación, el exilio forzado o el asesinato —de Mahdi Amel a Lokman Slim. Esta dominación se ejerció bajo las ocupaciones siria y luego iraní, y fue aceptada, por realpolitik, por la comunidad internacional, que desde los años noventa convivió sin dificultad con Hezbollah, pese a su pasado, sus actividades y su verdadera naturaleza.
Frente a esta hegemonía, el proyecto chiita libanista sobrevivió únicamente de manera aislada, encarnado por algunas grandes figuras intelectuales y religiosas como Mohammad Mahdi Chamseddine, Hani Fahs o Mohammad Hassan al-Amin, entre otros. Todos defendieron una visión clara: el Líbano como patria definitiva, el Estado como finalidad, la convivencia como horizonte y el rechazo de cualquier fijación identitaria basada en la mayoría o en la comunidad privilegiada.
Esta escuela ha sido marginada durante demasiado tiempo. Ha llegado el momento de dejar de intentar preservar o salvar a Hezbollah. El desafío ya no es táctico, sino estratégico. Es necesario permitir la emergencia de una nueva élite chiita, moderna, no tradicional, liberada de tutelas externas, que haya hecho lealtad al Líbano —y solo al Líbano— y que haya renunciado a cualquier lógica de dominación sobre las demás comunidades. Pero esta exigencia no puede ser unilateral. No se puede pedir a los chiitas que dejen de comportarse como una tribu en busca de garantías y privilegios si las otras comunidades no hacen también su propia limpieza.
La cuestión chiita no es exclusivamente chiita. En el Líbano, los asuntos de cada comunidad son asuntos de todos. No existen zonas exclusivas ni perímetros de seguridad parciales. Solo existe un perímetro de seguridad nacional: el Líbano, dentro de sus fronteras, de su proyecto y de su vocación. La solución a la cuestión chiita es libanesa. Pasa por partidos y movimientos transversales capaces de romper el marco comunitario, sectario y tribal, sin obediencia externa. Pero para ello es necesario pensar en términos estratégicos y no en términos de ganancias electorales inmediatas, en un país obsesionado por los plazos y los equilibrios de poder, en detrimento de su futuro.