


El partido iraní Hezbolá nunca ha sido una resistencia territorial. Ha sido una milicia de expansión espacial, que utiliza el territorio como argumento de legitimidad. Es momento de reconocerlo, de una vez por todas.
Desde su origen, Hezbolá convive con una división fundamental: es, al mismo tiempo, el brazo armado de un proyecto imperial, el del Wilayat al-Faqih iraní definido por el imán Jomeini, y un actor que afirma encarnar la “resistencia” para liberar un territorio nacional. Primero, el “espacio”: el de la umma chiita, de Qom a Beirut, estructurada en torno a un Líder Supremo cuyas decisiones, en materia de guerra y paz, son vinculantes. Luego, el “territorio”: el del sur del Líbano, el valle de la Bekaa y las fronteras disputadas, donde el partido se presenta como baluarte frente a Israel y guardián de una causa nacional.
Esta dicotomía no es nueva. Tras su creación en 1984, bajo el ropaje de la “resistencia a la ocupación israelí”, Hezbolá comenzó eliminando a una parte significativa del movimiento de resistencia nacional surgido de la izquierda libanesa, entre ellos Mahdi Amel y sus compañeros. Se implantó en los márgenes: el valle de la Bekaa, el sur del Líbano y los suburbios del sur de Beirut. Allí construyó una vasta infraestructura social financiada por Irán y, más tarde, respaldada por la Siria de Assad en el marco de la “alianza de las minorías”. Ya entonces prevalecía la lógica del espacio: el partido se concebía como la vanguardia de un eje, mucho más que como un actor meramente territorial.
Entre 1990 y 2000, esta dinámica se territorializó parcialmente. Hezbolá encabezó la resistencia armada en un sur abandonado por el Estado, mientras se insertaba gradualmente en el corazón del sistema: participó en las elecciones municipales de 1992, en las legislativas de 1996 y, a partir de los años 2000, en el gobierno. La retirada israelí de mayo de 2000 le dio un bautismo territorial: pudo reivindicar la liberación de una parte del territorio nacional, entre aplausos generalizados, conservando al mismo tiempo sus armas al margen del monopolio estatal de la violencia legítima. La “resistencia” se convirtió entonces en la clave para seguir siendo una milicia dentro de un Estado cuyos mecanismos empezaba a infiltrar de forma sistemática.
Tras el asesinato de Rafik Hariri en 2005 y la retirada siria, el partido cruzó un umbral. Sustituyó la tutela de Damasco, se alineó con la alianza de Mar Mikhaël y el movimiento aounista, un encuentro de los dos suburbios, sur y norte, y emprendió una verdadera campaña de absorción del Estado. La guerra de julio de 2006 le proporcionó una “victoria divina” para consumo interno: reactivó su legitimidad territorial justo cuando la Resolución 1701 comenzaba a limitar su margen de maniobra militar. Dos años después, en mayo de 2008, cercó al gobierno de Siniora y lanzó una expedición punitiva contra Beirut y la Montaña, antes de arrancar en Doha la minoría de bloqueo del gobierno, el instrumento por excelencia de un poder de veto supranacional legitimado en nombre de la “resistencia”.
De 2008 a 2015, impedido de operar abiertamente en el sur por la Resolución 1701, Hezbolá desplazó definitivamente su centro de gravedad hacia el espacio. Se convirtió en la columna vertebral del eje Teherán-Damasco-Bagdad-Saná-Gaza. Intervino en Siria para salvar a Assad, en Irak junto a milicias chiitas y en Yemen con los hutíes, mientras apoyaba a Hamas. El Líbano quedó reducido a un simple eslabón, una plataforma logística, un corredor de un proyecto regional. La da‘wa de la resistencia, en el sentido subrayado por Michel Seurat, se orientó exclusivamente a la inversión del mulk, el centro del poder. El espacio imperial absorbió al territorio nacional.
Ese desequilibrio es el que estalla el 7 de octubre de 2023. Al lanzar una operación que arrastra a todo el eje iraní a una confrontación de alta intensidad con Israel, Hamas precipita la hybris del sistema. Impulsado por una lógica territorial, no “abandonar” Gaza y preservar el mito de la “resistencia unificada”, Nasrallah se ve obligado a abrir un frente norte. Pero la respuesta israelí desproporcionada, el desgaste militar, la destrucción progresiva de la cúpula y de la infraestructura del partido, y la crisis interna iraní revelaron la fragilidad de la estructura. La caída de Assad en Siria y el cierre de las rutas de abastecimiento lo cambiaron todo: el propio eje comenzó a resquebrajarse. La alianza de las minorías colapsó, técnicamente si no de manera simbólica.
Donde había reinado sobre un Estado desintegrado, Hezbolá se encontró de rodillas. Sus figuras totémicas, Nasrallah, Safieddine y otros jefes militares convertidos en mito, fueron eliminadas. El espacio se derrumbó y el territorio reapareció. Una nueva tutela estadounidense cerró el aeropuerto de Beirut, se nombró a un gobernador del Banco Central del Líbano cercano a Washington y se eligió a un presidente proveniente del ámbito militar con respaldo internacional explícito. Se perfiló, apenas velada, la posibilidad de conducir al país hacia algún tipo de arreglo con Israel.
Demasiado debilitado para una confrontación directa, el partido se repliega a su único recurso restante: la retórica territorial. De pronto se presenta como guardián de la soberanía y defensor de las fronteras, y acusa al Estado, al que ha vaciado metódicamente durante dos décadas, de pasividad frente al enemigo. De ahí la paradoja actual: tras fragmentar la continuidad territorial del Líbano mediante la multiplicación de “perímetros de seguridad”, zonas grises y rutas controladas, Hezbolá invoca ahora el “fracaso” del Estado para encubrir su propia impotencia. Sabotea de manera encubierta los intentos de restaurar la autoridad pública, del aeropuerto al litoral y a los símbolos urbanos, mientras exige públicamente que ese mismo Estado asuma la responsabilidad de enfrentar a Israel.
Habiendo sido el principal factor de la desintegración territorial y política del país, intenta ahora refugiarse en la ficción del Estado para sobrevivir al colapso de su espacio imperial. La caricatura por excelencia de este declive es el episodio de la Roca de Raouche, la Roca Tarpeya, etapa final del ocaso de “luces y sonido” de Hezbolá.
No se trata solo de una duplicidad táctica, sino de una fractura ontológica. Hezbolá no sabe perder porque no sabe ser un actor puramente nacional. Mientras sea la encarnación local de un proyecto espacial, metafísico, ideológico e imperial, puede justificar su diferencia, su arsenal y su estatus excepcional. El día en que vuelva a ser una fuerza estrictamente territorial, sometida a las reglas del mulk, de la soberanía y de la rendición de cuentas, dejará de ser lo que es. Para Hezbolá, reconocer la primacía del Estado equivale a admitir que la “Resistencia” no es más que un eslogan y que hoy no es sino un partido más, responsable de su saldo de muerte, ruina y caos.
En ese sentido, Hezbolá no puede transformarse en un simple partido político. Debe desaparecer, por duro que suene esa palabra, esa idea. El futuro del Líbano está en juego. Las soluciones impuestas desde fuera siempre han fracasado porque chocaron con una élite local obsesionada con el arte del compromiso, del “al mismo tiempo”, del desgaste mutuo: apaciguar a la milicia sin reconocer su lógica, elogiar al Estado sin darle los medios para ejercer su soberanía. Pero la experiencia desde 1967 es inequívoca: no hay Estado sin monopolio del uso legítimo de la fuerza, ni territorio sin continuidad. La soberanía no puede tratarse indefinidamente como una variable de ajuste.
La verdadera línea de fractura hoy ya no enfrenta a la “Resistencia” con los “agentes extranjeros”. Divide a quienes aceptan al Líbano como territorio político, con un Estado que decide en exclusiva sobre la guerra y la paz, y a quienes quieren mantenerlo como un simple punto de apoyo dentro de una estructura de poder sectaria, regional o imperial. Mientras persista esta ambigüedad, Hezbolá seguirá jugando a dos bandas, esperando que el tiempo, o un cambio de poder en Washington o Teherán, restablezca algún día la ilusión de su antigua grandeza. Pero el tiempo del país no es el de la milicia. El Líbano ya no puede permitirse vacilar entre espacio y territorio. Debe, de una vez por todas, elegir existir como Estado o aceptar ser apenas el escenario agotado de un imperio en decadencia.