Hay, en la imagen de Nicolás Maduro exhibido en Nueva York como un vulgar narcotraficante, ecos de Vercingétorix paseado como trofeo de guerra en Roma ante Julio César, en septiembre del año 52 a.C., tras el sitio de Alesia. No se trata, por supuesto, de derramar lágrimas de cocodrilo por un dictador populista al frente de un Estado díscolo. Maduro, además, no es ni Lumumba ni el Che Guevara. Es simplemente uno de esos personajes que América Latina siempre ha sabido producir en sus horas más sombrías: figuras salidas directamente de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, cuya exuberancia externa carece de toda grandeza. Espectral. Risible.










