


Hace veinte años, Gebran Tueni fue literalmente pulverizado en un atentado con coche bomba. Sus asesinos del eje Damasco-Teherán, junto con sus acólitos libaneses, lo habían colocado en la lista negra de las «personalidades peligrosas» que debían ser eliminadas absolutamente, en la medida en que estas últimas habían logrado, en pocos años, reconstituir una cierta idea libanesa de un frente plural y coherente, garante de la soberanía y de la libertad. Un frente compacto, capaz de trascender las fracturas heredadas de la guerra civil y los compartimentos sectarios sobre los cuales el eje había bailado durante décadas para dividir mejor a los libaneses y erigirse, de ese modo, en árbitro de los conflictos que él mismo creaba, según la lógica clásica del bombero-pirómano.
Tueni encarnaba por excelencia el arquetipo de la fogosidad, el coraje y la combatividad para una gran parte de la juventud de aquella época. Era respetado como una personalidad libre, sin miedo y sin reproche, por amplios sectores de la sociedad libanesa, de todas las comunidades. Poseía una presencia mediática ineludible, que no heredó de la figura paterna, el inmenso Ghassan Tueni. Ciertamente, el diario An-Nahar pasó del padre al hijo, pero Gebran forjó su propia voz, su propia identidad, su propia personalidad y sus propios combates, a la vez similares y distintos de los de Ghassan. Allí donde el padre había salido del campo político en su sentido más estrecho —el de la acción militante— para imponerse como lo que siempre fue en su esencia, un dador de sentido a la política, Gebran asumía plenamente su compromiso en el terreno. Estaba dentro del acontecimiento, no fuera de él ni por encima.
An-Nahar, bajo la doble impronta del padre y del hijo, junto a Samir Kassir y a un brillante equipo de periodistas, analistas y editorialistas, se había convertido, bajo la ocupación siria, en mucho más que un partido político: encarnaba la idea de que otro Líbano era posible, libre, soberano, emancipado de los corsés tribales y comunitarios, generador de sentido y capaz de reconectar con una visión cultural del Líbano como país-vínculo con el mundo. Más aún, por medio de la escritura y del pensamiento, hacía tambalear la comodidad gélida y monolítica de las tiranías, abriendo sus columnas a opositores, en particular sirios.
Resulta difícil pensar que ya hayan pasado dos décadas sin la llama inspiradora y contagiosa de Gebran Tueni, un hombre de carisma excepcional, un tribuno capaz de galvanizar multitudes por la sola fuerza de una energía a la vez elegante y animal. No es casualidad que dos de sus referentes fueran Kennedy y Guevara, ambos excelentes oradores pese al abismo político que los separaba. De algún modo, la frescura de Kennedy y el impulso rebelde de Guevara se reconciliaban en Gebran. Sabía operar síntesis, abolir fronteras, reunir. A los ojos de los regímenes tiránicos y totalitarios, ese es el pecado mortal que no debe cometerse.
La tentación es grande hoy, veinte años después de su asesinato, de congelar a Gebran como un ícono: de una lucha política supuestamente concluida, de un movimiento implosionado, muerto y enterrado, o de una causa desencarnada. Un “mártir” de…
Eso es matar a Gebran una vez más, y sin fin. Lo mismo ocurre, por lo demás, con los intelectuales, escritores, pensadores y ciertas personalidades políticas singulares cuando desaparecen, sobre todo cuando han sido deliberadamente eliminados. Las ideas continúan su camino, maduran, crecen, incluso cuando sus autores dejan de existir. Al contrario: entran en la vida. Dejan de pertenecer a su propietario. Se confunden con el viento y hablan a los hombres por sí mismas. Ahora bien, Gebran, tanto en su postura física como en su pensamiento, no puede ser estatufiado. Es un sinsentido, una paradoja. Basta releer sus artículos para darse cuenta.
En Gebran Tueni, la libertad y la soberanía nunca fueron consignas vacías ni posturas morales sin sustancia. Constituyen, para él, las dos condiciones indisociables de la existencia política del Líbano.
La libertad como ruptura con la mentira
La libertad, para Tueni, no se concibe nunca como un derecho abstracto o un principio decorativo, sino ante todo como una operación de desvelamiento. Ataca lo que podría llamarse la gran ficción política: aquella que transforma la violencia en accidentes aislados, los asesinatos en simples sucesos y el miedo en fatalidad. A contracorriente de esta anestesia colectiva, Tueni insiste en que la violencia es producida por un clima político, por una arquitectura de dominación que apunta menos a los individuos que a la propia posibilidad de un espacio público libre. La libertad comienza así, para él, por el rechazo de los relatos-coartada. Nombrar las responsabilidades, rechazar los eufemismos, devolver a los hechos su causalidad política: tal es el primer acto de liberación. En este sentido, el periodismo no es solo una profesión; es una función vital de la sociedad, encargada de impedir que el miedo se convierta en norma.
La soberanía como dominio de la decisión
Esta exigencia de verdad conduce naturalmente a la cuestión de la soberanía. También aquí, Tueni rechaza cualquier definición sentimental o simbólica. La soberanía no es ni bandera ni reflejo identitario, sino la capacidad efectiva de un Estado para decidir por sí mismo. En textos de gran frontalidad, describe un Líbano cuyas instituciones han sido vaciadas de sustancia, donde la justicia es instrumentalizada, la prensa amordazada y donde, sobre todo, la decisión política es delegada al exterior. Esta delegación no solo es impuesta: a menudo es interiorizada, racionalizada en nombre de la estabilidad, de los equilibrios o del “realismo”. Es precisamente contra esta abdicación que Gebran Tueni luchó siempre. Es en rebelión contra ella que murió. Porque, para él, la soberanía no se pierde únicamente por ocupación militar, sino que también se disuelve por habituación a la dependencia, por la aceptación progresiva de un Estado reducido a una fachada. Es la famosa servidumbre voluntaria de La Boétie.
La carta a Bachar el-Assad: la soberanía por la palabra
Es precisamente en este contexto que hay que situar y comprender su famosa carta abierta dirigida a Bachar el-Assad, que se encuentra a mil leguas de una provocación gratuita o de una diatriba. Constituye un acto de soberanía intelectual en estado puro. Un hito periodístico, ético y político, dos décadas después.
Al dirigirse directamente al presidente sirio, Tueni rechaza la postura del dominado. Nada de súplicas imbéciles, nada de agresividad ni de fanfarria. Se expresa de igual a igual, como periodista que interpela al tirano-ocupante. Este simple desplazamiento es decisivo, en la medida en que rompe con el lenguaje codificado de la tutela, con las prudencias obligadas y con la autocensura interiorizada que eran moneda corriente en aquella época.
Sobre todo, la carta opera una inversión fundamental de la lógica del tutor: la soberanía libanesa no se presenta como una hostilidad hacia Siria, sino como la condición de una relación sana entre dos Estados. Tueni afirma que ninguna estabilidad duradera puede construirse sobre la negación de la libertad del otro, y que la dominación debilita tanto a quien la ejerce como a quien la sufre. La libertad del Líbano se convierte así en una prueba moral y política para el poder sirio. Por supuesto, Tueni no es un utópico y sabe perfectamente que Assad solo conoce el lenguaje de la fuerza bruta. Pero aun así, realiza un acto fundador de soberanía. Es el principio mismo de la “resistencia cultural” defendida en aquel entonces por el padre Selim Abou.
Libertad, pluralismo y convivencia
Esta exigencia de soberanía nunca se disocia, en Gebran Tueni, del pluralismo libanés. La libertad que defiende no es la de un campo, una comunidad o un clan. Es el régimen político de la convivencia. Cuando la decisión es confiscada y la palabra amordazada, no son solo individuos los que son reducidos al silencio: es la propia posibilidad de una comunidad política plural la que es atacada. Por eso Tueni insiste tanto en que las violencias políticas no apuntan solo a personas, sino a la fórmula libanesa misma. En este sentido, defender la libertad de expresión, la soberanía del Estado y la independencia de la decisión nacional equivale a defender la convivencia misma, contra el miedo, la fragmentación y la lógica del hecho consumado.
Habiendo militado durante la guerra en las filas políticas del este cristiano, Tueni era un “libanista”, y es desde esta postura intelectual que defendía la idea del Líbano. Veinte años después, frente al auge de un particularismo cristiano capaz de acomodarse a la idea de un Líbano fragmentado geográficamente, conviene recordarlo.
La soberanía contra los falsos compromisos
Otro aspecto esencial de su pensamiento reside en su desconfianza hacia los compromisos vacíos. Tueni criticó de manera constante los arreglos que, bajo la apariencia del realismo, consagran la desposesión. Las fórmulas de “lavado de corazones”, los diálogos sin poder real, los equilibrios que congelan la injusticia: todo ello constituye, para él, una política de fachada que debilita tanto la libertad como la soberanía. A su juicio, la soberanía verdadera presupone el monopolio estatal de la decisión —incluidas las cuestiones de guerra y paz— y el rechazo a que el destino colectivo sea confiscado por actores que no rinden cuentas a los ciudadanos. Una vez más, la libertad no es solo el derecho a hablar, sino el derecho a no ser arrastrado a decisiones impuestas sin consentimiento. No hace falta subrayar hasta qué punto esta visión sigue siendo actual hoy, cuando el Estado libanés continúa tropezando ante la necesidad de reapropiarse del monopolio de la violencia legítima.
Un legado que aún incomoda
Veinte años después de su asesinato, el pensamiento de Gebran Tueni sigue siendo incómodo porque no ofrece ninguna vía de escape: rechaza tanto la resignación como la escalada. El leitmotiv de Tueni es el siguiente: la libertad debe ejercerse de pleno derecho, y la soberanía nunca se adquiere de una vez por todas, sino que se defiende cotidianamente, mediante la palabra, las instituciones y el coraje político. La idea, la palabra, el verbo solo existen cuando van acompañados y traducidos en actos prácticos y decisivos: anclajes. La carta a Bachar el-Assad es sin duda la expresión más desnuda de ello: un texto en el que la libertad deja de ser discurso para convertirse en acto, y en el que la soberanía se reconstruye primero por la palabra dirigida, frontal y asumida.
Por consiguiente, libertad y soberanía no forman dos combates paralelos, sino una sola y misma ecuación. La libertad sin soberanía es frágil, tolerada, reversible. La soberanía sin libertad no es más que un simulacro. Juntas, constituyen la condición mínima para que un pueblo exista políticamente, sin miedo y sin tutela. La unidad nacional y la convivencia constituyen el cemento que hace de ese pueblo una fuerza motriz, coherente, viable y viva.
Pensar a Gebran Tueni, veinte años después, no es solo conmemorar el recuerdo de un hombre cuya palabra fue silenciada, sino entregarse a un examen de conciencia profundo y tener el coraje de plantearse una pregunta más exigente: ¿vivimos hoy, en un Líbano expuesto a todos los vientos, dentro de un marco donde la libertad pueda producir soberanía y donde la soberanía proteja realmente la libertad? Y, sobre todo, ¿hemos sabido defender la convivencia que es su condición sine qua non?
Es sin duda a esta medida como se evalúa realmente la fidelidad a su legado.