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Mil mesetas

La Navidad y el precio de la redención

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado dic 24, 2025 - 12:10

El sentido de la Navidad nos interpela hoy más que nunca, en un mundo cada vez más fragmentado, cada vez más “nihilista”, en el sentido existencial del término.

Más allá de su carácter comercial y festivo, o incluso de su dimensión espiritual y religiosa, la Navidad es, en esencia, una mano extendida hacia la humanidad con todas sus faltas, sus desigualdades y sus imperfecciones. Sin distinción.

No se trata de incurrir en una moral de supermercado ni en un espiritualismo secularizado, sino de cuestionarnos con honestidad qué significa este momento, más allá de la experiencia inmediata, más allá de esa grata sinestesia de luces, canciones y sabores, o de la alegría de los regalos reflejada en los ojos inocentes de los niños.

La Navidad no es una celebración del repliegue sobre uno mismo. Aunque la fiesta reactiva el capullo familiar en torno a la chimenea y a los momentos compartidos, alrededor de una mesa o de un árbol navideño, no es sinónimo de encierro ni de un retorno al núcleo gregario; por el contrario, invita a la apertura hacia los demás.

Desde el inicio de los tiempos, el solsticio de invierno ha sido un acontecimiento esperado con fervor. Los preparativos comenzaban en primavera, celebrando la llama de la vida en medio de la oscuridad de las sombras. Una luz majestuosa de vida que existe, ante todo, en el compartir con los demás, sin diferencia alguna, con todos. En la Antigüedad, ese día se abolían las barreras sociales, en un canto del corazón que celebraba el altruismo y el retorno a lo que define la especificidad del ser humano: el sentido del servicio social, del propósito propio dentro del propósito del otro. En reciprocidad, lejos del egoísmo. Por eso los invitados se sientan a la misma mesa, no solo para reunirse, sino para reencontrarse en el otro, en el prójimo. Esa es la esencia del vínculo social.

La Navidad, en este sentido, es profundamente “política” como acto de preservación de la sociedad y como ritual de purificación de uno mismo a través del otro. Es, en principio, un momento de tregua, en el que la violencia simbólica se suspende brevemente, dejando al descubierto aquello que se ha vuelto estructural durante el resto del año. Al cierre de este año 2025, marcado por una desintegración del orden global probablemente sin precedentes desde el siglo pasado, este es el momento oportuno para enterrar el odio y la venganza y renunciar a la violencia, cualquiera que sea su forma u objeto.

Es en ese espacio intermedio, entre la sombra del invierno y la luz y el calor del fuego, donde se libra la lucha interior más dura y difícil, siempre que se elija no anestesiarla mediante un solipsismo inerte o un materialismo epicúreo. Es el tiempo ideal para un examen de conciencia, una reflexión sobre nuestros mecanismos internos que transforman los miedos en relatos morales y luego en identidades cerradas; que confunden constantemente la supervivencia con la justicia; que legitiman la virtud heroica para compensar la irresponsabilidad colectiva; que permiten el desliz gradual del odio, de emoción vergonzante a causa política asumida.

La Navidad es, de algún modo, un despojo de todo aquello que ya no se sostiene, tanto en lo individual como en lo social.

No es casualidad, en ese sentido, que la Navidad tenga lugar en lo más profundo de las noches heladas, en el momento en que todos, exhaustos al final de un año cargado de responsabilidades, pruebas y sufrimientos diversos, luchan por sobrevivir. “Las cargas a veces están vacías, pero no por eso pesan menos”, cantaba Leonard Cohen. La Navidad es un refugio, un pesebre, un lugar para recomponerse lejos de la mirada del mundo, para respirar, para sumergirse de nuevo en lo más profundo de uno mismo y cuestionar lo que nos define. El sol ha desaparecido, y es dentro de uno mismo donde debe ser redescubierto, en comunión con los demás, en un impulso de esperanza, alegría y paz.

La Navidad es el momento por excelencia de la redención, siempre que se logre abrir el corazón al tríptico de libertad, responsabilidad y reciprocidad que exige el movimiento hacia el otro. Es el momento de la empatía por antonomasia.

El espíritu de la Navidad, más allá de religiones, comunidades, espiritualidades y moralidades, es así una elección de valores y de referencias y, más aún, una elección de sociedad: la de vivir juntos en la diferencia y en el respeto por el otro, y en la humildad. Es el momento de aceptar despojarse del egoísmo que confieren el poder y la certeza, para regresar a la duda asimétrica que nos hace humanos, auténticos, aún capaces de asombro, de una autocrítica profunda y de expresar gratitud por lo que nos ha sido dado, sin distinción, tanto lo bueno como lo malo.

Los días 24 y 25 de diciembre, la ira, el resentimiento, la desgracia, el juicio y el mal pierden su sentido. No desaparecen por arte de magia, sino a través de la conciencia.

Ese renacimiento y esa redención tienen un precio, y es aceptar que, pese a nuestras heridas, tormentos, defectos y miedos aterradores, estamos invitados a amar, a compartir y a amarnos a nosotros mismos sin juicio.

Y quizá la única pregunta fundamental que aún vale la pena plantearse al inicio de este catastrófico siglo XXI sea saber qué, hoy, todavía merece ser salvado, más allá de un dualismo profano-sagrado que se ha alejado como nunca de ese movimiento bidireccional entre la trascendencia humanista y la inmanencia.

A cada uno de nosotros nos corresponde encontrar, en lo más profundo nuestro interior, la respuesta a esa pregunta.

Llegados a este punto, las palabras ya no sirven de nada.

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