
La guerra en Sudán, activa desde 2023, ha provocado decenas de miles de muertes y millones de desplazados, con un costo humano particularmente devastador en Darfur, donde la violencia masiva, los asedios y los desplazamientos forzados ya son descritos como de carácter genocida por actores internacionales. Resulta necesario analizar de forma específica el papel de Irán en el conflicto sudanés, aunque este no se manifieste bajo las formas clásicas de un padrino identificado, un respaldo político explícito o una alianza declarada. Su intervención es más difusa, más indirecta, pero, en muchos sentidos, más estructurante. Teherán no es un actor central del escenario sudanés; funciona más bien como un amplificador estratégico, integrando el conflicto en una arquitectura regional más amplia, dominada por el mar Rojo y por las nuevas formas de la guerra asimétrica.








